miércoles, 18 de febrero de 2015

Con legítimo orgullo

No sabemos si la dedicatoria de este cuento se refiere a Kafka. En cualquier caso, la situación es kafkiana, pero la ironía, que llega poco a poco al sarcasmo, es puro Cortázar. Tengo la impresión de que el pobre Kafka, incapaz de humorismo, nunca pudo trascender su sufrimiento hasta el esperpento.

Me pregunto si los textos de Cortázar o Valle Inclán sobrevuelan sobre el cruel absurdo o lo sufren de lleno. Aunque los escudriñemos nunca estaremos seguros. Todo buen ciclotímico (¿o habría que decir dialéctico?) es un oscilador entre dos polos conectados, separados pero inseparables. Y encima hay tantas lecturas como lectores. O muchas más, porque cada lector tendrá tantas como estados de ánimo.

El mío, que no bate precisamente unas castañuelas, me arrastra a la preocupación. ¿Habrá remedio para lo que se puede calificar de malvado absurdo?

El imperativo categórico me lleva a combatir como si lo hubiera.

El texto original se publicó en La vuelta al día en ochenta mundos, y luego en Los relatos. 1. Ritos.

La estructura circular de las justificaciones del relato me ha recordado esta canción de Joaquín Sabina, o los recientes "remitidos" de Abel Caballero o Pedro Sánchez. Y es que cuando faltan argumentos...

No añado más y suscribo esta reseña de Lluís Salvador en lecturas errantes.

Con legítimo orgullo

In Memoriam K. 

Ninguno de nosotros recuerda el texto de la ley que obliga a recoger las hojas secas, pero estamos convencidos de que a nadie se le ocurriría que puede dejar de recogerlas; es una de esas cosas que vienen desde muy atrás, con las primeras lecciones de la infancia, y ya no hay demasiada diferencia entre los gestos elementales de atarse los zapatos o abrir los paraguas y los que hacemos al recoger las hojas secas a partir del dos de noviembre a las nueve de la mañana.

Tampoco a nadie se le ocurriría discutir la oportunidad de esa fecha, es algo que figura en las costumbres del país y que tiene su razón de ser. La víspera nos dedicamos a visitar el cementerio, no se hace otra cosa que acudir a las tumbas familiares, barres las hojas secas que las ocultan y confunden, aunque ese día las hojas secas no tienen importancia oficial, por así decir, a lo sumo son una penosa molestia de la que hay que librarse para luego cambiar el agua a los floreros y limpiar las huellas de los caracoles en las lápidas. Alguna vez se ha podido insinuar que la campaña contra las hojas secas podría adelantarse en dos o tres días, de manera que, al llegar el primero de noviembre, el cementerio estuviera ya limpio y las familias pudieran recogerse ante las tumbas sin el molesto barrido previo que suele provocar escenas penosas y nos distrae de nuestros deberes en ese día de recordación. Pero nunca hemos aceptado esas insinuaciones, como tampoco hemos creído que se pudieran impedir las expediciones a las selvas del norte, por más que nos cuesten. Son costumbres tradicionales que tienen su razón de ser, y muchas veces hemos oído a nuestros abuelos contestar severamente a esas voces anárquicas, haciendo notar que la acumulación de hojas secas en las tumbas sirve precisamente para mostrar a la colectividad la molestia que representan una vez avanzado el otoño, e incitarla así a participar con más entusiasmo en la labor que ha de iniciarse al día siguiente. 

Toda la población está llamada a desempeñar una tarea en la campaña. La víspera, cuando regresamos del cementerio, la municipalidad ya ha instalado su quiosco pintado de blanco en medio de la plaza y, a medida que vamos llegando, nos ponemos en fila y esperamos nuestro turno. Como la fila es interminable, la mayoría sólo puede volver muy tarde a su casa, pero tenemos la satisfacción de haber recibido nuestra tarjeta de manos de un funcionario municipal. En esa forma y, a partir de la mañana siguiente, nuestra participación quedará registrada día tras día en las casillas de la tarjeta, que una máquina especial va perforando a medida que entregamos las bolsas de hojas secas o las jaulas con las mangostas, según la tarea que nos haya correspondido. Los niños son los que más se divierten porque les dan una tarjeta muy grande, que les encanta mostrar a sus madres, y los destinan a diversas tareas livianas pero sobre todo a vigilar el comportamiento de las mangostas. A los adultos nos toca el trabajo más pesado, puesto que, además de dirigir a las mangostas, debemos llenar las bolsas de arpillera con las hojas secas que han recogido las mangostas, y llevarlas a hombros hasta los camiones municipales. A los viejos se les confían las pistolas de aire comprimido con las que se pulveriza la esencia de serpiente sobre las hojas secas. Pero el trabajo de los adultos es el que exige la mayor responsabilidad, porque las mangostas suelen distraerse y no rinden lo que se espera de ellas; en ese caso, nuestras tarjetas mostrarán al cabo de pocos días la insuficiencia de la labor realizada, y aumentarán las probabilidades de que nos envíen a las selvas del norte. Como es de imaginar hacemos todo lo posible para evitarlo aunque, llegado el caso, reconocemos que se trata de una costumbre tan natural como la campaña misma, y no se nos ocurriría protestar; pero es humano que nos esforcemos lo más posible en hacer trabajar a las mangostas para conseguir el máximo de puntos en nuestras tarjetas, y que para ello seamos severos con las mangostas, los ancianos y los niños, elementos imprescindibles para el éxito de la campaña.

