lunes, 18 de febrero de 2013

La crisis estructural: los imponderables de mediano plazo

El futuro no está escrito. Por eso mismo, también depende de cada uno de nosotros.



Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante

He expresado previamente por qué pienso que el sistema-mundo capitalista está en una crisis estructural y por qué esto conduce a una lucha política a escala mundial por ver cuál de dos alternativas prevalecerá: una que tenga por resultado un sistema no capitalista, que retenga todos los peores rasgos del capitalismo (las jerarquías, la explotación y la polarización), u otra que siente las bases para un sistema basado en una relativa democratización y un relativo igualitarismo, un tipo de sistema que aún no ha existido.

Sin embargo, hay tres imponderables en el proceso de una transición sistémica. Éstos son tres fenómenos cuyas raíces yacen en los desarrollos históricos del sistema-mundo moderno y que podrían explotar en algún sentido en los próximos 20 o 40 años, en una forma en extremo destructiva, con consecuencias muy inciertas para la lucha política a escala mundial.

Estos tres imponderables son el cambio climático, las pandemias y la guerra nuclear. No son imponderables en cuanto a los peligros que entrañan para toda la humanidad. Son imponderables en cuanto al momento en que podría ocurrir cualquiera de tales desastres. Es extenso nuestro conocimiento acerca de ellos, pero hay tantas incertidumbres y diferencias de puntos de vista entre quienes han estudiado seriamente estos asuntos que no creo que podamos estar seguros qué es lo que ocurrirá exactamente. Discutamos uno por uno.

El cambio climático parece una realidad incuestionable, excepto para quienes rechazan esta realidad por razones políticas o ideológicas. Es más, todo lo que ha estado ocasionando el cambio climático de hecho se está acelerando en vez de amainar en velocidad. Las diferencias políticas entre los Estados más ricos y menos ricos en cuanto a lo que debería hacerse acerca del cambio climático parecen hacer inconseguible cualquier acuerdo que pudiera mitigar los riesgos.

No obstante, la complejidad ecológica de la Tierra es tan grande y estos cambios son tan extensos, que no sabemos qué clase de reajustes habrán de ocurrir. Parece claro que los niveles del agua subirán, ya están subiendo, y esto amenaza con inundar vastas extensiones. También es claro que las temperaturas promedio en varias partes del mundo cambiarán, ya están cambiando. Pero esto puede también tener el resultado de que ocurra un cambio en la localización de la producción agrícola y las fuentes de energía a zonas diferentes, de forma tal que podrían compensar, en algún sentido, el agudo daño de otras zonas.

Lo mismo es cierto de las pandemias. Los enormes avances de la medicina mundial en los últimos 100 años o algo así, que parecen haber logrado controlar muchas enfermedades, han creado simultáneamente una situación en la que el enemigo más antiguo de la humanidad, los gérmenes, han encontrado nuevos modos de volverse resistentes y de crear nuevas clases de afecciones que nuestras fuerzas médicas hallan extremadamente difícil combatir.

Por otra parte, pareciera que estamos comenzando a aprender que los gérmenes pueden ser, en ocasiones, el mejor amigo de la humanidad. Una vez más nuestro conocimiento parecía enorme, pero una vez hecho y dicho lo necesario resulta que es lastimosamente pequeño. En esta carrera contra el tiempo, ¿qué tan rápido habremos de aprender? ¿Y qué tanto debemos desaprender para poder sobrevivir?

Por último está la guerra nuclear. He argumentado que habrá una proliferación atómica significativa en las décadas venideras. No veo esto como un peligro en términos de alguna guerra interestatal. De hecho, es casi lo contrario. Las armas nucleares son, en esencia, defensivas y, por tanto, reducen, no incrementan, la probabilidad de guerras interestatales.

No obstante, hay varios imponderables. Las motivaciones de los actores no estatales no son necesariamente las mismas. Y hay algunos, sin duda, a los que les gustaría apropiarse de esos armamentos (o de armas químicas o biológicas) y usarlas. Además, como muchos Estados tienen limitada capacidad para proteger tales armamentos de que se los apropie o los compre alguien, esto puede facilitar que los actores no estatales los adquieran. A final de cuentas, el uso real de tales armamentos yace necesariamente en las manos de algunos individuos. Y no podemos descartar nunca la posibilidad de que surja algún agente estatal perverso, un Doctor insólito de ficción.

