jueves, 19 de junio de 2014

La unidad popular

Mal que nos pese, hay una barrera ideológica, levantada cuidadosamente desde hace décadas por los "dueños del adjetivo", que lastra los intentos de esa izquierda a la que por eso mismo describimos muy genéricamente como "transformadora" para conectar con las grandes mayorías.

La cultura popular, el imaginario colectivo, es una construcción social aceptada y deglutida con facilidad por las mayorías, siempre que esas mayorías obtengan un grado de satisfacción que consideren aceptable en su vida cotidiana. Se puede afirmar que ese medio social "aceptable" constituye en la práctica toda su vida cotidiana.

Así que las posibles ventajas de cualquier alternativa alarmante para el sistema consolidado se presentan como vagas ilusiones y propuestas irrealizables y demagógicas, pero se publican clamorosamente sus fallos, reales a veces, otras falsificados a conciencia.

El mecanismo falla cuando esas clases que consideraban aceptable su situación pasan a verla como intolerable. Entonces el sistema recurre a ese imaginario colectivo que preparó desde siempre para neutralizar las alternativas.

Claro que esas vacunas, esos anticuerpos ideológicos, contra los enemigos tradicionales del sistema no pueden abarcar todo el amplio espectro de infecciones, de virus nuevos que lo atacan cuando se presentan complicaciones a su salud. Nuevos antígenos, contra los que aún no han elaborado anticuerpos, pueden ser importantes para acabar con el bicho.

Claro que las nuevas propuestas y el lenguaje flexible no pueden traicionar los contenidos. Habrá que ir reintroduciendo muchos viejos conceptos olvidados. La buena pedagogía es imprescindible, y jamás se puede dejar de decir la verdad, aunque no sea siempre popular (otra palabra que ya no significa lo que dice decir...).

Todo esto lleva su tiempo, y no tenemos mucho.

Naturalmente, es deseable la conjunción planetaria de todas las fuerzas transformadoras, construyendo mayorías bien articuladas. Y, sin abandonar el rigor conceptual, es necesario que esas mayorías, en vez del preocupante 1 + 1 = 1, produzcan el imprescindible 1 + 1 = 10.

José López tampoco es absolutamente categórico en su análisis. Como yo, no tiene la bola de cristal. Por eso mismo lo reproduzco.

¡Ay, si los demagogos fueran tan honestos como en este chiste de El Roto!










(...)

Está claro que la izquierda tradicional no ha sabido evolucionar, se ha quedado estancada en los tiempos de Marx y Lenin. Cuando no se ha vendido descaradamente al sistema (una parte de ella). Tampoco ha seguido una de las principales lecciones que nos enseñaron los revolucionarios clásicos: la estrategia debe adaptarse al espacio y al tiempo, al lugar y a la época. 

Y la época actual es distinta en algunas cosas (no en todas, pero sí en algunas críticas) a la época de Marx y Lenin. Ahora las palabras “socialismo”, “comunismo”, incluso en parte “izquierda”, están muy desprestigiadas frente a la mayoría ciudadana, frente al proletariado. La falsa conciencia de clase se ha impregnado en las mentes de muchos trabajadores. Además del derrotismo y del pensamiento único. La hegemonía cultural capitalista, lograda con el control de los medios de comunicación fundamentalmente, pero también facilitada enormemente por los errores y la pasividad de la izquierda, ha triunfado. Sin embargo, las grandes e irresolubles contradicciones capitalistas hacen, tarde o pronto, acto de presencia. El capitalismo se cuestiona a sí mismo mientras la izquierda despistada sigue en las nubes. El problema es que el capitalismo no caerá mientras su principal enemigo sea él mismo. A diferencia de la época de los revolucionarios clásicos, ahora el enemigo en la guerra ideológica puede decir que el socialismo no funciona porque así lo demuestra la caída de la URSS y todos sus países satélites. Cualquiera que hable con cualquier trabajador de cualquier empresa de cualquier sector de la economía se encontrará con esa (falsa) idea. Esto debía de haber provocado una profunda reflexión en la izquierda, una reformulación de la teoría revolucionaria. Es verdad que se han hecho algunos intentos, pero han resultado claramente insuficientes.

La prueba más palpable de esto que digo es que la izquierda clásica no ha sido capaz en ningún lugar del viejo continente, y más allá, de comenzar a liderar cambios sistémicos. En Latinoamérica una nueva izquierda lo logró distanciándose del “viejo” socialismo. El socialismo del siglo XXI no quería repetir los errores del “socialismo” del siglo anterior. Es un socialismo cuya teoría se ha ido construyendo sobre la marcha, a medida que se practicaba. Con el peligro que ello conlleva. Pues si bien es cierto que no se puede tener todo planificado de antemano, que todo proceso revolucionario es un proceso de aprendizaje, que no tenemos un manual de instrucciones para seguir al pie de la letra, sí teníamos y seguimos teniendo una guía para la acción revolucionaria, como así denominaban Marx y Engels a su doctrina. ¡Pero esa guía debe ser depurada, corregida, completada, actualizada, enriquecida! Existe también una tendencia en cierta parte de la izquierda a dejarlo todo (o demasiado) en manos de la práctica, de la improvisación (dado que se piensa que la teoría ya no vale), pero tan erróneo es prescindir de toda teoría como no hacerla evolucionar. En la ciencia revolucionaria debemos intentar tener todo lo más pensado y preparado posible de antemano (de ahí la importancia de la teoría) pues en dicha ciencia los experimentos prácticos no se hacen en las mejores condiciones, todo lo contrario, dichos experimentos son hostigados continuamente por los capitalistas, cualquier error se paga muy caro por mucho tiempo. Muchas veces dichos experimentos no se pueden repetir, o sólo mucho más tarde. Afortunadamente, en el socialismo del siglo XXI se ha comprendido que la democracia es esencial, que el socialismo necesita la democracia como el ser humano el oxígeno. Como decía Chávez muy acertadamente, el socialismo es democracia sin fin. De hecho, ya dijo Lenin en su día que la lucha por la democracia era la lucha por el socialismo. Sus errores no invalidan sus aciertos. Reformular una teoría no significa necesariamente rehacerla por completo, sino, la mayor parte de las veces, retomar de ella sus aciertos y corregir sus errores, superar sus carencias, refinarla, darle más coherencia.

La cuestión clave que debemos afrontar en la España del siglo XXI (y en muchas cosas todo lo dicho aquí también vale para otros países del mundo) es cómo ganar la guerra ideológica teniendo en cuenta la situación ideológica actual de la gente, es decir, teniendo en cuenta los prejuicios impregnados en las mentes de la mayor parte de los trabajadores. Muchos izquierdistas de la vieja izquierda siguen usando un lenguaje y una simbología que espantan a sus hermanos de clase porque, precisamente, se olvidan del hecho fundamental a tener en cuenta en la lucha ideológica: la existencia de prejuicios. El enemigo no se ha quedado de brazos cruzados. No es posible luchar contra los prejuicios realimentándolos, obviando su existencia. Quien defienda en la actual España capitalista, impregnada de pensamiento burgués por todos sus poros, abiertamente el socialismo o el comunismo, desgraciadamente para él y sobre todo para la causa de superar la sociedad capitalista, predicará en el desierto y fracasará. Por el contrario, quien intente explotar al máximo una de las grandes contradicciones del capitalismo, a saber, la necesidad de evitar la auténtica democracia y al mismo tiempo aparentarla, tendrá alguna posibilidad de convencer a las masas, como mínimo poniendo en evidencia al sistema, ayudando a que la gente empiece a cuestionarlo. Asimismo, la única manera de superar los prejuicios es centrándose en las ideas y prescindiendo de las etiquetas, de los símbolos, de las banderas, por lo menos de los que ya no sirven. La derecha, para seguir dominando ideológicamente, procura en su discurso demonizar y criminalizar al enemigo con el uso intensivo, obsesivo, de ciertas palabras “mágicas”, de ciertas etiquetas (como “marxistas”, “comunistas”, “socialistas”, “anarquistas”, “bolivarianos”, “chavistas”,…) que despierten los prejuicios incrustados en las mentes de muchos ciudadanos. Los guardianes ideológicos del sistema establecido no necesitan usar muchas palabras, les basta con unas pocas. Los prejuicios hacen el resto del trabajo. Ellos juegan con la ventaja de una propaganda hecha durante décadas. La izquierda, por el contrario, debe argumentar, concretar, prescindir de etiquetas ideológicas y centrarse en las ideas, en los contenidos. Además de dar ejemplo. 

Teniendo en cuenta todo lo anterior, entre otras cosas, no es muy difícil comprender por qué IU se estanca (o no crece todo lo que debiera) y Podemos irrumpe con fuerza y “amenaza” con convertirse en la fuerza hegemónica de la izquierda en este país. La nueva izquierda, adaptada a los tiempos actuales, simplemente supera a la vieja, acomodada, burocratizada y despistada izquierda. La vieja izquierda parece tener un techo que deberá ser superado por la nueva izquierda. Ese techo tiene mucho que ver con los prejuicios ideológicos de gran parte de la ciudadanía, con los viejos discursos que ya no funcionan (incluso que son contraproducentes), pero también con la vieja manera de hacer política.

