lunes, 16 de noviembre de 2015

Podemos frente al decrecimiento

“Hasta luego, Pablo”  es un libro sobre Podemos que se puede descargar en el enlace señalado. Como bien dice el título, es una despedida, una separación del ideario y el programa de este grupo político. Pero su acerba crítica puede extenderse a casi todos los partidos, que unánimemente dicen apoyar la sostenibilidad (algunos es obvio que lo hacen con la boca chica).

Efectivamente, muchos que han firmado el Manifiesto Última Llamada no son consecuentes con él.

Los hay que no se han percatado todavía de la magnitud del problema que se viene encima. Otros pueden pensar que no es tan urgente abordarlo, y lo sitúan en un futuro que no les afectará (aunque sí probablemente a sus amados hijos y a sus queridísimos nietecillos). Habrá quien piense que la tecnología lo resolverá. Incluso que "las soluciones a la pobreza energética ya existen, pero que las tienen guardadas las empresas para cuando sean rentables, una forma de no perturbar sus actuales negocios".

Y como la política se gana en el día a día, el electoralismo inevitable nos lleva a casi todos a no mentar la bicha, porque desanima a los que queremos entusiasmar. En el caso de Podemos no ocultan su búsqueda en primer lugar de la centralidad para la hegemonía. Después, "Dios dirá".

He aquí, sin faltar punto ni coma, el comentario hallado en el blog The Oil Crash:





Queridos lectores, 
Álex Corrons me ha pedido que le republique el siguiente artículo, que trata sobre la difícil relación entre la nueva formación política española Podemos y el decrecentismo. En realidad, todo lo que dice Álex se puede aplicar a cualquier partido político, pero no se puede negar que es en Podemos donde mucha gente ha depositado sus esperanzas, y por eso Álex se centra tanto en este partido. En cualquier caso, las reflexiones de Álex resultan muy pertinentes, aparte de útiles. 
Espero que el artículo de Álex sea de su interés. 
Salu2, 
A(ntonio) M(aría) T(uriel) 




Hola compañer@s, es para mi un honor compartir con vosotr@s en un blog que para mi es toda una referencia, un artículo que me encargaron escribir sobre el decrecimiento y la postura al respecto de Podemos. En dicho artículo acentúo la postura de Podemos, ya que el libro titulado “Hasta luego, Pablo” -coordinado por Estela Mateo- pretende ser una crítica integral al proyecto de dicha formación política. No obstante, esta crítica es extrapolable perfectamente al resto de formaciones políticas que aspiran a ocupar cargos de responsabilidad en las instituciones del Estado, y en general, a la sociedad de consumo de la que formamos parte. 
Me ha parecido oportuno compartirlo en este lugar, ya que son fechas en las que presuntamente se están preparando los programas electorales, aunque mucho me temo que poca influencia va a tener en ellos, me conformo con que unas cuantas personas cercanas a diferentes proyectos políticos reflexionen sobre este, y sobre todos los interesantes artículos que Antonio Turiel comparte en este blog habitualmente.

PODEMOS FRENTE AL DECRECIMIENTO
Álex Corrons


El colapso

Nos encontramos en un momento histórico sin precedentes. La revolución industrial y la expansión de la industria provocada por un acceso barato al petróleo y otros recursos llegan a su fin. Los científicos calculan que hemos consumido alrededor de la mitad de las reservas mundiales de petróleo; no obstante el verdadero problema no es que se vayan a agotar de un día para otro, sino que el coste energético de la extracción aumenta, hasta el punto de que la relación entre la energía que se produce y la que se consume para producirla -lo que los expertos denominan Tasa de Retorno Energético (TRE)- está bajando de forma alarmante y no está tan lejos el día en que se llegará a consumir más energía de la que se produce. Esto sucede con la mayor parte de los recursos, que cada vez son más escasos, y extraerlos y procesarlos se convierte paulatinamente en una tarea más costosa económica y energéticamente. Las consecuencias son obvias: en Septiembre de 2014, uno de los grupos inversores más conocidos como los “padres” de la industria petrolífera, los Rockefeller, abandonaron sus inversiones en esta industria para llevarse el capital al mercado de las energías renovables. Y esta maniobra no se debió a que de la noche a la mañana se despertaran con conciencia ecológica, sino que simplemente pensaron en la rentabilidad. Estos oligarcas saben que el petróleo barato tiene los días contados, que la producción cada vez requiere de mayor inversión para obtener cada vez menos beneficios, y son conscientes de que el próximo nicho de mercado son las energías renovables. Conviene decir que las energías renovables no son todo lo milagrosas que se nos dice. Los materiales, la fabricación, el transporte y la instalación de estas energías requiere de unos costes energéticos y de ciertos recursos finitos que son muy importantes. Por eso es importante que ante la escasez cada vez mayor de estos recursos, aceleremos la implementación de las renovables, antes de que los costes se disparen más y provoquen que la conversión sea inviable, y un desastre económico.

Si todos los habitantes del planeta vivieran como lo hacemos los europeos necesitaríamos tener a nuestra disposición los recursos de casi cuatro planetas como este. Nuestra huella ecológica recae sobre las espaldas de las próximas generaciones, y también -ahora y antes- sobre los habitantes de los países del Sur; algo paradójico teniendo en cuenta la riqueza de recursos naturales que tienen bajo sus pies, que desde el Norte estamos expoliando sistemáticamente, exportando impactos ambientales y destruyendo la naturaleza más allá de nuestras fronteras, para mantener el sistema productivo y de consumo actual.

En el Estado español, el 25% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 40% tiene problemas para llegar a fin de mes. Al mismo tiempo ocupamos el puesto número 6 en uso de agua, el 16 en uso de materiales, el 21 en uso de suelo y el 24 en emisiones de carbono a la atmósfera. Estos datos ponen sobre la mesa una precarización de la sociedad mayúscula y creciente, frente a un sistema productivo pésimo, que sólo favorece a las grandes empresas, las principales beneficiarias de esta crisis. Es necesario un reparto de las riquezas, un cambio de las reglas del juego en favor de la mayoría social, un cambio integral del modelo productivo, plantearnos que no necesitamos tantas mercancías, acercar la producción y el consumo al ámbito local, democratizar la economía, y reducir drásticamente nuestro impacto medioambiental y el consumo de recursos.

