martes, 6 de noviembre de 2018

Laura Vital

Cuando hace casi tres años encontré esta grabación del programa radiofónico Nuestro Flamenco yo no sabía nada de esta cantaora. En el minuto 18.50 me sorprendió un canto que parecía extraído del remoto pasado andalusí. Laura Vital cantaba una moashara.

Buscando más referencias, hallé un vídeo de la presentación de su disco Tejiendo Lunas, con este comentario:
El flamenco no es un hecho aislado en el mundo. Y, mucho menos, en la cuenca mediterránea. Las idas y las vueltas con la otra orilla del Atlántico fueron decisivas en su configuración moderna. Pero en su génesis antigua comparte ADN con las músicas y las culturas del sur europeo y el norte africano. De ahí, quizás, la naturalidad con la que Laura Vital transita entre la soleá trianera y la moashara marroquí, provocando la conversación entre la guitarra flamenca de Eduardo Rebollar y el violín árabe de Jamal Ouassini. 
El flamenco, por supuesto, no es música andalusí. Pero hay algo en él que me produce cierta nostalgia. La misma melancolía me produce visitar monumentos tan nuestros como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba y no poder leer los mensajes escritos en sus paredes.

Estas lunas teje Laura en esta melodía. También siento no poder entender la mitad del mensaje. La oímos cantar.



En este otro vídeo la vemos, en otra actuación.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La patología del lucro y el planeta desechable

Parte final de un artículo de Michael Parenti, encontrado aquí. No consigo que deje de asombrarme el comportamiento de quienes ponen un ahora, breve como un orgasmo, por encima de un luego tenebroso.

Desde luego, es una enfermedad.

Contagiosa.




La locura de la codicia

Desgraciadamente, el medio ambiente no se puede defender a sí mismo. Es cosa nuestra protegerlo, o lo que quede de él. Pero todo lo que quieren los súper ricos es seguir transformando la naturaleza viviente en mercancía y la mercancía en capital muerto. Los inminentes desastres ecológicos no tienen mucha importancia para los saqueadores corporativos. No tienen en consideración la naturaleza viviente.

El lucro se hace adictivo. La fortuna incita a aumentarla. No hay límite para la cantidad de dinero que alguien pueda querer acumular, impulsado por la auri sacra fames, la maldita sed de oro. Por lo tanto, los adictos al dinero se apoderan de más y más, más de lo que pueden gastar en mil vidas de ilimitada indulgencia, impulsados por lo que comienza a parecer una patología obsesiva, una monomanía que borra toda otra consideración humana.

Están más y más ligados a su riqueza que a la tierra en la que viven, más preocupados por la suerte de sus fortunas que por la suerte de la humanidad, tan poseídos por su afán de beneficios que no ven el desastre que amenaza. Hubo una caricatura del New Yorker que mostraba a un ejecutivo corporativo parado ante un atril dirigiéndose a una reunión empresarial con estas palabras: “Y así, cuando el escenario del fin del mundo esté plagado de horrores inimaginables, creemos que el período antes del fin estará repleto de oportunidades de beneficios sin precedentes”.

No es un chiste. Hace años señalé que los que negaban la existencia del calentamiento global no cambiarían de opinión hasta que el propio Polo Norte comenzara a derretirse. (Nunca esperé que realmente comenzara a derretirse durante mi vida.) Hoy enfrentamos una fusión ártica que involucra horrendas consecuencias para las corrientes oceánicas del golfo, los niveles del mar en las costas, toda la zona templada del planeta y la producción agrícola del mundo.

Por lo tanto, ¿cómo reaccionan los capitanes de la industria y de las finanzas? Como era de esperar: como especuladores monomaníacos. Escuchan la música: aprovechar, aprovechar. Primero, el derretimiento de Ártico abrirá un paso directo al noroeste entre los dos grandes océanos, un sueño más viejo que [la expedición de] Lewis y Clark. Eso posibilitará rutas comerciales más cortas, más accesibles y menos costosas. Ya no habrá que avanzar con dificultad por el Canal de Panamá o por el Cabo de Hornos. Los costes reducidos de transporte significan más comercio y más beneficios.

Segundo: señalan alegremente que el derretimiento abre vastas nuevas reservas petrolíferas a la perforación. Podrán perforar y extraer más del mismo combustible fósil que causa precisamente la calamidad que sobreviene. Más derretimiento significa más petróleo y más beneficios; es el mantra de los libres mercaderes que piensan que el mundo solo les pertenece a ellos.

Imaginad ahora que estuviésemos todos dentro de un gran autobús que circula velozmente por una carretera que termina en una caída fatal por un profundo precipicio. ¿Qué hacen nuestros adictos a las ganancias? Corren frenéticamente por todo el pasillo, vendiéndonos almohadas contra golpes y cintos de seguridad a precios exorbitantes. Ya habían calculado esa oportunidad comercial.

Tenemos que alzarnos de nuestros asientos, colocarlos rápidamente bajo supervisión adulta, correr al frente del autobús, apartar rápidamente al conductor, agarrar el volante, reducir la velocidad del autobús y dar media vuelta. No es fácil, pero todavía puede ser posible. En mi caso, es un sueño recurrente.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Somos iguales haciendo

La preocupación esencial de Gabriel Celaya queda patente en este poema, como en tantos de los suyos: entender al hombre (se entiende como tal al ser humano, naturalmente) como hacedor. Esta esencia nos hace iguales, por encima de las modalidades del hacer, las que crean la conciencia (falsa) del carácter natural de las diferencias de clase, la arrogante presunción de que algunos "somos" superiores a los demás. Es difícil renunciar a la superioridad sentida. Incluso al reconocer con humildad la real igualdad de todos nos sentimos mejores que quienes no lo entienden así.

