miércoles, 23 de diciembre de 2015

Contradicciones en el camino

Si era un tema incómodo, el de la entrada anterior, no es menos incómodo el de las lógicas consecuencias de lo allí denunciado. Me ocuparé de eso ahora. 

Es encomiable el esfuerzo de los  gobiernos progresistas por sacar de la miseria a sus poblaciones. Para concitar entusiasmo y galvanizar su apoyo consideran prioritario no defraudar el natural deseo de ascenso social. Los más pobres comparten con la burguesía la ideología del consumismo. Más que en una ardua y lenta labor pedagógica, los gobiernos se apoyan en fáciles promesas, y para cumplirlas recurren a políticas asistencialistas, lo que no es malo en sí mismo vistas las necesidades acuciantes de los pueblos depauperados.

Pero esto tiene dos consecuencias importantes. Por una parte, esos pobres cambian de situación social antes que de ideología, y muchos empiezan a verse como clase media, la que no tiene por lo general otra meta que consolidar una situación relativamente privilegiada o ascender más aún. Llegados aquí siempre hay otros más pobres de los que defenderse. La memoria es selectiva, es fácil creer que el ascenso ha sido obra exclusiva de su esfuerzo personal, y fácilmente disminuye su apoyo a quien los ha encumbrado.

Por otra parte, en el mercado mundial las vías para financiar ese estado asistencial son el recurso al crédito y las inversiones extranjeras, confiados en los altos precios que alcanzan las materias primas y los monocultivos en que es más rápido y fácil apoyar su crecimiento. Esas inversiones se dirigen a consolidar su papel de suministradores de materias primas más que de productos elaborados. Es un círculo vicioso difícil de romper.

Pero cuando la crisis universal de la escasez avanza, el ciclo de la prosperidad creciente se cierra. Los precios de esas mercancías bajan y el castillo de naipes se desploma, mientras pasan a primer plano las protestas de las poblaciones que sufren la devastación causada por el extractivismo y los monocultivos para la exportación.

El efecto es doble. Al desclasamiento de unos que ven frenado su ascenso se une la protesta de los damnificados por el daño hecho a su modo de vida tradicional.

En esas estamos. Los gobiernos progresistas empiezan a perder elecciones y se instalan de nuevo quienes una vez aposentados son muy difíciles de desalojar.






Entrevista a Claudio Katz, economista e investigador del CONICET
La Llamarada
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En un trabajo reciente señalé que existe una “dualidad en América Latina” porque este cambio en el ciclo político y en las relaciones de fuerza coexistió con una consolidación del patrón de acumulación extractivista, asentado en la exportación de materias primas básicas y en la inserción de América Latina como proveedora de productos básicos en la división internacional del trabajo. Esta situación es natural para un gobierno neoliberal, forma parte de su estrategia. Pero para gobiernos progresistas, de centroizquierda, hay una tensión con esa estructura; y para gobiernos radicales, distribucionistas, hay un conflicto de grandes proporciones.

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Sobre una mirada metabólica de la política


Rebelión
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Toda esta maquinaria sólo es viable mientras el Estado logre capturar márgenes adecuados de excedentes. Los gobiernos necesitan financiarse para sostenerse a sí mismos (lo que no es menor, porque el empleo público se multiplicó en casi todos los países progresistas), y simultáneamente mantener programas de compensación social.

El motor principal para lograr estos equilibrios han sido los extractivismos, tales como la minería, los hidrocarburos o los monocultivos. Por más que se acumule la evidencia sobre sus graves impactos sociales o ambientales, sus costos económicos escondidos, o la dependencia de los compradores o inversores internacionales, a pesar de todo eso, en lugar de buscar nuevas opciones, los progresismos optaron por profundizar todavía más su dependencia extractivista. Ahora rebajan los controles, ofrecen cuantiosos subsidios, contratos secretos, o reprimen la protesta ciudadana.
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Argentina 2015: Claves de una derrota


Rebelión
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...el boom del consumo que el kirchnerismo alentó y cultivó como política de estado no crea hegemonía política, error en que cayeron todos los gobiernos progresistas y de izquierda en la región. Ni aquí, ni en Venezuela, ni en Bolivia. En ninguna parte. La hegemonía es resultado de la educación política, de la supremacía en la batalla de ideas, de la concientización al estilo de Paulo Freire, y no del mayor acceso a los bienes de consumo. Y, desgraciadamente, en las experiencias progresistas de la región la formación política de las masas no tuvo la prioridad que debía haber tenido. Se confió en la magia del mercado: accediendo a algunos bienes se suponía que los nuevos consumidores retribuirían con lealtad política. Pero esa conexión entre consumo y hegemonía política no funciona de esa manera. Tal vez funcione en una dirección contraria. En todo caso, las consecuencias están a la vista.

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Rebelión
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Conviene insistir en lo siguiente: el extractivismo es una modalidad de acumulación capitalista que centraliza tanto el poder como la soberanía sobre el territorio; esto es, estructura un tipo de soberanía (nacional-estatal) que mercantiliza y monopoliza la decisión sobre los llamados “recursos naturales”. Esta racionalidad, esta forma política de hacer particular, esta modalidad de dominación transnacionalizada y corporativa, que se superpone y evita que la gente realice una gestión directa de los bienes comunes, está dotada de sentido por los procesos de acumulación de capital a escala global, por la División Internacional del Trabajo y la Naturaleza.

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martes, 22 de diciembre de 2015

Un tema incómodo

En otro contexto, y equivocándose de otra forma, Lope de Vega excusaba su gran teatro como una concesión al mal gusto popular, justificándolo de forma errada y con un tanto de cinismo:

 “Y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.”