Nos hemos preguntado alguna vez cómo pudo nacer la idea de pulverizar las hojas secas con esencia de serpiente, pero después de algunas conjeturas desganadas acabamos por convenir en que el origen de las costumbres, sobre todo cuando son útiles y atinadas, se pierde en el fondo de la raza. Un buen día la municipalidad debió reconocer que la población no daba abasto para recoger las hojas que caen en otoño, y que sólo la utilización inteligente de las mangostas, que abundan en el país, podría cubrir el déficit. Algún funcionario proveniente de las ciudades linderas con la selva advirtió que las mangostas, indiferentes por completo a las hojas secas, se encarnizaban con ellas si olían a serpiente. Habrá hecho falta mucho tiempo para llegar a esos descubrimientos, para estudiar las reacciones de las mangostas frente a las hojas secas, para pulverizar las hojas secas a fin de que las mangostas las recogieran vindicativamente. Nosotros hemos crecido en una época en que ya todo estaba establecido y codificado, los criaderos de mangostas contaban con el personal necesario para adiestrarlas, y las expediciones a las selvas volvían cada verano con una cantidad satisfactoria de serpientes. Esas cosas nos resultan tan naturales que sólo muy pocas veces y con gran esfuerzo volvemos a hacernos las preguntas que nuestros padres contestaban severamente en nuestra infancia, enseñándonos así a responder algún día a las preguntas que nos harían nuestros hijos. Es curioso que ese deseo de interrogarse sólo se manifieste, y aun así muy raramente, antes o después de la campaña. El dos de noviembre, apenas hemos recibido nuestras tarjetas y nos entregamos a las tareas que nos han sido asignadas, la justificación de cada uno de nuestros actos nos parece tan evidente que sólo un loco osaría poner en duda la utilidad de la campaña y la forma en que se la lleva a cabo. Sin embargo, nuestras autoridades han debido prever esa posibilidad porque en el texto de la ley impresa en el dorso de las tarjetas se señalan los castigos que se impondrían en tales casos; pero nadie recuerda que haya sido necesario aplicarlos. 

Siempre nos ha admirado cómo la municipalidad distribuye nuestras labores de manera que la vida del estado y del país no se vean alteradas por la ejecución de la campaña. Los adultos dedicamos cinco horas diarias a recoger las hojas secas, antes o después de cumplir nuestro horario de trabajo en la administración o en el comercio. Los niños dejan de asistir a las clases de gimnasia y a las de entrenamiento cívico y militar, y los viejos aprovechan las horas de sol para salir de los asilos y ocupar sus puestos respectivos. Al cabo de dos o tres días la campaña ha cumplido su primer objetivo, y las calles y plazas del distrito central quedan libres de hojas secas. Los encargados de las mangostas tenemos entonces que multiplicar las precauciones, porque a medida que progresa la campaña, las mangostas muestran menos encarnizamiento en su trabajo, y nos incumbe la grave responsabilidad de señalar el hecho al inspector municipal de nuestro distrito para que ordene un refuerzo de las pulverizaciones. Esta orden sólo la da el inspector después de haberse asegurado de que hemos hecho todo lo posible para que las mangostas sigan recogiendo las hojas, y si se comprobara que nos hemos apresurado frívolamente a pedir que se refuercen las pulverizaciones, correríamos el riesgo de ser inmediatamente movilizados y enviados a las selvas. Pero cuando decimos riesgo es evidente que exageramos, porque las expediciones a las selvas forman parte de las costumbres del estado a igual título que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurriría protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro. 

Se ha murmurado alguna vez que es un error confiar a los ancianos las pistolas pulverizadoras. Puesto que se trata de una antigua costumbre no puede ser un error, pero, a veces, ocurre que los ancianos se distraen y gastan una buena parte de la esencia de serpiente en un pequeño sector de una calle o una plaza, olvidando que deben distribuirlo en una superficie lo más amplia posible. Ocurre así que las mangostas se precipitan salvajemente sobre un montón de hojas secas, y en pocos minutos las recogen y las traen hasta donde las esperamos con las bolsas preparadas; pero después, cuando confiadamente creemos que van a seguir con el mismo tesón, las vemos detenerse, olisquearse entre ellas como desconcertadas, y renunciar a su tarea con evidentes signos de fatiga y hasta de disgusto. En esos casos el adiestrador apela a su silbato y, por un momento, consigue que las mangostas junten algunas hojas, pero no tardamos en darnos cuenta de que la pulverización ha sido despareja y que las mangostas se resisten con razón a una tarea que de golpe ha perdido todo interés para ellas. Si se contara con suficiente cantidad de esencia de serpiente, jamás se plantearían estas situaciones de tensión en las que los ancianos, nosotros y el inspector municipal nos vemos abocados a nuestras respectivas responsabilidades y sufrimos enormemente; pero desde tiempo inmemorial se sabe que la provisión de esencia apenas alcanza para cubrir las necesidades de la campaña, y que en algunos casos las expediciones a las selvas no han alcanzado su objetivo, obligando a la municipalidad a apelar a sus exiguas reservas para hacer frente a una nueva campaña. Esta situación acentúa el temor de que la próxima movilización abarque un número mayor de reclutas, aunque al decir temor es evidente que exageramos, porque el aumento del número de reclutas forma parte de las costumbres del estado a igual título que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurriría protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro. De las expediciones a las selvas se habla poco entre nosotros, y los que regresan están obligados a callar por un juramento del que apenas tenemos noticia. Estamos convencidos de que nuestras autoridades procuran evitarnos toda preocupación referente a las expediciones a las selvas del norte, pero desgraciadamente nadie puede cerrar los ojos a las bajas. Sin la menos intención de extraer conclusiones, la muerte de tantos familiares o conocidos en el curso de cada expedición nos obliga a suponer que la búsqueda de las serpientes en las selvas tropieza cada año con la despiadada resistencia de los habitantes del país fronterizo, y que nuestros conciudadanos han tenido que hacer frente, a veces con graves pérdidas, a su crueldad y a su malicia legendarias. Aunque no lo digamos públicamente, a todos nos indigna que una nación que no recoge las hojas secas se oponga a que cacemos serpientes en sus selvas. Nunca hemos dudado de que nuestras autoridades están dispuestas a garantizar que la entrada de las expediciones en ese territorio no obedece a otro motivo, y que la resistencia que encuentran se debe únicamente a un estúpido orgullo extranjero que nada justifica. 