Es perfectamente posible que el mundo supere la transición global hacia un nuevo sistema mundo, o a sistemas, sin que ninguna de estas catástrofes ocurran. Pero también es posible que no lo logre. Y si no supera la transición es también posible que el nuevo sistema-mundo tome toda clase de medidas que reduzcan (o incluso eliminen) la probabilidad de que alguna de estas catástrofes ocurran.

Es obvio que no podemos simplemente sentarnos a ver qué va a pasar. Necesitamos emprender cualquier medida que podamos –en el inmediato presente– para minimizar la posibilidad de explosión de cualquiera de estos tres imponderables. Sin embargo, mientras nos encontremos en el moderno sistema-mundo es limitado lo que podemos lograr en lo político. Es por eso que les llamamos imponderables. No podemos estar seguros de que, de hecho, ocurrirán y cuál será el efecto que tendrán en la transición.

Permítanme clarificar lo que digo. Ninguna de estas peligrosas ocurrencias habrá de ponerle fin al proceso de transición estructural. Pero afectará seriamente el balance de las fuerzas políticas que luchan. Uno de los modos importantes en que puede reaccionar la gente ante estos peligros es irse para dentro con modos mucho muy proteccionistas y xenófobos, lo que fortalecerá la mano de aquellos que buscan crear un sistema opresivo (aun si éste es uno no capitalista). Ya vemos esta tendencia casi en todas partes. Esto significa que quienes busquen un sistema relativamente democrático y relativamente igualitario tienen que tornarse más claros acerca de lo que ocurre y trabajar más duro desarrollando estrategias políticas que contrarresten esta tendencia.

viernes, 15 de febrero de 2013

La economía política del sacrificio

Del sacrificio al cinismo: el mundo como mercancía
Rebelión


La «economía política del sacrificio» no significa otra cosa que la producción de una economía de la carencia articulada a una economía del excedente (1). El sujeto sacrificial, sustraído de la penuria a la que condena al Otro, es beneficiario de un sistema de prebendas y corrupción estructural que lo hace, literalmente, indiferente ante el sufrimiento ajeno. No se trata de un mero desvío o perversión sistémica; al contrario: estas prácticas son constitutivas del capitalismo.

(...)

En un doble movimiento, el discurso neoconservador por una parte resemantiza el «sacrificio» como fórmula para reequilibrar un sistema económico supuestamente marcado por el “derroche” y por otra parte no hace otra cosa que desequilibrar más todavía una formación social sobre-endeudada, multiplicando tanto las desigualdades socioeconómicas como las asimetrías culturales. La falsa fatalidad de estas decisiones, invocada como remedio ante un mal infinitamente mayor, produce una sociedad polarizada. En nombre de la libertad de mercado se reproduce una auténtica servidumbre política: la lógica de lo ineludible reduce de forma brutal otras alternativas políticas a la nada.
(...)

Un «sacrificio» así institucionalizado, por más que se empecine en mistificar el crimen como cosa inexorable, apenas puede ocultar su carácter apócrifo. Se trata, ante todo, de un juego de máscaras, producto de un supuesto «pecado original» o un exceso precedente: la indisciplina, el derroche improductivo, el consumo excesivo de las clases populares, la falta de hábitos de ahorro, etc. El peso muerto de la historia termina aplastando millones de vidas, mientras los presuntos redentores de la humanidad están convirtiendo el mundo en un desierto. Lo que anacrónicamente es llamado “primer mundo” está asediado por todas partes. Exceptuando las elites mundiales -y sólo hasta cierto punto, en la medida en que logran encapsular el riesgo- nadie está a salvo. El mundo como escombrera se desborda cada día: el dique de los estados-nación hace tiempo ha reventado y ha dado lugar a un juego sin más ley que la que establecen nuestros amos sin rostro.