Cabe, pues, preguntarse si una posible coalición entre IU y Podemos sería útil o no para la causa de la unidad popular. Yo reconozco que no lo tengo claro. En un principio uno piensa que las distintas fuerzas de la izquierda deben unirse para evitar los problemas de una ley electoral que castiga mucho la dispersión de voto, pero también es cierto que muchos trabajadores, muchos ciudadanos, con muchos prejuicios, no parecen dispuestos a votar a IU, incluso si ésta corrige sus errores y contradicciones. Dicho sea de paso que corregir tales errores tras unas elecciones y sólo cuando se ve amenazada por su izquierda no da mucha credibilidad, suena más bien a oportunismo político. Como mínimo, se puede acusar a IU de ir por detrás de los acontecimientos históricos, de lo que pide la parte más consciente y movilizada de la sociedad. Aun así, cabe la posibilidad de que si se produce dicha coalición (la cual no debe ser diseñada desde arriba de las organizaciones, sino desde abajo) muchos ciudadanos se decidan, por fin, a votar y a votarla. Yo pienso que aún hay mucha gente que no vota porque no ve suficiente unidad y posibilidad de éxito. Pero también cabe la posibilidad de que mucha gente dispuesta a votar a Podemos deje de votar a dicha coalición por el lastre (sobre todo ideológico) que podría suponer IU. Las posibles alianzas electorales deben por tanto pensarse mucho, además de hacerse de determinada manera, para que sean útiles, para que 1+1 sea 5 o 10. 

Está claro que hace falta la unidad popular, pero no está tan claro cómo lograrla, qué forma debe adoptar el instrumento político para lograrla. Tenemos la suerte de que antes de las elecciones generales habrá unas elecciones municipales, las cuales pueden servir de ensayo. Tal vez Podemos sea ese instrumento político que permita la tan imprescindible unidad popular, o tal vez no y sea necesario construir un amplio frente electoral. Creo que tanto en IU como en Podemos, como en otras organizaciones de la izquierda, tarde o pronto (pero no muy tarde), debería plantearse seriamente este debate a las bases, a la ciudadanía. Quizás nuestras dudas las disipen los militantes, los simpatizantes, los ciudadanos. Demos voz también a la gente para ayudarnos a diseñar mejores estrategias. Si queremos saber cómo la ciudadanía desea concentrar el voto del cambio debemos preguntarle por los instrumentos políticos para hacerlo. No olvidemos nunca que un partido político es un instrumento, un medio, y no un fin en sí mismo. En el momento en que no valga habrá que proveerse de otro instrumento. El objetivo esencial es concentrar el voto de la mayoría social descontenta, desconfiada, desanimada y asqueada. Sólo así logrará la izquierda real alcanzar el poder para empezar a cambiar las cosas radicalmente, que falta hace. Lo más importante es la unidad popular.

miércoles, 18 de junio de 2014

El mito de la guerra buena

Este libro de Jacques R. Pauwels es una excelente fuente de información para desmontar las tergiversaciones habituales, y que han tomado literalmente por asalto "los corazones y las mentes", a partir de la intervención de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, como salvadores de la civilización y de sus valores.

Aporto aquí otro enlace para conocer el papel del capital norteamericano en la contienda:


Y en este mismo enlace hay referencia a otro gran industrial, éste francés:

Adolf Hitler y Louis Renault (a su izquierda) en el Salón del Automóvil de Paris de 1937.


Durante toda la guerra los industriales norteamericanos siguieron en contacto con sus filiales alemanas, a través fundamentalmente de Suiza...

Es notorio, aunque se haya ocultado después, que en los "paises libres" de Occidente había muchas simpatías por los nazis, especialmente entre la clase corporativa y los políticos conservadores. Sobre la equívoca actitud de las potencias capitalistas en la guerra (y antes en la de España) y el papel esencial de la Unión Soviética en la derrota de los nazis, este enlace:


Ahora mismo vemos cómo el fascismo sigue siendo una carta a jugar, si les fallan las demás opciones.

Michel Collon hace estos comentarios reseñando el libro.



Investig'Action

«Sí, ¡pero los estadounidenses nos liberaron en el 45!» ¡Cuántas veces he tenido que oir decir eso! En la escuela. Pero también en los debates sobre las guerras actuales de Estados Unidos.

La del 40-45, ¿la única "buena" guerra de los EE.UU.? Puede que haya que matizar. Algunos hechos inquietantes han sido documentados en un excelente libro del historiador Jacques Pauwels (1). Sus documentos irrefutables demuestran que gran parte de las empresas de Estados Unidos han colaborado directamente con Hitler, y no sólo al comienzo de la guerra: Du Pont, Union Carbide, Westinghouse, General Electric, Goodrich , Singer, Kodak, ITT, JP Morgan...

Peor aún. La gran novedad estratégica de Hitler fue la "Blitzkrieg", la guerra relámpago: dirigir muy rápidamente sus tropas hacia el corazón del enemigo. Para ello, dos condiciones esenciales: camiones y gasolina. Como Alemania no tenia ninguno de los dos, fue Esso la que aprovisionó la gasolina, mientras que los camiones provenían de las fábricas alemanas de Ford y General Motors.

"¡Que esta guerra dure el mayor tiempo posible!"

Pauwels muestra que:
  1. Una gran parte de la patronal de Estados Unidos era pro-Hitler en los años 30 y 40.
  2. Eso cambió sólo cuando las ventas de las empresas estadounidenses fueron puestas en peligro por la agresividad comercial de Alemania en América Latina y en otros lugares. Y las ocupaciones japonesas confiscaban todo el comercio de Asia.
De hecho, los Estados Unidos jugaron un doble juego. Deseaban que la guerra durase mucho tiempo. ¿Por qué?

Por un lado, las enormes ganancias que sus empresas hacian en Alemania estaban aumentando. Por otro lado, se enriquecian por los préstamos a Gran Bretaña, que soportaba todo el peso financiero de la guerra. Por cierto, Washington también ponía como condición que Londres abandonase sus colonias después de la guerra. Así se hizo. Los Estados Unidos se las arreglaron para aprovecharse de la Segunda Guerra Mundial, debilitando a sus rivales y convertiéndose en la única superpotencia capitalista.

Henry Ford: "Ni los Aliados, ni el Eje deberían ganar la guerra. Los EE.UU. deberian proporcionar a ambas partes los medios para seguir luchando hasta que ambos se desmoronen."

El futuro presidente Harry Truman, 1941: "Si Alemania gana, debemos ayudar a Rusia y si Rusia gana, debemos ayudar a Alemania, para que muera el máximo de cada lado." 

Ese juego cínico sólo terminó cuando la Unión Soviética derrotó a Hitler. Sólo entonces, los Estados Unidos se apresuraron a salvar sus intereses en Europa.

Mañana 6 de junio, se pretenderá que la guerra fue ganada en Normandía y no en Stalingrado. No se dirá que Hitler perdió el 90 % de sus soldados en el Este. Que por un soldado de EE.UU. muerto, hubo 53 soviéticos. Los libros de texto a veces son raros, ¿no?

Eso es todo, siento mucho haberos arrebatado una de vuestras últimas ilusiones. Mañana, 6 de junio, podréis pensar en todo eso cuando en una playa de Normandía, se celebre a George Bush mientras que su abuelo financió a Hitler. ¿En qué clase de mundo vivimos?
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Nota

(1) PAUWELS, Jacques R. "Le mythe de la bonne guerre: les États-Unis et la Seconde Guerre mondiale". Bruxelles : Aden éditions, 2012. (EPO), 378 p . Muy recomendable, está lleno de revelaciones sobre Roosevelt, Truman, la amenaza con invadir la URSS, la recuperación de los criminales y espías nazis, Churchill, de Gaulle, Yalta ...

martes, 17 de junio de 2014

La descolonización de la geopolítica

Si este mundo imperial, unipolar o multipolar, basa su defensa en métodos de arrasamiento que destruyen lo que pretende conservar para sí, no ofrece salida alguna. Si la energía y los recursos que le faltan los emplea en combatir por ellos "al precio que sea", gasta en eso la ganancia.

El complejo militar industrial (España no es ajena a esto) es la base del mantenimiento de la economía, porque tiene una ventaja: es un mercado imposible de saturar. Pero cuando obtenga la inútil victoria en la guerra permanente no tendra nada que aprovechar.

Ganas una partida de ajedrez al dar jaque mate al rey. No se suelen contar, porque no importan en ese juego, las piezas que permanecen vivas en el tablero. Siempre queda la oportunidad de jugar otra partida, porque las partidas se juegan con las mismas piezas, reemplazables hasta el infinito.

En el mundo no ocurre lo mismo. Las piezas, llegado el momento, no son reemplazables. Por eso el juego de la dominación mundial es una partida perdida para el ganador, que no tiene nada definitivo que ganar con sus victorias. Solamente le queda el triunfo pírrico de destruir a los sucesivos enemigos, sin poder aprovechar siquiera sus despojos.