La generosidad de nuestras autoridades no tiene límites, incluso en aquellas cosas que podrían perturbar la tranquilidad pública. Por eso nunca sabremos - ni queremos saber, conviene subrayarlo - qué ocurre con nuestros gloriosos heridos. Como si quisieran evitarnos inútiles zozobras, sólo se da a conocer la lista de los expedicionarios ilesos y la de los muertos, cuyos ataúdes llegan en el mismo tren militar que trae a los expedicionarios y a las serpientes. Dos días después las autoridades y la población acuden al cementerio para asistir al entierro de los caídos. Rechazando el vulgar expediente de la fosa común, nuestras autoridades han querido que cada expedicionario tuviera su tumba propia, fácilmente reconocible por su lápida y las inscripciones que la familia puede hacer grabar sin impedimento alguno; pero como en los últimos años el número de bajas ha sido cada vez más grande, la municipalidad ha expropiado los terrenos adyacentes para ampliar el cementerio. Puede imaginarse entonces cuántos somos los que al llegar el primero de noviembre acudimos desde la mañana al cementerio para honrar las tumbas de nuestros muertos. Desgraciadamente el otoño ya está muy avanzado, y las hojas secas cubren de tal manera las calles y las tumbas que resulta muy difícil orientarse; con frecuencia nos confundimos completamente y pasamos varias horas dando vueltas y preguntando hasta ubicar la tumba que buscábamos. Casi todos llevamos nuestra escoba, y suele ocurrirnos barrer las hojas secas de una tumba creyendo que es la de nuestro muerto, y descubrir que estamos equivocados. Pero poco a poco vamos encontrando las tumbas, y ya mediada la tarde podemos descansar y recogernos. En cierto modo nos alegra haber tropezado con tantas dificultades para encontrar las tumbas porque eso prueba la utilidad de la campaña que va a comenzar a la mañana siguiente, y nos parece como si nuestros muertos nos alentaran a recoger las hojas secas, aunque no contemos con la ayuda de las mangostas que sólo intervendrán al día siguiente cuando las autoridades distribuyan la nueva ración de esencia de serpiente traída por los expedicionarios junto con los ataúdes de los muertos, y que los ancianos pulverizarán sobre las hojas secas para que las recojan las mangostas.


lunes, 16 de febrero de 2015

Las ciudades de la expulsión

La gentrificación es un proceso de transformación urbana en que se renueva la población original de una zona, progresivamente desplazada por otra de mayor nivel adquisitivo.

La mejora del área enmascara de ordinario la expulsión de los habitantes de bajos ingresos, presentada como renovación o restauración de la vitalidad del barrio, pero en definitiva este aumento de la calidad de vida no lo disfrutará la población original, por el contrario arrojada a periferias donde su bienestar será trágicamente recortado, sus relaciones vecinales rotas y su memoria colectiva difuminada.

En el urbanismo norteamericano, y en grado menor en los cascos antiguos de nuestras ciudades, se produjo una vez la huida de las clases acomodadas, primero a zonas de ensanche y más adelante a suburbios, seguida de un proceso de envejecimiento y degradación de esos centros.

Más adelante se ha pretendido regenerar estos cascos antiguos, según criterios de rentabilidad. Los centros financieros y comerciales sin población residente se convierten, fuera del horario comercial, en lugares inhóspitos y hasta peligrosos. Con buen criterio se tiende a una mezcla de usos que recupere el residencial, luego del fracaso de la excesiva zonificación. La revitalización pasa entonces por la renovación del hábitat.

En los barrios que se proyecta regenerar viven hoy poblaciones marginales, que conviven con antiguos habitantes empobrecidos, residentes de buen grado o atrapados porque no pudieron irse, en un ambiente deteriorado. Y los que antes se vieron obligados a quedarse son ahora obligados a marchar: no pueden pagar su permanencia.

Artículo de Ramón Andrés en El País Semanal.

Viandantes cruzan una calle de Barcelona



Las ciudades de la expulsión



¿De quién es ahora la calle? De los que aprendieron de los patriarcas de la corrupción. Nunca hubo tan aventajados alumnos

Una edición española de La ciudad, de Max Weber, que en 1987 publicó la combativa y afinada editorial La Piqueta, contiene un prólogo de Luis Martín Santos con un título irrefutable: La ciudad, máscara de una sociedad insolidaria. En él habla de “suelo organizado” y de “espacio humanizado”, pero también de esos “cementerios invisibles” que son los suburbios, y del centro, donde la ciudad “asume su prestigio”. No han pasado ni tres décadas desde que Martín Santos lo escribiera, y las grandes ciudades se han convertido en una especie de desembocaduras que suelta el curso del río más inverosímil y grotesco. No solo son viveros de estrés y tintineo de cajas registradoras, sino una galería de absurdos que ni el propio Chesterton habría acertado a describir.

Convertidas en grandes terminales de aeropuerto, con paseos que tienen más de duty free que de espacio libre y común, plagadas de autómatas con selfies que rebotan de un escaparate a otro. Estos siempre son de grandes marcas, que minan la fisonomía de las calles principales de Europa, convertidas en un solo y luminoso carril. Las ciudades son hoy lugares de expulsión. Aquella ciudad que Weber contempló como el escenario de la emancipación de sus habitantes es hoy la consumación de un despido. El ciudadano vive como un desplazado, incapaz de aguantar el acoso de las empresas que depredan el centro, por lo que debe cambiar de barrio y marcharse con sus cuatro cosas a la periferia.