El objetivo actual de cualquier gobernante o aspirante a gobernar es que el Producto Interior Bruto (PIB) de su país crezca un 2% al año para garantizar -dicen- el bienestar. Parecen olvidar que esa tasa de crecimiento implicaría duplicar el PIB en 35 años, con el consiguiente aumento en el consumo de recursos naturales, energía y contaminación.

Uno de los graves problemas que hay que resolver es el modelo alimentario industrial, en el que gran parte de nuestros alimentos recorren miles de kilómetros hasta llegar a nuestra despensa. Además producimos alimentos para 12.000 millones de personas, somos 7.400 millones, y sin embargo 1.200 millones de personas pasan hambre, de las cuales el 75% es población campesina, y a su vez el 75% son mujeres y niñas. El 60% de la producción de cereales se destina a la alimentación de la ganadería industrial, y recorre 12.000 Km. de media hasta las granjas europeas o norteamericanas. Otra buena parte de los monocultivos son destinados a agrocombustibles y el 25% de la pesca para la acuicultura.

El sistema monetario es uno de los grandes engaños en los que estamos inmersos. Cada euro, dólar u otras monedas que ingresamos en un banco, sirve para que éstos puedan multiplicar por diez la cantidad de dinero ingresado, para a su vez prestárselo a un tercero, con la única garantía de la confianza en que este dinero será devuelto con un interés añadido. El problema es que hay una parte de esa deuda que nunca se va a poder devolver, ya que ese dinero no está respaldado por nada, no tiene ningún valor intrínseco y es por tanto una estafa que ahora mucha gente está empezando a comprender. Debemos prestar atención a esta cuestión, ya que la deuda perpetua es lo que provoca el crecimiento perpetuo de forma desmedida: a mayor capacidad de endeudamiento, mayor capacidad de consumo de recursos naturales y por tanto, mayor aceleración de los problemas que nos aproximan al colapso. La mayor parte de los políticos y economistas nos hablan de un crecimiento que se recupera, un crédito que fluye y un aumento del consumo como algo positivo. En realidad habría que leer entre líneas: “¿ven ustedes ese precipicio? Pues aceleremos para llegar antes a él”.

La idea de que el trabajo asalariado libera a las personas y les ofrece autonomía económica es un relato construido por el sistema capitalista que actualmente es, cuando menos, cuestionable. La alienación de muchos trabajos, la sumisión que arrastran las jerarquías, la cantidad de horas de trabajo en detrimento de la vida social y de la autogestión, y por tanto de la emancipación y liberación, han convertido al trabajo asalariado en un modelo que muchas personas llamamos “esclavitud asalariada”. La aceptación de estas reglas del juego viene motivada por el elemento que resulta ser el denominador común de nuestra sociedad: el consumo. Si a día de hoy nos podemos imaginar una revolución social que saque a la calle a millones de personas bajo un problema común, este sería la limitación del consumo por la carestía de las mercancías que aparecerá ante la escasez de recursos naturales.

En un escenario de recursos limitados, el crecimiento asienta sus cimientos sobre las desigualdades. Siete de cada diez personas pobres en el mundo son mujeres. La economista experta en cooperación y desarrollo, Bibiana Medialdea, decía en la charla organizada por la Coordinadora de ONGDs de Euskadi “Críticas y alternativas feministas a un modelo agotado” en Mayo de 2014:

“Ahora inmersos en esta crisis, podemos caer en la tentación de pensar que el sistema funcionaba bien antes de esta crisis financiera. Por eso es conveniente recordar algunos datos del barómetro social para 1999-2007, en el estado español, periodo de auge de nuestra economía, y donde el salario en términos reales, es decir la capacidad adquisitiva promedio de los trabajadores y las trabajadoras creció un 1%, el subsidio de desempleo un 4%, los beneficios empresariales un 60%, el valor de los activos financieros un 75%, y el patrimonio inmobiliario un 125%. En aquellos buenos tiempos, se dieron desde un 1% hasta un 125% de diferencia en el crecimiento. La desigualdad, enemigo número uno del desarrollo, es endémica y un rasgo de nuestro modelo económico. Por eso los problemas que la crisis saca a la luz debemos interpretarlos como síntoma, y no como único problema, ya que es el modelo en sí quien está agotado. Nos encontramos ante un modelo que tiene límites evidentes y no ante un modelo con ciertos problemas. 
Otro aspecto que pasa más desapercibido ahora con la crisis, es que están perdiendo importancia, desde el punto de vista analítico y político, los impactos específicos de la crisis sobre los colectivos económicamente más vulnerables. En sociedades desarrolladas, incluso, los niveles de renta, accesos a derechos, a recursos, etc., están determinados aún por el sexo de las personas. Existe una discriminación sistemática que afecta al 50% de la población. Si ignoramos esta discriminación fundamental, obviando esta fractura de género, es imposible hacer un diagnóstico de los problemas que tenemos y concebir y formular alternativas que vayan a resolver estos problemas económicos. Para tener ese diagnóstico debemos adoptar la perspectiva feminista, entender qué nos está pasando y ser capaces de pensar cómo podemos organizarnos de otra manera.”

La ideología del crecimiento económico

El relato predominante de nuestra sociedad es el que nos cuenta que nuestro modelo de vida se encuentra en un estatus superior y describe la historia de la humanidad como una secuencia que avanza del salvajismo a la civilización, y por lo tanto al progreso. Estamos convencidos de este relato etnocéntrico, en el cual nos vemos como “la civilización por excelencia”. Este es el increíble argumento para expoliar los recursos de los países “no civilizados”, por medio del neo-colonialismo y la globalización económica capitalista, mientras en esta sociedad de la opulencia, la precariedad crece exponencialmente.

El colapso de una civilización fundamentada en el crecimiento y en la destrucción de la biosfera es la preocupante realidad de nuestra existencia. Nada se menciona de esto en los grandes medios de comunicación, esos que viven de la publicidad de grandes empresas que buscan aumentar el consumo de sus mercancías. Es como si estuviéramos viviendo dentro de El Show de Truman, esa película en la que Jim Carrey vivía toda su vida dentro de un plató de televisión gigante sin saberlo, llevando una vida que le sirvieron en bandeja desde pequeño. Hoy parece que muchas personas hemos descubierto que estamos en un plató y queremos salir de él, no para dirigir la película, sino para vivir la vida.