Claro que les queda a estos dueños del mundo su buena vida: como no es eterna, cada uno de ellos la vive a lo grande, aunque no dure mucho. No es ese el "buen vivir" de los pueblos andinos.

Habrá que jugar a otra cosa.





Rebelión

Las recientes crisis en Ucrania y Siria manifiestan la compleja transición hacia un mundo sin centro hegemónico único; lo que se está denominando el “incipiente mundo multipolar” (las áreas en disputa manifiestan esta tónica). El siglo XXI amanece con un nuevo mundo emergente que ya no presupone, ni cultural ni civilizatoriamente, la hegemonía occidental. El “gran relato” neoliberal del “fin de la historia” se hizo pedazos el 11 de septiembre de 2001 y su última cruzada, llamada el “choque de civilizaciones”, es derrotada en Siria y Ucrania. Es decir, el fenómeno de la colonización, consustancial al mundo moderno, empieza a desmoronarse en el nuevo siglo. Incluso las nuevas potencias emergentes, si optaran por asegurarse áreas de influencia, ya no podrían hacerlo según las prerrogativas que adoptaron las potencias occidentales cuando se repartieron el África y el Oriente. La sobrevivencia de un mundo multipolar pende del siguiente detalle: los términos en que se expresen las alianzas geopolíticas sólo podrían cimentarse en una cooperación mutua y estratégica y ya no en exclusivas relaciones de dominación. 

Las últimas bravuconadas que Occidente despliega bélicamente no hacen sino mostrarnos su decadencia profunda. Ya no pudo invadir Siria, y eso le está costando, no sólo credibilidad sino, sobre todo, la desconfianza en su capacidad militar. Incluso podría decirse que el 3 de septiembre de 2013 se evitó la tercera guerra mundial, cuando el sistema de defensa aéreo ruso S300-PS, desde la base de Tartus, en Siria, intercepta y destruye misiles tomahawks (lanzados desde la base gringa de Rota, en la bahía de Cádiz), que tenían como destino Damasco. Desde entonces queda demostrado que los rusos han recuperado su importancia militar; lo cual equilibra un mundo que había sido capturado por USA (según Ehud Barack, exministro de asuntos militares de Israel, eso debilita a USA en todo el mundo). Desde el triunfo de Rusia ante Georgia, por Osetia del Sur, el 2008, puede decirse que la geopolítica del siglo XX ha sido dislocada en favor de una nueva reconfiguración planetaria. 

En Ucrania termina de rematarse la cosa, puesto que la injerencia occidental, comandada por USA, no hace sino, para su propia desgracia, acercar aún más a China y Rusia, lo cual significa, en lo venidero, el viraje definitivo de la economía mundial hacia el Oriente. El último acuerdo monumental entre Rusia y China (cuyo comercio bilateral alcanzará, para el 2020, los 200.000 millones de dólares), no sólo ratifica la hegemonía de una Eurasia oriental, en torno a la restauración comercial de la “ruta de la seda”, sino hasta posibilita que China se expanda hacia Occidente (los más que probables ejercicios militares conjuntos entre Rusia y China en pleno Mar Negro). Ni USA ni Europa tienen la musculatura, ni económica ni militar, para hacer valer sus sanciones económicas a una Rusia que, aliada de China, ya no tiene necesidad de supeditarse a un Occidente en plena decadencia. 

El mundo y su cartografía geopolítica, tal cual había sido concebida por las potencias occidentales, desde el siglo XIX, está feneciendo. Esto quiere decir que la disposición centro-periferia, pertinente al mundo moderno, ya no tiene sentido. Como tampoco tiene sentido, frente a la crisis climática y energética, un sistema económico que sólo sabe administrar el despojo sistemático de vida (humanidad y naturaleza) en favor de los fetiches del mundo moderno: el capital y el mercado. La crisis es civilizatoria y sólo puede ser comprendida, en su verdadera magnitud, desde una perspectiva multidimensional.

Esto quiere decir que, tampoco las ciencias modernas, en su crisis epistemológica, estarían a la altura de dar razón de la crisis. Si todas parten de los mitos y prejuicios modernos, ¿cómo podrían auscultar una crisis que la originan estos mismos mitos y prejuicios? La crisis actual manifiesta una rebelión de los límites mismos de un mundo que es finito; pero la ciencia moderna, la economía capitalista y el mismo paradigma del desarrollo, suponen recursos de aprovechamiento infinitos como presupuesto de un progreso también infinito.

Este presupuesto da origen a la sociedad moderna. Pero es un presupuesto falso, porque los recursos no son infinitos. Ni la naturaleza ni el trabajo humano pueden garantizar un progreso sin fin. Un crecimiento sin límites es una pura ilusión trascendental. Por eso el mundo moderno se halla en la peor de sus encrucijadas; pues si su economía se basa en el crecimiento económico, este crecimiento supone el aprovechamiento desmedido de energía fósil. Sin energía se hace imposible crecer. Crecer para el primer mundo significa aumentar su consumo de energía; pero si añadimos a esto que el mito moderno de los países ricos es crecer indefinidamente, fieles al modelo de desarrollo y progreso infinito, resulta que su propia forma de vida, basada en el crecimiento infinito, ya no puede sostenerse. Entonces, lo que se vislumbra, como consecuencia de esta crisis, es el colapso cultural y civilizatorio de la modernidad occidental. No siendo ya el primer mundo dueño de la energía del planeta (desde el 2003, cuando British Petroleum confirma el fracaso de la guerra de Irak), ya no puede subvencionar su desarrollo con la miseria que genera su economía en el resto del planeta. 

La crisis financiera se vincula también a la crisis energética, que es la otra cara de la rebelión de los límites ante las pretensiones ilimitadas de un crecimiento sin fin. Este crecimiento es ya insostenible ante la evidencia del agotamiento paulatino de los recursos energéticos. Lo cual hace más vulnerable la estabilidad a futuro de un dólar que, sin petróleo, no tiene nada que lo sostenga (a no ser sus bombas nucleares). El primer mundo requiere cada vez más energía para crecer económicamente, pero si ya no dispone de energía barata y abundante, todo su complejo industrial y tecnológico se estanca. Entra en crisis. Tanto su producción como su consumo ya no pueden sostenerse. La crisis manifiesta aquello. La crisis climática es la rebelión de los límites: el mundo es finito. 

Por eso el mito de la globalización encierra una aporía insoluble: si el mundo es uno, entonces no es infinito. El sistema-mundo-moderno-occidental choca entonces con la fuente de donde emana todo lo que hace posible la vida: la naturaleza es única, lo cual no quiere decir que sea infinita. Única quiere decir vulnerable. Su finitud es constatación de su condición de sujeto. Por eso no puede no tener derechos. Si la vida procede de ella es porque es Madre. Por eso le decimos PachaMama. La extracción indiscriminada que se hace de sus componentes vitales, en torno a una acumulación excesiva de ganancias, hace imposible que pueda reponer lo que se le ha quitado: la sobre-explotación de un recurso conduce a la destrucción paulatina de todo su contexto vital. A esto llamamos extractivismo, prototípico del capitalismo. 

La curva geofísica de Hubbert fue diseñada para mostrarnos que todo elemento depletable, como el petróleo, alcanza una cúspide en su explotación, para nunca más superar aquello. Según el World Energy Outlook (informe anual de la Agencia Internacional de Energía del 2010) esta cúspide a nivel mundial ya se habría alcanzado el 2006. Y, si es cierto que la cúspide de todos los hidrocarburos, además del uranio, se daría el 2018, entonces se hace imprescindible una transformación en la base energética; pero los países ricos no responden de modo sensato a esta realidad sino que apuestan por un peligro aún mayor: los agrocombustibles. 

Pareciera que los países ricos, al no encontrar salida a su crisis, optan por meterse más en ella. Pues esta supuesta solución a la crisis energética supondría un holocausto alimenticio a nivel global (la subida de los precios de granos y alimentos corrobora una tendencia de carácter especulativo que aprovecha ufano el capital financiero).

La pelea energética es ahorita la tónica de los dislocamientos geopolíticos. Para el imperio es imprescindible la combinación dólar-petróleo. Sin petróleo no puede sostener su infraestructura bélica planetaria. Si tiene el petróleo tiene el control. Entonces la situación en Ucrania y Siria nos lleva también a reflexionar acerca de la amenaza sistemática que ejercen los poderes fácticos en Venezuela. Necesitan del petróleo venezolano para equilibrar su poder ante estas nuevas derrotas en Ucrania y Siria.

USA persigue su soberanía energética recapturando a Latinoamérica. Por eso el TLCAN con México reaviva la “Doctrina Monroe”, por eso lo que sucede en Venezuela forma parte de su estrategia geopolítica ante el ascenso de China y Rusia; las bases militares gringas de Colombia y Perú ya no apuntan sólo a Venezuela sino también a Brasil. No sólo el Orinoco sino el Amazonas son áreas geoestratégicas para restaurar un mundo unipolar (parece que Brasil, aun siendo parte de los BRICS, no se ha anoticiado de esto).