Este ingeniero del verso sabe que es un obrero más.

Humanísimo vate, panteísta amoroso que gozó de la vida. La mirada de amor que nos dirige no es más que una extensión de la mirada que su Amparitxu le dirige a él. No hay sumisión alguna en ninguna de ellas.





Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
y me llamas «señor», distanciándote un poco.
reprobándome —veo— que no lleve corbata,
que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
que no sea el que exiges —el amo respetable
que te descansaría—,
y me tiendes tu mano floja, rara, asustada
como un triste estropajo de esclavo milenario,
no somos dos extraños.
Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
de las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

No sé si tienes hijos.
No conozco tu casa, ni tus intimidades.
Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
ni que escribía versos, —siempre me ha avergonzado—,
ni que yo y tú, directos,
podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos,
cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
anónimos, fallidos, descontentos a secas,
mas pese a todo unidos como trabajadores.

Estábamos unidos por la común tarea,
por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
por labores sin duda poco sentimentales
—cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
arreglar como sea esta máquina hoy mismo—
y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
de los milagros machos,
de cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia,
y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
accesorias, gratuitas, sin último sentido.
Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
o sólo necesario.

Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
de materias primeras,
resistencias opacas, cegueras sustanciales,
ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
Tengo un título bello que tú entiendes: Madera,
Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco,
Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

Maderas, las maderas humildemente nobles,
lentamente crecidas, cargadas de pasado,
nutridas de secretos terrenos y paciencia,
de primaveras justas, de duración callada,
de savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
y el olor que expandían,
y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían
a veces ciertas rollas,
la influencia escondida de ciertas tempestades,
de haber crecido en esta, bien en otra ladera,
de haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
o a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
las hay que sólo charlan y ponen telegramas
mas sirven a su modo;
las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas,
de prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
las hay, como nosotros, dadas a la madera,
unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
las herramientas fieras del héroe prometeico
que entre otras nos concretan
la tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
la tuya, Andrés, la mía.
Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
pacífico y materno,
remotamente manso, durmiendo en su materia.
Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
transformándolo, fieros, construimos un mundo
contra naturaleza, gloriosamente humano.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
la empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
tales son los orgullos, las rabias insistentes,
los silencios mortales, los pecados secretos,
los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
tales las resistencias no mentales que, brutas,
obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
tales sus peculiares maneras de no hablarse
y unirse, sin embargo.

Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
con manos que construyen armarios y dínamos,
y versos y zapatos;
con manos que manejan furiosas herramientas,
fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
y otras veces se quedan inmóviles y abiertas
sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
Manos raras, humanas;
manos de constructores, manos de amantes fieles
hechas a la medida de un seno acariciado;
manos desorientadas que el sufrimiento mueve
a estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

Están así los hombres
con sus manos fabriles o bien sólo dolientes,
con manos que a la postre no sé para qué sirven.
Están así los hombres vestidos, con bolsillos
para el púdico espanto de esas manos desnudas
que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
todo junto, cualquiera,
todo único y sencillo, y efímero, importante,
como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
tan raros si nos miran seriamente callados,
tan raros si caminan, trabajan o se matan,
tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
el daño inevitable,
tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
tan raros que si piensan se doblan de ironía.
Mira, Andrés, a estos hombres.
Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
Dime que no vale la pena de que hablemos,
dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
aunque nuestras fatigas no puedan explicarse
y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
aunque desesperados,
bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
metafísica rabia, locura de existentes
que nunca se resignan, seguimos trabajando,
cavando en el silencio,
hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

jueves, 1 de noviembre de 2018

La física del capitalismo

Hay dos situaciones crecientemente preocupantes que suelen analizarse sin relacionarlas, como dos paralelas que no se encuentran. Por una parte, lo que en tiempos se llamó "la cuestión social". Por otro, lo que ahora mismo consideramos "el desastre ecológico". Nuestra relativa incapacidad para prestar simultáneamente atención a dos cuestiones que no acabamos de vincular nos divide con frecuencia en tribus casi antagónicas. Unos quieren ante todo acabar con las injusticias, otros conservar el planeta con toda su variedad y riqueza. Cada uno piensa que centrarse en un tema distrae del otro.

Si los primeros están divididos y enfrentados según su radicalidad, y subdivididos en muchas congregaciones, unas más reformistas, otras más radicales, tampoco los amigos de la Tierra muestran unanimidad. Unos son sobre todo animalistas, otros ambientalistas, otros preocupados por la previsible penuria de los recursos. Finalmente, los más apocalípticos presienten el fin del mundo.

En realidad, un abordaje holístico de los problemas mostrará que todos tenemos intereses comunes. La creciente desigualdad, con crecimiento simultáneo de la opulencia y la miseria, y la preocupante salud del planeta tienen una causa común, que es el modo de producción capitalista.

La cosa es sencilla. En este sistema, en su fase actual, cualquier inversión es especulativa. Se dirige a los valores en alza, que son los que prometen incremento del capital. Esto no se produce sin crecimiento material, lo que choca con límites de todo tipo. El capital es capaz de cualquier cosa por un beneficio presente, incluso arriesgando posibles pérdidas futuras, en la creencia de que siempre podrán endosarse a otros, trasladándose a campos más prometedores, como la "economía verde" o la reparación de los daños provocados por él mismo, que constituirán nuevas oportunidades de negocio.

La obra de Marx, centrada en el análisis crítico de la economía capitalista que ocupó su vida entera, es la base para entender que los dos problemas tienen la misma causa y no pueden abordarse por separado. En este mismo blog ya dediqué dos entradas a una visión de Marx mucho más amplia de la habitual como "un economista más": una reivindicación del Marx ecologistaMarx y la fractura en el metabolismo universal de la naturaleza.