Las personas que vivimos en la ciudad recibimos cerca de tres mil impactos publicitarios diarios, lo que al año es cerca de un millón. Esto refleja que vivimos en la sociedad del consumo, de las marcas, los patrocinios, los logotipos, los escaparates llenos de ofertas, rebajas y recontrarrebajas, descuentos por doquier, carteles publicitarios en el espacio público, estaciones y líneas de metro que cambian su nombre por el de una multinacional, autobuses, trenes, tranvías, metros y taxis cubiertos de publicidad en movimiento. Vemos la televisión 240 minutos al día, durante los cuales visualizamos 90 anuncios publicitarios. Internet también es un espacio plagado de publicidad constante, en las redes sociales, los buscadores, las plataformas multimedia y de ocio, todo está sometido a la publicidad y a la mercantilización.

En este escenario, resulta complicado combatir el discurso del crecimiento como única posibilidad: el principal objetivo que percibimos es el del consumo, y para poder mantener el ritmo de consumo o incluso consumir mercancías fuera de nuestro alcance, necesitamos crecer hasta el infinito. El consumo es proyectado como paradigma del bienestar. El capitalismo no está solamente representado por las grandes multinacionales; el capitalismo es cognitivo, lo llevamos dentro de nuestras mentes, en la cotidianidad de nuestra vida diaria recibimos un auténtico bombardeo de mensajes que se instalan en el imaginario colectivo. En las tertulias políticas invitan a tertulianos, políticos, periodistas, abogados y economistas, todos ellos de posiciones políticas aparentemente diferentes, pero todos están de acuerdo en lo esencial: el crecimiento económico, el aumento del consumo, y por tanto del Producto Interior Bruto son la meta a perseguir, son la fuente del bienestar y del progreso; nadie lo discute, ya puede hablar alguien de izquierdas, de derechas, o de extremo centro, en esto coinciden siempre. ¿Por qué los medios de comunicación no dan espacio al discurso del decrecimiento? Es sencillo: la televisión y en general, los medios de comunicación, viven de la publicidad; publicidad de empresas que nos tratan de vender sus mercancías. Por tanto, que alguien hable de decrecimiento en los medios de comunicación del sistema es contraproducente para los intereses de las marcas que financian estos medios.

La inmensa mayoría de los políticos también tienen este discurso sobre el crecimiento, defienden una visión tremendamente cortoplacista ya que su objetivo primordial es ganar las próximas elecciones, y parece mucho más fácil hacerlo sin llevar la contraria al dogma productivista, necesario para que el sistema capitalista siga su rumbo. Y este es esencialmente el problema, no podemos seguir creciendo porque no tenemos recursos para poder hacerlo. Ya no es una reclamación exclusivamente ecologista, es una cuestión de límites físicos del planeta. Debemos volcar nuestros esfuerzos en tumbar el discurso predominante del crecimiento en nuestro entorno, en los medios de comunicación, en las organizaciones y movimientos políticos y sociales, haciendo ver que otra forma de vivir es posible, que el decrecimiento no es ninguna amenaza al bienestar, muy al contrario, es la garantía del bienestar y de la supervivencia si queremos que las próximas generaciones y buena parte de la humanidad hoy puedan subsistir en este planeta. Estamos en un punto en el que el capitalismo se va desvaneciendo como "promesa" de progreso en nuestra sociedad, por eso es momento de construir realidades paralelas para, paulatinamente y sin descanso, establecer un orden totalmente distinto.


¿Qué es eso del decrecimiento?

El término “decrecimiento” es interpretado por muchas personas pertenecientes a diferentes posturas ideológicas como una enmienda a la totalidad y el destierro del término “crecimiento”. Conviene aclarar que las personas que defendemos la postura del decrecimiento, defendemos decrecer en el consumo de recursos naturales finitos y en las actividades que perjudican a la biosfera y, en definitiva, a todos los seres vivos. Sin embargo, defendemos el crecimiento en muchos otros aspectos como el cultural y las labores de cuidado de las personas y la biosfera. También creemos que es necesario un crecimiento ético, de la conciencia, del apoyo mutuo, de la soberanía alimentaria, del consumo de productos ecológicos y biológicos, y de toda actividad que no incida en el consumo de recursos finitos y en dañar el medio natural, que nos pueda aportar una vida mejor para todos los seres que cohabitamos este planeta.

Hay sociedades -como las de muchos países africanos- que no tienen que decrecer, deben crecer hasta recuperar la dignidad que nuestro crecimiento les robó, sin imitar nuestro modelo devastador y sabiendo administrar bien los recursos a su alcance. La “Europa ilustrada” suele combatir el discurso del decrecimiento señalándolo como “el que nos quiere situar en la pobreza de los de ahí abajo”, en una visión clasista y eurocéntrica bastante despreciable, dado que la pobreza del Sur no es más que la consecuencia de la opulencia del Norte.

Muchas de las recetas propuestas ante la crisis climática y energética se basan en implementar las energías renovables en sustitución de los modelos predominantes de producción eléctrica más contaminantes y que precisan de más recursos finitos. Es importante señalar que el consumo eléctrico global supone el 15% del total de la energía que consumimos, con lo que si cambiamos el 100% de la producción eléctrica por las renovables, estaríamos solucionando el 15% del problema energético. El mayor reto y más difícil es la dependencia de los combustibles fósiles utilizados para la agricultura industrial y sus pesticidas, el transporte, la construcción y la industria petroquímica (plásticos) son las que acumulan la mayor parte del consumo energético.

El decrecimiento por tanto, propone un cambio integral del sistema, en el que el consumo pase a ser el necesario para el sostenimiento de la vida, y no un elemento creador de felicidad y bienestar. Es un llamamiento a buscar el buen vivir mediante el apoyo mutuo, los cuidados, el consumo y producción local, la autogestión y la reconfiguración del ámbito laboral, repartiendo los trabajos en igualdad, reduciendo las horas dedicadas a la producción, en favor de los trabajos para recuperar la vida social, y el cuidado de los seres vivos.