Las diez “plagas” que menciona Derrida (2) no cesan de multiplicarse: 
  • i) el “paro” en mercados desregulados, 
  • ii) la “exclusión masiva de ciudadanos sin techo”, 
  • iii) la “guerra económica” sin cuartel intracomunitaria e intercontinental, 
  • iv) las contradicciones entre “mercado liberal” y “proteccionismo” de los estados capitalistas, 
  • v) la “agravación de la deuda externa” y sus efectos en la propagación del hambre, 
  • vi) la “industria y comercio de armamentos”, 
  • vii) la extensión incontrolable de “armamento atómico”, 
  • viii) las “guerras interétnicas” en sentido amplio, 
  • ix) el poder creciente de las mafias y el narcotráfico y 
  • x) el estado del “derecho internacional” dominado por estados-nación particulares.
A esas plagas habría que agregar al menos otras tantas: 
  • xi) la expansión de la corrupción estructural extendida en instituciones económicas y políticas fundamentales, 
  • xii) la peligrosa primacía de la economía financiera por sobre la economía productiva, 
  • xiii) el relanzamiento del neocolonialismo (nuevas guerras, asesinatos selectivos, detenciones ilegales, torturas, intervenciones “humanitarias”, etc.), 
  • xiv) la institucionalización del estado policial (y la correlativa suspensión selectiva de los derechos humanos), 
  •  xv) la propagación de proyectos tecno-militares no convencionales a escala mundial de alcance impredecible (drones, geoingeniería y nanotecnología militar, ciberterrorismo, etc.), 
  • xvi) el fortalecimiento de los oligopolios mediáticos, el creciente control informativo y la falta de diversificación de las industrias culturales masivas, 
  • xvii) la destrucción irreversible del medioambiente, 
  • xviii) los déficits estructurales de una democracia parlamentaria dominada por el bipartidismo, 
  • xix) la consolidación de las alianzas entre estados y corporaciones trasnacionales y 
  • xx) la escalada del racismo y la xenofobia, especialmente en Europa y EEUU.
El inventario necesariamente es incompleto. Lo decisivo es el efecto global que producen en nuestro mundo social actual, intensificando la represión de lo político como instancia democrática en la que lo social dirime sus conflictos. Al respecto, es pertinente preguntar si este proceso no está conduciendo a la mundialización de un régimen de control que difumina (sin disolver de forma completa) la distinción entre «democracia» y «totalitarismo». Tanto la fabricación en serie de sujetos confinados a la categoría de «sobrante estructural» como la persecución jurídico-policial de la alteridad señalan en esa dirección. 
_______________
(1) «Falta» y «exceso» no son simples términos de una contradicción lógica; están coimplicados de forma indisoluble como consecuencia de un antagonismo de clase que, en las condiciones del presente, no hace sino agravarse.

(2) Derrida, Jacques (2012): Los espectros de Marx, Trotta, Madrid, pp. 95-98.

Muchas veces he pensado esto mismo...



Guillermo Almeyra. Historiador, investigador y periodista, advierte:

Señores, ¿en cuál mundo vivimos?

En su artículo, este doctor en Ciencias políticas se refiere a la crisis estructural del capitalismo que, asegura, es también ecológica. Rechaza la propuesta de algunos de volver al capitalismo «de antes», «productivo», dejando de lado el especulativo, «como si éste no fuese la consecuencia de aquél», o la de quienes dicen que hay que reforzar el capitalismo con ayudas estatales a las grandes empresas, lo cual no garantizaría la inversión de esas empresas, y se pregunta si el sistema capitalista buscará «rapiñar nuevamente el planeta, recolonizándolo» y, mediante otra guerra mundial, recuperar para EEUU la hegemonía perdida, dado que, sostiene, no hay nada que el capitalismo no pueda intentar... si se le deja y si tiene la fuerza social suficiente. La única solución que contempla es, por tanto, acabar con el capitalismo.

(...)