Esta lectura nos sirve para diagnosticar, establecer y determinar el contexto epocal que subyace a la celebración de la “50 reunión cumbre del G77”. Esta cumbre que se realizará en Bolivia es inédita, pues si en sus inicios el G77 sólo coordinaba programas de cooperación en materia de comercio y desarrollo para una mejor integración en el mercado mundial, la nueva reconfiguración geopolítica y geoeconómica actual, sienta las bases para hacer de este grupo un contrapeso a la hegemonía –en decadencia– de los países ricos.

No sólo Bolivia, sino el ALBA y hasta el MERCOSUR, tienen la mejor oportunidad de liderar una transición con perspectiva mundial. Por eso la necesidad de contar, en la actualidad, con una perspectiva geopolítica ya no sólo coyuntural sino acorde con este proceso de transición planetaria. Politizar la cumbre G77 es fundamental para que nuestros países sitúen a nuestra región en el nuevo centro de gravedad de la transición civilizatoria del siglo XXI. Por eso el “vivir bien” y la “descolonización” ya no pueden diluirse en la pura retórica sino consolidarse como el discurso pertinente a un mundo en transición civilizatoria.

El G77 nace dentro del paradigma del desarrollo y en un mundo repartido entre dos potencias. Con la imposición de un mundo unipolar, el grupo no tenía más carácter que el exclusivamente declarativo. Pero con la decadencia del mundo unipolar y el ascenso de los BRICS, nuevos márgenes de acción se presentan para este tipo de grupos (también es el caso de los “no alineados”), pues los mismos organismos internacionales (pertinentes a la hegemonía gringa) se hallan seriamente cuestionados; entonces, ante el declive de unos y el ascenso de otros, el G77 se halla en condiciones nunca antes experimentadas, pues el mundo moderno atraviesa, por vez primera, la ausencia del poder hegemónico occidental, pero a su vez, también se encuentra en medio de una crisis civilizatoria que amenaza a la supervivencia propia del planeta. 

En ese contexto, la reunión en Bolivia podría despertar una conciencia global de un necesario cambio de paradigma frente a la decadencia del capitalismo. Sólo una mancomunidad de esfuerzos de los países pobres podría augurar nuevas vías que puedan apostar las economías periféricas, con el fin de desprenderse definitivamente de las prerrogativas de los países ricos (ahora en crisis profundas) y proponerse despegues económicos que ya no busquen una integración subordinada al capital y al mercado globales sino de una reconstrucción de sus propias economías. Este periodo de transición hacia un nuevo sistema económico mundial durará por lo menos un siglo; no se sabe qué adviene pero la economía no puede continuar con las prerrogativas propias del modelo de producción, consumo y acumulación actual. 

El ascenso de las potencias emergentes no sólo reequilibran el poder global sino que hace posible descentrar la economía y la política globales. La disposición centro-periferia es lo que ya no puede mantenerse; con el ascenso de los BRICS se reivindican culturas y civilizaciones que el mundo moderno las consideró arcaicas y superadas del todo. India y China vuelven a tener la importancia global anterior a la modernidad. Por eso no es raro que una buena parte de la literatura gringa hable del “choque de civilizaciones”. Occidente se siente amenazada por el despertar de las civilizaciones que supuso atrasadas, lo cual no hace sino desmentir su presunta superioridad civilizatoria.

Para este año China será la primera economía mundial y para el 2020 China superará en lo tecnológico, económico, científico, educativo, etc., a la suma conjunta de Europa y USA. Solo en el índice PISA, que mide el nivel educativo en el mundo, de los 10 primeros puestos, 7 son países asiáticos (hasta Vietnam está por encima de USA). Es decir, la decadencia del primer mundo es ya una cuestión de hecho. 

En ese contexto, el primer mundo ya no es más modelo civilizatorio. Y la economía que patrocinó por cinco siglos ya no es más sostenible. Energéticamente el mundo ya no puede seguir el modelo de consumo occidental; a lo cual hay que añadir que las potencias emergentes no son autosuficientes y ya no pueden hablar en los términos colonialistas que lo hacían Europa y USA. La colonización ya no sería posible de reeditarse en el siglo XXI.

Esto quiere decir que, un mundo multipolar, permite pensar una situación mucho más rica y compleja: la ceropolaridad. Este concepto es novedoso en la geopolítica y quiere describir un mundo sin hegemonías concentradas. Pues tampoco las nuevas potencias emergentes, pueden decidir todo sin contar con los afectados; esto significa que ninguna potencia puede ejercer, de modo único, su influencia sobre todos los acontecimientos. 

Cuando los poderes hegemónicos retroceden en algo, las soberanías nacionales, aunque mínimas, despiertan a nuevas apuestas; y si estas apuestas se generalizan, entonces tenemos una coyuntura como la actual: un “cambio de época”. Una nueva disposición geopolítica planetaria con ya no un solo centro abre márgenes de acción para los países pobres. Pero estos, de modo aislado, no podrían superar su situación. Sólo la cooperación y las alianzas estratégicas podrían enfrentar, de modo más plausible, la arremetida de los países ricos.

Estas alianzas no pueden prescindir de los BRICS. China recupera el pacífico como centro de la economía global y eso supone también que los flujos comerciales se des-occidentalicen. Junto a la India establecen una nueva geografía de la economía mundial. Por primera vez, después de 500 años, América aparece otra vez al extremo oriente del oriente, mostrando el verdadero sentido y dirección de la civilización humana. Occidente nunca fue la culminación del desarrollo de la civilización humana. Las implicaciones de este tipo de recambios van a tener sus repercusiones hasta en lo cultural. 

Aliarse a los BRICS no tendría que significar avalar, o peor, remedar su modelo de crecimiento económico. Pero en una nueva cartografía geopolítica y un nuevo mapa institucional global, nuestros países podrían demandar, en condiciones más favorables, una transformación del modelo productivo y de consumo que ha originado el capitalismo. Por eso necesitamos reafirmar la creación de una nueva arquitectura financiera global. Se dice que nadie, en el contexto global, es independiente del todo; se es independiente en la medida en que se conoce y se aprovecha, en beneficio propio, el grado de dependencia que se tiene. 

Una transformación del modelo productivo supone una nueva arquitectura financiera y ésta presupone un nuevo marco jurídico del derecho, nacional e internacional, que le devuelva la soberanía a los pueblos. Cuestionar todo aquello supone también advertir que no es un modelo de desarrollo lo que ha entrado en crisis sino el propio desarrollo; el afán de control y dominio de la naturaleza, reducida a objeto a disposición, es lo que ya no puede sostenerse. La propia concepción que de naturaleza tiene el capitalismo y la modernidad, es lo que hace insostenible todo sistema económico. Por eso, la defensa de “derechos de la Madre tierra”, el “vivir bien”, la “descolonización”, se constituyen en criterios epocales que sostienen una toma de conciencia global; esto es lo que establece, en nuestro caso, un liderazgo nunca antes imaginado y que nos abriría la posibilidad de establecer una agenda mundial.

Los desafíos son grandes, por ejemplo, desafiar al mismo mercado global supone la promoción de sistemas de producción locales y tecnologías ancestrales o la recuperación de economías campesinas comunitarias como base de la soberanía alimentaria. Sólo aquello podría remediar, en un 50%, la emisión de gases de efecto invernadero (que provoca las gran agroindustria). La autosuficiencia alimentaria es parte de la consolidación de alternativas en la economía e, inevitablemente, de la revalorización de las culturas antes despreciadas. 

El nivel de agresión y destrucción del proceso de producción capitalista, destaca una invariable en su propia lógica: destruir para producir. En ese sentido, la decadencia del capitalismo arrastra al mundo y a la vida en su conjunto. Las implicancias a futuro de esta decadencia es la que obliga al mundo a proponerse nuevas alternativas. Por eso la respuesta no puede provenir del primer mundo, pues la apuesta de éste es únicamente alterar el rumbo que está adquiriendo el mundo multipolar e impedir definitivamente su consolidación. 

En Ucrania, la opción occidental consiste en restaurar el orden hegemónico unipolar; pues la sobrevivencia de Europa misma se encuentra en entredicho. La dependencia del gas ruso le aleja de la esfera gringa y le convierte en una semi-colonia energética de una economía cuyo centro se hace cada vez más oriental. Los dislocamientos geopolíticos de este nuevo siglo hacen resurgir a la región euroasiática como lugar estratégico para controlar y dominar al mundo. Para Occidente es vital recuperar esa zona, pues sus estrategas consideran que Ucrania es la entrada a Eurasia, donde vive el 75% de la población mundial y donde se hallan ¾ partes de toda la energía conocida. Capturando a Ucrania se trata de impedir que la economía se orientalice, pues si Rusia se acerca a China (y a India), Occidente deja de tener la importancia que una vez tuvo y su economía no podría ya reponer su predominio (por eso hasta Alemania juega doble, pues también se acerca a China y Rusia, aunque no renuncia a su pertenencia occidental).