Según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo, en el último lustro, en el Estado español se ha aumentado un 8% la producción, al tiempo que se ha perdido un 6% en salarios. Esto alude a otro problema: el reparto de la riqueza, algo absolutamente necesario, ya que las veinte personas con mayor capital en España poseen el mismo capital que los nueve millones más pobres. Llevando a cabo un reparto justo de la riqueza, y sustituyendo el objetivo de crecer por el del buen vivir, el crecimiento económico perdería sentido, al estar satisfechas las necesidades al margen del consumo y del endeudamiento.

Rescato unas palabras de una entrevista a Yayo Herrero, antropóloga, educadora social, ingeniera técnica agrícola y activista desde la ecología social, para el libro -cuya lectura recomiendo- 'Euskal Herria. Decrecimiento y Buen Vivir. Alternativas al modelo actual' (Sua 2014, Mugarik Gabe):

“Nosotros hablamos del decrecimiento de la esfera material de la economía porque nuestras sociedades van a tener que aprender a vivir con menos materiales y energía, con menos cobre, menos platino, menos litio, menos petróleo... Si a esto le sumamos el calentamiento global, que básicamente significa un cambio en las reglas que organizan lo vivo, te encuentras en un momento en que ese decrecimiento es una obligación”. 
“Si sabemos que estamos en un planeta con recursos naturales finitos, que tiene una cantidad predeterminada y escasa de estos recursos, su regeneración no es tan veloz como nuestra capacidad de extracción y consumo, deberíamos plantearnos seriamente qué producir, para quién, cuánto y cómo.”

¿Hacemos lo que Podemos?

“El problema no es que la pequeña y mediana empresa no pueda pagar los costes laborales de sus trabajadores, el problema es que la gente no consume”. Una frase que Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, ha repetido en muchas de sus intervenciones en los medios de comunicación aludiendo a Keynes. 
“¿Vosotros creéis que Podemos puede presentarse a unas elecciones planteando el decrecimiento cuando los demás van a ofrecer lo contrario? Nosotros creemos que no”. Juan Carlos Monedero, portavoz y fundador de Podemos, durante las jornadas “El reto del empleo en tiempos de crisis – Trabajo, empleo y límites del planeta”, Noviembre de 2014.

El modelo económico de Podemos tiene claras referencias al keynesianismo. Vicenç Navarro y Juan Torres, académicos reconocidos internacionalmente, no esconden su apuesta por ese modelo, que en su día tuvo su validez para salvarle la cara al sistema capitalista. El keynesianismo consiste en incrementar considerablemente la inversión pública para aumentar la demanda agregada, esto es, el consumo de las familias y las pequeñas y medianas empresas, de cara a crear empleos, aumentar el poder adquisitivo de las personas y que la rueda del consumo y del crecimiento siga girando de forma perpetua. Vicenç Navarro en varios artículos ha mostrado su oposición frontal al decrecimiento y en una intervención en La Tuerka (programa de PúblicoTV) sobre el decrecimiento, aseveró: “los que están proponiendo el decrecimiento son unos reaccionarios”.

Vicenç Navarro asegura que los que defendemos el decrecimiento olvidamos que hay diferentes tipos de crecimiento, y pone el ejemplo de que podemos crecer en la fabricación de vehículos eléctricos en detrimento de los vehículos que utilizan combustibles fósiles, y que ese tipo de crecimiento es recomendable. Parece ser que olvida ciertas cosas, como que el litio disponible da para fabricar sólo un millón de estos vehículos al año a nivel mundial (frente a los mil millones de coches que ya hay en el planeta), y que las reservas de ese material son limitadas, por no hablar del consumo de materias primas y energía que requiere la industria del automóvil particular, independientemente del combustible que estos utilicen para circular. La respuesta del decrecimiento a ese modelo de crecimiento propuesto por Navarro es el crecimiento -aquí sí- de los medios de transporte colectivos, al mismo tiempo fomentando la economía local y reduciendo la necesidad de movilidad a largas distancias en la vida cotidiana de las personas y en los transportes de mercancías.

Pablo Iglesias ha repetido en multitud de ocasiones: “de la crisis se sale con políticas económicas expansivas, aumentando la demanda agregada”. Esas políticas expansivas enmarcadas en el panorama del colapso de los recursos naturales, recaerían sobre los países del Sur y sobre las próximas generaciones. La economía basada en el consumo ha de terminar además, porque es físicamente imposible mantenerla a pocos años vista, lo que deberíamos de discutir es cómo sustituimos el modelo.

Llama la atención cómo Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Alberto Garzón y otras figuras públicas que defienden una postura a favor del crecimiento económico, firman públicamente el  “Manifiesto Última Llamada” que aboga exactamente por lo contrario. Este manifiesto pretendía ser una llamada de atención a la sociedad, para advertir de que estamos en una situación límite en la que la escasez de los recursos y los problemas ecológicos se están multiplicando exponencialmente, y que tenemos la responsabilidad de cambiar todo el modelo capitalista que provoca esta situación. Si no se trata de salir en la foto, que no lo hagan de perfil y de puntillas, y que se mojen.

El que una organización política se haga llamar “Podemos”, podría dar a entender que podemos cambiarlo todo, pero parece que pretende ser “hacemos lo que Podemos”, dando por hecho que muchas cosas esenciales no pueden cambiarse. Podemos, no es el 15M, ni pretende serlo, y en ese camino hacia el éxito electoral, se han olvidado de las reclamaciones de los movimientos sociales implicados en el cambio de la sociedad desde abajo. A cambio ha conquistado al gran público que sigue sus intervenciones televisivas, y a otras muchas personas que de buena fe creen que es su última esperanza. Es ahí donde Podemos ha ganado, ha creado expectativas, esperanza en mucha gente, veremos en qué se convierte bajo la lógica de la búsqueda de las mayorías sociales. Creo que son conscientes de la escasez de recursos naturales y el problema ecológico y social al que nos enfrentamos, aunque no sé hasta qué punto, porque por encima de esto, impera en ellos la lógica de la conquista del poder, y creo que ven el problema como lo ven muchos dirigentes políticos de otros países que acuden a cumbres internacionales sobre el clima: buenas palabras que nunca acaban de materializar en sus políticas de gobierno.