Ahora encuentro aquí el extracto de un artículo que va un poco más allá, explicando e ilustrando con numerosos datos los fundamentos físicos del gravísimo problema, que se ha de afrontar con extrema urgencia, justo cuando unos prefieren ignorarlo y otros que lo ignoren los demás.

El artículo completo puede descargarse en este enlace.





Erald Kolasi 08/09/2018 

La gente tiende a pensar en el capitalismo en términos económicos. Karl Marx discutió que el capitalismo es un sistema político y económico que transforma la productividad del trabajo humano en grandes beneficios y rendimientos para aquellos quienes poseen los medios de producción [1].

Sus partidarios sostienen que el capitalismo es un sistema económico que promueve mercados libres y la libertad individual [2]. Y tanto detractores como defensores casi siempre miden el impacto del capitalismo en términos de riqueza, renta, salarios y precios, y oferta y demanda. Sin embargo, las economías humanas son complejos sistemas biofísicos que interactúan con un mundo natural más amplio, y ninguna puede ser completamente examinada sin tener en cuenta sus condiciones materiales subyacentes. Mediante la exploración de algunos de los conceptos fundamentales de la física, podemos desarrollar una mejor comprensión de cómo funcionan todos los sistemas económicos, incluyendo las formas en las que actividades capitalistas de alto consumo energético están cambiando la humanidad y el planeta.

Este artículo explicará cómo las características fundamentales de nuestra existencia natural y económica dependen de los principios de la termodinámica, la cual estudia las relaciones entre magnitudes como energía, trabajo y calor [3]. Una firme aprehensión de cómo funciona el capitalismo a nivel físico nos puede ayudar a entender por qué nuestro próximo sistema económico debería ser más ecológico, priorizando la estabilidad a largo plazo y la compatibilidad con la ecosfera global que sostiene a la humanidad.

(…)

Históricamente, el crecimiento económico ha estado en gran medida supeditado a que la gente consumiera más energía de sus entornos naturales [18]. Cuando los humanos eran cazadores y recolectores, el principal recurso que realizaba trabajo mecánico era el músculo humano [19]. Nuestro estilo de vida nómada se mantuvo durante unos 200.000 años, aunque padeció significativas interrupciones tras la Edad de Hielo. A lo largo de milenios, las condiciones ecológicas cambiantes por todo el mundo forzaron a numerosos grupos a adoptar estrategias agrícolas y pastoriles. Las economías agrarias dependían considerablemente de plantas cultivadas y animales domesticados para facilitar la generación de excedentes de alimentos y de otros bienes y recursos. Estos modos de consumo y producción agrarios dominaron en las sociedades humanas durante casi diez mil años, pero con el tiempo fueron reemplazados por un nuevo sistema económico. El capitalismo surgió y se extendió gracias a la expansión colonial, las olas industrializadoras, la proliferación de enfermedades epidémicas, las campañas genocidas contra poblaciones indígenas y el descubrimiento de nuevas fuentes de energía.

La economía global se ha vuelto desde entonces un sistema interconectado de finanzas, ordenadores, fábricas, vehículos, máquinas y mucho más. Crear y mantener este sistema requirió de una gran transición que aumentó la tasa de producción energética a partir de nuestros entornos naturales. En nuestros días nómadas, el índice diario de consumo energético per cápita rondaba las 5.000 kilocalorías [20]. En 1850, el consumo per cápita había aumentado hasta prácticamente 80.000 kilocalorías cada día y desde entonces se ha hinchado hasta alcanzar, hoy, alrededor de unas 250.000 kilocalorías [21]. Desde la perspectiva de la física, el rasgo fundamental de todas las economías capitalistas es una tasa excesiva de consumo de energía centrada en estimular el crecimiento económico y los excedentes materiales. El despliegue colectivo de bienes capitales puede generar niveles increíbles de trabajo mecánico, permitiendo a la gente producir más, viajar grandes distancias y levantar objetos pesados, entre otras actividades. El capitalismo es de lejos más intensivo en energía que cualquier otro sistema económico previo, y ha provocado consecuencias ecológicas sin precedentes que pueden amenazar su misma existencia. Todavía queda sin saber durante cuánto tiempo puede la humanidad sostener las actividades del capitalismo intensivas en energía, pero no hay duda de que la fantasía del crecimiento ilimitado y beneficios fáciles no puede continuar. Todos los sistemas dinámicos deben llegar a un final en algún momento.

Durante los últimos dos siglos, ineficientes economías capitalistas han descargado grandes cantidades de pérdidas energéticas a sus entornos naturales en forma de residuos, químicos, sustancias contaminantes y gases de efecto invernadero. El efecto agregado de todos estos residuos y disipación ha sido, fundamentalmente, alterar flujos de energía críticos por toda la ecosfera, desencadenando una gran crisis social y ecológica en el mundo natural. Esta crisis socioecológica está aún en sus primeras fases, pero ya ha engendrado desastres como la deforestación, el calentamiento global, la acidificación de los océanos y sustanciales pérdidas de biodiversidad [22].