El pago que ese "vulgo" suele dar hoy a quienes le prometen "en necio" es el gobierno de las naciones.

Buena parte de la izquierda (casi, casi toda) también aprovecha la corriente principal del sentir común, y antes que plantear lo ecológica y socialmente posible, prefiere lanzar la promesa de convertir a cada ciudadano en un buen burgués. Los cerebros de PODEMOS lo han dicho abiertamente: "con lenguaje de izquierdas no se ganan elecciones". 

Pero ganando elecciones con el lenguaje del capital no se cambian las mentes y los corazones, solamente se ganan, según la vieja frase imperial. Sin ese cambio del pensar y sentir sólo se ganan los estómagos, que además enferman de bulimia.

Y cuando las promesas fáciles dejan de ser posibles, esos estómagos más o menos agradecidos durante un tiempo, que siguen exigiendo más y más de esa comida basura, se vuelven con rapidez a los que desde siempre han ofrecido lo mismo, y además parece que lo tienen.

Así que el resultado suele ser semejante al de aquel chiste telefónico de Cassen:

"Oiga, ¿es el partido comunista? ¡Que me borren, que me ha tocado una quiniela!".

Esa quiniela se despilfarra en poco tiempo. Y a esperar la próxima crisis o el próximo incumplimiento de los nuevos detentadores del poder para empezar otra vez. En peores condiciones y tal vez con las mismas promesas.

Contra la fácil subasta de maravillas electorales, bastaría con echar bien las cuentas.

Y claro, convencer a la mayoría (que ese es otro cantar...)

Julia Evelyn Martínez, economista salvadoreña, profesora de la escuela de economía de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador, escribe esto:







Rebelión

El día que el presidente Nicolás Maduro declaró que el derecho a tener un televisor de plasma era un derecho que debería ser garantizado a todo el pueblo venezolano, bien podría ser considerado como el día que la revolución bolivariana dejó de existir. ¿Qué revolución socialista se puede sostener sí la utopía sobre la cual se construye es nada más ni nada menos que la universalización del consumo de las mercancías que constituyen los grandes fetiches de las modernas sociedades de consumo? ¿Qué guerra económica se puede ganar a la derecha sí no se tienen las armas ideológicas para enfrentar sus armas de consumo masivo.

En Argentina, la revolución kischnerista también trató de masificar el consumo de aparatos electrodomésticos como parte del proceso de democratización económica y social, y ya sabemos cómo terminó tal revolución. En 2011 el gobierno de la presidenta Cristina Fernández anunció el Plan LCD para Todos, para la compra financiada en 60 cuotas de 200 mil LCD de 32 pulgadas y alta definición, para atender prioritariamente a los jubilados, beneficiarios de la asignación universal por hijo y a titulares de planes sociales. De acuerdo a la expresidenta argentina, tener una televisión con pantalla LCD era parte del proceso de construcción de “una Argentina de pocos, a una Argentina de muchos, de todos".

En Cuba la utopía del consumismo está sustituyendo progresivamente a la utopía del comunismo, similar a lo que ocurrió en la década de los noventa en China y en los años recientes en Vietnam. Jóvenes y adultos que tienen el más alto nivel de desarrollo humano de América Latina y el Caribe y que fueron formados en los modelos éticos del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos, suspiran ahora nostálgicos “por todas las cosas bonitas y modernas que se pueden tener en cualquier lugar del mundo, pero no en Cuba”. ¿Será que la búsqueda del sueño consumista y no la pobreza es el acicate que mantiene a casi 6.000 personas de nacionalidad cubana varadas en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua en su ruta hacia Estados Unidos?

Quienes conocemos el sistema capitalista, sabemos que éste es una poderosa máquina de generar sujetos que voluntariamente subordinan sus vidas a los valores y a los principios de autoridad que son propios del orden económico, jurídico, político y cultural establecido por el Capital.

Esto implica que un gobierno de izquierda que pretenda tolerar y/o mantener el ordenamiento capitalista como estrategia política mientras se construye el socialismo, necesariamente tiene que aceptar que la cohesión social y la inclusión social de las personas tendrán que lograrse mediante la adopción del estilo de vida de la sociedad de consumo. Un estilo de vida que transforma los derechos de ciudadanía en derechos de consumidores y consumidoras, y que reduce la libertad personal a la libertad de elegir y de comprar mercancías en el mercado.

En esta situación, a estos gobiernos no debería extrañarles que la clase trabajadora y demás sectores subalternos mantengan su fidelidad o adhesión a un proyecto socialista en tanto no tengan un espacio dentro de la sociedad de consumo, pero tan pronto como obtengan ese espacio – ya sea por las políticas sociales redistributivas o por la vía del empleo o del crédito- éstos comenzarán a indignarse y a movilizarse en contra de todo aquello que consideren una amenaza al consumo conquistado. En consecuencia, apoyarán y votarán a quienes les ofrezcan la sostenibilidad y el aumento en este consumo, no importa si son de izquierda o de derecha, sí son demócratas o son fascistas. ¿No es lo que piden en las calles quienes quieren desde Brasil piden la renuncia de la presidenta Dilma Rouseff?