Independientemente de que no aparecen en el horizonte los sepultureros de un sistema en crisis estructural, porque los trabajadores, en el sentido más amplio, comparten aún la ideología de sus explotadores y sus valores hedonísticos y egoístas en vez de buscar una alternativa al sistema, el sistema está en una crisis agudísima desde el 2008 y aún no superó lo peor. Al sistema capitalista las inmensas destrucciones de seres humanos y de capitales en las dos guerras mundiales y en la crisis de 1929 le dieron sólo unos 30 años de prosperidad y reconstrucción. ¿Buscará arrasar con los bienes comunes, rapiñar nuevamente el planeta, recolonizándolo, recuperar mediante una nueva gran guerra para Estados Unidos la hegemonía perdida de modo de instalar un mundo futuro para un quinto de la población mundial, eliminando de un modo u otro a los sobrantes (con guerras locales, dictaduras, hambrunas, siembra de enfermedades mortales)? No hay nada que el capitalismo no pueda intentar… si se lo deja y si tiene la fuerza social suficiente.

(...)

Por lo tanto, o se acaba con la producción para la ganancia, produciendo de modo diferente, fabricando otros productos, elaborados de otro modo, para otras necesidades o terminan por acabarse los bosques, los mares, el agua, el aire puro, el equilibrio natural del planeta... y la especie humana, reducida a pequeños grupos, vuelve al estado natural o, reducida a cerca de un tercio de sus integrantes actuales, vive en una dictadura tecnocrático-fascista como la que pintara Jack London en «El Talón de Hierro». Suena apocalíptico, pero enteras civilizaciones y grandes culturas han vivido antes apocalipsis semejantes.

jueves, 14 de febrero de 2013

La caida de la tasa de ganancia reconduce al capital a un callejón sin salida

¿Crisis de la deuda o del capitalismo?

Luke Stobart, profesor adjunto de economía de la Universidad de Hertfordshire y bloguero del periódico inglés The Guardian, nos explica, más allá de todo lo que se ha dicho, de dónde viene realmente la crisis y por qué son inevitables en el capitalismo.

En el gráfico que adjunta se aprecia la evolución histórica, a lo largo de más de sesenta años, de la composición orgánica del capital, ascendente, "antiparalela" a la descendente trayectoria de la tasa de ganancia. Es lo que ha llevado al capital, cada vez más, a sustituir las menguantes ganancias en la actividad productiva (yo diría mejor "productivo-destructiva") por las aún más insostenibles especulaciones financieras.

El "capital financiero" no es el "capital malo" frente al "bueno": es el mismo de siempre, buscando el beneficio donde puede lograrlo, como hizo desde sus orígenes.

(...)

La competencia intercapitalista obliga a revolucionar los medios y métodos de producción (Marx reconoció el carácter dinámico de la producción capitalista), introduciendo nuevas maquinas y herramientas para producir lo mismo o más con menos trabajadores (crecimiento de “la composición orgánica del capital” según el término marxista). El primer empresario que invierte en sistemas nuevos, obtendrá la ventaja de ser el más eficiente, y poco a poco los demás capitalistas seguirán su pauta para no quedarse atrás. 

Pero lo que es lógico para un solo capitalista, no siempre lo es para el sistema en su conjunto. A nivel global, ahora la clase capitalista emplea a menos personas en comparación con el capital invertido. El resultado es una crisis de rentabilidad, dado que es el empleo de personas (y no máquinas) lo que crea los beneficios. Esto lo admiten indirectamente los gobiernos cuando insisten en reducir los salarios para “recuperar la rentabilidad”. Varios estudios sobre la economía en el Estado español de las últimas décadas han identificado grandes caídas en la tasa de beneficios (o beneficios por inversión), lo cual desincentiva las inversiones ya que su único propósito es aumentar su valor.

Tasa de ganancias promedio (ARP)
y la composición orgánica del capital (C/V)
para los sectores productivos, 1948-2009


La crisis no es sólo de un sector o ni siquiera una crisis financiera; es claramente sistémica (también del sistema productivo). Además es mundial, gracias a procesos similares en países como EEUU, donde un colapso en un solo subsector inmobiliario contagió al sistema bancario mundial a causa de unir deuda de alto riesgo con deuda más segura en “nuevos productos financieros” opacos. Éstos se revendieron en cadena con el aval de las mercenarias de evaluación crediticia.