Salvo que haya cambios revolucionarios en nuestro sistema económico, esta crisis solo continuará y se intensificará. Mientras esto ocurre, la acumulación de problemas en el mundo natural amenaza la viabilidad a largo plazo de la civilización global. Los productos que disipamos al medio ambiente pueden ser inútiles para nosotros, pero frecuentemente sirven como reservas de energía para otros sistemas dinámicos. Las pérdidas de energía suelen tener un efecto amplificado sobre la civilización humana, es decir, que sus verdaderos costes son mucho mayores de lo que se puede ver o entender superficialmente. Considérense las condiciones insalubres en ciudades a lo largo de la historia. Las ciudades de las economías premodernas eran típicamente sucias, con basura y deshechos llenando muchos espacios públicos. Esas pérdidas energéticas, empero, fueron una fuente crítica de alimento y nutrientes para una gran variedad de otros organismos vivientes, especialmente insectos y demás animales pequeños que podían sobrevivir en medio de la civilización humana. Cuando estas criaturas se convirtieron en huéspedes de enfermedades letales, la basura humana ayudó a concentrar sus números precisamente en los peores lugares: zonas de alta densidad como las ciudades. En consecuencia, las epidemias normalmente generaron muchas más muertes de las que habrían provocado de otro modo, con la carnicería inconcebible de la peste negra como ejemplo primordial [23]. Hoy día nos enfrentamos a nuestras propias versiones de este antiguo problema, pero a una escala mucho mayor. Hay varios tipos de gases en la atmósfera, conocidos como gases de efecto invernadero, capaces de absorber la radiación calórica que se dirige hacia afuera [24]. Cuando estos gases en la atmósfera atrapan y emiten la radiación de vuelta a la superficie del planeta, grandes cantidades de fotones excitan a los electrones, átomos y moléculas en la superficie hacia mayores niveles energéticos en un proceso llamado efecto invernadero. Estas excitaciones y fluctuaciones adicionales a nivel microscópico representan colectivamente el calor que experimentamos a nivel macroscópico. El efecto invernadero es crítico en el sentido de que hace a la tierra lo suficientemente cálida como para ser habitable [25]. Durante las dos últimas centurias, sin embargo, los países ricos e industrializados han reforzado este proceso natural mediante la inyección en la atmósfera de grandes cantidades de nuevos gases de efecto invernadero, causando, en consecuencia, mayor calentamiento global. Este reforzamiento artificial del efecto invernadero suele actuar como una poderosa reserva energética para otros sistemas dinámicos y fenómenos naturales, incluyendo tormentas, inundaciones, sequías, ciclones, incendios, insectos, virus, bacterias y proliferación de algas [26].

Un planeta en calentamiento también podría reforzar mecanismos positivos de retroalimentación en el clima, capaces de inducir incluso más calentamiento, más allá del que es ya causado por nuestras emisiones de efecto invernadero. Estos mecanismos, como el derretimiento de hielo marino y la descongelación del permafrost, permitirían al planeta absorber mucha más energía solar mientras naturalmente emite vastas cantidades de gases de efecto invernadero [27]. El caos resultante haría que cualquier intento humano por mitigar el calentamiento global fuera en vano. Justo esto es lo que debería preocuparnos: el caos que estamos desatando en el planeta mediante el sistema capitalista encontrará un manera de producir un nuevo orden, uno que amenace a la civilización misma. Mientras el capitalismo se extienda, la crisis ecológica se agravará. Los cada vez más intensos sistemas dinámicos de la naturaleza interactuarán más con nuestras civilizaciones y podrían interrumpir severamente los flujos de energía vitales que sostienen la reproducción social y las actividades económicas. Las regiones con alta densidad poblacional que están a merced de desastres naturales recurrentes son especialmente vulnerables. El ciclón Bhola mató alrededor de 500.000 personas cuando golpeó Pakistán del Este en 1970, provocando una serie de protestas y disturbios masivos que culminaron en una guerra civil y contribuyeron a la creación de un nuevo país, Bangladesh [28]. Numerosos estudios han concluido que la peor sequía que Siria ha sufrido en casi mil años ha sido parcialmente culpable de las tensiones políticas y sociales que culminaron en la actual guerra civil [29]. El clima es un sistema dinámico resiliente, capaz de asimilar muchos cambios físicos distintos, pero esta resiliencia tiene sus límites, y la humanidad se encontrará en graves problemas si sigue intentando transgredirlos.

Estos argumentos destacan una de las grandes fallas de la teoría económica moderna: carece de fundamento científico. Las filosofías económicas ortodoxas, desde el monetarismo hasta la síntesis neoclásica, se centran en describir los efímeros rasgos financieros del capitalismo, confundiéndolos por leyes de la naturaleza inmutables y universales. La teoría económica capitalista ha sido en su mayor parte transformada en una filosofía metafísica cuyo objetivo no es proveer de fundamentos científicos a la economía, sino producir propaganda sofisticada, diseñada para proteger la riqueza y el poder de una élite global. Cualquier explicación científica de la economía debe comenzar por darse cuenta de que los flujos energéticos y las condiciones ecológicas ––no la “mano invisible” del mercado–– dictan los parámetros macroscópicos a largo plazo de todas las economías. Importantes contribuciones en esta línea han venido del campo de la economía ecológica, especialmente de los trabajos seminales de los economistas Nicholas Georgescu-Roegen y Herman Daly, aunque también del ecologista de sistemas Howard Odum [30]. El propio Marx incorporó preocupaciones ecológicas en su pensamiento político y económico [31]. Las aportaciones de estos y otros pensadores revelaron que los rasgos económicos del mundo son propiedades emergentes moldeadas por realidades físicas y condiciones ecológicas subyacentes; entenderlas resulta crítico para cualquier comprensión de la economía.