Algunos partidos de izquierda justifican sus derrotas señalando que sus gobiernos son víctimas de los “infantilismos de izquierda”, de la “guerra económica de la derecha” y/o del capitalismo salvaje. Otros partidos de izquierda (como el FMLN en El Salvador o el FSLN en Nicaragua) justifican el pragmatismo de sus políticas pro-capitalistas, aduciendo que no pueden ir contra la historia, ya que la revolución y el socialismo tendrán lugar en sus programas de gobierno, cuando la gente quiera la revolución y quiera el socialismo.

Es cierto que la conciencia de clase y la lucha por el socialismo se construyen, y que no pueden imponerse por decreto. Pero ¿se puede construir la conciencia de clase mientras se camina entre “el inmenso arsenal de mercancías” que resguardan los centros comerciales? ¿Se puede pensar y actuar solidariamente mientras se apilan las cuentas por pagar de las tarjetas de crédito? ¿Se puede desarrollar una conciencia socialista mientras el ser social se mantiene anclado al capitalismo y al consumismo?

La conciencia de clase y la adhesión a un proyecto socialista solo surgirán sí la gente se da cuenta que en el capitalismo y en el consumismo no está la solución a sus problemas fundamentales. Para esto se necesitan partidos (u organizaciones) de izquierda que ofrezcan narrativas y alternativas emancipadoras al Capital, con capacidad de transformar la indignación y la movilización popular en relaciones de poder coherentes con estas alternativas.

Lamentablemente, en su búsqueda de “realismo político” en la actualidad, muchos partidos de izquierda en América Latina han terminado adoptando la conciencia de clase de la burguesía y los patrones de consumo que corresponden a ésta. Por ello, difícilmente pueden ser tomados en serio cuando se presentan como alternativas socialistas y/o cuando presentan sus fracasos como el resultado de intrincadas conspiraciones entre la ultraizquierda y la derecha neoliberal.

He aquí un tema “incómodo” para debatir durante la orgía consumista de Navidad y Año Nuevo.

El frío de los otros

Gabriela Mistral fue maestra de primera enseñanza, que es tal vez algo más que ser premio Nobel. 

Dice mucho del Chile anterior a Pinochet el aprecio por sus mayores poetas, a los que hizo diplomáticos.

Por encima de los prejuicios de su tiempo (¿realmente superados hoy?), amó a otra mujer y fue amada por ella. Este es el testimonio de su amiga Doris:
"Era una persona tan llena de simpatía, de alegría, de hospitalidad, maravillosa, ¡realmente tan maravillosa! Tan espiritual. Vi gringas que no sabían quién era y quedaban maravilladas de su persona. Ella era excepcional. Nunca conocí en mi vida a una persona que pensara menos en sí misma y más en los otros y en el mundo. Y que tuviera una visión tan profunda. Era una mujer de gran visión"
Lejos de mi espíritu el ternurismo navideño, que ahora sienta (simbólicamente) a un pobre en cada mesa.

Pero la ternura de Gabriela es otra cosa, porque procede de quien ha vivido y ha sentido este frío de los otros.




A doña Isaura Dinator
Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!

¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!

El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;

que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.

Sed, puesto que marcháis
por los caminos rectos,
heroicos como sois
perfectos.

Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!


Es duro sentir, sentir de verdad, con los abandonados. La tristeza que genera la recoge muy bien una canción de María Elena Walsh

Que, como Gabriela, se sintió libre para amar. No puede ser casual que la ruptura con los prejuicios que es capaz de liberar el sentimiento de amor libere también la compasión. Porque son muchos los cobardes que la ocultan, tantos como los hipócritas que la fingen.

Entiendo que compasión no es conmiseración. Esta te coloca por encima de la miseria, pero solo se compadece de ti el que es capaz de padecer contigo.


 




Soy la maestra argentina,
segunda madre y obrera.
Mis niños andan descalzos,
mi escuela es una tapera.

Soy la que siembra destinos
del mar a la Cordillera,
donde no llega la tiza
y el libro es una quimera.

Campana de palo
repica en la soledad.
Letras de pólvora y piedra
el tiempo amontonará.
Pobrecita patria en flor,
hasta aquí llegó mi amor.

Soy la maestra argentina,
la que está sola y espera.
Vivo zurciendo penurias
y consolando miserias.

Soy la que enseña a sus hijos
a venerar la bandera
de este país generoso
del corazón para afuera.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Decrecimiento, aunque el término nos chirríe


Giorgos Kallis es un economista ecológico, ecologista político y profesor en el Instituto de Ciencia y Tecnología Medioambientales de Barcelona. Coordina la red europea de ecología política y ha editado en Icaria el libro ‘Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era’.

Tantas horas he dedicado aquí a hablar de este tema que no puedo evitar la repetición, pero cuando digo "no puedo" es que no puedo dejar de hacerlo. "Me lo pide el cuerpo", como suele decirse, porque abrigo la esperanza de que una verdad repetida mil veces se convierta... en evidencia.

Van a cumplirse cinco años desde que este blog comenzó su andadura. Ya el primer día retransmití un vídeo básico, titulado Aritmética, población y energía, que explica irrefutablemente la imposibilidad del crecimiento ilimitado.

Dos son los mecanismos que la naturaleza nos ofrece como ejemplos de esa imposibilidad.

El primero se da en las comunidades desorganizadas. Cuando una población (de bacterias o de langostas) crece hasta agotar sus recursos, le aguarda la muerte en masa. Si esto no ocurre en otras ocasiones es porque los depredadores naturales mantienen con la población de que se alimentan una relación oscilante: la prosperidad de las presas va seguida de la de los cazadores, que tras diezmarlas sufre escasez, disminuye en número y eso favorece un nuevo crecimiento de las primeras. La oscilación periódica oscurece el fenómeno, como los cambios de tiempo ocultan el calentamiento planetario y la variación de la bolsas de valores la inestabilidad endémica de la economía.

