miércoles, 2 de agosto de 2017

Y dirán que no es así...


“Qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”

"Cuando se tocan los privilegios y dispositivos de poder de la burguesía nacional y transnacional, por poco que sea, te conviertes en una malvada dictadura. No importa las elecciones que hagas. Todos los señores Rivera, Hernando y González del mundo te atacarán, mientras se dan abrazos con quienes de verdad destrozan sociedades (y mientras a menudo las versiones progres de nuestra política miran para otro lado cuando les preguntan por Venezuela, porque no se atreven a defender ni sus logros ni su importantísimo papel en la integración latinoamericana y en las luchas de los pueblos)."

Cada vez tengo más claro que estamos asistiendo a la preparación artillera (ya se sabe: "para ablandar las defensas del enemigo") previa a una intervención, posiblemente muy cruenta. Es lo habitual. 
Si así no fuera, la campaña no sería tan tremenda. 

martes, 1 de agosto de 2017

La expresión gráfica en la ingeniería (6-d)

Esta fotografía tomada por el fotógrafo rumano Calin Stan la he tomado de Dronestagram. Es un tramo de carretera en Transilvania. Si antes la sobrevolaba el Conde Drácula ahora lo hace él con su dron, para el Proyecto Carreteras de Transilvania. 

La endiablada (o más bien diabólica) subida no admite curvas demasiado suaves. Difícil evitar cambios bruscos de radio. La pensamos como una línea, la que corresponde a su mediana, bien visible en la foto, pero la carretera, con un perfil transversal curvo, peraltes y subidas más o menos helicoidales, no es una superficie plana.

Sobre ella, cuando pintaron la mediana, podrían haber dibujado otras líneas de forma arbitraria, de manera que en cada punto las infinitas posibilidades de curvatura de esas líneas no sirven para medir la curvatura de la superficie.

El segundo premio de la categoría Naturaleza ha sido para  Calin Stan , rumano de 30 años que se dedica profesionalmente a la fotografía desde hace más de una década. La imagen, subida a  Dronestagram , está hecha sobre la carretera a Transilvania: "La Cheia DN1A, esa que, como dice la leyenda, es la que veía el Conde Drácula cuando volaba". Stan explicó a la red social que esta era la primera carretera que fotografiaba con su dron para el Proyecto Carreteras de Transilvania.

Entonces habrá que definir la curvatura de las superficies de otra forma. El procedimiento a seguir lo vimos en la entrega anterior de esta serie.

Observamos allí que en cada punto "suave" de una superficie (esto es, que no sea un vértice ni forme parte de una arista) existe un plano tangente, que, al menos en un cierto entorno, es el que mejor la aproxima. Este plano tangente define por el punto una recta normal, y cada uno de los planos que la contienen corta al plano tangente en una recta, y a la superficie en una curva tangente a ella.

Lo veremos mejor con el siguiente ejemplo, en una superficie (paraboloide hiperbólico) que hemos limitado por cuatro segmentos rectilíneos. En el punto medio de este cuadrilátero alabeado encontramos la intersección de dos rectas que unen los puntos medios de sus lados, y dos curvas parabólicas unen los vértices.

Las dos rectas definen el plano tangente, y la mitad de la superficie está por encima de él, mientras la otra mitad queda por debajo. Una de las parábolas tiene la concavidad hacia arriba; la otra hacia abajo. Diremos que sus curvaturas tienen distinto signo, y que las rectas tienen curvatura nula.

Tanto las parábolas como las rectas resultan de cortar la superficie por planos perpendiculares al plano tangente, dos de ellos por los vértices y los otros dos por los puntos medios de los bordes, Cualquier otro plano de esta familia de planos normales produce una curva con curvatura diferente. Si imaginamos el plano girando sobre la normal iremos viendo que la curvatura es máxima al pasar por un vértice, va disminuyendo, hasta anularse al llegar al punto medio del lado, cambia allí de signo y vuelve a aumentar hasta otro máximo (negativo) en el vértice siguiente, repitiendo el ciclo cuatro veces hasta volver al punto de partida.

Un punto de esta clase decimos que es hiperbólico. En estos puntos, los planos que definen las curvaturas extremas son siempre perpendiculares entre sí (planos principales), y por lo tanto forman con el plano tangente un triedro trirrectángulo.
 

Siendo la esfera, junto con el plano, la superficie más regular posible, todos sus puntos tienen las mísmas curvaturas, inversas del radio de curvatura, que es el de la esfera. Todos los planos normales son principales. En cada uno de esos puntos la intersección de los planos normales es una circunferencia máxima.

Pero si los planos se apartan de la normal, como vemos en la figura, los círculos ya son menores.


Por un punto de latitud media (pensemos en nuestro planeta) la curvatura es la misma para el meridiano y para el círculo máximo por el paralelo (el que forma la dirección este-oeste con la dirección cenit-nadir, la vertical del lugar), pero esta curvatura no es la del paralelo.


En la figura que sigue se ha representado una curva con diferentes radios y la línea que une los centros sucesivos. A menor curvatura, mayor radio. En el punto de inflexión P, en que cambia la curvatura de signo (curvatura nula) el radio es infinito.


Sobre el toro se aprecian muy bien los tres tipos de puntos.

En el punto 1 (elíptico) las curvaturas principales (la del meridiano y la que tiene la superficie en el paralelo) son distintas pero del mismo signo, y por eso decimos que el punto es elíptico (en la esfera hay una única curvatura, y el punto es circular).

En el punto 2 (parabólico) la curvatura se anula en el paralelo, y en los demás tiene el mismo signo, siendo la máxima la del meridiano.

En el punto 3 (hiperbólico) se anula en las dos direcciones en las que el plano tangente corta a la superficie, y las curvaturas extremas (principales), del meridiano y en el paralelo, tienen distinto signo.