El pensamiento ecológico difiere de las escuelas ortodoxas de economía de varias maneras fundamentales. La más importante es que la teoría ecológica sostiene que no podemos concebir los residuos y las pérdidas disipativas como “externalidades” y “el coste de hacer negocios” dado cuán importantes estas pérdidas energéticas pueden ser a la hora de moldear la evolución de los sistemas económicos. Lo que los economistas mainstream denominan “externalidades” incluye los productos físicos que tiramos al medio ambiente –cualquier cosa desde contaminantes y basura de plástico hasta químicos tóxicos y gases de efecto invernadero–. Las consecuencias de pérdidas extremas de energía pueden tener un efecto profundo en la futura evolución de los sistemas dinámicos. Como continuamente señalan los científicos, las pérdidas de energía de nuestras economías modernas son tan grandes e intensas que están empezando a alterar de manera fundamental los flujos energéticos de toda la ecosfera, desde el robustecimiento del efecto invernadero hasta el cambio de la química de los océanos. Algunas de estas nuevas concentraciones de energía actúan entonces como reservas que impulsan la formación y funcionamiento de otros sistemas dinámicos, los cuales a menudo perturban las actividades normales de la civilización. He ahí la razón fundamental de que nuestras acciones económicas no puedan ser escindidas del mundo natural: si los efectos asociados con nuestras pérdidas energéticas se tornan lo suficientemente poderosos como para destruir las funciones normales de nuestras civilizaciones, entonces ninguna clase de políticas económicas ingeniosas nos salvará de la ira de la naturaleza.

La mayoría de gente hoy en el poder cree que puede administrar cuidadosamente el capitalismo y prevenir los peores efectos de la crisis ecológica. Una corriente popular de optimismo tecnológico sostiene que la innovación puede resolver los problemas ecológicos fundamentales que enfrenta la humanidad. Han sido propuestas diversas soluciones para arreglar nuestras calamidades ecológicas, desde la adopción de fuentes de energía renovables hasta programas más estrafalarios, como la captura y almacenamiento de carbono. Todas estas ideas comparten la presunción de que el capitalismo por sí mismo no tiene que cambiar, porque las soluciones tecnológicas estarán siempre disponibles para cumplir con más crecimiento económico y un medio ambiente más sano. Desde Beijing a Silicon Valley, los tecnocapitalistas disfrutan discutiendo que el capitalismo puede seguir marchando mediante ganancias en eficiencia energética [32]. La última razón por la que esta estrategia fallará en el largo plazo es que la naturaleza impone límites físicos absolutos a la eficiencia que ningún grado de progreso tecnológico puede superar. El colapso reciente de la Ley de Moore debido a efectos cuánticos es un ejemplo destacado [33]. Otro es la barrera en la eficiencia que el ciclo de Carnot supone para todos los motores de calor prácticos [34].

Pero nuestras preocupaciones más acuciantes tienen que ver con las relaciones subyacentes entre innovación tecnológica y crecimiento económico. La fe en las soluciones tecnológicas nos ayuda a alcanzar mayor innovación tecnológica y crecimiento económico, aumentando las demandas totales sobre el mundo biofísico y la disipación asociada con el sistema capitalista. Podemos examinar estas relaciones mirando, en primer lugar, cómo la gente y los sistemas económicos responden a aumentos de eficiencia. Para tener una idea de si el capitalismo puede aportar grandes mejoras en eficiencia tenemos que desarrollar una teoría general que explique cómo la eficiencia colectiva de nuestros sistemas económicos cambia a lo largo del tiempo.

Cuando mejora la eficiencia del combustible, a menudo conducimos a mayores distancias. Cuando la electricidad se vuelve más barata, encendemos más electrodomésticos. Incluso aquellos que, orgullosos, ahorran energía en casa a través del reciclaje, del compostaje y otras actividades, están más que felices de subirse a un avión y volar por medio mundo en sus vacaciones. La gente suele ahorrar en un área y lo intercambia por gastos en otra. Lo que acabamos haciendo con las ganancias en eficiencia puede ser a veces igual de importante que las ganancias mismas. En estudios ecológicos, este fenómeno es generalmente conocido como la paradoja de Jevons, la cual revela que los pretendidos efectos de las mejoras en eficiencia no siempre se materializan [35]. Formulada por primera vez a mediados del siglo XIX por el economista británico William Stanley Jevons, la paradoja afirma que los aumentos en eficiencia energética son generalmente usados para la acumulación y la producción, llevando a un consumo mayor de los mismos recursos que las mejoras en eficiencia pretendían conservar. Promover la eficiencia lleva a bienes y servicios más baratos, lo cual estimula aún más la demanda y el gasto, implicando el consumo de más energía [36]. Jevons describió por primera vez este efecto en el contexto del carbón y la máquina de vapor. Observó que los avances en eficiencia de las máquinas de vapor habían incentivado más el consumo de carbón en Inglaterra, implicándose de ello que, en realidad, un aumento de eficiencia energética no producía ahorros de energía.

Variantes de esta paradoja son conocidas en economía como el efecto rebote. La mayoría de economistas aceptan que algunas versiones del efecto son reales, pero no están de acuerdo sobre el tamaño y alcance del problema. Algunos creen que los efectos rebote son irrelevantes, arguyendo que las mejoras en eficiencia estimulan menores niveles de consumo energético en el largo plazo [37]. En una exhaustiva revisión de la literatura en la materia, el UK Energy Research Center determinó que las versiones más extremas del efecto rebote probablemente no se apliquen a las economías desarrolladas. Sin embargo, también discutieron que aún podían ocurrir grandes efectos rebote que atravesaran nuestras economías. Llegaron a la siguiente conclusión: “sería un error asumir que (...) los efectos rebote son tan pequeños que pueden ser ignorados. Bajo ciertas circunstancias (por ejemplo, tecnologías energéticamente eficientes que mejoren significativamente la productividad de industrias intensivas en energía), los efectos rebote que alcancen toda la economía pueden exceder el 50%, y podrían incrementar potencialmente el consumo de energía a largo plazo” [38]. El hecho de que efectos rebote significativos que alcancen toda la economía sean posibles nos debería hacer reflexionar sobre la utilidad de estrategias alrededor de la eficiencia en el combate contra la crisis ecológica y el cambio climático. De hecho, todo este argumento oscurece una incertidumbre más importante: el problema de si las mejoras en eficiencia pueden llegar lo suficientemente rápido como para aliviar las peores consecuencias de la crisis ecológica, las cuales todavía van por delante de nosotros. Dadas las mecánicas e incentivos del capitalismo, deberíamos tener cuidado con el actual encaprichamiento respecto al optimismo de la eficiencia.