El segundo mecanismo es propio de los organismos pluricelulares, especialmente de los animales. Su crecimiento está autolimitado porque está autoorganizado. Llegado a un punto, se detiene. Cuando esto no ocurre estamos ante un tumor maligno.

Y las comunidades humanas deben aprender a autolimitarse y autoorganizarse, cooperando (mejor como un solo organismo) si no quieren acabar como las bacterias o las langostas.

Lo que sigue es un argumentario muy bien estructurado.

Otra versión ¿pontevedresa? de Mad Max


















Propuestas de salida a la crisis sistémica



El decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.

El desarrollo sostenible y su reencarnación más reciente, el crecimiento verde, prometen la imposible hazaña de continuar el crecimiento económico sin dañar el medioambiente. Los defensores del decrecimiento, a diferencia, no pretenden apostar por un desarrollo mejor ni más verde, sino idear y aplicar una visión alternativa al desarrollo moderno basada en el límite al crecimiento.

El decrecimiento hace vacilar la mirada de sentido común que ve al crecimiento como algo bueno. Como decía la autora estadounidense de ciencia ficción, Úrsula K. le Guin, se trata de “obstaculizar con un cerdo la vía del tren que nos lleva a un futuro de una única dirección, el crecimiento.” O, dicho de otra forma, el decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.


1. El decrecimiento es subversivo

La primera crítica común contra el decrecimiento es que este representa un punto de vista pesimista y limitado –más una pesadilla que un sueño–. Pero esto depende de la perspectiva personal. Para los 3 500 participantes que asistieron a la última conferencia sobre el decrecimiento, el crecimiento es una pesadilla, el decrecimiento, un sueño. El crecimiento tiene más coste social que beneficios, como documentó Herman Daly, y es actualmente anti-económico. Nos acerca al desastre climático como muestran Kevin AndersonNaomi Klein. Siendo así, ¿por qué tendríamos que proteger las ideas de crecimiento como si se tratara de una visión optimista?

Principalmente por dos razones. La primera que el decrecimiento asusta a mucha gente que aún cree que el crecimiento es beneficioso. La segunda porque el decrecimiento es políticamente ‘imposible’. Muchos dicen que no se puede hablar de decrecimiento en medio de una crisis.

Si nuestro papel como científicos y educadores fuera complacer a la opinión pública y satisfacer a aquellos que están en el poder, la tierra seguiría siendo plana. El decrecimiento, tal y como lo plantea Serge Latouche, es una afirmación secular contra el dios del Crecimiento. El crecimiento ha sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos. El decrecimiento está pensado para ser subversivo. El decrecimiento modifica la percepción de los bueno y la percepción de los malo. En un principio, puede que el término “decrecimiento” no suene bien en una u otra lengua. Entonces, el objetivo es hacer que suene bien. A juzgar por un artículo reciente en The Guardian, que sostiene que el decrecimiento es una “palabra preciosa”, los defensores del decrecimiento lo están consiguiendo.

El decrecimiento no es un objetivo final. La “economía solidaria”, los “bienes comunales” o la “conviencialidad” son visiones optimistas impulsadas por la comunidad defensora del decrecimiento. Aun así, si este futuro llega, vendrá acompañado de una reducción drástica en la extracción de materiales y energía, junto con una “forma de vida” que se simplificará de forma radical. El obstáculo principal en el camino hacia una Gran Transición de este tipo es la obsesión por el crecimiento. Vencer el miedo al decrecimiento y revertir la aprensión a vivir con menos en alegría, es un primer paso.


2. Menos de lo malo + más de lo bueno = Decrecimiento

La segunda crítica contra el decrecimiento afirma que lo malo no es el crecimiento en sí, sino el mal crecimiento económico actual. El cuidado medioambiental, las energías renovables y los alimentos orgánicos necesitarán crecer en una Gran Transición; “necesitamos menos de lo ‘malo’… y más de lo ‘bueno’, como argumentó cierto comentarista.

¿Y quién no estaría de acuerdo? Los problemas empiezan cuando lo que nosotros vemos como bueno, otros lo ven como malo. El liberalismo, agrupado en nociones generalmente aceptadas como la “sostenibilidad”, aboga por una neutralidad apolítica cuando se trata de intereses conflictivos. Por el contrario, el decrecimiento apuesta por una parcialidad transparente. Aquello que normalmente se considera “Crecimiento” (autopistas, puentes, ejércitos, presas) es malo para “nosotros” los defensores del decrecimiento. Por lo contrario, algunas realidades que se consideran anacronismos en el escalafón del progreso (instituciones comunales, comida local fresca, pequeñas cooperativas, o molinos de viento), son buenas. Quizá decrecimiento es un término imperfecto para denominar este fenómeno. Aun así, es mejor que términos neutrales como “sostenibilidad” o “transición” sin más detalle de las implicaciones a futuro.

Otro problema con este argumento es que “lo bueno” se calcula en términos de crecimiento. Un 2 % anual duplica “algo bueno” cada 35 años. Si Egipto empezase a contar sus bienes con un metro cuadrado, y los multiplicara cada año hasta un 4,5 %, para finales del año 3000, su población necesitaría 2,5 mil millones de sistemas solares para guardar sus trastos. El crecimiento perpetuo, incluido el de comida orgánica, es absurdo. Ya es hora de dejar atrás la idea de expansión perpetua y el término crecimiento. Debemos centrarnos en cosas beneficiosas que florezcan en una cantidad y calidad suficientes para satisfacer las necesidades básicas de las personas.