Acuden, en medio de un sonoro traqueteo de maletas, los turistas que se amontonarán ante la puerta de Gucci

Los Ayuntamientos juegan al despiste. La desaparición de las tiendas de siempre, la extinción de los cafés y de los bares donde no se sirven mojitos ni Bloody Mary hacen que las calles sean una sucursal de la fábrica de moneda y timbre. Y esto se agravará en pocos meses. Según la entrada en vigor, el 1 de enero de 2015, de la nueva Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU), los comercios minoristas, a veces centenarios, deberán pasar a pagar un alquiler solo apto para Swarovski, Bvlgari y compañía, y desaparecerán ante la descomunal subida. Afectará a más de 60.000 locales en toda España. La ley, que fue impulsada por Miguel Boyer, más o menos en la época en que Fraga Iribarne espetó “¡La calle es mía!”, acabará de ceñir, bien prieta, esa máscara de la que habló Martín Santos. Es verdad que una trama de pequeños comercios, de nueva apertura, muchos regentados por jóvenes que han hecho de sus tiendas un lugar de buen gusto e ingenio, se han convertido en una resistencia capaz de consolar a los decepcionados viandantes.

Pero eso no evita la pregunta: ¿de quién es ahora la calle? De los que aprendieron de aquellos patriarcas de la corrupción. Nunca hubo tan aventajados alumnos como ahora, que parecen jugarse a los dados los mejores solares y concesiones de obras. El caso de Barcelona es tan asombroso que el gremio de hoteleros ningunea al oscuro y servil Ayuntamiento. Han hecho suya la ciudad y buscan con olfato de lebrel edificios para rehabilitarlos como hoteles, con el consiguiente desplazamiento de los inquilinos. Un hotel aquí y otro más allá, donde acuden, en medio de un sonoro traqueteo de maletas, los turistas que, a las pocas horas, estarán amontonados ante la puerta de Gucci y Chanel para echarse ante ella una fotografía. Luego bajarán por la Rambla envueltos en un espantoso merchandising de camisetas, garrafones de sangría y una ristra de castañuelas colgadas como ajos. Y no saben que están en medio de un sembrado de hipotecas-extorsión y de geriátricos desatendidos. No imaginan que Los comebarato, de Thomas Bernhard, todavía hacen cola en los comedores municipales o religiosos, ni que hay escolares que calientan su cuerpo gracias a la dadivosidad del vecindario. Qué bien sentenció Martín Santos que la ciudad estaba convirtiéndose en una tachadura de lo comunitario, en una borradura.

De la economía a la crematística

Para Zenón el movimiento no existía. Era solamente una apariencia. El Ser absoluto de su maestro Parménides lo era todo, y no admitía cambios.

No sé si Zenón era un gamberro. Sospecho que entre los ociosos griegos que inventaron la especulación (en el buen sentido de la palabra, el filosófico) había mucha gente así de divertida. Como aquella amíga mía que enredaba a este ingenuo que os lo cuenta, jugando a que la convenciera de que estaba equivocada al espetarme: «tú no existes, solo existimos yo y "la farsa"». Entre ella y yo era, al fin, un juego más.

Algún otro ingenuo, tal vez Diógenes, menos cínico (sólo en el mal sentido) que Zenón, se lo tomó en serio, y no pudiendo argumentar mejor cortó la discusión por la vía de la praxis. Y desde entonces "el movimiento se demuestra andando".

Un tiempo después, otro griego (bueno, era macedonio, pero para el caso es lo mismo) supo cortar por lo sano otro problema "insoluble".

La praxis desnuda a los idealistas (sentido filosófico). Berkeley era materialista práctico, como demuestra su oronda vida, aun antes de ser obispo.

Sobre las paradojas de Zenón ya he escrito antes, por ejemplo aquí y aquí, y hace tiempo que los matemáticos, avanzando hasta el cálculo infinitesimal, resolvieron la cuestión. Frente a la lógica del discurso eterno y recurrente, otro análisis es posible. La praxis siempre ofrece otras vías.

Véase más abajo la importante distinción que hizo Aristóteles entre la sana Economía y la delirante Crematística.


Ya que estamos entre griegos, veremos si los Diógenes y los Alexis de ahora mismo son capaces de cortar otra discusión, más actual.




Rebelión

Ser cuna de gigantes como Epicuro, Aristóteles y Zenón, a cuyas espaldas nos seguimos aupando, tiene numerosas ventajas (y ningún inconveniente). Una de ellas: repensar de nuevo lo muchas veces pensado, reflexionar y vivir de otra manera las paradojas clásicas.

No podrán salir ustedes de la habitación donde están ahora por mucho que lo intenten. Para llegar a la puerta, tendrá que recorrer la mitad de la distancia que les separa de ella. Cuando lo hayan hecho, tendrá que recorrer la mitad del camino restante. A continuación la mitad de esta última mitad y así sucesivamente, sin poder acabar nunca, sin descanso… a no ser que lo dejen estar y acepten la situación. Están atrapados, como en el ángel exterminador y buñuelesco, condenados a acercarse tanto quieran y deseen pero sin poder alcanzar su objetivo. Lo que hay.

Pero, ¿pinta así la cosa de hecho (o incluso de derecho)? ¿Es ésta una ley inexorable de la naturaleza… y de nuestra propia naturaleza y nuestra forma de pensarla? Nada de eso como saben. Depende. Depende de cómo pensemos el tiempo y el espacio, y cómo concibamos una serie decreciente infinita que, como en este caso, puede ser y es convergente. La mirada, nuestra perspectiva espacio-temporal y nuestro hacer matemático, son la clave.