Es común que los sistemas económicos usen nuevas fuentes de energía para expandir la producción, el consumo y la acumulación, no para mejorar fundamentalmente la eficiencia. Desde el cultivo de plantas y la domesticación de animales a la quema de combustibles fósiles y la invención de la electricidad, el manejo y descubrimiento de nuevas fuentes de energía ha producido generalmente más sociedades intensivas en energía. Aunque cualquier sistema económico puede ganar en eficiencia, esto es incidental y secundario respecto al objetivo más amplio de la acumulación. La eficiencia total de un sistema económico es altamente inercial, cambiando con gran lentitud. Vemos este exacto proceso desarrollándose ahora con las emisiones de gases de efecto invernadero, a pesar de que la crisis ecológica se extiende bastante más allá de esta problemática. Líderes políticos y empresariales han esperado durante años que el progreso tecnológico nos entregue, de algún modo, mayores índices de crecimiento económico y una acentuada reducción de la emisión de gases de efecto invernadero. Las cosas no han ido según el plan. El año 2017 vio un aumento global sustancial de emisiones dañinas, desafiando incluso la más modesta de las metas del Acuerdo de París [39]. Incluso antes de esto, Naciones Unidas había advertido de una brecha “inaceptable” entre las promesas gubernamentales y la reducción de emisiones necesarias para prevenir algunas de las peores consecuencias del cambio climático [40]. Los retos por estimular la eficiencia son más aparentes cuando vemos el capitalismo a escala global: aunque muchos países desarrollados hayan tomado medidas modestas pero mensurables en su eficiencia colectiva, esas ganancias han sido socavadas por las economías en desarrollo aún en el proceso de industrialización [41]. Evidentemente, los cambios sustanciales en la eficiencia colectiva de cualquier sistema económico raramente se materializan en periodos cortos de tiempo. El crecimiento tecnológico bajo el régimen capitalista entregará algún progreso adicional en eficiencia, pero ciertamente no suficiente para prevenir las peores consecuencias de la crisis ecológica.

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Notas


[1] Karl Marx, Capital, vol. 1 (Londres: Penguin, 1976), 929–30.

[2] Edward W. Younkins, Capitalism and Commerce (Nueva York: Lexington, 2002), 57.


[3] Peter Atkins, Four Laws That Drive the Universe (Oxford: Oxford University Press, 2007), prefacio.

(…)

[18] Numerosos estudios alrededor del mundo han mostrado una poderosa relación entre uso de energía y crecimiento económico. Para un análisis de la relación estadística entre uso de energía y crecimiento del PIB mundial, véase Rögnvaldur Hannesson, “Energy and GDP growth”, International Journal of Energy Management, 3 (2009): 157–70. Para un importante estudio sobre la vinculación entre energía y renta en ciertos países asiáticos, John Asafu-Adjaye, “The Relationship Between Energy Consumption, Energy Prices, and Economic Growth: Time Series Evidence from Asian Developing Countries”, Energy Economics, 22 (2000): 615–25. Para una revisión general de las maneras en que el uso de energía ha determinado la historia humana, véase Vaclav Smil, Energy and Civilization (Cambridge: MIT Press, 2017).

[19] Vaclav Smil, Energy in Nature and Society (Cambridge: MIT Press, 2008), 147-49.

[20] Jerry H. Bentley, “Environmental Crises in World History”, Procedia – Social and Behavioral Sciences, 77 (2013): 108–15.

[21] Bentley, 113.

[22] Robert Falkner, “Climate Change, International Political Economy and Global Energy Policy”, en Andreas Goldthau, Michael F. Keating, and Caroline Kuzemko (eds.), Handbook of the International Political Economy of Energy and Natural Resources (Cheltenham: Elgar, 2018), 77-78.

[23] Edward Humes, Garbology: Our Dirty Love Affair with Trash (London: Penguin, 2013), 30.

[24] W. J. Maunder, Dictionary of Global Climate Change, (New York: Springer, 2012), 120.

[25] Maunder, Dictionary of Global Climate Change, 120.

[26] Uno de los grandes artículos relacionando cambio climático e incendios forestales en Estados Unidos salió en 2016; véase John T. Abatzoglou y A. Park Williams, “Impact of Anthropogenic Climate Change on Wildfire across Western US Forests”, PNAS, 113 (2016): 11770–75. Para una guía comprensiva de algunas investigaciones recientes sobre huracanes y cambio climático, véase Jennifer M. Collins y Kevin Walsh, eds., Hurricanes and Climate Change, vol. 3 (New York: Springer, 2017). Para una revisión del rol que el cambio climático juega en la difusión de enfermedades infecciosas, véase Xiaoxu Wu et al., “Impact of Climate Change on Human Infectious Diseases: Empirical Evidence and Human Adaption”, Environment International, 86 (2016): 14–23. Para la relación entre cambio climático y proliferación de algas, Daniel Cressey, “Climate Change Is Making Algal Blooms Worse”, Nature, 25 de abril, 2017.

[27] Jonathan A. Newman et al., Climate Change Biology (Oxfordshire: CABI, 2011), 220–21.

[28] Alan H. Lockwood, Heat Advisory: Protecting Health on a Warming Planet (Cambridge: MIT Press, 2016), 103.

[29] Bruce E. Johansen, Climate Change: An Encyclopedia of Science, Society, and Solutions (Santa Barbara: ABC–CLIO, 2017), 19–20.