El G77 no puede desatender este nuevo contexto que está alterando por completo el tablero geopolítico mundial. En medio de un incipiente mundo multipolar, la visión que se tenga no puede reducirse a lo meramente local. En un mismo mundo compartido, todo tiene relación con todo. Una nueva lectura del relacionamiento internacional pasa por una actualización geopolítica de un mundo en transición. La narrativa actual es geopolítica, pero no una geopolítica provinciano-imperial sino una geopolítica verdaderamente mundial.

Esto nos posibilita advertir también el carácter ideológico, unilateral y hasta plagado de un provincianismo cultural de los marcos teórico-conceptuales de las relaciones internacionales y la diplomacia, como disciplinas sociales. Estas disciplinas tienen una reducida perspectiva europeo-norteamericana, que justifica un excepcionalismo inadmisible hoy en día. La decisiva dependencia que tienen estas disciplinas de la política exterior norteamericana, delata también una profunda ignorancia de otros mundos culturales y civilizatorios que no pueden ser reducidos a la mirada occidental.

Esto nos lleva a advertir que, si el mundo que viene será multipolar, nuestra geopolítica deberá también, acorde con ese nuevo mundo, tener una visión multidimensional de implicancias globales, o sea, deberemos aprender a ver el mundo desde una perspectiva propia. Si los chinos, hindúes, iraníes y rusos, propician think tanks propios, con perspectivas geopolíticas radicalmente distintas a las de europeos y gringos, no menos debemos realizar en este lado del mundo. El asunto, en definitiva es, o producimos una perspectiva propia de lo que sucede en el mundo o nos contentamos con la perspectiva usual, que es la occidental. De una determinada narración se deduce una determinada posición. Si la narración es la decadente, la moderno-occidental, entonces lo que se deduce es la defensa de los intereses y los valores moderno-occidentales. 

El mundo es lo que se interpreta de éste. O descubres el mundo o te lo encubren. La política exterior de nuestros países ha estado siempre constituida a partir de los marcos teórico-conceptuales de la narración geopolítica imperial. Desprenderse de aquello supone producir una nueva narración geopolítica que dé nacimiento a un nuevo tipo de relaciones internacionales. Lo usual en teoría de las relaciones internacionales ha sido siempre la lectura abstracta, descontextualizada, sin historia, usando conceptos meramente formales, que ordenaban un pasivo reacomodo a las situaciones impuestas. La geopolítica parecía patrimonio del centro, por eso hasta la izquierda ingenua entendía ésta como una disciplina imperial (sumidos en la lectura hacia adentro olvidaban a menudo el mundo real en el cual se encontraban).

Las lecturas hegemónico-imperiales están en crisis, develando el provincianismo de la visión del centro ante un mundo de ascensos civilizatorios que no logran comprender. Occidente nunca conoció al mundo, por eso mira atónito el ascenso de las potencias emergentes y descubre que no tiene otra cosa que la fuerza bruta para imponerse. El afamado historiador de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, sostiene que los asuntos internacionales no andan bien en el mundo político y social y que incluso estarían comenzando a desmoronarse, tanto institucional como discursivamente. Pero este desmoronamiento lo ve como un atentado al “mundo libre”, es decir, no es capaz de ver que se trata del desmoronamiento cultural-civilizatorio de la propia hegemonía occidental, es decir, el llamado “mundo libre”. 

La conclusión que este tipo de personajes –muy influyentes en ámbitos de poder– presenta, es que el mundo está desquiciado. Esa visión delata a un centro que ya no sabe leer un nuevo mundo emergente. Para Charles Hill, legendario funcionario del Departamento de Estado, el antiguo orden conocido como el siglo norteamericano, que era parte de la era moderna, parece estar apagándose. Su diagnóstico es revelador, pues señala que la era que viene “ya no será moderna”; pero lo que constituiría una esperanza para el resto del mundo pobre, él lo ve como “nada agradable”.

Por supuesto, desde el imperio no es nada agradable perder su preeminencia; por eso hace bien David Brooks (columnista del New York Times) en señalar que el orden moderno al cual se refiere Hill, es un sistema de Estados que encarnan los dos grandes vicios de las relaciones internacionales: el deseo de dominio expansivo y de eliminación de la diversidad. De ello se puede colegir que las mismas relaciones internacionales no fueron nunca concebidas para un mundo multipolar no occidental. Para el imperio, la geopolítica ha sido la defensa exclusiva de sus intereses, a los cuales llama sus valores. Un mundo multipolar y policéntrico es algo inconcebible para la geopolítica imperial, pero una necesidad a ser pensada en la geopolítica de nuestros países. Por eso tiene sentido hablar de una descolonización de la geopolítica.

La transición civilizatoria no puede ser ciega. Advertir el sentido potencial de una nueva reconfiguración planetaria, sin hegemonía única, permite diseñar una nueva fisonomía global más acorde a una realidad diversa y plural. Por eso la visión provinciana de la geopolítica imperial ya no sirve para interpretar el sentido de la transición. La narrativa geopolítica deberá recuperar las historias negadas y los horizontes culturales olvidados. Si el G77, y Bolivia y los países del ALBA, están a la altura de liderar la transición civilizatoria, lo que lógicamente debería acontecer es la posibilidad de fundar, en el mediano plazo, una nueva “Liga de las Naciones” (como reconocimiento además a sus verdaderos inspiradores: la liga indígena Iroquesa).

Si todas las instituciones mundiales ya no cuentan con legitimidad, pues todas ellas responden a la disposición centro-periferia, prototípica de la hegemonía moderno-occidental, la propia ONU debería desaparecer y dar lugar a una nueva y más democrática organización. El G77 contiene la mayor concentración de países miembros de la ONU, por tanto, su legitimidad es considerable. Un nuevo mundo en ciernes no puede amanecer con instituciones arcaicas.

viernes, 13 de junio de 2014

Redefinir la política

El gran arquitecto Louis Sullivan dijo que "la forma sigue siempre a la función". Otros han podido decir que "la forma es la función", o como Marshall McLuhan que  "el medio es el mensaje". En todo caso, la forma de los partidos, conformada por sus necesidades más urgentes en el medio en que se desarrollan, condiciona demasiado su función y su mensaje. 

El peligro que acecha a los partidos que no se consideran un fin en sí mismos (y  esta es la piedra de toque para considerar que un partido pertenece a la izquierda transformadora) es mimetizarse tanto con el medio, tomar una forma tan parecida a la de lo que pretenden transformar, que pierdan la posibilidad de cambiar nada.

Me consta, por experiencia propia, que lo que dice este autor, y lo desmenuza con detalle, es un debate vivo en las fuerzas políticas que se sienten medio y no fin para la transformación (y pienso que para la supervivenvia) social.




Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate
Rebelión

La política siempre ha sido un concepto en disputa. Una disputa que se ha recrudecido en la actualidad debido a la grave crisis de legitimidad que están sufriendo las fórmulas clásicas y ortodoxas de entender lo político. De esta manera, cada día es más notable la desafección popular a una definición de la política que limita la participación democrática al ejercicio periódico del voto en medio de campañas de mercadotecnia, fundamentalmente siempre dentro del ámbito competencial de los estados; que reduce lo político a la dialéctica entre viejas estructuras partidarias, preocupadas fundamentalmente de ocupar el mayor espacio institucional posible; que asume con naturalidad la hegemonía de los grandes grupos empresariales de la comunicación para generar discurso y limitar los debates y agendas; que privatiza las decisiones -en manos de lobbies y de grandes transnacionales- y las aleja de la ciudadanía a partir de estructuras de nula práctica democrática (como el conjunto de la estructura europea, el FMI, el Banco Mundial, el Consejo de Seguridad de la ONU, etc.). Esta es, en definitiva, la democracia de baja intensidad en la que vivimos, y que no es sino la actualización del viejo formato de democracia liberal-representativa, adaptado a una sociedad global en crisis civilizatoria, cada vez más vulnerable, desigual, corporativa, autoritaria y represiva.

1.- Urgencia por acelerar el debate sobre lo político en la izquierda

Ante este panorama, el sentido común nos conduce a pensar que las izquierdas (aquí me refiero a las que explícitamente plantean la superación del sistema múltiple de dominación articulado en torno al capitalismo) deberían estar especialmente empeñadas en revisar radicalmente el terreno de juego en el que se desarrolla la política. Por un lado, porque éste no es coherente con los horizontes emancipadores de democracia participativa que se dice defender; por el otro, porque la política así entendida parece un juego amañado lleno de múltiples, variadas y crecientes trabas para la emancipación.

Efectivamente, este debate sobre lo político ha sido abordado en la izquierda, aunque seguramente con mucha más timidez de la que sería deseable –sobre todo en Europa- a partir de un análisis profundo y serio de la grave situación actual. Así, cuando echamos una mirada global de la larga noche neoliberal que comienza en los 70 -y cuyos devastadores efectos aún estamos sufriendo-, podemos encontrar también señales de una nueva etapa de ampliación del marco de lo político –que algunos y algunas sitúan en la fase de protesta iniciada en el 68-, que se materializa en una multitud de iniciativas que tratan de trascender las formas ortodoxas de entender la participación y la relación entre organizaciones políticas y la ciudadanía. En esa lógica se inscriben la emergencia de muchos movimientos sociales y del movimiento alterglobalizador, los procesos de cambio en América Latina desde finales del siglo XX, así como algunas otras realidades políticas vividas más recientemente en países del Sur de Europa, como Italia o el Estado español. Pero se trata todavía, como decimos, de un fenómeno balbuceante, tímido, que apunta en la dirección de una necesaria revisión del concepto de lo político, pero que todavía no es asumida como prioridad en la agenda de parte importante de la izquierda.