Curvaturas en un punto circular, caso particular de punto elíptico:


La curvatura y la magnitud inversa, el radio, representada en coordenadas polares y cartesianas:


Otro punto elíptico, con curvaturas principales más acusadamente distintas:


Punto parabólico, en el que hay una direción con curvatura nula y radio infinito:


Punto hiperbólico. En este caso particular con curvaturas principales de igual magnitud y distinto signo, como el punto del paraboloide hiperbólico del comienzo de esta entrega:


Este es el caso más general de punto hiperbólico:


Otro punto hiperbólico, con curvaturas principales más acusadamente disímiles:


Concluirá el capítulo con un interesante teorema.


domingo, 30 de julio de 2017

En defensa de Venezuela

Hoy toca defender lo defendible frente a la defensa cerrada de lo indefendible que defienden los defensores de la desigualdad.


No a la intervención extranjera

Público


Venezuela vive uno de los momentos más críticos de su historia. Acompaño crítica y solidariamente la Revolución bolivariana desde el inicio. Las conquistas sociales de las últimas dos décadas son indiscutibles. Para comprobarlo basta consultar el informe de la ONU de 2016 sobre la evolución del índice de desarrollo humano. Dice este informe: “El índice de desarrollo humano (IDH) de Venezuela en 2015 fue de 0.767 –lo que colocó al país en la categoría de alto desarrollo humano–, posicionándolo en el puesto 71º de entre 188 países y territorios. Tal clasificación es compartida con Turquía. De 1990 a 2015, el IDH de Venezuela aumentó de 0.634 a 0.767, un aumento de 20,9 %. Entre 1990 y 2015, la esperanza de vida al nacer aumentó en 4,6 años, el período medio de escolaridad ascendió 4,8 años y los años de escolaridad media general aumentaron 3,8 años. El rendimiento nacional bruto (RNB) per cápita aumentó cerca de 5,4% entre 1990 y 2015”. Se hace notar que estos progresos fueron obtenidos en democracia, solo momentáneamente interrumpida por la tentativa de golpe de Estado en 2002 protagonizada por la oposición con el apoyo activo de Estados Unidos.

La muerte prematura de Hugo Chávez en 2013 y la caída del precio de petróleo en 2014 causaron una conmoción profunda en los procesos de transformación social entonces en curso. El liderazgo carismático de Chávez no tenía sucesor, la victoria de Nicolás Maduro en las elecciones siguientes fue por escaso margen, el nuevo presidente no estaba preparado para tan complejas tareas de gobierno y la oposición (internamente muy dividida) sintió que su momento había llegado, en lo que fue, una vez más, apoyada por Estados Unidos, sobre todo cuando en 2015 y de nuevo en 2017 el presidente Obama consideró a Venezuela como una “amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos”, una declaración que mucha gente consideró exagerada, si no mismo ridícula, pero que, como explico más adelante, tenía toda lógica (desde el punto de vista de Estados Unidos, claro). La situación se fue deteriorando hasta que, en diciembre de 2015, la oposición conquistó la mayoría en la Asamblea Nacional. El Tribunal Supremo de Justicia suspendió a cuatro diputados por alegado fraude electoral, la Asamblea Nacional desobedeció, y a partir de ahí la confrontación institucional se agravó y fue progresivamente propagándose en las calles, alimentada también por la grave crisis económica y de abastecimiento que entretanto explotó. Más de cien muertos, una situación caótica. Mientras, el presidente Maduro tomó la iniciativa de convocar una Asamblea Constituyente (AC) a ser elegida el día 30 de julio y Estados Unidos amenaza con más sanciones si las elecciones se producen. Es sabido que esta iniciativa busca superar la obstrucción de la Asamblea Nacional dominada por la oposición.

El pasado 26 de mayo suscribí un manifiesto elaborado por intelectuales y políticos venezolanos de varias tendencias políticas, apelando a los partidos y grupos sociales en conflicto a parar la violencia en las calles e iniciar un debate que permitiese una salida no violenta, democrática y sin la injerencia de Estados Unidos. Decidí entonces no volver a pronunciarme sobre la crisis venezolana. ¿Por qué lo hago hoy? Porque estoy alarmado con la parcialidad de la comunicación social europea, incluyendo la portuguesa, sobre la crisis de Venezuela, una distorsión que recorre todos los medios para demonizar un gobierno legítimamente electo, atizar el incendio social y político y legitimar una intervención extranjera de consecuencias incalculables. La prensa española llega al punto de embarcarse en la posverdad, difundiendo noticias falsas sobre la posición del gobierno portugués. Me pronuncio animado por el buen sentido y equilibrio que el ministro de Asuntos Exteriores portugués, Augusto Santos Silva, ha mostrado sobre este tema. La historia reciente nos muestra que las sanciones económicas afectan más a ciudadanos inocentes que a los gobiernos. Basta recordar los más de 500 mil niños que, según el informe de Naciones Unidas de 1995, murieron en Irak como resultado de las sanciones impuestas después de la guerra del Golfo Pérsico. Recordemos también que en Venezuela vive medio millón de portugueses o lusodescendientes. La historia reciente también nos enseña que ninguna democracia sale fortalecida de una intervención extranjera.

Los desaciertos de un gobierno democrático se resuelven por vía democrática, la cual será tanto más consistente cuanto menor sea la interferencia externa. El gobierno de la Revolución bolivariana es democráticamente legítimo. A lo largo de muchas elecciones durante los últimos veinte años, nunca ha dado señales de no respetar los resultados electorales. Ha perdido algunas elecciones y puede perder la próxima, y solo sería criticable si no respetara los resultados. Pero no se puede negar que el presidente Maduro tiene legitimidad constitucional para convocar la Asamblea Constituyente. Por supuesto que los venezolanos (incluyendo muchos chavistas críticos) pueden legítimamente cuestionar su oportunidad, sobre todo teniendo en cuenta que disponen de la Constitución de 1999, promovida por el presidente Chávez, y disponen de medios democráticos para manifestar ese cuestionamiento el próximo domingo. Pero nada de eso justifica el clima insurreccional que la oposición ha radicalizado en las últimas semanas y cuyo objetivo no es corregir los errores de la Revolución bolivariana, sino ponerle fin, imponer las recetas neoliberales (como está sucediendo en Brasil y Argentina) con todo lo que eso significará para las mayorías pobres de Venezuela. Lo que debe preocupar a los demócratas, aunque esto no preocupa a los medios globales que ya han tomado partido por la oposición, es la forma en que están siendo seleccionados los candidatos. Si, como se sospecha, los aparatos burocráticos del partido de Gobierno han secuestrado el impulso participativo de las clases populares, el objetivo de la Asamblea Constituyente de ampliar democráticamente la fuerza política de la base social de apoyo a la revolución se habrá frustrado.