[30] Uno de los mayores trabajos tratando de fundamentar la economía en la física es el de Nicholas Georgescu-Roegen, The Entropy Law and the Economic Process (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1971). Los argumentos iniciales de Georgescu-Roegen han sido refinados y desarrollados por subsiguientes generaciones de pensadores que reconocen que la actividad económica está constreñida por leyes físicas. Entre ellos estuvo Herman Daly, uno de los grandes exponentes de la idea de que el crecimiento económico no durará para siempre, cuyo trabajo ha tenido una profunda influencia en el movimiento ecologista. Para un sucinto repaso de su pensamiento, véase Herman E. Daly, Beyond Growth (Boston: Beacon, 1997). Puede que el más grande ecologista de sistemas fuera Howard Odum, quien llevó a cabo un trabajo magistral explicando los mecanismos que enlazan las sociedades humanas con sus entornos naturales. Para una explicación de sus teorías, véase Howard Odum, Environment, Power, and Society for the Twenty-First Century (New York: Columbia University Press, 2007).

[31] John Bellamy Foster, Marx’s Ecology (New York: Monthly Review Press, 2000), 9–10.

[32]  Para una explicación académica formal de esta perspectiva, véase Lea Nicita, “Shifting the Boundary: The Role of Innovation”, in Valentina Bosetti et al., eds., Climate Change Mitigation, Technological Innovation, and Adaptation (Cheltenham: Elgar, 2014), 32–39.

[33] Tom Simonite, “Moore’s Law Is Dead. Now What?” MIT Technology Review, 13 de mayo, 2016.

[34] Atkins, Four Laws That Drive the Universe, 51-52.

[35]  John Bellamy Foster, Ecology Against Capitalism (New York: Monthly Review Press, 2002), 94.

[36] Foster, Ecology Against Capitalism, 94.

[37] Evan Mills, “Efficiency Lives—The Rebound Effect, Not So Much,” ThinkProgress, 13 de septiembre, 2010, http://thinkprogress.org/.

[38] Steven Sorrell, The Rebound Effect (London: UK Energy Research Centre, 2007), 92.

[39] Jeff Tollefson, “World’s Carbon Emissions Set to Spike by 2% in 2017,” Nature, 13 de noviembre, 2017.

[40] Fiona Harvey, “UN Warns of “Unacceptable” Greenhouse Gas Emissions Gap,” Guardian, 31 de octubre, 2017.

[41] Nijavalli H. Ravindranath and Jayant A. Sathaye, Climate Change and Developing Countries (New York: Springer, 2006), 35.

viernes, 26 de octubre de 2018

Dos vídeos de Néstor Kohan

El saber no ocupa lugar... aunque lleva bastante tiempo. Si os sobra algo de esta preciosa mercancía, podéis echar una ojeada a escuela de cuadros.

De Néstor Kohan incluí ya otras charlas en este mismo blog, aquí y aquí. Presento ahora dos vídeos más recientes de este profesor en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde coordina la “Cátedra Che Guevara”. Que os gusten.

Néstor Kohan trata la cuestión de cómo leer el "El Capital" -en qué orden y con énfasis en qué secciones- durante la primera jornada del seminario "¿Para qué sirve El Capital? Un balance contemporáneo de la obra principal de Karl Marx".
 

Néstor Kohan presenta la dialéctica en Marx durante la segunda jornada del seminario "¿Para qué sirve El Capital? Un balance contemporáneo de la obra principal de Karl Marx".
 

miércoles, 24 de octubre de 2018

Cambios “urgentes y “sin precedentes”

Con el tiempo atmosférico ocurre lo mismo que con los vaivenes de la bolsa.

Cuando los índices bursátiles bajan, se espera siempre que vuelvan a subir. De hecho, la bajada de unos hace fluir hacia otros el dinero que huye de la quema. Así, la apariencia es la de una marea que fluye y refluye continuamente. Puede haber vaivenes más o menos bruscos, pero se los supone pasajeros. La experiencia es que las crisis, incluso las más grandes, siempre han terminado en un rebrote de la economía.

Mucho se habla del cambio climático, del calentamiento global, pero siempre, como  ha habido grandes sequías e inundaciones, aquí o allá. Veranos muy calurosos, fríos intensos. El escepticismo es una postura fácil, sobre todo si tranquiliza. Como el dinero en la bolsa, las masas de aire frías o calientes se mueven por la superficie del planeta y no es fácil distinguir las tendencias globales, y sí negarlas cuando no gustan las conclusiones.

El estado de salud del clima, como el de la economía, lo mide el desarrollo de las crisis. Ocurre como con las enfermedades del cuerpo (y las del espíritu) cuyo desenlace puede ser la recuperación, pero también la muerte.

El problema es muy serio, la medicina necesaria es urgente. Si no actuamos ahora para reducir el calentamiento global, el precio será muy alto.

Siempre hay un punto de no retorno, a partir del cual los problemas no tienen solución. No puede frenarse un vehículo lanzado a toda velocidad un segundo antes de la colisión. A veces es difícil saber el plazo disponible para actuar. Simbólicamente se ha adoptado para intentar medirlo el Reloj del Apocalipsis. Su tiempo es tan elástico que se adelanta o se atrasa, y acaba pareciendo estático. Como las ranas de la fábula, acabamos subidos a la viga.




La guerra nuclear ha sido durante mucho tiempo la mayor preocupación apocalíptica. Ahora debemos prestar atención a una previsible catástrofe climática.

Véase el último informe del grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático.