Precisamente este artículo pretende sumarse a las y los que alertan sobre la urgencia por acelerar y profundizar este debate, fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, porque si no somos conscientes de la necesidad de democracia real, aquí y ahora, que intrínsecamente va vinculada a los horizontes emancipadores que perseguimos, estamos condenados y condenadas al fracaso y al alejamiento progresivo respecto a las mayorías populares; en segundo lugar, porque ese hipotético fracaso de la izquierda puede venir acompañado del ascenso de formas de entender la política desde otros parámetros, para nada transformadores, que pueden dar salida a la indignación popular desde posturas de extrema derecha. No hay más que mirar a nuestro alrededor para ser conscientes de que éste es un escenario posible.

Por tanto, no deja de ser llamativo el apego de parte de la izquierda -fundamentalmente de muchos partidos- a las fórmulas clásicas de entender la contienda política en clave de democracia liberal-representativa sobre la cual, empujados por la creciente deslegitimación política, están dispuestos a realizar cambios superficiales o incluso cosméticos, pero no a realizar una revisión integral y radical. En este sentido, la estrategia política pareciera pretender avanzar en la superación del sistema, pero fundamentalmente desde dentro del terreno de juego que el propio sistema propone y adultera. Para ello, se espera que la deslegitimación antes señalada afecte única y principalmente a los defensores del statu quo, mientras que la izquierda acumularía fuerzas desde el reconocimiento social de su honradez y de sus propuestas más humanas.

Por el contrario, no se toma en consideración la idea de que la crisis de identidad de la política bien pudiera llevarse por delante todas las dinámicas y a todos los agentes que participan de este denostado enfoque político, incluidos también los de izquierda, incapaces de ofrecer alternativas a estas fórmulas decadentes de entender el poder y la participación. O bien que sin barrerlos completamente, la deslegitimación les afectara suficientemente como para mantenerlos en un lugar de cierto espacio político, pero siempre menor y controlado.

Ambos escenarios son perfectamente viables, a la luz de los últimos acontecimientos en países de Oriente Medio, Ucrania o Europa, por poner sólo algunos ejemplos recientes. En este sentido, un ejercicio crítico y autocrítico del desafío que supone hoy en día lo político se convierte en estratégico, si queremos responder con nitidez a la crisis civilizatoria actual, y hacerlo desde claves emancipadoras.

2.- Análisis de la política entendida por parte de la izquierda clásica

En definitiva, es necesario revisarlo todo para plantear un terreno de juego político alternativo para la izquierda, alejado de purismos pero también de la miopía del esto es lo que hay en el que algunas y algunos están asentados. Desde esta premisa, pasamos a continuación a bosquejar un diagnóstico crítico y autocrítico de las tendencias que la izquierda más clásica ha priorizado a la hora de entender lo político.

2.1. Primera tendencia: primacía de lo electoral e institucional

La primera de ellas es la primacía que se otorga a lo electoral y a lo institucional como objetivos políticos fundamentales. Por supuesto, se realizan llamados a tomar la calle, a la movilización y a la participación popular, e incluso se desarrollan actividades en este sentido. No obstante, la vocación principal y lo que marca el tempus político son precisamente las elecciones y lo que se centra en los espacios políticos oficiales, las instituciones.

Esto tiene una serie de consecuencias para la acepción ortodoxa de política. En primer lugar, el voto se convierte en el principal indicador de éxito o fracaso de la izquierda, en la medida de su músculo político y en el término fundamental de comparación respecto a otras fuerzas políticas. Esto reduce la relevancia –e incluso entra en contradicción- de otros posibles indicadores y objetivos, como por ejemplo la acumulación de fuerzas, la activación sólida de una base social fuerte y concienciada, el desarrollo de estrategias de participación activa y de calidad, o la construcción colectiva de agendas alternativas. Por lo tanto, el conjunto de la estrategia política -que incluye las metas y los procesos y acciones contempladas para alcanzarlas- está supeditada al ritmo electoral-institucional. Así, puede haber otros objetivos más allá del voto, pero casi siempre subordinados a éste y definidos en función de éste, de sus lógicas y ritmos, lo que genera una política más bien concebida desde el corto plazo, desde lo inmediato, desde la eficiencia y eficacia en los comicios, en desmedro de un enfoque más amplio de la política y de una estrategia para el largo plazo.

En segundo lugar, la primacía de lo institucional y los ritmos electorales generan que la política se circunscriba fundamentalmente a los actores que participan en las instituciones, que por definición son los partidos políticos, siendo la ciudadanía más un mercado de votos que el sujeto político fundamental. Nadie en la izquierda reconocería públicamente esta afirmación, pero la observación de la práctica política se asemeja más a esta idea que al reconocimiento del pueblo como sujeto político, lo cual conllevaría otro tipo de enfoques de relación de organizaciones políticas-mayorías populares. De esta manera, la política sería sobre todo un coto privado de unos actores determinados que pugnan por captar en el corto plazo y con inmediatez el voto de dichas mayorías populares. En este sentido, no hay un diálogo preferencial con éstas, ni una concepción de la política como construcción de ciudadanía, de trabajo en ella, con ella, desde ella y para ella. Al contrario, la política más bien consiste en la difusión de mensajes y discursos para atraer y conseguir el apoyo electoral de dicha ciudadanía, a la que no se busca de manera preferencial en el día a día y de la que en cierta medida se desconfía de sus capacidades.

Esta prioridad por la pugna por el voto con otras fuerzas políticas, frente al diálogo y a la construcción de política junto a las mayorías populares, tiene también dos consecuencias en la concepción de la política de la izquierda clásica: una, para los partidos de izquierda es más importante la posición que ocupan en términos relativos frente a otros partidos que la cantidad de apoyo popular alcanzado y la calidad de éste, ya que su objetivo fundamental es copar el mayor espacio institucional posible. En este sentido, la lógica de contrapoder social y de ampliación de los espacios alternativos y confrontados con el sistema tiene una importancia menor -y subordinada- a la realmente importante, que es la de poder institucional como palanca para generar cambios. De ahí, por ejemplo, la relativamente escasa importancia que se da a la abstención (absoluta ganadora de la mayoría de los comicios) dado que interesa más situarse por encima de otros que mantener un diálogo permanente y progresivo con la sociedad, no directamente vinculado al voto en el corto plazo; y dos, la concepción de lo político como coto privado de pugna entre fuerzas diferentes provoca que el mensaje trasladado por la izquierda clásica se formule principalmente en relación al de los adversarios, más que en función de una agenda propia bien definida y construida colectivamente. Esto es, los mensajes buscan más diferenciarse y aprovechar oportunidades respecto a otros, ser un poco más (rojo, verde, violeta, arcoíris, etc.) pero no lo suficiente como para ser considerado radical y perder votos, que plantear una agenda propia y colectivamente formulada y pensada como un programa de transición hacia los horizontes emancipadores que se persiguen.

Estas son por tanto algunas de las consecuencias destacadas de la tendencia de asumir con ámbito fundamental y como meta estratégica lo electoral y lo institucional: la política como disputa de partidos por ocupar espacios institucionales, para lo cual se prima la captura del voto como medida de progreso y avance. Lo electoral por tanto es hegemónico y toda la estrategia política está subordinada al voto, para lo cual se prima el corto plazo, lo inmediato y el mensaje político en relación al de los demás, más que el horizonte propio y construido junto a las mayorías populares. De esta manera, y más allá de retóricas varias, lo electoral-institucional pasa de ser el medio a ser, en la práctica, el fin político, única forma de avanzar en transformaciones futuras.

2.2. Segunda tendencia: medios de comunicación masivos como escenario

Una vez que ya hemos analizado las implicaciones derivadas de las prioridades estratégicas electoral-institucionales, la pregunta a la que ahora debemos responder es: ¿Cuál es el escenario en el que se entiende la disputa por alcanzar los objetivos políticos? Ahí reside precisamente la segunda tendencia de la concepción de la política por parte de la izquierda clásica, y es que al igual que el resto de fuerzas políticas, entiende que los medios de comunicación masivos son el escenario prioritario de pugna y de debate.

Por supuesto, y al igual de lo que decíamos antes respecto a la combinación de la primacía de lo institucional con llamados a la movilización popular y a la calle, aquí también se comparte una crítica a los grupos empresariales de la comunicación –incluso un apoyo a los medios alternativos- con una asunción de que la política es fundamentalmente una cuestión de comunicación, y que ésta se desarrolla en dichos grupos hegemónicos.