También tengo mis dudas en cuanto a que una transición hacia una economía de “cosas beneficiosas” pudiera soportar el crecimiento económico de PIB. Paul Krugman recientemente ha sugerido que si este fuera el caso, esto implicaría que una escisión absoluta, donde el crecimiento de la actividad económica continúa y el uso de recursos se reduce, sería posible. Sin embargo, déjenme nombrar tres razones por las que esto es poco probable.

En primer lugar, una economía renovable produciría menos exceso de energía (tasa de retorno energético) que la economía del petróleo. Una economía con un nivel de superávit menor tendría más intensidad de trabajo y sería por lo tanto más pequeña.

En segundo lugar, en teoría, podría parecer que lograr incrementar el PIB en las energías renovables, educación y salud, y reducirlo en asuntos militares, haría crecer el PIB y reducir el consumo de recursos. Esto se llama la desmaterialización de la economía hacia la dirección de una economía inmaterial. Pero esto es una fantasía. Los paneles solares, los hospitales, los laboratorios universitarios, entre otros, no son inmateriales, sino más bien productos finales en cadenas largas que utilizan material intermedio y primario, y que utilizan la energía y los recursos intensamente. Aun arriesgándome a llevar mi ejemplo demasiado lejos, el emblemático servicio de salud nacional británico fue subvencionado por el petróleo que está protegido con armas en todo el Suez.

En tercer lugar, la transición de lo que llamamos una economía de todoterrenos, que explota las fuentes intensivamente, a una economía sin peso, de coches eléctricos o de libros electrónicos, reduciría la producción pero sólo momentáneamente. Una vez se complete la transición, un mayor crecimiento de la economía de coches eléctricos y libros electrónicos, por muy pocos recursos que se utilicen, seguirá aumentando la producción.

Por supuesto que todo esto es muy complicado. En teoría, no podemos descartar la posibilidad de un crecimiento verde y desmaterializado, especialmente si redefinimos qué entendemos como crecimiento. Me gustaría ser aún más incrédulo: estoy de acuerdo en que simplemente deberíamos ignorar el PIB y hacer más de lo bueno, independientemente del efecto que esto pudiera tener en el crecimiento.

El problema, sin embargo, es que el sistema actual no es incrédulo. Sin el crecimiento del PIB, el sistema se colapsaría (véase Grecia). Los intereses establecidos que controlan el sistema no tienen ninguna voluntad de dejar caer el PIB (véase la reacción ante la regulación del clima por parte de los lobistas y los foros conservadores, como el club del crecimiento en EE UU). Ser incrédulo no es una opción.

En otras palabras, no podemos permitirnos ser incrédulos en un sistema que sí depende del crecimiento del PIB: tenemos que actuar para cambiar los fundamentos del sistema, de modo que no dependa más del crecimiento del PIB. Necesitamos más instituciones para hacer sostenible y socialmente estable el inevitable decrecimiento.


3. Superar el PIB equivale a superar el crecimiento

La tercera crítica al decrecimiento es que el problema no es el crecimiento sino el PIB. Si pudiéramos medir solo los bienes que ofrece una economía, como los masajes, y descontar los perjudiciales, como los vertidos de aceite, entonces no habría razón para no querer crecer.

En primer lugar, el crecimiento continuo de cualquier bien, incluso el del PIB perfeccionado, es un objetivo absurdo. Yo no quiero una tierra donde la gente dé suficientes masajes para satisfacer a 2,5 billones de sistemas solares. Medir el éxito según una serie de indicadores fiables es una cosa, pero pedir que sigan creciendo de manera continuada va a ser siempre una postura sin sentido.

En segundo lugar, el Producto Interno Bruto cuenta lo que vale para el sistema económico actualla circulación de capital, sea cual fuese su fuente. La decisión de la UE de incluir las drogas y la prostitución en el PIB, pero excluir los servicios de asistencia social no remunerados, es ilustrativa. El PIB cuenta el valor total monetizado. Esto es lo que produce beneficios corporativos y fondos públicos y esto es lo que los gobiernos quieren asegurar y estabilizar. La medición es un epifenómeno; es el resultado del sistema social, no su causa. Es por esto que el PIB persiste a pesar de las críticas de economistas prominentes.


4. Tenemos que disminuir “nuestro” crecimiento, pero no para que “ellos”


A menudo se argumenta que el decrecimiento es irrelevante, incluso insultante, para la mayor parte del mundo que permanece en la pobreza. El argumento es que mientras “nosotros” (los ricos y sobrealimentados del norte) podríamos tener decrecimiento, “ellos” (los pobres, poco alimentados del sur) todavía quieren y necesitan crecer. Este es el discurso más poderoso que perpetúa la ideología del crecimiento que hay que descartar, pero con cuidado.

Todos nosotros, hasta cierto punto o durante algunas épocas, nos sentimos como ‘los del Sur’. Mis compatriotas griegos me dicen que el decrecimiento no es para nosotros, ya que ahora somos pobres y estamos en crisis. El 99 % de la población de EE. UU. tiene buenas razones para creer que es el 1 % el que debe decrecer para que ellos puedan crecer. Incluso cuando se encuesta a los millonarios sobre cuánto dinero necesitarían para sentirse económicamente seguros, normalmente aseguran que el doble de lo que ya tienen, independientemente de su salario en ese momento.