Ellos tienen mucha capacidad de convocatoria en los medios de comunicación, tienen ese poder de divulgar ideas rupturistas, que modifiquen el debate establecido. De hecho, han introducido en el debate asuntos de interés de los que ningún partido hablaba, como la renta básica universal o la auditoría de la deuda; es arriesgado tratar estos temas, pero a la vez es necesario poner encima de la mesa este otro debate, que es de vital importancia para cambiar las reglas del juego. Por eso creo que el decrecimiento es una de las asignaturas pendientes más importantes en el discurso de Podemos, ya que es la mayor garantía de progreso social, cultural, laboral, del cuidado de la naturaleza y de nuestras vidas. Muy al contrario, el crecimiento nos aboca a la escasez, a la alienación, a la desigualdad, a la precariedad laboral y a la destrucción de la biosfera.

Promover el decrecimiento obliga a apostar por la economía local, las monedas sociales con carácter ético, la soberanía alimentaria, los espacios de autogestión, abandonar el productivismo y el extractivismo, y es antagónico al proyecto que propone Podemos, en el que el Estado es el principal garante del bienestar, y en el que se asume el discurso del crecimiento como fuente de bienestar y progreso, para conseguir el apoyo electoral. Creo que cometen un error muy grave al adoptar como propia la postura del crecimiento y por tanto del capitalismo. El keynesianismo es pan para hoy, hambre para mañana, y lo que es peor, ya es hambre hoy para una parte importante de la humanidad y para la naturaleza. Hoy deberíamos hablar de dos posturas antagónicas: una es el productivismo, defendido por los neoliberales en forma de darwinismo social y por los socialdemócratas en forma de reparto de los beneficios dentro del marco de las democracias liberales capitalistas, y por otro lado, la postura de la reconciliación con la naturaleza y con el buen vivir defendida desde el “ecologismo libertario”, de los que hay muchos ejemplos que no necesariamente se reconocerán todos con esta etiqueta.

Es necesario disputar la hegemonía cultural en lugar de la electoral, necesitamos una sociedad consciente del problema al que nos enfrentamos, y que en los próximos años vamos a padecer como no tomemos el camino adecuado para que nuestra existencia sea posible en igualdad y sostenibilidad. Se acercan tiempos difíciles, debemos ser osadas y no esconder la realidad; no se trata de que seamos catastrofistas y nos encerremos en el discurso de que no hay nada que hacer, ya que eso nos conduce al inmovilismo y al fracaso; se trata de irrumpir con un discurso optimista que muestre que existen alternativas que nos pueden llevar a vivir mejor con menos, al tiempo que se hace un llamamiento a la responsabilidad colectiva como habitantes de un lugar común que debemos conservar para poder seguir viviendo en él.

Las leyes de la física y la escasez nos obligan a decrecer y a cambiar el sistema económico, laboral, social y cultural, y para ello necesitamos desear el cambio, antes de que el cambio nos atropelle.

Antonio Turiel, físico del CSIC, experto en el peak oil y autor del blog “The Oil Crash” (crashoil.blogspot.com) dice en un artículo titulado 'Lo que no podemos':

“Los decrecentistas, en realidad, tienen que entender que hay que seguir haciendo pedagogía con la sociedad. Hay que seguir explicando que el ecosistema planetario está gravemente enfermo, y que esta frase no es un lugar común sino un hecho constatado y doloroso; hay que seguir diciendo que esta crisis no va a acabar nunca y explicar el porqué; hay que decir en voz cada vez más alta que ni el fracking ni las renovables ni ninguna otra tecnología-milagro van a resolver nuestros problemas; hay que advertir que a pesar de los sueños de recuperación estamos a las puertas de una gran recesión que puede traer consecuencias peligrosas e imprevisibles; hay que gritar, a pleno pulmón, la verdad a la cara. Sólo cuando sepamos podremos comprender mejor lo que sucede, cambiando también lo que somos. Sólo cuando cambiemos lo que somos cambiaremos lo que podemos. Y sólo entonces podremos.”

La socialdemocracia es el salvoconducto del sistema totalitario mercantil. Decir que se puede "salir de la crisis", "acabar con la corrupción" o "recuperar el crecimiento económico" -mediante dinero deuda o devaluación, y explotación de recursos finitos-, es asumir que este sistema tiene remedio -eso a lo que los socialdemócratas llaman "realismo"-, frente a las personas que nos oponemos a esta aceptación servil del orden establecido. El neoliberalismo y la socialdemocracia son las dos caras de la misma moneda: cuando una de las dos caras se desgasta, aparece la otra como solución única a nuestros problemas. El Estado y la delegación del poder en unas minorías que se erigen como los "sabios gestores" o como los "gestores honrados y generosos", nos impiden avanzar por el camino de la democracia directa, la autogestión, la emancipación y del cuidado de la naturaleza y la vida.


El decrecimiento y la autogestión para el buen vivir

“Cualquier contestación al capitalismo tiene que ser decrecentista, autogestionaria, antipatrialcal e internacionalista”. Carlos Taibo, escritor y profesor de política en la UAM.

Es necesario que construyamos un modelo paralelo a este sistema de consumo, en el cual primen el apoyo mutuo y la autogestión y que nos libere de la dependencia del sistema en temas primordiales como la energía, el agua y la soberanía alimentaria.

Tenemos mucho que desaprender y comenzar a construir realidades que aumenten nuestro bienestar y el de todos los seres vivos con los que compartimos este lugar. El decrecimiento como fórmula de aumento del bienestar nos invita a trabajar menos horas de forma asalariada, y en cambio, a aumentar el número de horas que dedicamos a la vida social, a proyectos comunes que nos liberen  del capitalismo, creando una economía cada vez más local, solidaria y que respete los límites de la naturaleza, por el camino de la economía de los bienes comunes, el reparto de los trabajos productivos y reproductivos, y una renta básica de transición, cediendo el protagonismo a las monedas sociales. Son amplísimos los caminos del decrecimiento y el buen vivir que nos conducen por las vías de la autogestión: los grupos de consumo, las ecoaldeas, las cooperativas integrales, de crédito, y de usufructo de viviendas, la ocupación y autogestión de centros de trabajo en quiebra por parte de las trabajadoras, y cualquier espacio que emerja de las necesidades reales de la sociedad y de la naturaleza. Asimismo implica luchar contra la obsolescencia programada y contra la colonización de la publicidad en nuestras vidas, fomentar el acercamiento entre productores y consumidores, “ruralizar” la sociedad repensando el modelo urbanístico de las ciudades y sus cinturones industriales, luchar contra gentrificación, sustituir espacios destinados a vehículos privados por espacios para el esparcimiento, para huertos urbanos y para transportes colectivos, alcanzar la soberanía energética y alimentaria, y tantas cosas que se pueden hacer para crear una economía diferente, decrecentista, anticapitalista y del buen vivir, abogando por la abolición del patriarcado y de cualquier forma de discriminación por cuestiones de sexo, etnia, creencia o pensamiento.