Esta segunda tendencia ahonda algunas de las características ya apuntadas en el análisis de la primacía de lo electoral-institucional, generando a su vez nuevas implicaciones para lo que se entiende como política. En primer lugar, la política se convierte en una dramatización en los grandes medios donde el coto privado de la política -los partidos- emite mensajes con el objetivo de conseguir el mayor número de votos posibles. La izquierda clásica también se suma, con mayor o menor recelo, a este tipo de política-escenificación, siendo así que la estrategia política se ve constreñida fundamentalmente a la lógica institucional, desde la hegemonía de lo comunicacional.

En segundo lugar, la política se reduce a los temas que los propios medios de comunicación priorizan, limitando notablemente la diversidad y amplitud de una agenda política emancipadora. De esta manera, por la propia dinámica comunicativa actual, y en función de los intereses de los medios –recordemos que son grandes grupos empresariales- el debate político escenificado queda reducido a lo que éstos consideren prioritario, que suelen ser un número pequeño de asuntos, quedando el resto subordinados, marginados u olvidados. De esta manera, la izquierda clásica centra sus mensajes en aspectos específicos, muy relevantes pero limitados, (crisis, paro, autodeterminación), ahondando en la costumbre natural de arrinconar asuntos feministas, internacionalistas, ecologistas, sobre democracia radical o sobre una economía alternativa en sentido más amplio, etc., para los días de guardar (días internacionales de los más variados asuntos) y a oportunidades específicas que atraen la atención mediática. Esto supone, como decimos, dar una vuelta de tuerca más a una de las principales críticas realizadas habitualmente a la izquierda, que no es sino la ausencia de una agenda amplia, radical e inclusiva, así como la consideración de un sujeto múltiple y diverso de transformación.

En tercer lugar, y además de limitar el alcance y la diversidad de la propuesta política hegemónica en la izquierda, esta política-escenificación adecua el mensaje a las lógicas de inmediatez y simplicidad de los grandes medios de comunicación. La política se convierte entonces en una dinámica de repetir machaconamente mensajes simples para una ciudadanía de la que se desconfía -como ya hemos dicho antes-, y a la que se infantiliza en lo referente a sus capacidades políticas –infantilismo en el que la izquierda redunda con el tipo de mensaje que se emite- (algunas canciones de King África tienen más matices que los discursos de muchos políticos profesionales de izquierda). Estos mensajes, además de simples, deben ser elaborados con inmediatez, para tratar de ser los primeros en dar respuesta a cualquier tema que surja en los medios y llevar por tanto la delantera al resto.

Por último, y en cuarto lugar, la política-escenificación centra -más bien derechiza- el mensaje político alternativo de izquierdas, dentro de esa lógica antes apuntada de diferenciarse del resto, ma non troppo. Así, si aceptamos la búsqueda de votos y la meta de ganar espacios institucionales como prioridades; si aceptamos la confrontación con otros partidos como marco fundamental de la política; si aceptamos los medios de comunicación como el escenario de dicha confrontación, en una agenda definida por los principales grupos mediáticos; y si asumimos como natural la infantilización de la ciudadanía y la necesidad de trasladar mensajes fáciles, simples, de consumo inmediato, la lógica nos conduce naturalmente a centrar el mensaje en la búsqueda del voto. Así, la izquierda, en su confusión sobre quién es el actor fundamental (el pueblo o los partidos), y en su búsqueda de votos más allá de su referencia natural -los y las convencidas-, prefiere buscar un supuesto centro político que por ejemplo atraer a la abstención activa de izquierdas o la de trabajar porque el centro de la ciudadanía se sitúe en la izquierda, lo cual le exigiría una estrategia diferente y de largo plazo. Así, se centra el mensaje para atraer a más ciudadanos y ciudadanas, en vez de tratar de radicalizar a la sociedad.

En definitiva, y como hemos visto, esta segunda tendencia apuntala algunas de las implicaciones ya señaladas en la apuesta prioritaria por lo electoral-institucional, pergeñando así un enfoque de política que todos y todas conocemos muy bien: un coto privado de los partidos, que compiten por la búsqueda del voto y por copar espacios institucionales, que desarrollan su estrategia principalmente en los medios de comunicación, y que para ello reducen, simplifican y derechizan su mensaje.

2.3. Tercera tendencia: estructuras y liderazgos eficaces para el voto

Finalmente, y cerrando el análisis de las principales tendencias de la concepción de política de la izquierda clásica, centrémonos ahora específicamente en los actores prioritarios de este enfoque de la política -los partidos- y en aquéllos que los lideran. De esta manera, destacaríamos como tercera tendencia la preferencia por estructuras y liderazgos basados en una mezcla de eficacia comunicativa, conocimiento intensivo del coto privado de la política, y capacidad de gestión táctica del mercado electoral.

De alguna manera, y como es lógico, se busca una coherencia entre la agenda política priorizada y el tipo de organización que la sostiene y defiende. Así, la estructura partidaria se pone al servicio de la dinámica electoral-institucional-comunicacional, y se prima por encima de todo la capacidad para responder a la coyuntura definida por los mass media. Los equipos de comunicación toman un poder fundamental en el conjunto de las organizaciones y se recrudece la tensión entre democracia (decisiones colectivas, formación y debate, trabajo de base y de articulación) y eficacia (agenda reactiva, respuesta rápida, mensajes simples y de impacto inmediato, política a corto plazo y desde lo visible y tangible), siendo la eficacia la vencedora en la mayoría de las ocasiones. En ese sentido, no es la democracia lo que suele primar en este tipo de organizaciones políticas, ya que están concebidas más como herramientas para alcanzar cuotas de poder institucional y así llegar a cambiar las cosas en un futuro, que como actores que participan en la construcción de poder social, aquí y ahora, que dispute espacios al sistema en todos los terrenos.

En este sentido, los liderazgos que se buscan son aquéllos capaces de aportar un valor añadido en este tipo de estructuras. Así, en primer lugar, se prima a aquéllos (aquí no utilizamos el aquéllas, ya que los liderazgos son mayoritariamente masculinos) con capacidad de respuesta en los medios de comunicación, y de vencer en el debate dialéctico a otras fuerzas políticas. En segundo lugar, se prima a quienes manejan, conocen en profundidad y se mueven con facilidad en el coto privado de la política, esto es, los partidos y las instituciones, de manera que se valora especialmente al político profesional, al político de carrera, capaz de buscar consensos y disensos cuando sea necesario, a partir de las fraternidades y relaciones generadas dentro de dicho coto privado. Por último, se valora también la capacidad táctica para plantear ideas y propuestas que lleven a la organización al objetivo máximo -que no es sino el voto-, y que permitan aprovechar las oportunidades tendidas en el marco electoral-institucional-comunicacional.

Con esto terminamos el bosquejo de las principales tendencias en la concepción clásica de la política por parte de una parte de la izquierda. Vemos que la agenda y propuesta política básica (primera y segunda tendencia) es coherente con una estructura y un tipo de liderazgo establecido en función del voto (tercera tendencia), y que por tanto ven como algo natural el desequilibrio entre lo dicho y lo hecho, el hoy y el mañana, lo que hago en la organización y lo que propongo para la sociedad. Esa notable asimetría entre discurso y práctica es también una de las características de estas organizaciones políticas, algo que ya denunció hace mucho Gramsci al señalar que "los grandes proyectistas charlatanes son charlatanes precisamente porque son incapaces de ver los vínculos de la gran idea lanzada con la realidad concreta, no saben establecer el proceso real de actuación".

3. Reflexiones finales: la política como pedagogía y como participación

Acabamos el artículo exponiendo cuatro reflexiones finales, que confiamos que puedan servir como insumo al debate en torno a otra política necesaria. Un debate estratégico y urgente, en el que deberíamos trascender el estrecho margen de lo político y, como dice Boaventura de Santos, “ampliar la democracia”.

En primer lugar, queremos destacar que la profunda crítica realizada en el apartado anterior no es un ejercicio de maniqueísmo entre lo bueno y lo malo. Al contrario, se trata de un asunto de intensidad. Esto es, no se pone en duda que lo electoral tiene su relevancia; ni que las instituciones también pueden ser un territorio en disputa y un actor en la construcción de procesos emancipadores; ni que la comunicación es un elemento estratégico de cualquier estrategia política; ni que el corto plazo también pesa en el desarrollo de la misma. Lo que se cuestiona es la prioridad que se da al conjunto de estos elementos, a la intensidad y al enfoque con la que se asumen, que impiden en la práctica –aunque no de manera retórica- impulsar una concepción de la política en otros términos más coherentes con lo que se dice defender. Se ha realizado, a nuestro entender, una inversión de medios y fines. No se ha sabido así poner en práctica otra política para otra agenda alternativa, y se ha terminado asumiendo, más o menos conscientemente, el terreno de juego adulterado como el único en el que jugar, con cartas trucadas y en un escenario que ahonda la separación entre la izquierda y las clases populares.