También ahora. En la Grecia que ha dicho basta, que quiere seguir diciendo basta, el punto esencial es la perspectiva (liberadora) de análisis y acción. No están, no estamos condenados a vivir encerrados y sin salida. Sin ninguna esperanza emancipadora.

Para Frau AMB [Angela Merkel Bundesbank], para sus secuaces y colaboradores y representados la cosa no tiene vuelta de hoja: hay un solo camino y todos los senderos conducen a él. No hay alternativas. Ni sueñen con ellas. La salida es única –¡no es la UE un territorio para viejos ni para rebeldes!- y el sentido del vector está marcado. Hacia las cuentas abultadas de los amos insaciables de siempre. Sin piedad, sin compasión, con mano y puño de hierro.

Pero para la ciudadanía crítica la situación tiene más perspectivas, otra mirada rebelde, activa y digna. La paradoja puede ser disuelta, y puede ser superada de manera muy distinta. El camino no es único y los vectores no apuntan hacia el mismo lugar. Los ciudadanos y ciudadanas que se manifestaron el pasado jueves en Atenas en apoyo de las posiciones de su gobierno expresaron con meridiana y profunda claridad su opción: “We are not Merkel’s colony”, no somos, no queremos ser una colonia de la señora Merkel… ni de nadie. Ni ellos, el pueblo griego, ni tampoco nosotros. Han calculado mal. Lo quieren todo y sin que nadie rechiste. Parten de postulados político-geométricos que no vamos aceptar. De ninguna manera.

La paradoja está servida: conformarse con ser una colonia servil, con las correspondientes élites colaboradoras, sin apenas aire para respirar y sin lucha por llegar a ser un pueblo soberano y alcanzar una situación justa, equitativa. El gran clásico, el padre de Tussy Marx, lo apunto así: Hic Rodhus, hic salta. Nunca dijo que la tarea fuera fácil.

Recuérdese, por otra parte, que el compañero de Jenny hizo su tesis doctoral sobre Demócrito y Epicuro. Este último, este creativo y libre materialista, planteó otra paradoja que ha recorrido la historia de la filosofía: ¿cómo conciliar la omnipotencia y benevolencia divinas con la presencia del mal social y natural? Lo de la libertad humana como causa del mal social es un cuento estúpido para mentes sumisas. Lo del mejor de los mundos posibles para justificar el mal natural es una funcional idea del Leibniz más cortesano. La Troika representa ese Dios, sin límites en su fuerza, que, supuestamente, así se anuncia, desea y procura el bien de todos. El desastre, el sufrimiento del pueblo griego más desfavorecido se atribuye a su responsabilidad. No queda otra que seguir alimentando el minotauro global, dicen mal copiando al ministro Yanis Varoufakis. Es de justicia añaden.

Pero no, no es de justicia y queda otra: no creerse el mal cuento teológico de que la fuerza divina es omnipotente y mucho menos que es bondadosa. En el principio tal vez fuera el Verbo, falaz y falsario en la mayoría de las ocasiones, pero inmediatamente vino la Acción y la resistencia. 

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PS1. El primer ministro griego, Alexis Tsypras ha aceptado la invitación del presidente Vladimir Putin. Viajará el próximo 9 de mayo a Moscú. La fecha, por supuesto, no es casual. ¿Recuerdan que se celebra ese día? La victoria soviética y aliada sobre el nazismo, como habían adivinado. Otro frente para disolver o anular la paradoja.

PS2: Queda Aristóteles. En el capítulo IV –“Conversión de dinero en capital. Apartado 1: La fórmula general del capital”- del Libro I de El Capital apuntaba al padre de Freddy: “La circulación simple de mercancías –la venta para la compra- sirve de medio de un fin último situado fuera de la circulación, el cual es la apropiación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. La circulación del dinero en cuanto capital es, por el contrario, fin de sí misma, pues la valorización del valor no existe mas que dentro de este movimiento constantemente renovado. Por eso el movimiento del capital es desmedido, carente de medida”. Pues bien, en la nota 6, una de sus mejores anotaciones, el amigo del gran Engels rendía este homenaje al nieto de Sócrates:

“Aristóteles contrapone la economía a la crematística. Su punto de partida lo constituye la primera, en la medida en que el arte de adquirir se circunscribe a la obtención de los bienes necesarios para la vida y útiles para la casa o el estado. "La verdadera riqueza se compone de tales valores de uso, ya que no es ilimitada la medida de este tipo de posesión suficiente para una vida buena. Existe, empero, otro tipo de arte de adquirir, al que preferentemente y con razón se denomina crematística, a causa del cual la riqueza y la posesión no parecen reconocer límites. El comercio de mercancías [significa literalmente comercio al menudeo, y Aristóteles adopta esta fórmula porque en ella predomina el valor de uso] "no es privativo, de por sí, de la crematística, pues aquí el intercambio sólo concierne a lo necesario para ellos mismos" (el comprador y el vendedor). Por eso, expone más adelante, la forma originaria del comercio era el trueque, pero con su expansión surgió necesariamente el dinero”.