El buen vivir es aquel que procura unos estándares de vida suficientes a cambio de destinar más tiempo a satisfacer las necesidades no materiales: la familia, las amistades, el aprendizaje, proyectos artísticos o intelectuales, autoproducción, compromisos sociales, participación política, relajación, exploración espiritual, búsqueda de placeres y otras actividades que se relacionan poco o nada con el dinero.

No debemos olvidar lo más importante, la labor que individualmente debemos hacer para construir un sujeto con otros valores distintos, en los que primen el altruismo, frente al egoísmo; la cooperación, frente a la competición; la vida social, frente al consumismo; el actuar localmente y pensar globalmente, frente a la globalización capitalista; la calidad, frente a la cantidad y la productividad; la solidaridad y la responsabilidad, frente al individualismo; el amor, frente al odio...

Cambiemos el ruido y la materia, por el amor y la poesía.

Sólo la utopía puede evitar la distopía.

Refugiados

Axolotl es un cuento terrible de Julio Cortázar. En este, como en otros relatos suyos, el genio es capaz de introducirnos en el personaje. Sentir desde dentro todo su horror. Son por historias que derrochan humanidad.

Porque no se es realmente humano hasta que no es uno capaz de ponerse en el lugar del otro.

Un modo de eludir esta identificación es no pensar demasiado, o desviar la mirada de las desgracias ajenas. Pero hay otro peor, que es la insensibilidad para sentir con los demás. 

Descartes pensaba que los animales eran autómatas porque, privados de alma, carecían de sensibilidad. Así que no podían sufrir aunque su conducta "imitara" mecánicamente el sentir y el sufrir, propio de los humanos.

La tentación de negar humanidad a los otros es la fuente del racismo y la xenofobia. 

El caso extremo de negación de sentir con y por los otros es la psicopatía:
"Hay un consenso general acerca de ciertas características evidentes y comunes en los psicópatas, como por ejemplo: Su falta total (o muy elevada) de empatía, culpa o remordimiento. Su tendencia a "cosificar" a las personas u otros seres vivos que le rodean, y su continua violación de los derechos y normas sociales ya sea de un individuo o la sociedad."
El psicópata puro que no quiere a nadie seguramente es excepcional. La psicopatía grupal, en cambio, es más frecuente. Pero generalmente no se manifiesta en toda su crudeza, sino que intenta argumentar su rechazo a los otros.

De la incoherencia de estos argumentos trata este artículo. Seguramente, acorralados por su propia contradicción, enfrentados a ella, acabarán confesando que guardan en su alma algo bastante negro.

O escaparán por la tangente. Como cantaba Javier Krahe:


Cualquier otro, sin mi fe,
Con seguridad blasfema
o se va a tomar café

Por mi parte, que se vayan a tomar.






Rebelión



Leí con atención el comentario de Hasnain Kazim en Der Spiegel sobre qué dicen los “ciudadanos alemanes preocupados” con el tema refugiados en los foros de internet, en las charlas de sobremesa, los medios sociales o en cartas al director. Mismos argumentos clonados que se oyen también en otras partes: en nuestros bares, en bocas de tertulianos y ciudadanos de escaso seso.

Escriben: ¡Solo vienen hombres jóvenes! ¡Solos! ¿Dónde están, dónde se han quedado las mujeres y los hijos, los viejos y enfermizos? ¡Cómo pueden ser tan egoístas y dejarlos solos en su país en medio de la guerra! Pero también escriben: ¡Si dejamos a estos musulmanes que vengan vamos a sufrir una invasión por parte de sus familias numerosas! ¡No es raro que tengan seis hijos! ¡Son demasiados! ¡No admitamos la reagrupación familiar!

Pide: ¡Que los refugiados aprendan alemán, que se integren, que acepten nuestra cultura y que sigan sus pautas¡ Y piden también en sus cartas y comentarios: ¿Por qué aprenden alemán? ¡No se tienen que quedar aquí sino que deben regresar a sus casas, a su país, en cuanto reine allí la paz! Y desean: ¡Que a lo sumo estos extranjeros de otra cultura permanezcan un año y luego se les dé carretera y manta!

Hay quienes piden: ¡Deben insertarse en nuestra sociedad y no vivir en paralelo, porque para ese negocio mejor que se hubieran quedado en casa!, pero al mismo tiempo tampoco esto les satisface: ¡Porque quieren quitarnos a nuestras hijas, y eso debemos impedirlo!

Si los refugiados reciben ayuda estatal, que les posibilite en Alemania una vida humanamente digna,dicen: ¡Viven meses, años, a nuestra costa, son parásitos sociales! Si trabajan, se comenta: ¡Nos quitan nuestros puestos de trabajo! ¡En Alemania hay ya demasiados parados y primero somos nosotros!

Por una parte: ¡Los refugiados deben, no faltaba más, permanecer seguros en terceros países! ¿Pero por qué vienen a Alemania si de igual modo podían vivir en Grecia o en Italia? Por otra parte : ¡Algunos quieren ser refugiados de lujo, se agencian un billete caro de vuelo para viajar a un país seguro y así abusar de nuestro magnánimo derecho de asilo! ¡Esto no puede ser! ¿De qué tienen tanto dinero? ¿Cómo pueden permitirse el lujo de un billete de primera clase?


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Todo sirve para elaborar y trenzar lo mismo un pretendido argumento contra los refugiados como su contrario, y también de rechazo. Y es que las justificaciones para una postura de rechazo y del no son igual de malas que el derecho de asilo alemán: que asumido en la constitución como derecho fundamental es, de hecho, anulado ya en el párrafo siguiente.

Quien no comparte esta angustia y este miedo, al menos no en la medida en que ellos apuntan en este barullo contradictorio de dimes y diretes, es a sus ojos un buenón un poco imbécil, un iluso izquierdoso, un amigo de extranjeros a los que mejor sería no despacharlos.