En segundo lugar, como acabamos de decir, las formas clásicas de la política no sólo ahondan en la lejanía entre ciudadanía y partidos políticos, sino también la que hay entre éstos y el movimiento popular en su diversidad. De esta manera, la ciudadanía ve a los y las políticas –a los y las de izquierda también- como personajes que habitan un mundo cerrado –el coto privado de la política-, siendo el único papel de la sociedad elegir y confiar en los mensajes y en las prácticas de unos frente a las de otros, sin apenas tener la oportunidad de participar en la construcción de propuestas, sin capacidad de elegir candidaturas, sin capacidad de decidir sobre temas estratégicos que afectan a la vida de todos y todas, sin tener una relación y alianza estable con las organizaciones políticas de izquierda. Ante ello, se suele aducir que existe una realidad de despolitización de parte importante de la sociedad, o se arguye sobre la victoria cultural de principios capitalistas como el individualismo –cuestiones que en parte son ciertas-, pero no se ahonda mucho en la responsabilidad de la izquierda en ese sentido, si realmente ha hecho todo lo posible por evitarlo y contrarrestarlo –creemos que no-.

Esta desafección general respecto a las mayoría populares también ha hecho mella en la relación entre partidos y la sociedad organizada y movilizada –los movimientos sociales-, dado que los ritmos y las exigencias de la política clásica, así como sus prioridades, ha conducido a que los partidos han considerado a los movimientos simplemente como correas de transmisión de sus mensajes, sin generar alianzas ni trabajos colectivos conjuntos y estables. A su vez, esta concepción errónea de primacía del partido frente al movimiento ha abonado el terreno para, en el sentido opuesto, generar un tipo de militancia social que rechaza de plano relación alguna con los partidos ni las instituciones.

Finalmente, y dentro de esta segunda reflexión sobre lejanías y desafecciones, esta forma de entender la política es incapaz de aglutinar al sujeto múltiple diverso. Mucho se podría hablar sobre esta cuestión respecto a varios actores y sujetos marginados del mainstream de la izquierda, pero quisiéramos detenernos en uno de los más lacerantes: el feminismo. Desde un análisis feminista, es bastante lógico que se sienta distancia, lejanía e incluso animadversión ante una política que utiliza al movimiento social como correa de transmisión y que no respeta su autonomía (prioridades y tiempos de la política clásica); que prima siempre otros puntos de la agenda, mientras que la feminista siempre está subordinada y devaluada (agenda reducida); que busca liderazgos de masculinidad hegemónica, capaces de responder a la gestión de la política clásica, plagada de fraternidades y expertise acumulada en los pasillos (patriarcado organizativo); y que fomenta estructuras políticas verticales, en lo que lo personal no es político, en el que lo organizacional no es político, sino que más bien se consideran purismos y puerilidades que rompen la unidad y atentan contra la eficacia. No es por tanto extraño que este tipo de política sea una máquina de expulsar feministas, y por tanto de conducir la política a los terrenos de la mediocridad de la agenda y el mensaje único. En todo caso, parece bastante complicado avanzar en términos emancipadores sin ni siquiera hacer el necesario esfuerzo de aglutinar al conjunto de fuerzas, actores y agendas radicales y alternativas, en los que el feminismo –pero también el ecologismo, el internacionalismo, etc.- juegan un papel fundamental.

En tercer lugar existen notables dudas de que la estrategia de primacía de lo electoral-institucional-comunicacional sea eficaz para la consecución de sus objetivos estratégicos -victoria institucional como medio para generar cambios-. Primero, porque el sistema establece múltiples trabas para obtener una victoria electoral; segundo, porque sólo el necio confunde el gobierno con el poder, al igual que decía Machado para quienes confunden “valor y precio”, con lo que una hipotética victoria parcial no significa ni mucho menos avanzar en términos de emancipación; tercero, porque una hipotética victoria institucional sostenida simplemente sobre el voto y no sobre un proceso colectivo popular amplio que lo sostenga, es una victoria vulnerable; cuarto, porque alcanzar un gobierno sin agenda política clara –dentro de esa política reactiva de no tener programa de transición formulado colectivamente- puede conducir, sin dicha base social activa y consciente, a una derrota y descomposición importante del proyecto alternativo –una victoria mal gestionada augura muchos años de derrota-; y quinto, la limitación de lo político a la dimensión estatal y local (donde están los votos), marginando la regional y global, genera una vulnerabilidad extra a la hora de enfrentar al sistema desde todos sus niveles de actuación. Por tanto, no se trata ya sólo de que existan dudas sobre la coherencia en este tipo de estrategia política y los objetivos de emancipación. También existen dudas de si es posible y eficaz centrar los esfuerzos en estas claves clásicas, cuando no hay garantía alguna de éxito en el largo plazo.

Por último, y en cuarto lugar, abogamos por una concepción de la política que abogue por otras prioridades y desde otros parámetros. Al igual que Magdalena León habla de que es necesario “descentrar los mercados” para avanzar en una economía para el Buen Vivir, necesitamos descentrar las tendencias clásicas de la política si queremos avanzar en términos emancipadores. En este sentido, y sin olvidar que se trata de un asunto de intensidad -y no de hacer tabla rasa con lo clásico-, debemos establecer otras prioridades estratégicas, debemos generar otros escenarios en los que prioritariamente desarrollar la política, y debemos ampliar el marco de lo que se considera actor político.

En este sentido, apostamos sobre todo por un enfoque de lo político que tome como meta la construcción de contrapoder social, de disputa integral de espacios aquí y ahora, en una lógica de transición emancipadora. Esto exige, en primer lugar, una concepción de lo político hacia el medio y largo plazo, pero desde lo concreto e inmediato. Es necesario así superar la charlatanería de la que hablaba Gramsci, y vincular el hoy con el futuro. Esto es, partir de que la emancipación -la superación de toda asimetría y subordinación- exige ganar espacios ahora, pero con la mirada puesta en el largo plazo. En segundo lugar, exige una mirada de proceso, en el que el indicador no puede ser el voto sino el avance precisamente en ese proceso de transición, en avanzar en la consecución de espacios, en la generación de ciudadanía crítica, activa, movilizada y organizada. En tercer lugar, exige una apuesta inclusiva, ya que todas las asimetrías -raza, género, clase, etc.- deben ser contempladas y tienen igual valor. Y en cuarto lugar, exige una mirada amplia de lo político, no circunscrita a lo institucional, sino que inclusiva con lo considerado habitualmente social.

Situar lo dicho en el párrafo anterior como objetivos –sin menoscabo de entender lo electoral e institucional como herramientas, al revés de lo que ocurre generalmente- supone también redirigir la estrategia política y el escenario en el que ésta se desarrolla. Así, la izquierda debe entender que la sociedad, las mayorías populares, son su prioridad, y que en su seno es necesario construir contrapoder. La referencia no son por tanto el resto de fuerzas políticas, ni el coto privado de la política, sino que dichas mayorías deben ser el terreno de juego fundamental de la izquierda para avanzar en el programa de transición post-capitalista y post-Sistema Múltiple de Dominación. A partir de ahí, la estrategia debería estar cimentada sobre el principio de pedagogía política. Esto es, la labor fundamental de las organizaciones políticas debe ser la de hacer pedagogía a favor de la puesta en práctica de un programa emancipador de transición, construido desde claves alternativas (no esperando a un futuro ideal) y con la mirada puesta en hacerlo junto, desde y para dichas mayorías. Así, la prioridad otorgada a la pedagogía política exige, en primer lugar, primar la práctica de la participación activa y de calidad, posibilitando la participación de la clase trabajadora en la construcción del programa de transición; exige, en segundo lugar, hacerla partícipe también de la vida interna de la organización, de candidaturas, procesos y decisiones; exige, en tercer lugar, fomentar la formación política, algo estratégico ante el posible conflicto entre decisiones amplias y programa de emancipación; exige, en cuarto lugar, descentrar las instituciones y generar poder social en todos los ámbitos (económico, cultural, social, etc.), ampliando el concepto restrictivo de lo político; exige, en definitiva, generar una identidad, una cultura alternativa, unida en la diversidad, que aglutine a las mayorías sociales en pos de objetivos comunes.

Por último, y ya hablando de las estructuras necesarias para llevar a cabo estas estrategias, es importante tener claro que lo político no es coto privado de los partidos, siendo necesario el reconocimiento de múltiples experiencias sociales, de muy diverso tipo, como actores políticos de primer orden. Así, sólo desde la articulación de todos estos actores, sin jerarquías, y cada cual desde su identidad, podremos plantear otra política alternativa. Partiendo de ahí, las organizaciones políticas, sean del tipo que sean, deberían entenderse internamente como espacios de puesta en práctica de la sociedad que quieren, fomentando así una cultura organizativa radicalmente democrática y feminista. A su vez, deberían entender la política en sentido amplio, y desde su responsabilidad como agentes pedagógicos para la construcción de una cultura alternativa que genere contrapoder y que permita vencer, en el futuro, sí, pero desde ahora, desde aquí.

Estas son algunas de las reflexiones que confiamos sirvan de insumo a este debate estratégico sobre la política. El mismo se va a dar, se está dando, con la izquierda y sin la izquierda, pero creemos fundamental que ésta esté, sea autocrítica, y sea capaz de sentar las bases para otra política en este momento histórico de bifurcación, de crisis civilizatoria, donde el margen de lo posible se amplía. Ampliémoslo, es necesario y urgente.