La crisis de la deuda de los estados (o “soberana”) es solo la continuación de esta misma crisis. No se redujo la crisis con los históricos rescates, sino que la convirtió en estatal. Cuando estalla otro banco, el último la corrupta Bankia, y el estado vuelve al rescate, el contraste con su pasividad ante los problemas mucho mayores de las personas se hace evidente y nos recuerda el origen de los males y quiénes deberían pagar por ellos.


Termina dando dos consejos y recomendando cinco medidas:

¿Hemos de pagar la deuda? ¿Y salir del euro?


La respuesta a la primera pregunta es no. No puede quedar más claro que debemos exigir el no pago inmediato de la deuda, arma que se utiliza para someter a los pueblos. El impago, sin duda, chocará frontalmente con los intereses de los poderosos bancos centroeuropeos, los principales titulares de la deuda.

La respuesta a la segunda pregunta es sí. Debemos prepararnos para una salida del euro. Si Grecia redujera unilateral y drásticamente el pago de intereses a los bancos centroeuropeos, podría convertirse en ejemplo a seguir para los demás estados en apuros. Por tanto es muy posible que el país fuera expulsado del euro de mala manera. Lo mejor sería anticipar los hechos y salir bajo sus propios términos.

Para asegurar que la salida del euro no resulte demasiado problemática a corto plazo, será necesario introducir otras medidas paralelas, tales como controles de capital o la nacionalización de la banca bajo control popular. Pero si esperamos a que un gobierno “mejor” adopte éstas u otras medidas radicales, será demasiado tarde.

A pesar de todo esto, si aceptamos que la crisis es sistémica y no puntual, sabremos que estas medidas no serían suficientes por sí solas para acabar con la crisis. Por tanto la clave pasa por la adopción de exigencias de este tipo (ver abajo) en los movimientos y espacios de izquierda existentes, o en los espacios nuevos que se puedan crear.

5 medidas para acabar con la crisis

  • No al rescate de los poderosos. No al memorándum de condiciones. Ni un euro más para la banca para continuar con sus beneficios privados. Nacionalización del conjunto de la banca bajo el control democrático del pueblo.
  • No pagar la deuda pública. Salida de una Unión Europea diseñada para favorecer las finanzas y los intereses de las grandes empresas.
  • Subida de impuestos a los grandes capitales y fortunas. Intervención de las grandes sumas de capital que las empresas no están invirtiendo para finalidades sociales y acabar con la crisis ecológica.
  • Reducción de la jornada laboral y reparto del trabajo, sin bajar salarios, para acabar con el paro. Edad de jubilación a los 60 años.
  • Expropiación de los pisos en manos de los bancos para la población que necesita una vivienda.

Recuperar un concepto perdido de capital

“Estoy intentando recuperar un concepto de capital que creo que los movimientos sociales han perdido”

Un diálogo con el sociólogo e historiador  Moishe Postone en la Escuela de Relaciones Laborales de Madrid.



Sobre el riesgo de eclipsar el internacionalismo, sustituyéndolo por la defensa de particularismos. La dicotomía que el capitalismo lleva generando desde hace tiempo entre un universalismo abstracto y particularismos concretos.


Estoy intentando recuperar un concepto de capital que creo que los movimientos sociales de izquierdas han perdido. Y no sólo los movimientos más recientes. Creo que existe una tendencia a no entender bien el sistema sino a personalizarlo en los banqueros (por ejemplo, en los banqueros alemanes). Claro que estos han desempeñado un importante (y pésimo) papel pero debemos entender que estamos ante una crisis global. Mi trabajo es un intento de recuperar categorías muy abstractas, como la de capital, para empezar a repensar cómo entendemos la naturaleza sistemática del capitalismo, no sólo de la crisis, sino también de lo que pasa entre las crisis. Creo que en lo que respecta a la conciencia de izquierdas la guerra fría fue desastrosa. El movimiento comunista internacional transformó el término internacionalismo en tomar partido por un bando, lo cual disminuyó la capacidad crítica de las personas de izquierdas. Podían ser muy críticas con EEUU, pero se limitaban a defender lo que estaba pasando en la URSS. Categorías históricas como el capitalismo y el socialismo se transformaron en categorías espaciales: un bando y el otro.