Las comparaciones de posición llevan a perseguir y perpetuar el crecimiento. La inseguridad económica, en todos los niveles de salario, hace que todos corran cada vez más rápido para no caerse. Y las crisis económicas, cuando los estándares de vida decaen repentinamente y la inseguridad se intensifica, son los momentos en los que la búsqueda de crecimiento resurge con más fuerza, y por lo tanto, como una causa progresiva en estos momentos. Nunca será un buen momento para decrecer.

La mayoría de los habitantes de este planeta no cuentan con acceso a los bienes básicos, como agua o salud pública, pero lo merecen, y esto puede llevar a un mayor uso de la energía y los recursos. No obstante, esto no se necesita formular en los términos absurdos del crecimiento perpetuo. Es una cuestión de distribución y suficiencia. En el Norte necesitamos decrecer para que las cosmologías y las políticas alternativas más cercanas al espíritu de suficiencia del sur (como Sumak Kawsay o Ubuntu) puedan florecer. Las alternativas del sur han sido colonizadas intelectualmente por el desarrollismo, y materialmente a través de industrias extractivas que en nombre del crecimiento traen destrucción y pobreza. Esta colonización tiene que acabar.

La misma lógica se puede aplicar a otros países en crisis económica. En Grecia no necesitamos “crecer” para salir de la crisis económica (como si fuéramos niños, que es la manera en que nos trata la Troika en la actualidad). Necesitamos elaborar modelos alternativos de suficiencia, algunos basados en el pasado griego, materializados en instituciones que nos dejarán prosperar sin crecimiento.

Desconfío de aquellos que hablan en nombre de otros, recordándome que, a diferencia de lo que yo, un intelectual elitista, creo, ‘la gente pobre’ sueña con televisiones de plasma y Ferraris, y no podemos negarles esos sueños. La mayoría de la gente que conozco, incluyéndome a mí mismo, sí que tienen sueños materialistas: nuestra sociedad de clases fuerza estas ideas en nosotros si queremos permanecer como miembros seguros y dignos de ella. Afortunadamente, también tenemos el anhelo de llevar una vida más sencilla, de vivir en comunidad, de contar con amistades, y muchas otras necesidades que van con el imaginario del decrecimiento. La pregunta es cómo cambiar las estructuras sociales y los contextos institucionales de forma que satisfagamos estas últimas aspiraciones y no nuestros peores deseos materialistas.


En conclusión

En este apartado sería apropiado citar a Tim Jackson: “El crecimiento no es compatible con un medioambiente sostenible, pero el decrecimiento es socialmente inestable”. Curiosamente, esta afirmación a menudo se menciona en contra del decrecimiento, de manera que se insiste en plantear un futuro único en el que tenemos que hacer sostenible el crecimiento y esperar un milagro tecnológico o social. Los adeptos a este paraíso tecnológico a menudo hacen referencia a innovaciones como casas inteligentes, hidroponía, robótica, la energía de fusión y los superordenadores. Yo me excluyo. A lo que voy es a que este futuro es insostenible, innecesario e indeseable (al menos para aquellos que nos consideramos partidarios del decrecimiento). Las soluciones tecnológicas suponen un coste para otros, para el medioambiente y para las generaciones futuras, a una escala aún mayor. El cambio climático es el legado de nuestros logros tecnológicos pasados.

Yo leo a Tim Jackson desde otra perspectiva. Dado que continuar creciendo es insostenible, tenemos que poner en marcha los cambios institucionales y sistemáticos que estabilizarán el decrecimiento.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Sobre la renta básica y el trabajo garantizado

Scott Ferguson es doctor en Retórica y Estudios Cinematográficos por la Universidad de California, en Berkeley, y profesor de Cine y Estudios sobre los Nuevos Medios en el Departamento de Humanidades y Estudios Culturales de la Universidad de Florida del Sur.

Frente a algo que afirma este autor, no creo que sea simplemente "un mito liberal" responsabilizar del desempleo a "los caprichos del mercado y la creciente automatización". Desde luego que son responsables, aunque no sean las únicas causas directas.

Pero creo que da en el clavo cuando afirma que "el dinero es la primera y principal de las técnicas del Gobierno para aprovisionarse de trabajo para el sector público", siendo como es “la herramienta de aprovisionamiento del Estado”. El monopolio para crear la moneda y la obligación de emplearla para pagar impuestos pone en marcha la economía, como hemos visto aquí. Por eso la renuncia a ese monopolio desarma al Estado y tiene trágicas consecuencias. Prueba palpable, las cadenas que impone un euro sin control público a las políticas del Estado. Y me he referido a esto más recientemente al hablar del monopolio del dólar para el comercio del petróleo.

Pero un gobierno emisor de moneda no puede quebrar.

Los gobiernos socializan el trabajo y consideran el desempleo como una condición generalizada que convierte el empleo remunerado en una necesidad social básica. Pero a su vez pueden crear dinero de la nada y podrían emplearlo como un instrumento público sin límites para servir a cada persona y al medio ambiente que le rodea. Se entiende así que "tu Gobierno te debe un empleo".

La renta básica incondicional es un derecho mientras no exista garantía en el empleo. Es de un cinismo espectacular decir que fomenta la vagancia cuando existe tantísimo desempleo involuntario. Pero si se garantiza el trabajo a todo el que quiera trabajar el argumento gana peso.

Algo parecido a la renta básica ha sido en algunos países el seguro de desempleo generalizado a que en épocas de bonanza se ha acercado el "estado de bienestar". Aunque haya casos de aprovechamiento del sistema de seguridad social, pienso que la mayoría prefiere trabajar si se le ofrece un trabajo digno y atractivo que siempre conllevará una mejora económica.