Esta gente, si fuera honesta, no se metería en estos berenjenales apestosos ni se enfangaría en este mar de contradicciones. Debieran confesar limpiamente lo que realmente piensan: ¡No queremos refugiados, no queremos que participen de nuestro bienestar, no nos interesa el resto del mundo, lo importante es que a nosotros nos vaya bien y si alguien se nos acerca debe ser como nosotros! ¡Pero lo mejor que nadie venga! Olvidaos del amor al prójimo. Cierto, se acerca la Navidad y cantaremos: ¡Venid, acercaos todos, llega el niñito!, pero vosotros lejos, fuera.

Sería lo honrado.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sobre el placer de trabajar


Si Tripalium era un instrumento de tortura, nuestra lengua, entre otras latinas, entendió que el trabajo no es un precisamente un placer. No tenía este sentido labor, aunque ahora sean sinónimos trabajo, treball, traballo, travalho, lavoro...

Evidente ambigüedad en el concepto. No es lo mismo la labor placentera y creativa que el trabajo enajenado, cuyo fruto no recibe, y a menudo ni siquiera ve, el trabajador.

La ambigüedad sigue y seguirá. Total acuerdo con las afirmaciones de Paul Lafargue en El derecho a la pereza, pero probablemente en el futuro habrá que trabajar más, al agotarse la disponibilidad de esos esclavos energéticos que realizan ahora las labores más duras.

En el Juan de Mairena de Antonio Machado hay un diálogo muy instructivo, no exento de ironía:
–La sociedad burguesa de que formamos parte –habla Mairena a sus alumnos– tiende a dignificar el trabajo. Que no sea el trabajo la dura ley a que Dios somete al hombre después del pecado. Más que un castigo, hemos de ver en él una bendición del Cielo. Sin embargo, nunca se ha dicho tanto como ahora: «El que no trabaje que no coma». Esta frase, perfectamente bíblica, encierra un odio inexplicable a los holgazanes, que nos proporcionan con su holganza el medio de acrecentar nuestra felicidad y de trabajar más de la cuenta.
Uno de los discípulos de Mairena hizo la siguiente observación al maestro:
–El trabajador no odia al holgazán porque la holganza aumente el trabajo de los laboriosos, sino porque les merma su ganancia, y porque no es justo que el ocioso participe, como el trabajador, de los frutos del trabajo.
–Muy bien, señor Martínez. Veo que no discurre usted mal. Convengamos, sin embargo, en que el trabajador no se contenta con el placer de trabajar: reclama, además, el fruto íntegro de su trabajo. Pero aquellos bienes de la Tierra que da Dios de balde, ¿por qué no han de repartirse entre trabajadores y holgazanes, mejorando un poco al pobrecito holgazán, para indemnizarle de la tristeza de su holganza?
–Porque Dios, señor doctor, no da nada de balde, puesto que nuestra propia vida nos la concede a condición que la hemos de ganar con el trabajo.
–Muy bien. Estamos de nuevo en la condición bíblica del trabajo: dura ley a que Dios somete al hombre, a todos los hombres, por el mero hecho de haber nacido. Es aquí a donde yo quería venir a parar. Porque iba a proponeros, como ejercicio de clase, un «Himno al trabajo», que no debe contribuir a entristecer al trabajador como una canción de forzado, pero que tampoco puede cantar, insinceramente, alegrías que no siente el trabajador. 
Conviene, sobre todo, que nuestro himno no suene a canto de negrero que jalea al esclavo para que trabaje más de la cuenta.
Más claramente dirigida a la explotación laboral va esta sátira muy divertida de La Trinca. Tras el vídeo dejo letra y traducción para los que no entiendan el catalán.



 Visca Nostramo















viernes, 13 de noviembre de 2015

Topología recreativa (V)

Leonhard Euler demostró la imposibilidad de resolver el problema de los puentes de Koenisberg. La razón, ya expuesta, es que, siendo allí impar el número de puentes en cada región, atravesarla requiere entrar y salir utilizando dos puentes. Volver a entrar por el tercero impide salir sin repetir el paso por alguno de los tres. En el caso de la isla, con cinco puentes, se puede entrar y salir dos veces, pero no una tercera. Habiendo tres regiones limítrofes, nos quedaremos sin visitar alguna.

Pero al duplicar el paso por los puentes, atravesándolos en ambos sentidos, el problema se resuelve siempre, con cualquier número de puentes y regiones.

Cualquier red, por intrincada y laberíntica que sea, puede recorrerse por completo, cada tramo en ambos sentidos, sin más que recordar unas sencillas reglas. Para comenzar a orientarnos por la malla es importante señalar, al entrar por vez primera en un nudo, la vía por la que entramos y aquella por la que decidimos salir. De este modo reconoceremos, al volver a pasar por él, las que no hemos usado nunca, las que ya usamos para entrar, pero que podemos usar para salir, y aquellas por las que ya salimos y no podemos utilizar para salir de nuevo.

No basta con eso. Naturalmente, llegar a un fondo de saco no tiene más solución que retroceder. En los demás casos, si al llegar a una encrucijada encontramos todas las posibles salidas sin marcar, podemos utilizar cualquiera de ellas. Pero si hay marcas que indican que la hemos atravesado antes debemos retroceder a la encrucijada anterior y allí elegir una vía sin marcas, o en su defecto salir por una que tenga sólo la señal de entrada.

Con estas precauciones recorreremos dos veces toda la red, y llegaremos al punto deseado. Si estábamos perdidos, seguro que daremos con la salida. Así que, contra la vieja creencia, un laberinto no es nunca inextricable.

No importa que el grafo represente un laberinto, las galerías de una mina, los senderos de un bosque o las calles de una ciudad. Siempre podremos llegar al punto deseado. Eso si, puede que tengamos que recorrer casi toda la red, ¡y además dos veces!


Resulta entretenido un juego consistente en dibujar un grafo y recorrer todas sus conexiones respetando las reglas establecidas. Al igual que en un laberinto real no podemos orientarnos viendo todo el conjunto, podemos imitar en nuestro juego esta circunstancia tapando el dibujo con un cartón agujereado de modo que sólo podamos ver las vías que parten de cada nudo, elegir y marcar por esa ventanilla e ir recorriendo el grafo nudo a nudo. Si no cometemos errores y al llegar a un punto en que ya no podemos seguir el juego levantamos el cartón, comprobaremos que toda la red ha sido recorrida dos veces.