Esto es importante porque la nueva izquierda trasladó este problema a los nacionalismos del tercer mundo. [Esta forma de pensar] merma la capacidad crítica de las personas de izquierdas para tratar a fondo determinadas situaciones precisamente en un momento en el que es urgente crear una nueva forma de internacionalismo, que sea realmente internacional y no sólo una suma de nacionalismos buenos y malos. 

(...) 

Creo que la cuestión de la agencia de la clase trabajadora resulta cada vez más complicada. En la medida en que la acumulación del capital implicaba la expansión del proletariado había una solución de continuidad entre la posición de éste en la sociedad y el impulso de reformas que "humanizaron" el capitalismo. Esta "humanización" fue un logro de la clase trabajadora. Pero cuando el proletariado empieza a disminuir en importancia y entra en cierto declive, existe el riesgo de que se vuelva reaccionario, como cualquier otra clase que se ve amenazada. En EEUU la clase trabajadora se ha vuelto muy racista y asistimos a una desafortunada polarización entre trabajadores que no están nada preocupados por sus condiciones económicas pero que, sin embargo, defienden los derechos de los inmigrantes, los homosexuales, las mujeres, etc.; y trabajadores que se preocupan mucho por sus propias condiciones de trabajo y ven a los demás como enemigos. Me parece una señal inequívoca de peligro que en Francia haya regiones enteras que antes votaban comunista y ahora voten por Le Pen. Creo que hay un punto de inflexión histórico. Lo que trato de sugerir es que no hay manera de dar un vuelco a la situación actual si seguimos analizándola en términos de clases trabajadoras nacionales. Desde mi punto de vista, habría que establecer un nuevo internacionalismo que no puede ser una repetición del internacionalismo que emergió cuando el proletariado era una clase en expansión. La primera tarea para cualquier movimiento que pretenda hacer algo con la clase trabajadora debería consistir en debilitar la competencia que existe dentro de esa clase y es ahí donde las cuestiones relacionadas con la inmigración entran en juego. Creo que sería mucho más importante que la izquierda estuviera implicada en esto más que en la forma distorsionada de antiimperialismo a la que hice referencia previamente. 

(...) 

Me parece que lo que es positivo de los movimientos identitarios es que el tipo de universalismo que estaba asociado a la clase trabajadora, pero no solo con ella, es un universalismo que negaba la diferencia. Era solo un lado de la forma mercancía: el lado del valor. La tarea histórica consistiría entonces en encontrar formas específicas que fueran universales de diferente manera. Sin embargo, muchos de los movimientos identitarios simplemente se han desplazado al otro lado de la dicotomía [el del valor de uso] y se han vuelto particularistas. En este sentido, creo que están reproduciendo la dicotomía que el capitalismo lleva generando desde hace tiempo entre un universalismo abstracto y particularismos concretos.

(...) 

La crisis ecológica a la que podemos enfrentar y la que está ocurriendo ya, que no es más que un encadenamiento de desastres, es crucial. Cualquier crítica del capitalismo tiene que ser una crítica a esta forma de crecimiento. Pero creo que la respuesta no puede ir en la dirección de lo local, ya sea en forma de economía alternativa o de ayuda mutua. El problema es global y solo puede ser enfrentado a una escala global. Es verdad que pequeñas comunidades pueden salirse, siempre han podido, pero no todo el mundo puede salirse a la vez. De manera que tenemos que empezar a desarrollar una noción de cómo afrontar la situación globalmente.

lunes, 11 de febrero de 2013

Del desarrollo al posdesarrollo: otra cooperación es posible y deseable

En su blog de un activista e investigador ecologista, Florent Marcelesi lanza la idea y la definición del posdesarrollo, apoyado en datos de organismos internacionales.

Véanse también: la entrada de Wikipedia sobre la paradoja de Jevons y los escritos sobre biomímesis y autolimitación de Jorge Riechmann.