Para comprender por qué probablemente no habrá salida no violenta a la crisis de Venezuela, conviene saber lo que está en juego en el plano geoestratégico global. Lo que está en juego son las mayores reservas de petróleo del mundo existentes en Venezuela. Para el dominio global de Estados Unidos es crucial mantener el control de las reservas de petróleo del mundo. Cualquier país, por democrático que sea, que tenga este recurso estratégico y no lo haga accesible a las multinacionales petroleras, en su mayoría norteamericanas, se pone en el punto de mira de una intervención imperial. La amenaza a la seguridad nacional, de la que hablan los presidentes de Estados Unidos, no está solamente en el acceso al petróleo, sino sobre todo en el hecho de que el comercio mundial del petróleo se denomina en dólares estadounidenses, el verdadero núcleo del poder de Estados Unidos, ya que ningún otro país tiene el privilegio de imprimir los billetes que considere sin que esto afecte significativamente su valor monetario. Por esta razón Irak fue invadido y Oriente Medio y Libia arrasados (en este último caso, con la complicidad activa de la Francia de Sarkozy). Por el mismo motivo, hubo injerencia, hoy documentada, en la crisis brasileña, pues la explotación de los yacimientos petrolíferos presal estaba en manos de los brasileños. Por la misma razón, Irán volvió a estar en peligro. De igual modo, la Revolución bolivariana tiene que caer sin haber tenido la oportunidad de corregir democráticamente los graves errores que sus dirigentes cometieron en los últimos años.

Sin injerencia externa, estoy seguro de que Venezuela sabría encontrar una solución no violenta y democrática. Desgraciadamente, lo que está en curso es usar todos los medios disponibles para poner a los pobres en contra del chavismo, la base social de la Revolución bolivariana y los que más se beneficiaron de ella. Y, en concomitancia, provocar una ruptura en las Fuerzas Armadas y un consecuente golpe militar que deponga a Maduro. La política exterior de Europa (si se puede hablar de tal) podría constituir una fuerza moderadora si, entre tanto, no hubiera perdido el alma.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Viaje del centro izquierda a la extrema derecha

Entre las habilidades de este personaje, la más destacada es la práctica del salto de carnero.

Todavía recuerdo a nuestro ex presidente levantar el puño (izquierdo, además) y airear la bandera republicana. Había que pasar por la izquierda a un PCE al que las necesidades de la transición habían dado un perfil menos radical.

Muy pronto mostró otro horroroso rostro (me gusta la aliteración, qué le vamos a hacer), cuando lanzó su órdago ("me voy") para forzar la renuncia del PSOE al marxismo (como soy un tanto ingenuo no me imagino la trascendencia de que esa proclamación triunfara para un chantaje tan crudo a un partido que habían revestido antes de radicalidad). Luego vino el "de entrada no", etc., etc., etc...

Pero lo de ahora es ya muy fuerte. Propio del fascismo que ahora se disfraza de moderación hasta que toca sacar los cuernos a la palestra.


Las razones históricas de una pasión incendiaria

Canarias Semanal


El ex presidente del gobierno socialdemócrata español, Felipe González Márquez, expresó, en unas declaraciones realizadas al canal español de televisión Antena 3, que el ejército venezolano está legitimado para dar un golpe de Estado y derrocar al presidente Nicolás Maduro. Según González, el Ejército tiene la obligación de defender la Constitución venezolana y Maduro la ha violado, a pesar de que todos los pasos que se han dado para su reforma se han realizado ajustándose a lo que prevé la propia constitución del país latinoamericano.

De acuerdo con las declaraciones de González, en Venezuela actualmente sólo existen tres opciones:
A) Que Maduro cancele la Constituyente, libere a los "presos políticos" y acceda a negociar un calendario electoral. 
B) Que siga adelante y ejecute su "golpe de Estado continuado", con una Asamblea Constituyente, donde "todos los candidatos son suyos", y que desplace al legislativo desalojando a la Asamblea Nacional. 
C) Que las Fuerzas Armadas optaran por la "desobediencia". Felipe González manifestó que, en su opinión, esta opción podría estar legitimada dada la situación actual. González dice que el poder de Maduro consiste en que "las Fuerzas Armadas lo toleran” pero, en opinión del hombre que organizó el terrorismo de Estado en España"muchos" piensan que los militares podrían dejar de apoyar unas iniciativas que no son constitucionales.
González aseguró que la Constituyente prevista para el próximo domingo se le “parece a la democracia orgánica de Franco”.

La larga historia de amistades y negocios de Felipe González en Venezuela

Sin embargo, las "preocupaciones" de Felipe González por Venezuela no son recientes. Tampoco son nuevos sus negocios, sus injerencias y sus actividades conspirativas en ese país caribeño.

Ya en el curso de las décadas de los 70, 80 y 90 del siglo pasado, Felipe González había establecido una relación personal y política con uno de los personajes más corruptos de la política de ese país, Carlos Andrés Pérez. Pérez había sido presidente de Venezuela, en un primer mandato, durante los años 1974 y 1979. Pero, además, simultaneaba la presidencia de su país con la vicepresidencia de la Internacional socialista, institución socialdemócrata a la que también pertenecía el PSOE.