(Siendo niño me entretuve alguna vez con este juego. ¡Largos veranos de Écija, aquellas tardes tórridas en las que, hasta el atardecer, sólo se podía leer o jugar, tumbado en el suelo de frescas baldosas, con las contraventanas entornadas!)

En un grafo puede haber lazos, ciclos, vértices con un solo lado, conexiones únicas o múltiples. La figura que sigue es ejemplo de grafo con todas estas variantes. Tiene veintisiete vértices y treinta y tres lados, por lo tanto, contabilizamos 67 puntos consecutivos en el recorrido, contando el de entrada y salida. Si comenzamos en el punto en que nos habíamos extraviado encontraremos la salida antes de totalizar el recorrido.

Obsérvese en este ejemplo que el número de visitas a cada vértice coincide con el número de vías concurrentes. El lazo cuenta como dos, pues dos son sus accesos desde la encrucijada correspondiente.


(pulsar sobre la figura para ampliarla)

Los grafos, como conjuntos de relaciones, son una ayuda imprescindible para estudiar objetos complejos, como los circuitos electrónicos. Pero también lo son para visualizar cualquier sistema o proceso.

Igualmente sirven para ordenar acontecimientos y tomar decisiones. 

Me atrevo a decir que un grafo es una metáfora de la conducta en la vida, donde encontramos atolladeros y callejones sin salida, encrucijadas en que hay que tomar decisiones sobre qué camino seguir. Y en muchas ocasiones debemos volver sobre nuestros pasos e iniciar otra ruta.

La enigmática alegoría de Durero no aparecía completa en la edición cuya portada reproduje. Sí lo estaba en mi libro, hasta que en una encuadernación defectuosa se suprimió la portada. La palabra que transporta el monstruo alado da todo su sentido poético esa melancolía que el ángel trata de combatir con los elementos del trabajo y el estudio.

Mientras funcione la mente está prohibido aburrirse.



martes, 10 de noviembre de 2015

Topología recreativa (IV)

La que ahora es Kaliningrado fue durante siglos Koenigsberg, capital de la Prusia Oriental: la ciudad de Kant. Ahora supera los 400.000 habitantes, pero en su época era diez veces menor. Unos veinte kilómetros antes de llegar a su centro histórico, el río Pregel se divide en dos brazos, entre los que deja una larga cadena insular. Finalmente se reúnen de nuevo en lo que es el núcleo más antiguo de la ciudad, la pequeña isla de Kneiphof.


Siete puentes, hoy desaparecidos, unían entre sí las partes divididas por el río. Seguramente el filósofo, en sus paseos diarios, atravesaba algunos de ellos. ¿Pudo Kant dar un paseo en que atravesara todos los puentes una sola vez?

Será más fácil abordar el problema si prescindimos de la distribución real de los puentes sobre el territorio de la ciudad. Cuando las distancias y direcciones reales no importan, las relaciones se entienden tanto mejor cuanto más sencillo es el esquema.

Las instalaciones eléctricas se realizan sobre esquemas, que son grafos cuanto más claros mejor, porque la mayor o menor longitud de sus cables supone una caída de tensión despreciable, y la energía eléctrica, en su transmisión, tampoco depende de los cambios de dirección: para la mayoría de los efectos (¡no para el electromagnético!) es indiferente que un cable esté o no enrollado.

Cualquiera de los esquemas que siguen refleja las conexiones que establecían los puentes de Koenisberg y es válido para trabajar sobre él.


Elegiré el último, cuya geometría parece más equilibrada y satisfactoria

Reflexionando sobre los ejemplos de figuras de un solo trazo que vimos aquí, se observa que en el sobre sencillo no coinciden el punto de partida (1) y el de llegada (9), que sí lo hacen (1 y 25) en el sobre de Lewis Carroll.

La imposibilidad de regreso al origen en el primer caso es fácil de comprender, si analizamos el número de lados que concurren en cada vértice. Salvo para el inicial y el final, cada vez que se entra en uno hay que salir para proseguir la marcha, y como no se puede volver a pasar por el mismo, cada paso por un vértice elimina dos trayectos. El vértice de partida y el de llegada deben tener un número impar de aristas concurrentes; los demás deben tener un número par. De los cinco vértices del sobre mágico uno tiene dos aristas, otros dos cuatro y los dos restantes, de tres aristas, deben ser necesariamente los terminales.

Diferente es el caso del sobre mágico. Aquí, en doce vértices concurren dos lados, y en seis, cuatro. Todas las entradas encuentran así salida, y la inicial debe ser también final, completando un ciclo. Si el punto de partida no lo fuera también de llegada, en ambos quedaría algún lado sin recorrer. O habría que pasar dos veces por algún tramo, contra la hipótesis considerada.

Se comprende entonces la imposibilidad del paseo propuesto para los puentes de Koenisberg. Hay tres vértices con tres puentes y uno con cinco; en todos es impar el número de lados. Antes de completar el recorrido llegaremos a un punto por el que ya hemos pasado un número par de veces, entrando y saliendo, y no podremos salir de allí sin repetir puente.

Conclusión: el recorrido es imposible si todos los vértices tienen un número impar de lados.

El problema, sin embargo, se puede resolver en todos los casos si admitimos cruzar los puentes dos veces, pero en sentido contrario. Este doble paseo siempre es posible. Todo grafo conexo (se excluye así la posibilidad de considerar que es un grafo lo que serían varios independientes) admite el doble paseo, aunque hemos de ser muy cuidadosos si queremos evitar entrar prematuramente en un bucle que nos impida salir sin repetir tramo y sentido.

Lo que hacemos así equivale a duplicar las rutas: incluso la llegada a un callejón sin salida nos permite regresar por donde vinimos.

He aquí una solución con este doble recorrido de los puentes. Los vértices se recorrerán en orden numérico. Los puentes, en orden alfabético:


















El caso del dodecaedro maldito es diferente, porque podemos, y debemos, dejar aristas sin recorrer. Aquí lo importante es evitar un bucle prematuro, como el que se ocasionaría, por ejemplo, rodeando menos de seis caras en línea, o con un ciclo que aloje en su interior uno o más vértices a los que ya no podrá llegarse.