Y al inventarse el dinero, prosigue Marx, el trueque hubo de desarrollarse hasta llegar a ser, tráfico de mercancías, y éste, en contradicción con su tendencia originaria, se convirtió en crematística, en el arte de hacer dinero. “La crematística sólo se distingue de la economía en que "para ella la circulación es la fuente de la riqueza. Y parece girar en torno del dinero, porque el dinero es el principio y el fin de este tipo de intercambio. De ahí que también la riqueza que la crematística trata de alcanzar sea ilimitada. Así como es ilimitado, en su afán, todo arte cuyo objetivo no es considerado como medio sino como fin último -pues siempre procura aproximarse más a ella, mientras que las artes que sólo persiguen medios para un fin no carecen de límites, porque su propio fin se los traza-, tampoco existe para dicha crematística ninguna traba que se oponga a su objetivo, pues su objetivo es el enriquecimiento absoluto. La economía es la que tiene un límite, no la crematística... La primera tiene por objeto algo que difiere del dinero mismo, la otra persigue el aumento de éste... La confusión entre ambas formas, que penetran una en otra, induce a algunos a considerar que el objetivo último de la economía es la conservación y aumento del dinero hasta el infinito". (Aristóteles, "De Republica", ed. por Bekker, libro I, caps. 8 y 9 y pássim.)”.
De eso se trata pues: de economía o de crematística, de la vida buena o de la hybris irresponsable.

sábado, 14 de febrero de 2015

El último ciclo económico



El último ciclo económico es el subtítulo de este libro de David Ripoll, autor que en la página Crisis Energética se oculta tras el pseudónimo Ferroviario. Aunque fue publicado por la editorial de Solidaridad Obrera, David Ripoll no ha tenido inconveniente en ofrecerlo libremente en formato PDF.

El libro integra varios temas sobre economía, para hacernos ver que son uno solo. No es casual que todas las crisis se nos presenten juntas, como no lo es que sea precisamente ahora. Crisis entrelazadas: la burbuja ladrillera y la financiera, los procesos históricos de hiperinflación, el problema del interés bancario, de los abusos, estafas y robos globales, camuflados de “derivados financieros” y demás parafernalia con la que los poderes del mundo ocultan y legalizan sus formas de rapiña planetaria.

Desnuda el mito del crecimiento infinito y explica de modo palmario la relación entre la crisis financiera y la energética. 

Comienza planteando las razones que hicieron del oro el mejor equivalente universal para todos los intercambios. No es nada casual: existe en cantidades bastante estables y no se puede falsificar. Compárese con el dinero fiat, con sus... "¿valores?" siempre inciertos. Sujeto a todo tipo de especulaciones y a colosales estafas. Algunas son ilegales, pero vemos que la mayoría se perpetran "con todas las de la ley".

Abandonado el patrón oro, porque su estabilidad no permitía crearlo a voluntad para seguir la marcha exponencial del crecimiento de la economía, el petróleo, encadenado hoy al dólar,  carece de toda estabilidad posible: ni existe en cantidades más o menos fijas y bien conocidas, ni sus calidades heterogéneas son fácilmente homologables. Y como la energía es un bien de primera necesidad, coloca a quienes la controlan en condiciones de poner en la indigencia absoluta a países enteros.

Son muchos más los aspectos relacionados que toca el libro. Pero me ha parecido importante éste, clave para entender los demás. Recuerdo que en mi niñez los billetes de banco decían claramente "El Banco de España pagará al portador mil pesetas". Me resultaba enigmático a fuer de obvio, aunque no entendía para qué demonios nadie iba a querer que le cambiaran el papel verde por mil "rubias".

Papeles que se cambian por papeles, dinero inexistente que se crea al prestarlo... son mucho más peligrosos que las cuentas de vidrio que los conquistadores cambiaban por oro a los indios.

Porque el mercado intercambia equivalentes, pero solamente en igualdad de condiciones. Justamente por eso es fraudulento el mercado de trabajo.

Si el crecimiento del dinero financiero no representa el crecimiento real de la riqueza, y la acumulación de esa riqueza está al límite de sus posibilidades; si el crecimiento de esa riqueza es el motor de la economía, y ya no se crea sino sólo se acumula, tendrá que ser a costa de alguien... El cóctel está servido.

Por eso este último ciclo no lo es sólo por ser el más reciente, sino porque con toda probabilidad ya no habrá más ciclos. Sólo rebotes, hasta que la pelota se detenga sin llegar a la meta.

El apéndice final, precisamente llamado Caleidoscopio, es una sátira cruda y bastante cruel de un tipo normalito de ciudad que atraviesa el desierto de la incomprensión ciudadana que lo rodea, que sigue inmersa en la falsa creencia de que todo seguirá creciendo “cuando se resuelva el problema actual”.

Las puestas en escena de este Salchicharrero (habitante del Salchicharro Resort, en remedo de Sanchinarro, sus idas y venidas entre la pocería de Seseña y el más selecto Sanchinarro, están trufadas de anécdotas que revelan la trayectoria que lleva de la miseria mental a la miseria moral, y de ésta a la miseria económica y la miseria física.

Lo peor es que nadie está libre. Todos vamos juntos en esta patera. Como no tomemos el timón y cambiemos de rumbo...

¡Pobres salchicharreros salchicharrados!




El orden del libro:


Capitulo 1:                 el dinero
Capítulo 2:                 el interés
Capítulo 3:                 el comercio
Capítulo 4:                 derivados
Capítulo 5:                 creación de dinero
Capítulo 6:                 el dólar
Capítulo 7:                 hiperinflación
Capítulo 8:                 manipulaciones
Capítulo 9:                 la deuda
Capítulo 10:               las guerras
Capítulo 11 :              peak oil y teoría de olduvai
Capítulo 12 :             TRE y termodinámica
Apéndice:                  el caleidoscopio.

domingo, 1 de febrero de 2015

Finanzas, acumulación por desposesión... del futuro

Cédric Durand es profesor en la universidad París 13, investigador del Centro de Economía París Norte y profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS, por sus siglas en francés). En su opinión, lo que hace prevalecer los intereses financieros sobre los intereses de la economía real y nos desposeería de nuestro futuro político es el importante ascenso de una forma de «capital ficticio».