A la hora de desentrañar la relación entre estos dos funestos personajes, conviene no perder de vista que durante aquellos años se estaba gestando en España una operación de alto calado político, la llamada "Transición", cuyo objetivo consistía en preparar el recambio sustitutorio de la dictadura franquista.

Hoy se puede constatar, a través de toda la documentación existente -incluida la hecha pública por el Departamento de Estado de los EE.UU.- en qué consistió el papel desempeñado por González en aquella delicada operación política en favor de los intereses occidentales. Conviene, igualmente, recordar que el inmediato superior de Carlos Andrés Pérez en la Internacional Socialista era el alemán Willy Brandt, el gran patrocinador del PSOE en España y el hombre que hizo posible que un grupete sevillano de amigos de excursiones dominicales, se convirtieran, de repente, junto con los herederos del aparato franquista, en albaceas del legado institucional de la dictadura franquista.

De la operación "Transición" al vértigo del mundo de los negocios

Brandt prestó al PSOE todo tipo de ayudas y potentes refuerzos económicos. Detrás de esos soportes se encontraba también el vicepresidente de la Internacional Socialista, el venezolano Carlos Andrés Pérez. Aquel vínculo fue, en efecto, el inicio de una gran amistad entre Felipe González y Pérez.

Posteriormente, y coincidiendo con la presidencia de Felipe González en España, y la de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, PRISA, la empresa propietaria de un poderoso consorcio mediático del que forma parte el periódico "El País", irrumpió como si de un vendaval se tratara, en las redes comunicacionales venezolanas, así como en su agitado mundo de los negocios.

Cuando los muertos no conmueven

Mientras, la corrupción económica devoraba vertiginosamente toda la economía venezolana. Fue aquella la época trágica en la que el Fondo Monetario Internacional presionaba a los gobiernos latinoamericanos para que convirtieran sus empresas públicas en retales destinados a alimentar la codicia insaciable de las grandes multinacionales, entre las que, naturalmente, se encontraban las españolas.

Ese tipo de políticas implacables terminaron por provocar en Venezuela una asonada popular conocida con el nombre de "El caracazo", que sería reprimida por Carlos Andrés Pérez, el amigo de González, con una violencia extrema. Según fuentes tan conservadoras como la BBC de Londres (ver aquí) más de 3.000 personas murieron en las masacres ordenadas por el presidente Carlos Andrés Pérez. No deja de resultar curioso que hoy, 30 años después de aquellos acontecimientos, González adjudique al gobierno bolivariano la muerte de 90 venezolanos, -la mayoría de ellos ideológicamente afines al gobierno elegido democráticamente-, muertos en confrontaciones de violencia armada a manos de la oposición derechista. ¿Se imaginan por un instante que aquellos dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez se hubieran producido hoy bajo el gobierno de Maduro? ¿Qué no habría dicho el ex presidente español? Sin embargo, en aquella ocasión mantuvo un silencio cómplice.

Felipe González, un hacendado hombre de negocios que imparte sermones políticos

Durante aquellos siniestros años del mandato de Carlos Andrés Pérez, Felipe González le importaban poco la miseria de los venezolanos y los miles de muertos que se habían producido como consecuencia de la represión ordenada por su amigo. El sinvergüenza que habia organizado en España una red macabra de terrorismo de Estado, estaba acostumbrado a que esos hechos luctuosos no le contrajeran sus esfínteres. Y tenía fuertes razones para ello. Carlos Andrés Pérez no sólo era un entrañable amigo que le había ayudado a que la operación "Transición" le saliera bien al PSOE y a él personalmente, sino que además era un mandatario que facilitaba los negocios rápidos a través de sus extensas tramas corruptas.

A principio de la década de los 80 se inició una suerte de "toma y daca" mercantil entre Pérez y González. En el año 83, el gobierno socialdemócrata expropió Galerías Preciados, así como el conglomerado empresarial Rumasa al que pertenecía.

En 1984, Galerías fue vendida al multimillonario venezolano y también amigo del tándem Pérez-GonzálezGustavo Cisneros, por la insignificancia de mil quinientos millones de ptas. Sin embargo, en una operación magistral, el millonario venezolano no tuvo que pagar nada más que el valor de un plazo, es decir, 750 millones. El pago restante de los otros 750 millones fue aplazado mediante un depósito en Citibank España.

Pero en 1983, la empresa Rumasa, después de ser expropiada por el Estado por orden del Gobierno de Gonzálezrenunció a cobrarle a Cisneros los 750 millones restantes. Y cinco años después, en 1988, el venezolano Gustavo Cisneros vendió Galerías Preciados al grupo británico Mountleigh por la friolera de 30.600 millones. Todo un fabuloso negocio.

Pero aún hay más. En el ínterin, la Administración española, con el pretexto de proceder al saneamiento de Galerías Preciados, inyectó en ella la friolera de 11.500.000.000 de ptas, en concepto de subvenciones.

Caída en desgracia del “amigo del alma”

Sin embargo, la corrupción ligada al gobierno de Carlos Andrés Pérez llegó a tales extremos que el propio Congreso venezolano se vio obligado a incoar en su contra una causa judicial para poderlo someter a juicio. Pérez no sólo tuvo que abandonar la presidencia del país, sino que, además, se vio obligado a “exilarse” en la República Dominicana.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó, igualmente, a Carlos Andrés Pérez. Felipe González, amigo de sus amigos, no dejó de ejercer por ello internacionalmente sus "buenas artes" en defensa del viejo correligionario.

Pero en 1998, cuando Hugo Chávez obtuvo un triunfo arrollador en las elecciones, González emprendió una batalla militante contra su nuevo gobierno, cuyo ejemplo amenazaba con convertirse en una referencia en América Latina. Con la llegada de Chávez, parecían haberse acabado los años dorados de las "vacas gordas"Chávez no era, evidentemente, un bolchevique, pero su fuerte ideario antiimperialista ponía en solfa los intereses que a González le tocaba defender.