...el desarrollo se sustenta hoy en un pilar demasiado poco cuestionado: el crecimiento (de las cantidades producidas). Sin embargo, hoy sabemos que si bien hasta un umbral de 15.000 dólares por habitante al año, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y las mejoras sociales pueden ir a grandes rasgos de la mano, por encima de este umbral no existe ninguna correlación negativa o positiva entre el aumento del PIB y el aumento del bienestar. Es cierto que la cooperación internacional ha dado pasos hacia una concepción más amplia de la riqueza gracias al Índice de Desarrollo Humano (IDH). Sin embargo, el IDH no tiene en cuenta la problemática ecológica, lo que de facto sigue beneficiando al insostenible modelo occidental de desarrollo. De hecho, si introducimos la felicidad y, sobre todo, la huella ecológica dentro de un cálculo de la riqueza de un país —como lo hace el Happy Planet Index—, en los primeros puestos se colocan los países de Centroamérica y del Caribe, y caen a la mitad inferior de la tabla los países del Norte (y la mayoría de los emergentes). Por otro lado, si analizamos los países cruzando su huella ecológica y su IDH (véase gráfico), vemos que en la actualidad ningún país se encuentra en el “cajón de sostenibilidad”, es decir haber alcanzado o mantenido un alto desarrollo humano (IDH>0,8 según la ONU) y una huella ecológica por debajo de un Planeta (<1,8 hectáreas por habitante según WWF). Esta convergencia, si fuera posible en estos términos, no se hará realidad si no asumimos que la tecnología por sí sola no permitirá superar la crisis social y ecológica. Esto es, el modelo desarrollista, que impregna por ejemplo las conclusiones de Río+20, no tiene en cuenta en ningún momento el “efecto rebote”: por mucho que disminuya el impacto ambiental por unidad producida, estas mejoras se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas. En vez de agrocombustibles contra la crisis energética, de transgénicos contra la crisis alimentaria y de sumideros de CO2 contra la crisis climática, lo que necesitamos es autolimitar la acumulación de riquezas en el Norte (y las élites del Sur) y no seguir con la vía del mal-desarrollo industrial en el Sur.


Ante tal panorama, es hora de cerrar el ciclo del “desarrollo”, este “sueño del blanco” según su traducción en idioma Eton en Camerún, hoy incapaz de responder a los retos de justicia ambiental y de supervivencia civilizada de la humanidad. En este contexto, defino el posdesarrollo como “la evolución progresiva de una comunidad o sociedad hacia niveles de vida acordes con los límites ecológicos del planeta y que cubran las necesidades básicas de sus componentes así como sus legítimas aspiraciones a la libertad, a la autonomía y a la felicidad”. La cooperación al posdesarrollo es consecuentemente la capacidad de obrar junto con otro u otros, de forma democrática y solidaria, y con métodos coherentes con los fines, para alcanzar el fin marcado por el posdesarrollo.

domingo, 10 de febrero de 2013

El reto para los movimientos sociales en Asia




Walden Bello es director ejecutivo de Focus on the Global South, profesor de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Filipinas e investigador asociado del Transnational Institute.

Su exposición se estructura en estos apartados:
  • La nueva normalidad es el cambio climático.
  • El jaque mate mundial. El mundo se encuentra en curso de pasar de los 2 grados a los que les gustaría confinar el aumento de la temperatura media mundial, y ya está en una trayectoria de un aumento de temperatura de 4 a 5 grados, lo que sería calamitoso
  • La crisis económica mundial.
  • El fracaso de las soluciones del Establishmen.
  • Alternativas progresistas. Con el descrédito del neoliberalismo y las limitaciones del keynesianismo, otros sectores han visto la crisis como algo que proporciona la oportunidad de movernos, de simplemente apagar fuegos, a proponer una reestructuración económica más fundamental.
  • Alternativas desde el Sur.

En este último expone las iniciativas de Vía Campesina sobre soberanía alimentaria, que nuestro "seminorte" en declive debería tener en cuenta:
No son solo los ecologistas radicales del Norte quienes han iniciado el reto de promover una visión de una reestructuración radical de la economía. Una de las más conocidas es el paradigma de Soberanía Alimentaria de La Vía Campesina, que ofrece un programa completo de transformación social y económica.