Gildas le Dem lo entrevista. El entrevistado deja claro que "la historia de las finanzas es una historia de trampa estructural, y el último periodo ha sido rico en trampas generalizadas, y por consiguiente hay motivos para escandalizarse, para revolverse".

Pero más que denunciar la "falta de honestidad, la codicia, el carácter a veces abyecto de estos agentes que reflejan todos sus rasgos psicosociales (una cierta arrogancia, una cierta ostentación de su modo de vida lujoso)", su propósito es "comprender los mecanismos de un sistema que va más allá de estos comportamientos y, sin excusarlos, explicarlos y dar razón de ello". 

Se trata de "comprender el lugar de las finanzas en nuestras sociedades actuales, cómo se han desarrollado y han producido unos efectos devastadores y, sobre todo, cómo se han convertido en un agente político de pleno derecho".

Como he dicho repetidamente, el crédito y la deuda que genera se apoyan en la esperanza de que puedan ser reembolsados "con creces" más adelante. Cualquier "garantía pública" de que esto se produzca no hará más que aumentar la escala del fiasco. El aumento del poder de la reserva de capital ficticio es una apropiación de nuestro futuro.


Regards


En un brillante ensayo que constituye una alternativa al libro de Thomas Piketty, el economista Cédric Durand desmonta la lógica de la «estabilidad financiera» y del «capital ficticio», aboga por la desacumulación y señala las luchas que hay que emprender contra las finanzas.
 
-¿En qué sentido la financiarización descansa en un relato de legitimación?

-Cédric Durand: Hay que insistir en el papel de legitimación desempeñado por los teóricos de las finanzas los cuales, además, a menudo estaban vinculados simultáneamente a fondos de inversión... Para entrar en el detalle, hay que mencionar en primer lugar la hipótesis de «eficiencia de los mercados», que supone que los mercados conceden capital y siempre lo conceden de manera óptima: ahí donde estaría mejor invertido y utilizado. Por consiguiente, habría que dejarles operar libremente, es decir, no solo no dificultar las conexiones entre los diferentes mercados con el fin de crear un mercado global, sino también dejarles innovar. 

-¿Cómo se ha impuesto esta visión antirreguladora?

-Cédric Durand: Una vez ganada la batalla de liberalización financiera, la gran batalla desde el punto de vista financiero de las décadas de 1990 y 2000 consistió en cerrar el camino a cualquier intento de regular los nuevos campos de innovación, en particular el de los productos derivados, a través sobre todo del Grupo de los Treinta, un grupo de expertos que reunía a banqueros de los bancos centrales, ex ministros de Economía, etc. Este grupo elaboró un informe sobre los productos derivados tan complejo que ha sido una autoridad para los gobiernos, lo que equivale a decir que las repercusiones teóricas de este discurso y su sofisticación técnica tuvieron más que un efecto de intimidación: un efecto de autoridad sobre la política con el fin de imponer el principio de autorregulación de las finanzas.

«Es un libro para comprender cómo las finanzas se han convertido en un agente político de pleno derecho»  

-¿Se basan estas teorías en una ficción sistémica, como hubiera podido decir Marx?

-Cédric Durand: En efecto, estas teorías que sirvieron para legitimar el funcionamiento de los mercados financieros explican mal el fenómeno de la especulación. La base de estas teorías es la necesidad de una ausencia de arbitraje, lo que supone que no sea posible hacer beneficios sobre seguro. Excepto que en las finanzas la realidad es que hay agentes que se benefician sobre seguro, es decir, de hecho aquellos que tienen acceso a informaciones exclusivas. Por poner solo este ejemplo, basta con pensar en los hedge funds [fondos de cobertura] o en los banqueros que especularon contra los propios intereses de sus clientes y a los que impusieron unas multas de miles de millones. Y en el fondo estas multas de miles de millones no dicen otra cosa que estas instituciones financieras son unos delincuentes multirreincidentes, que desde hace décadas han hecho trampa sistemáticamente en los mercados financieros, ya se trate de delitos de uso de información privilegiada, de manipulación de los mercados de divisas o de estar al corriente de las órdenes que unos agentes están transmitiendo, para jugar en contra en los treinta milisegundos siguientes y embolsarse una inversión. 

-¿Las finanzas producen necesariamente tramposos, delincuentes?

-Cédric Durand: La historia de las finanzas es una historia de trampa estructural y el último periodo ha sido un periodo rico en trampas generalizadas. Por consiguiente, hay motivos para escandalizarse, para revolverse. Pero a pesar de esta falta de honestidad, de la codicia, del carácter a veces abyecto de estos agentes que reflejan todos sus rasgos psicosociales (una cierta arrogancia, una cierta ostentación de su modo de vida lujoso), el propósito de mi libro es, sin embargo, comprender los mecanismos de un sistema que va más allá de estos comportamientos y, sin excusarlos, explicarlos y dar razón de ello. No es un libro de denuncia, sino un libro para comprender el lugar de las finanzas en nuestras sociedades actuales, cómo se han desarrollado y han producido unos efectos devastadores y, sobre todo, cómo se han convertido en un agente político de pleno derecho.