Aunque Felipe González no era ya presidente del gobierno en 1999 cuando Chávez accedió al Gobierno de su país, había empezado ya a recoger una “cosecha" sembrada laboriosamente a lo largo de dos decenios. Fue esa, y no otra, la razón por la que “Felipillo”, como despectivamente se le conoce en Latinoamérica, se puso, ya sin ningún tipo de disimulos, al servicio de los grandes oligarcas latinoamericanos: Carlos Slim, el propio Gustavo Cisneros y una larga ristra de grandes empresas latinoamericanas, de las que se convirtió en eficaz recadero político y amañado asesor. Había llegado la hora de los dividendos, y no se podía permitir que los"zarrapastrosos" vinieran ahora a estallar la burbuja de aquel merecido El Dorado.

Es en esos parámetros donde hay que encontrar las razones del llamamiento al golpe militar que el ex presidente González reclama ahora del ejército venezolano. 

Mercancía y espectáculo

Antonio Olivé, en su blog Marx desde Cero, recoge una conferencia de Anselm Jappe, estudioso de la obra de Guy Debord y representante de la «nueva crítica del valor», corriente teórica vinculada a las revistas alemanas Krisis Exit.

Jappe retoma y actualiza la crítica de Marx a la mercancía y a su carácter de fetiche, en que un valor de cambio fantasmal, cada vez menos real, se sobrepone al valor de uso, el que la justifica en definitiva. La apariencia enmascara lo subyacente, y es ahora, cuando todo pasa a ser mercancía, que el valor pierde su carácter objetivo y la sociedad entera vive en y para el espectáculo que sustituye a la realidad.

El espectro, ese autómata que es el mercado, transfigurado en persona, gobierna a las personas cosificadas, incluso a las que sueñan controlarlo. Pero encuentra su límite en la realidad de los valores de uso. Cada vez se hace esto más evidente, y algo que soslayaron muchos marxistas, y que en la obra del propio Marx ocupa unas pocas líneas, pasa hoy a primer plano.

Reproduzco el artículo con mis habituales subrayados, que pretenden, y no sé si logran, facilitar la lectura a los más apresurados y/o perezosos.




Anselm Jappe


Mi intervención será bastante distinta de las otras que aquí se lean. Presentarse a un debate sobre la mercancía para polemizar contra la existencia misma de la mercancía puede parecer tan sensato como acudir a un congreso de físicos para protestar contra la existencia del magnetismo o de la gravedad. Por lo general, la existencia de mercancías suele considerarse un hecho enteramente natural, por lo menos en cualquier sociedad medianamente desarrollada, y la sola cuestión que se plantea es qué hacer con ellas. Se puede afirmar, desde luego, que hay gente en el mundo que tiene demasiado pocas mercancías y que habría que darles un poco más, o que algunas mercancías están mal hechas o que contaminan o que son peligrosas. Pero con eso no se dice nada contra la mercancía en cuanto tal. Se puede desaprobar ciertamente el “consumismo” o la “comercialización“, eso es, pedirle a la mercancía que se quede en su sitio y que no invada otros terrenos como, por ejemplo, el cuerpo humano. Pero tales observaciones tienen un sabor moralista y además parecen más bien “anticuadas“, y estar anticuado es el único crimen intelectual que aún existe. Por lo demás, las raras veces que parezca ponerse en tela de juicio la mercancía, la sociedad moderna se precipita a evocar las fechorías de Pol Pot, y se acabó la discusión. La mercancía ha existido siempre y siempre existirá, por mucho que cambie su distribución.

Si se entiende por mercancía simplemente un “producto“, un objeto que pasa de una persona a otra, entonces la afirmación de la inevitabilidad de la mercancía es sin duda verdadera, pero también un poco tautológica. Esta es, sin embargo, la definición que ha dado toda la economía política burguesa después de Marx. Si no queremos contentarnos con esa definición, hemos de reconocer en la mercancía una forma específica de producto humano, una forma social que sólo desde hace algunos siglos -y en buena parte del mundo, desde hace pocos decenios- ha llegado a ser predominante en la sociedad. La mercancía posee una estructura particular, y si analizamos a fondo los fenómenos más diversos, las guerras contemporáneas o las quiebras de los mercados financieros, los desastres hidrogeológicos de nuestros días o la crisis de los Estados nacionales, el hambre en el mundo o los cambios en las relaciones entre los sexos, hallamos siempre en el origen la estructura de la mercancía. Conste que eso es consecuencia del hecho de que la sociedad misma lo ha reducido todo a mercancía; la teoría no hace más que tomar nota de ello.

La mercancía es un producto destinado desde el principio a la venta y al mercado (y no cambia gran cosa cuando sea un mercado regulado por el Estado). En una economía de mercancías no cuenta la utilidad del producto sino únicamente su capacidad de venderse y de transformarse, por mediación del dinero, en otra mercancía. Por consiguiente, sólo se accede a un valor de uso por medio de la transformación del propio producto en valor de cambio, en dinero. Una mercancía en cuanto mercancía no se halla definida, por tanto, por el trabajo concreto que la ha producido, sino que es una mera cantidad de trabajo indistinto, abstracto; es decir, la cantidad de tiempo de trabajo que se ha gastado en producirla. De eso deriva un grave inconveniente: no son los hombres mismos quienes regulan la producción en función de sus necesidades, sino que hay una instancia anónima, el mercado, que regula la producción post festum. El sujeto no es el hombre sino la mercancía en cuanto sujeto automático. Los procesos vitales de los hombres quedan abandonados a la gestión totalitaria e inapelable de un mecanismo ciego que ellos alimentan pero no controlan. La mercancía separa la producción del consumo y subordina la utilidad o nocividad concretas de cada cosa a la cuestión de cuánto trabajo abstracto, representado por el dinero, ésta sea capaz de realizar en el mercado. La reducción de los trabajos concretos a trabajo abstracto no es una mera astucia técnica ni una simple operación mental. En la sociedad de la mercancía, el trabajo privado y concreto sólo se hace social, o sea útil para los demás y, por ende, para su productor, a trueque de despojarse de sus cualidades propias y de hacerse abstracto. A partir de ahí, sólo cuenta el movimiento cuantitativo, es decir, el aumento del trabajo abstracto, mientras que la satisfacción de las necesidades se convierte en un efecto secundario y accesorio que puede darse o no. El valor de uso se transforma en mero portador del valor de cambio, a diferencia de lo que sucedía en todas las sociedades anteriores. Aun así, siempre debe haber un valor de uso; hecho éste que constituye un límite contra el que choca constantemente la tendencia del valor de cambio, del dinero, a incrementarse de manera ilimitada y tautológica. La mejor definición del trabajo abstracto, después de la de Marx, fue dada nada menos que por John Maynard Keynes, aunque sin la menor intención crítica: Desde el punto de vista de la economía nacional, cavar agujeros y luego llenarlos es una actividad enteramente sensata”.