Permítanme extenderme con alguna amplitud sobre la Soberanía Alimentaria, puesto que este es uno de los esfuerzos más atrevidos para proporcionar una alternativa completa al neoliberalismo. Tal como yo lo entiendo, los pilares clave de la soberanía alimentaria son los siguientes:

Primero, el objetivo de la política agrícola debería ser una autosuficiencia alimentaria en la que los campesinos dentro del país produzcan la mayor parte de los alimentos consumidos internamente -una condición no cubierta por el concepto de "seguridad alimentaria", que los representantes de las empresas estadounidenses han definido como la capacidad de cubrir las necesidades alimentarias de un país mediante la producción interna o la importación. Las implicaciones radicales de esta premisa son destacadas por Jennifer Clapp: "Al sacar a los campesinos completamente del sistema de comercio mundial, el movimiento de soberanía alimentaria se centra en las necesidades lcoales y en los locales alimentarios locales, liberando así a los pequeños agricultores de las normas injustas y desequilibradas del comercio que defienden los Acuerdos de Agricultura de la OMC."

Segundo, un pueblo debería tener el derecho a determinar sus pautas de producción de alimentos y consumo, tomando en consideración la "diversidad rural y productiva", y no permitir que estas esten subordinadas a un comercio internacional desregulado.

Tercero, la producción y el consumo de alimentos deberían estar guiados por el bienestar de los campesinos y los consumidores, no por las necesidades de beneficios de los agronegocios internacionales.

Cuarto, los sistemas nacionales de alimentos producen "alimentos sanos, de buena calidad y culturalmente apropiados principalmente para el mercado doméstico" [xiii] y evitan lo que Bové ha denominado malbouffe o "comida basura" estandarizada internacionalmente."

Quinto, se debe conseguir un nuevo equilibrio entre agricultura e industria, el campo y la ciudad, para dar la vuelta a la subordinación de la agricultura y el campo a la industria y las élites urbanas, que han dado como resultado un campo arruinado y barrios de chabolas enormes de refudiados rurales.

Sexto, se debe dar marcha atrás a la concentración de tierras por parte de los terratenientes y las empresas transnacionales y se debe promover la equidad en la distribución de tierras mediante una reforma agraria, aunque el acceso a la tierra debería ser posible más allá de la propiedad individual, permitiendo más formas comunales y colectivas de propiedad y producción que promuevan un sentido de administración ecológica.

Séptimo, la producción agrícola debería ser llevada a cabo principalmente por pequeños campesinos o cooperativas o empresas estatales, y la distribución y el consumo de alimentos deberían estar gobernados por unos esquemas de precios justos que tomen en consideración los derechos y el bienestar tanto de campesinos como de consumidores. Entre otras cosas, esto significa terminar con el dumping por parte de las empresas transnacionales de mercancías agrícolas subvencionadas, que han hundido artificialmente los precios dando como resultado la destrucción de pequeños campesinos. También debería significar, según el especialista y activista Peter Rosset, "una vuelta a la protección de la producción alimentaria nacional de los países ... reconstrucción de reservas nacionales de grano ... presupuestos del sector público, precios mínimos, créditos y otras formas de ayuda" que "estimulen la recuperación de la capacidad de producción alimentaria [de los países]".[xv]

Octavo, la agricultura industrial basada en la ingeniería genética y la Revolución Verde original intensiva en productos químicos debería ser desaconsejada porque monopoliza el control sobre las semillas, acelera la agenda corporativa y porque la agricultura industrial es medioambientalmente insostenible.

Noveno, las tecnologías agrícolas tradicionales campesinas e indígenas contienen una gran parte de sabiduría y representan la evolución de un equilibrio mayormente benigno entre la comunidad humana y la biosfera. Por tanto, la evolución de la agro-tecnología para que cubra las necesidades sociales debe tener a las prácticas tradicionales como punto de partida en lugar de considerarlas prácticas obsoletas a eliminar.