«Paradójicamente, el ciclo de crisis y choques que conocemos desde la década de 1980 está vinculado a la intervención del Estado»  

-Con todo, usted demuestra que esta especulación, que solo se apoya en su carácter ficticio, sin embargo se autoriza con una garantía: la del Estado, que en última instancia viene a salvar a estas instituciones financieras cuando quiebran…

-Cédric Durand: Eso es lo que demostró muy bien Hyman Minsky. Los mercados financieros son estructuralmente inestables, por la sencilla razón de que cuanto más largo es el periodo de estabilidad, más importantes son los riesgos. La segunda idea de Minsky es que el regulador contribuye a alimentar esta ceguera ante el desastre. En cuanto ha sido capaz de intervenir para controlar la crisis precedente, participa de la confianza que tienen todos los especuladores en la solidez del sistema, lo que les incita a correr más riesgos todavía. Y más teniendo en cuenta que el regulador relaja sus trabas a poco que haya logrado contener los choques anteriores. En este sentido, el aumento de los riesgos, el ciclo de crisis y de choques que conocemos desde la década de 1980 está vinculado paradójicamente al hecho de la intervención del Estado. Con cada choque financiero (y de manera espectacular en 2008-2009) hay intervenciones de los bancos centrales y de los Estados que vienen a garantizar, en resumen, que las anticipaciones especulativas que se cristalizan en las especulaciones son, en definitiva, justas y legítimas. 

¿Qué es el capital ficticio, concepto fundamental de su trabajo?

-Cédric Durand: Un viejo concepto que se encuentra en Hayek y antes en Marx. Como es de imaginar, ¡no quiere decir lo mismo en uno que en otro, evidentemente! Hayek ve en él el peligro de un despilfarro, puesto que hay más créditos acordados que recursos reales y todo ello lleva a las crisis. Marx, más sutil, plantea que más allá del ahorro, más allá de los recursos disponibles, el crédito ayuda al capital a cambiar de escala, a acaparar nuevos recursos, a resistir sus límites. Pero lo que Marx comprendió muy bien es que al mismo tiempo esta liberalización del crédito y de las finanzas autoriza todas las fantasmagorías. En Marx el «capital ficticio» significa en el fondo algo muy simple: dar hoy un valor a unos flujos de ingresos que se esperan en el futuro. Es la operación que permite dar un valor a los créditos, a las acciones, a la deuda pública.

«Luchar por la estabilidad financiera en realidad es luchar por el derecho a los beneficios financieros»  

-¿Cómo ha evolucionado este «capital ficticio» en el periodo reciente?

-Cédric Durand: Estas formas elementales de capital ficticio han explotado: de 1980 a 2012, su peso aumentó entre el 150 y el 350% del PIB en las principales economías ricas. Para que el capital ficticio conserve su valor (¡lo que las autoridades llaman estabilidad financiera!) es preciso que los títulos encuentren en todo momento un comprador. Es lo que se denomina la «liquidez» . Y esta liquidez depende a su vez del hecho de que se realicen los flujos de los productos financieros esperados. Cuando después de la crisis los gobiernos declaran que hay que luchar por la estabilidad financiera, en realidad declaran que hay que luchar por el derecho a los beneficios financieros… 

-¿Qué consecuencias tiene para el futuro?

-Cédric Durand: Este aumento del poder de la reserva de capital ficticio es una apropiación de nuestro futuro. Es una reserva de promesas de beneficios financieros a la que tendrá que plegarse el futuro. Si en el margen las finanzas liberalizadas han podido contribuir a acelerar las innovaciones, su auge frenético procede principalmente de una lógica de «desposesión». Este concepto que he tomado prestado del geógrafo marxista David Harvey designa unos mecanismos extraeconómicos que permiten generar beneficio. Las políticas de austeridad y las políticas estructurales de desregulación del trabajo y la mercantilización de nuevas esferas no son sino unas políticas establecidas para cumplir las promesas de beneficios, que se han acumulado bajo la forma de reserva de capital ficticio.

«La gran batalla futura es la que Syriza lleva a cabo en Grecia sobre la deuda»  
 
-Eso es también es cierto para las empresas. Eso es lo que le lleva a separarse de Thomas Piketty sobre la cuestión de las desigualdades salariales y a criticar su teoría del capital…

-Cédric Durand: En efecto, la toma de control de los accionistas en las empresas es inseparable de la aparición de nuevos directivos, menos preocupados por la empresa y sus asalariados que por hacer valer los intereses especulativos. Y la aparición de estos nuevos directivos se traduce en una alineación de sus ingresos (por medio de stock options, etc.) con estos accionistas. De manera que no se puede separar el aumento de poder de la financiarización y de las dinámicas de desigualdades salariales, con la reestructuración de las empresas más sindicadas, el aumento de empleos de servicios poco remunerados. El libro de Piketty es un fresco histórico y estadístico absolutamente notable. Pero al tomar el capital en todas sus dimensiones borra la singularidad del capital financiero y los dispositivos de dominación específicos que le corresponden. En este sentido mi libro es un pequeño addendum, crítico, al gran libro de Piketty. 

-Por consiguiente, ¿una tasa sobre la renta sería una medida suficiente para limitar la influencia del capital? ¿Hay que considerar otras perspectivas?

-Cédric Durand: La primera idea es renunciar a la estabilidad financiera. Si se es de izquierda hoy, no se puede estar a favor de la estabilidad financiera, sino de la desacumulación financiera, es decir, reducir las pretensiones del capital ficticio sobre el futuro de la producción de riquezas. Por lo tanto, hay que anular, o cuanto menos reestructurar, una parte de las deudas nacionales y la gran batalla inmediata en el futuro es, por tanto, la que Syriza lleva a cabo en Grecia, anular la deuda de los hogares más endeudados y, sobre todo, para que este proceso no sea un proceso tecnocrático, hacer una auditoría pública de la deuda, crear una conocimiento pública de la deuda difundiendo trabajos como el del Colectivo para una auditoría ciudadana de la deuda. Reestructurar y socializar a continuación el sistema financiero en vez de socializar sus pérdidas. Por último, restablecer el control de los capitales. Pero no seamos ingenuos: el capital y el mundo de las finanzas emprenderán una verdadera guerra contra estas medidas. Tenemos que prepararnos para ello intelectualmente.