El trabajo público garantizado permite dirigir la producción a las necesidades reales, y no, como el empleo privado, a aumentar la ganancia del capital.

Hay que decir alto y claro todo esto para distinguir una renta básica incondicional de la propuesta de trabajo garantizado de Izquierda Unida. Esta referencia llega tarde para influir en el voto para las elecciones que comienzan dentro de un rato, pero no dejéis de considerar un artículo de Eduardo Garzón sobre renta básica y trabajo garantizado. Prometo detenerme en él próximamente.

Desde luego, la renta básica se basa completamente en la iniciativa privada en la economía y se paga con impuestos. El trabajo público garantizado lograría en cambio encauzar la deriva errática del sistema productivo. 

El economista Eduardo Garzón Espinosa

Y sigue el artículo de Scott Ferguson en que observa la escasa distancia que va de la renta básica al estado asistencial:







Traducido para Rebelion por Jorge Amar


Hay un entusiasmo creciente en la izquierda actual sobre la denominada renta básica universal (RBU) o lo que alternativamente se conoce como renta básica garantizada. Bajo este sistema se supone que el Gobierno proveerá a cada persona de una paga regular y lo hará sin requerirle que participe en ninguna forma particular de trabajo social.

La idea, como argumentan Nick Srnicek y Alex Williams en su libro de próxima aparición Inventing the Future: Post-capitalism and a World without Work (Verso, 2015), es crear un nuevo mecanismo de redistribución que “transformará la precariedad”, “reconocerá la labor social”, “facilitará que el poder de clase se organice” y “ampliará el espacio en el cual experimentar cómo nos organizamos las comunidades y las familias”.

Con estas admirables y deliberadamente ambiciosas metas Srnicek y Williams colocan la RBU en el centro de lo que ven como un valiente, sistémico y visionario proyecto crítico: uno que se desplazaría de la crítica a la praxis y reemplazaría una estructura neoliberal en descomposición por un orden más justo y sostenible.

¿Cuál es la meta final de este nuevo orden? El fin del trabajo remunerado y el principio de la era poscapitalista. Como respuesta a la plaga de recuperaciones sin empleo y a la ofensiva de las nuevas técnicas de automatización, Srnicek y Williams concluyen que todas las señales apuntan a una inminente “sociedad postrabajo” y que la “demanda de la socialdemocracia por el pleno empleo debería ser reemplazada por la demanda de pleno desempleo”.

En manos de Srnicek y Williams la renta básica universal asciende de su estatus marginal en los think tanks y las redes sociales a las alturas del rigor intelectual y la sabiduría asociada con la crítica teórica. Teóricos como Steven Shaviro ya han empezado a debatir las posibilidades y límites de la revolución de la RBU de Srnicek y Williams y sin duda continuarán haciéndolo por algún tiempo. Pero antes de sumergirnos en este precipitado futuro de la RBU ofrezco una pocas palabras de cautela que parecerán palos en las ruedas.

Lo que digo aquí es que Inventing the future de Srnicek y Williams yerra en la forma de tratar el problema del desempleo bajo el neoliberalismo y que su formulación confusa genera un deseo por la RBU que no solo es políticamente perverso, sino que además contradice el fin explícito del libro de una transformación sistémica. La RBU puede aportar ayuda para algunos males contemporáneos. Pero sugiero que no cargue con el peso de la transformación total que Srnicek y Williams pretenden.

Argumento que en el núcleo del error analítico de Srnicek y Williams subyace una visión liberal sobre el dinero y el desempleo no percibida. De acuerdo con el imaginario liberal el dinero aparece como una cosa finita que pertenece al volátil dominio de los capitales privados y las finanzas. Entonces, sobre la base de esa imagen convencional del dinero, Srnicek y Williams presuponen otro de los grandes mitos del liberalismo: que el desempleo es el resultado directo de los caprichos del mercado y la creciente automatización.

Para ser justo, la mayoría de los críticos teóricos inmersos en la economía política marxista subordinan la relación del dinero a un todo que denominan “capitalismo” y desde ahí imaginan el desempleo como un efecto necesario de las transformaciones incontroladas de la totalidad. La diferencia es que Srnicek y Williams buscan una transformadora y fresca solución a este problema al parecer incurable. Para ellos la RBU es justo lo que el doctor recomienda. Dejar los mercados del trabajo colapsando detrás mientras miramos hacia adelante, a un mañana completamente automatizado, estos autores conjeturan que la RBU es la mejor solución disponible.

Sin embargo si volvemos la vista a la escuela de pensamiento económico conocido como Teoría Monetaria Moderna (TMM), descubrimos que en realidad no hay nada lógicamente inevitable sobre la visión liberal del dinero y el desempleo en las que Srnicke y Williams basan su análisis y que su llamada por una renta básica universal no solo se desentiende de la naturaleza del dinero y su propósito, sino que también traiciona su deseo de una transformación social completa. Al contrario que en las ortodoxias de la izquierda y de la derecha, los economistas de la TMM muestran que la relación monetaria es irreductible a la producción capitalista y las finanzas privadas. En su lugar sostienen que el dinero es un instrumento público sin límites que puede crearse para servir a cada persona y al medio ambiente que le rodea. Más importante, la TMM insiste en que el dinero es la primera y principal de las técnicas del Gobierno para aprovisionarse de trabajo para el sector público. O como dice el ponente de la TMM Warren Moslerla moneda, el dinero, es la herramienta de aprovisionamiento del Estado”.