Tal vez la mercancía y su forma general, el dinero, hayan tenido alguna función positiva en los inicios, facilitando la ampliación de las necesidades. Pero su estructura es como una bomba de relojería, un virus inscrito en el código genético de la sociedad moderna. Cuanto más la mercancía se apodere del control de la sociedad, tanto más va minando los cimientos de la sociedad misma, volviéndola del todo incontrolable y convirtiéndola en una máquina que funciona sola. No se trata, por tanto, de apreciar la mercancía o de condenarla: es la mercancía misma la que se quita de en medio, a largo plazo, y tal vez no sólo a sí misma. La mercancía destruye inexorablemente la sociedad de la mercancía. Como forma de socialización indirecta e inconsciente, ésta no puede menos de producir desastres.

Este proceso en que la vida social de los hombres se ha trasferido a sus mercancías es lo que Marx llamó el fetichismo de la mercancía: en lugar de controlar su producción material, los hombres son controlados por ella; son gobernados por sus productos que se han hecho independientes, lo mismo que sucede en la religión. El término “fetichista” ha entrado en el lenguaje cotidiano, y a menudo se dice de alguien que es un fetichista del automóvil, de la ropa o del teléfono móvil. Este uso del término “fetichista” parece vincularse, sin embargo, más bien al sentido en que lo usaba Freud, a saber, el de conferir a un mero objeto un significado emotivo derivado de otros contextos. Aunque los objetos de tales fetichismos sean mercancías, parece poco probable que ese “fetichismo” cotidiano sea lo mismo que el “fetichismo de la mercancía” de Marx. Por un lado, porque resulta más bien difícil admitir que la mercancía en cuanto tal, y no sólo algunas mercancías particulares, pueda ser entre nosotros, los modernos, objeto de un culto parangonable al que los llamados salvajes rendían a sus tótems y a sus animales embalsamados. El amor excesivo a ciertas mercancías es sólo un epifenómeno del proceso por el cual la mercancía ha embrujado la entera vida social, porque todo lo que la sociedad hace o puede hacer se ha proyectado en las mercancías.

Pero también aquellos a quienes la mercancía no debería parecerles tan “normal“, es decir, los presuntos marxistas, se han mostrado poco dispuestos a reconocerse como salvajes. Tal renuencia se vio coadyuvada por el hecho de que el “fetichismo de la mercancía” y sus derivados -dinero, capital, interés- ocupa en la obra de Marx un espacio cuantitativamente muy reducido, y no se puede decir que él mismo lo haya colocado en el centro de su teoría. Además, la definición marxiana del fetichismo, como toda su teoría del valor y del trabajo abstracto, es tremendamente difícil de entender; lo cual no se debe, por cierto, a que Marx fuera incapaz de expresarse, sino al hecho de que, como él mismo dice, la paradoja de la realidad se expresa en paradojas lingüísticas. El desdoblamiento de todo producto humano en dos aspectos, el valor de cambio y el valor de uso, determina casi todos los aspectos de nuestra vida y, sin embargo, desafía nuestra comprensión y el sentido común, quizá un poco como la teoría de la relatividad. Era difícil hacer del fetichismo un discurso para masas, como se hizo con la “lucha de clases” o la “explotación“. Además, el análisis marxiano del fetichismo indicaba una especie de núcleo secreto de la sociedad burguesa, núcleo que sólo poco a poco ha venido haciéndose visible; durante casi un siglo, la atención permaneció fijada en los efectos secundarios de la forma-mercancía, tales como la explotación de las clases trabajadoras. No en vano utiliza Marx, cuando habla del carácter de fetiche de la mercancía, en pocas páginas los términos “arcano“, “sutileza metafísica“, “caprichos teológicos“, “misterioso“, “extravagancias admirables“, “carácter místico“, “carácter enigmático“, “quid pro quo“, “forma fantasmagórica“, “región nebulosa“, “jeroglíficos“, “forma extravagante“, “misticismo“, “brujería” y “hechizo“. El fetichismo es el secreto fundamental de la sociedad moderna, lo que no se dice ni se debe revelar. En eso se parece a lo inconsciente; y la descripción marxiana del fetichismo como forma de inconsciencia social y como ciego proceso autorregulador muestra interesantes analogías con la teoría freudiana. No sorprende, por tanto, que el fetichismo, al igual que el inconsciente, emplee toda su sutileza metafísica y toda su astucia de teólogo para no darse a conocer. Durante mucho tiempo, tal ocultamiento no le fue muy difícil: criticar el fetichismo habría implicado poner en tela de juicio todas las categorías que incluso los presuntos marxistas y los críticos de la sociedad burguesa habían interiorizado por completo, considerándolas datos naturales de los cuales sólo podía discutirse el más o el menos, el cómo y, sobre todo, el “para quién“, pero sin cuestionar su existencia en sí: el valor, el trabajo abstracto, el dinero, el Estado, la democracia, la productividad. Sólo cuando la lucha por la distribución de esos bienes había conducido, durante el periodo de posguerra, a una situación de equilibrio en el welfare state fordista, resultó posible colocar en el centro de la atención la mercancía en cuanto tal y los desastres que produce.