La noticia, según la Agencia France-Presse:




La superficie de la Tierra se ha calentado un grado Celsius (1.8 grados Fahrenheit), suficiente para levantar los océanos y desatar un crescendo de tormentas mortales, inundaciones y sequías

AFP
08 de Octubre 2018 · 11:42 hs 

Este lunes el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés) presentó un informe histórico  en donde detalló que los países deben realizar cambios “urgentes y “sin precedentes” para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 °C .
 
La superficie de la Tierra se ha calentado un grado Celsius (1.8 grados Fahrenheit), suficiente para levantar los océanos y desatar un crescendo de tormentas mortales, inundaciones y sequías, y está en camino hacia un aumento imposible de 3C o 4C.

Con los niveles actuales de emisiones de gases de efecto invernadero, podríamos pasar el marcador 1.5C a partir de 2030 y, a más tardar, a mediados de siglo, el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) informó con "alta confianza".

"Los próximos años son probablemente los más importantes de la historia de la humanidad", dijo a la AFP Debra Roberts, jefa del Departamento de Planificación Ambiental y Protección del Clima en Durban, Sudáfrica, y copresidente del IPCC.

Un resumen para los responsables de formular políticas del tomo de 400 páginas subraya la rapidez con que el calentamiento global ha superado el intento de la humanidad de dominarlo, y describe las opciones para evitar los peores estragos de un futuro cargado de clima.

"Hemos hecho nuestro trabajo, ahora hemos transmitido el mensaje", dijo Jim Skea, profesor del Centro de Política Ambiental del Imperial College de Londres y copresidente del IPCC, en una conferencia de prensa.

"Ahora todo depende de los gobiernos, es su responsabilidad actuar en consecuencia"

Antes de que se firmara el Acuerdo de París en 2015, casi una década de investigación científica se basó en el supuesto de que 2C era la barrera de un mundo seguro para el clima.

El informe del IPCC, sin embargo, muestra que los impactos del calentamiento global han llegado antes y han golpeado más fuerte de lo previsto.

Paga ahora o paga después

"Las cosas que los científicos han estado diciendo que ocurrirían en el futuro están sucediendo ahora", dijo a la AFP Jennifer Morgan, Directora Ejecutiva de Greenpeace International.

Según el informe, para tener al menos una probabilidad de 50/50 de mantenerse por debajo del límite de 1.5C sin sobrepasar la marca, el mundo debe convertirse en "neutral de carbono" para el 2050.

"Eso significa que cada tonelada de CO2 que ponemos en la atmósfera tendrá que ser balanceada por una tonelada de CO2 extraída", dijo el autor coordinador principal Myles Allen, director del Programa de Investigación del Clima de la Universidad de Oxford.

A partir de más de 6,000 estudios científicos recientes, el informe presenta cuatro vías hacia esa meta

Los más ambiciosos verían una reducción radical en el consumo de energía junto con un rápido alejamiento de los combustibles fósiles y una rápida disminución de las emisiones de CO2 a partir de 2020. También evitaría un "exceso" del umbral de 1.5C.

Un escenario de "pago posterior" en contraste compensa los estilos de vida de alto consumo y el uso continuo de combustibles fósiles con una ruptura temporal del techo de 1.5C.

Depende en gran medida del uso de biocombustibles. Pero el esquema necesitaría plantar un área dos veces más grande que la India en los cultivos de biocombustibles, y supone que alrededor de 1,200 billones de toneladas de CO2 (30 años de emisiones a las tasas actuales) se pueden guardar de manera segura bajo tierra.

"¿Es justo que la próxima generación pague para eliminar el CO2 de la atmósfera que ahora estamos introduciendo?", Preguntó Allen. "Tenemos que empezar a tener ese debate".

'Granizo de balas de plata'

Las apuestas son especialmente altas para los pequeños estados insulares, las naciones en desarrollo en los trópicos y los países con regiones delta densamente pobladas que ya sufren de mares crecientes.

"Solo nos quedan las más pequeñas oportunidades para evitar daños impensables al sistema climático que sustenta la vida tal como la conocemos", dijo Amjad Abdulla, negociador principal en las conversaciones sobre el clima de la ONU para la Alianza de los Pequeños Estados Insulares (AOSIS).

La limitación del calentamiento global a 1.5 ° C viene con un alto precio: alrededor de $ 2.4 billones (2.1 billones de euros) de inversiones en el sistema mundial de energía cada año entre 2016 y 2035, o aproximadamente el 2.5 por ciento del PIB mundial.

Sin embargo, ese informe debe sopesarse contra el costo aún mayor de la inacción, según el informe.

El camino hacia un mundo seguro para el clima se ha convertido en una cuerda floja, y requerirá una reorganización sin precedentes del ingenio humano, dijeron los autores.

"El problema no se resolverá con una bala de plata", dijo a la AFP Ove Hoegh-Guldberg, director del Instituto de Cambio Global de la Universidad de Queensland.

"Necesitamos una lluvia de balas de plata"

El informe del IPCC fue programado para alimentar la cumbre climática de la ONU de diciembre en Katowice, Polonia, donde los líderes mundiales estarán bajo presión para aumentar las promesas nacionales de reducción de carbono que, incluso si se cumplieran, producirían un mundo 3C.

La reunión de una semana de duración en Incheon, Corea del Sur, que ya se encuentra en las horas extraordinarias, se estancó el sábado cuando el gigante petrolero Arabia Saudita exigió la eliminación de un pasaje que señala la necesidad de que las emisiones globales de CO2 disminuyan "mucho antes de 2030".

El informe fue aprobado por consenso tan pronto como los saudíes retrocedieron, dijeron los participantes a AFP

La preocupación de que Estados Unidos trataría de obstruir el proceso resultó infundada. La administración de Trump ha desmantelado las políticas de reducción de emisiones en el país y prometió abandonar el tratado de París.