Cumplir dicho aprovisionamiento, sin embargo, no es una tarea sencilla. El Gobierno primero debe socializar el trabajo creando desempleo como una condición generalizada y por medio de ello convertir el empleo remunerado en una necesidad social básica. Y lo hace, según explica Mosler, imponiendo y obligando simultáneamente el pago de impuestos en una moneda que solo el Estado suministra. Tal es el propósito primario de los impuestos de acuerdo con la TMM. En lugar de la visión convencional que imagina que los impuestos son el origen de los ingresos del Estado, la TMM muestra que, como emisor de dinero, el Gobierno no necesita ingresos monetarios para poder gastar. En su lugar los impuestos son la herramienta esencial por la cual el gobierno establece una moneda, desemplea a la población y asegura que los trabajadores están disponibles para servir las metas materiales y sociales públicas.

Luego, porque en el origen es el Estado el responsable de generar desempleo en una economía de dinero moderna, la TMM presenta que es la responsabilidad última del Gobierno proveer a cada uno de aquellos que su moneda desemplea una oportunidad de participar en la provisión de la vida pública adecuadamente retribuida y plena de significado.

Desde el punto de vista de la TMM el desempleo no es una consecuencia de los mercados ni de la automatización. Más bien el desempleo resulta del funcionamiento normal del Gobierno creador de moneda. Por esta razón, concluye la Modern Money Network de Raúl Carrillo en The Nation, "tu Gobierno te debe un empleo".

Con esta frase, Carrillo revela la respuesta alternativa a la devastación neoliberal que la concepción no ortodoxa de la TMM sobre el dinero y el empleo muestra a la vista. Las soluciones de la TMM:
1) Implementar un programa público de empleo garantizado (trabajo garantizado) que cubra el coste de la vida, el cual sitúa el nivel mínimo para el trabajo social y asegura el derecho de todos a participar con pleno sentido en dar forma a la totalidad social y del medioambiente y 
2) extender el sector publico vía el trabajo garantizado y otros programas públicos con el objetivo de resolver necesidades urgentes sociales y medioambientales. “La respuesta al problema del desempleo son más empleos”, escribe Randall L. Wray. Y dado que un Gobierno emisor de moneda no puede nunca quebrar, dice Wray, siempre puede asumir contratar a todo aquel que quiera y sea capaz de participar en la construcción de un mundo mejor.
Encarándolo desde esta perspectiva, el problema del desempleo delineado por Srnicek y Williams cambia desde una crisis capitalista que señala el fin del trabajo y que requiere una RBU hacia una crisis de gobernanza y potencialmente un proyecto socialista a gran escala. Ese proyecto reside en poner los medios de producción en manos comunitarias para reevaluar activamente la naturaleza y el significado del trabajo remunerado y en última instancia transformar la totalidad ecológica y social. De hecho, desde ese punto de vista, la contracción del sector privado puede convertirse en la bonanza del interés público. Cuanto más prescindan los mercados y las tecnologías de la automatización del trabajo humano, mejor podrá el Gobierno emplear directamente a más personas para servir fines públicos y medioambientales.

El trabajo garantizado de la TMM, mientras tanto, es más que un remedio dirigido al desempleo y subempleo de hoy día. Se muestra para reconfigurar todas las relaciones sociales por definir de forma activa los términos mínimos de retribución, atención sanitaria, condiciones de trabajo, permisos retribuidos, etc. Empoderando a los privados de derechos involucrará a los trabajadores en dar forma a los valores que dirigen la producción económica y la distribución en su conjunto. Pero sobre todo el trabajo garantizado de la TMM promete convertirse en una institución social fundacional sobre la cual otras puedan demandarse y desarrollarse. Cuidado socializado de niños y ancianos, educación accesible para todas las edades, banca postal de bajo coste, sociedades de tenencia de tierras comunitarias, modernización mantenimiento y sostenibilidad ecológica de edificios, infraestructura pública cultural y artística, esas instituciones pueden ser más fácilmente reclamadas y obtenidas cuando se lanzan desde el lugar del empoderamiento, la solidaridad y la reciprocidad que el trabajo garantizado promete crear. Por estas razones argumento que es el trabajo garantizado de la TMM, más que la renta básica universal, la clave de todos los objetivos políticos.

Al final, encuentro que la llamada de Srnicek y Williams por una sociedad de renta básica universal se parece un poco a las soluciones parciales y localistas sobre las que su libro previene. La RBU sin duda es una mejora sobre el orden neoliberal. Muy bien puede ayudar a transformar la precariedad, reconocer el trabajo social, facilitar que se organice el poder de clase y ampliar el espacio en el cual experimentar cómo nos organizamos las comunidades y las familias, como sugieren Srnicek y Williams. Sin embargo, dado el hecho que la RBU sería una institución descentralizada, no planificada y sin participación activa, temo que encaja fácilmente con las fantasías neoliberales de inmanente autoorganización y que por sí sola es estructuralmente incapaz de llevar a cabo el tipo de amplias y duraderas transformaciones que Srnicke y Williams desean.

Sin un trabajo público garantizado, la Renta Básica Universal es simplemente asistencia social con otro nombre, una solución laissez-faire a la crisis social y ecológica contemporánea. La RBU dice, elige, cuida de ti mismo y deja a los dioses de la autoorganización que se encarguen de la totalidad. El comunitarismo directo es vital en cualquier orden social. Pero el viejo sueño del Gemeinshaft será inadecuado para establecer y mantener la transformación total que tan desesperadamente necesitamos.