Después de Marx, durante muchos decenios, y a pesar de las aportaciones de Lukács, de Isaac Rubin y algunos otros, todo análisis del fetichismo quedó diluido en la categoría mucho más vasta e indeterminada de alienación“; con lo cual el fetichismo se convertía en un fenómeno de conciencia, en una falsa opinión o valoración de las cosas que de algún modo se podía relacionar con la tan discutida “ideología“. Sólo durante la segunda mitad de los años sesenta el concepto de fetichismo, el análisis de la estructura de la mercancía y del trabajo abstracto llegaron a ocupar un lugar destacado en la discusión, sobre todo en Alemania y en Italia.

Un efecto mayor y más duradero alcanzó, sin embargo, en los años sesenta la Internacional Situacionista, con su crítica integral de la vida moderna y su proclamación de una “revolución de la vida cotidiana“. Hasta el día de hoy, a los situacionistas se los ha entendido mal deliberadamente, tomándolos por un simple movimiento artístico-cultural; y en su libro principal, La sociedad del espectáculo de Guy Debord, se ha querido ver a menudo una simple crítica de los mass media. Pero en verdad se trata de una solidísima teoría social que ahonda sus raíces precisamente en la crítica de la estructura de la mercancía. Debord denuncia la economía autonomizada y sustraída al control humano, la división de la sociedad en esferas separadas como política, economía y arte, y arriba a una crítica del trabajo abstracto y tautológico que remodela la sociedad conforme a sus propias exigencias. Todo lo que se vivía directamente se ha alejado en una representación”, se lee al inicio de La sociedad del espectáculo: en lugar de vivir en primera persona, contemplamos la vida de las mercancías. Debord dice también: “El espectáculo no canta a los hombres y sus armas, sino a las mercancías y sus pasiones” (& 66). Sin necesidad de asistir a largos seminarios marxológicos, había redescubierto y actualizado toda la crítica marxiana del fetichismo de las mercancías.

No se trataba de una teoría libresca como otras muchas: la revuelta del Mayo de París, de la cual los situacionistas habían sido en cierto modo los precursores intelectuales, fue también la primera revuelta moderna que no se hizo en nombre de reivindicaciones económicas o estrechamente políticas, sino que nació más bien de la exigencia de una vida diferente, autónoma y liberada de la tiranía del mercado, del Estado y de su raíz común, la mercancía. En 1968 temblaron los Estados del Este al igual que los del Oeste, los sindicatos y los propietarios, la derecha y la izquierda: en otras palabras, las diversas caras de la sociedad de la mercancía. Y nadie supo estar tan a la altura de aquella rebelión como los situacionistas.

Debord lo había predicho en 1967:En el momento en que la sociedad descubre que depende de la economía, la economía depende, de hecho, de ella… Ahí donde estaba el Ello económico debe advenir el Yo… Su contrario es la sociedad del espectáculo, donde la mercancía se contempla a sí misma en un mundo por ella creado (&& 52-53). El inconsciente social, el Ello del espectáculo, sobre el que se funda la actual organización social, tuvo por tanto que movilizarse para tapar esa nueva grieta que se había abierto justamente en el momento en que el orden dominante se creía más seguro que nunca. Entre las medidas que tomó el inconsciente económico hallamos también las tentativas de neutralizar la crítica radical de la mercancía que había encontrado su más alta expresión en los situacionistas. Reducir a la mansedumbre a Debord mismo era imposible, a diferencia de cuanto ocurrió con casi todos los demás “héroes” de 1968. Y su teoría no dejaba margen al equívoco: El espectáculo es el momento en que la mercancía ha conseguido la ocupación total de la vida social”, se lee en el & 42 de La sociedad del espectáculo. Pero a los brujos de la mercancía les quedaba otra posibilidad: la de fingir que hablaban el lenguaje de la crítica radical, aparentemente incluso de manera un poco más extrema y audaz todavía, pero en verdad con intenciones y contenidos opuestos. El que nuestra época prefiere la copia al original, como dice Debord citando a Feuerbach, resulta ser verdadero también respecto a la crítica radical misma.

Según Debord, el espectáculo es el triunfo del parecer y del ver, donde la imagen sustituye a la realidad. Debord menciona la televisión sólo a modo de ejemplo; el espectáculo es para él un desarrollo de aquella abstracción real que domina a la sociedad de la mercancía, basada en la pura cantidad. Pero si estamos inmersos en un océano de imágenes incontrolables que nos impiden el acceso a la realidad, entonces parece más atrevido todavía que se diga que esa realidad ha desaparecido del todo y que los situacionistas fueron aún demasiado tímidos y demasiado optimistas, ya que ahora el proceso de abstracción ha devorado a la realidad entera y el espectáculo es hoy en día aún más espectacular y más totalitario de cuanto se había imaginado, llevando sus crímenes al extremo de asesinar a la realidad misma. Los discursos “posmodernos” que irradiaron de la Francia de los años setenta se sirvieron generosamente de las ideas situacionistas, naturalmente sin citar una fuente tan poco decorosa, aunque en absoluto la ignoraban, incluso por vía de ciertas trayectorias personales. Como decía ya en 1964 Asger Jorn: “A Debord no es que se le conozca mal; es que se le conoce como el mal”. No se trataba, sin embargo, solamente del consuetudinario autoservicio intelectual sino de una verdadera estrategia encaminada a neutralizar una teoría peligrosa mediante su exageración paródica. Los posmodernos, al aparentar que iban aún más allá de la teoría situacionista, en verdad la convirtieron en lo contrario de lo que era. Una vez se confunda el espectáculo, que es una formación histórico-social bien precisa, con el atemporal problema filosófico de la representación en cuanto tal, todos los términos del problema se vuelven del revés sin que se note demasiado.

Criticar las teorías posmodernas resulta difícil debido a su carácter auto-inmunizador que hace imposible toda discusión, transformando sus afirmaciones en verdades de fe ante las cuales sólo cabe creer o no creer. Pero sí cabe decir algo acerca de su función, acerca del cui bono, observando así la sutileza metafísica que despliega la mercancía para defenderse. Al leer los textos posmodernos se nota que, si bien no citan casi nunca a los situacionistas, el término “espectáculo” o “sociedad del espectáculo” se encuentra con frecuencia, y que tales textos, sean de 1975 o de 1995, muy a menudo dan la impresión de no ser otra cosa que respuestas a las tesis de Debord. De él toman los posmodernos las descripciones de un espectáculo que se aleja progresivamente de la realidad; pero las retoman en un plano puramente fenomenológico, sin buscar jamás una causa que vaya más allá de dar por supuesto un impulso irresistible e irracional que empuja a los espectadores hacia el espectáculo. Antes bien se condena cualquier búsqueda de explicaciones. Cuando leemos que “la abstracción del ‘espectáculo’, aun para los situacionistas, no fue nunca sin apelación. Su realización incondicional, en cambio, sí lo es… El espectáculo aún dejaba sitio para la conciencia crítica y la desmitificación… Hoy estamos más allá de toda desalienación“, entonces está claro para qué sirven las referencias posmodernas al espectáculo: para anunciar la inutilidad de toda resistencia al espectáculo.

Esa supuesta desaparición de la realidad, que se presenta pomposamente como una verdad incómoda y aun como una revelación terrible, en verdad es lo más tranquilizador que puede haber en estos tiempos de crisis. Si el carácter tautológico del espectáculo, denunciado por Debord, expresa el carácter automático de la economía de la mercancía que, sustraída a todo control, anda locamente a la deriva, entonces hay efectivamente mucho que temer. Pero si los signos, en cambio, sólo se refieren a otros signos y así seguido, si jamás se encuentra el original de la copia infiel, si no hay valor real que deba sostener, aunque sin lograrlo, el cúmulo de deudas del mundo, entonces no hay absolutamente ningún riesgo de que lo real nos alcance. Los pasajeros del Titanic pueden quedarse a bordo, como dice Robert Kurz, y la música sigue sonando. Entonces cabe fingir también que se está pronunciando un juicio moral radicalmente negativo acerca de tal estado de las cosas; pero tal juicio queda en mero perifollo cuando ninguna contradicción del ámbito de la producción logra ya sacudir ese mundo autista. Y, sin embargo, es justamente en el terreno de la producción que se halla la base real de la fascinación que ejerce el “simulacro“: en el sistema económico mundial que, gracias a esas contradicciones de la mercancía de las que no se quiere saber nada, ha tropezado con sus límites económicos, ecológicos y políticos; un sistema que se mantiene con vida sólo gracias a una simulación continua. Cuando los millones de billones de dólares de capital especulativo “aparcados” en los mercados financieros, o sea todo el capital ficticio o simulado, vuelva a la economía “real“, se verá que el dinero especulativo no era tanto el resultado de una era cultural de la virtualidad (más bien lo contrario es cierto) como una desesperada huida hacia delante de una economía en desbandada. Detrás de tantos discursos sobre la desaparición de la realidad, no se esconde sino el viejo sueño de la sociedad de la mercancía de poder liberarse del todo del valor de uso y los límites que éste impone al crecimiento ilimitado del valor de cambio. No se trata aquí de decidir si esa desaparición del valor de uso, proclamada por los posmodernos, es positiva o no; el hecho es que es rigurosamente imposible, aunque a muchos les parezca deseable. Que no exista sustancia alguna, que se pueda vivir eternamente en el reino del simulacro: he aquí la esperanza de los dueños del mundo actual. Corea del Sur e Indonesia son los epitafios de las teorías posmodernas.

Pero el haber descrito los procesos de virtualización y habérselos tomado en serio constituye también el momento de verdad que contienen las teorías posmodernas. Como mera descripción de la realidad (a su pesar) de los últimos decenios, esas teorías se muestran a menudo superiores a la sociología de inspiración marxista. Supieron denunciar con justeza la fijación de los marxistas en las mismas categorías capitalistas como el trabajo, el valor y la producción; y así parecían colocarse, por lo menos en los inicios, entre las teorías radicales que mayormente recogieron el legado de 1968. Pero luego acaban siempre hablando de los verdaderos problemas sólo para darles respuestas sin origen ni dirección. En los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, de 1988, Debord compara ese tipo de crítica seudo-radical a la copia de un arma a la que sólo falta el percutor. Al igual que las teorías estructuralistas y postestructuralistas, los posmodernos comprenden el carácter automático, autorreferencial e inconsciente de la sociedad de la mercancía, pero sólo para convertirlo en un dato ontológico, en lugar de reconocer en ello el aspecto históricamente determinado, escandaloso y superable de la sociedad de la mercancía.

Como se ve, no es fácil sustraerse a la perversa fascinación de la mercancía. La crítica del fetichismo de la mercancía es la única vía que hoy se halla abierta a una comprensión global de la sociedad; y afortunadamente semejante crítica se está formando. De ese proceso forman parte el creciente interés por las teorías de los situacionistas, y por las de Debord en particular, así como la labor de la revista alemana Krisis y el eco que está empezando a hallar también en Italia. Durante largo tiempo, la mercancía nos engañó presentándose como una cosa trivial y obvia“. Pero su inocencia ha pasado, porque hoy sabemos que esuna cosa embrolladísima, llena de sutileza metafísica y caprichos teológicos“. Y todos los rezos de sus sacerdotes serán incapaces de salvarla de la evidencia de su condena.