lunes, 11 de noviembre de 2019

Guerra psicológica y cinco lecciones

Para conseguir sus objetivos, siempre tendrán razones, reales o inventadas. Siempre me pregunto para qué las necesitan, si tienen la fuerza, y la emplean cuando lo consideran necesario.

Pues les son imprescindibles para confundir a los que no tienen las claves, pero también para fundir los cerebros racionales de los que saben algo más, pero asisten impotentes a sus declaraciones, diciéndose a sí mismos, como si su voz interior pudiera ser oída: ¡falso, falso, falso!

A esta guerra psicológica se refiere Nestor Kohan:
Dice el teórico clásico prusiano Karl von Clausewitz (estudiado y anotado por Lenin durante la 1ra guerra mundial) en su obra «DE LA GUERRA»: En los conflictos y enfrentamientos hay 3 tipos de bajas 
a) bajas humanas (muertos y heridos de la fuerza enemiga) 
b) bajas materiales (destrucción o captura de instrumentos "técnicos" de guerra) y el más importante: 
c) BAJAS MORALES!!! 
Es decir: (c) = DESTRUIR LA DISPOSICION DEL ADVERSARIO A DEFENDERSE, ATACAR Y CONFRONTAR. Minar su moral de lucha, su disposición y voluntad de RESISTENCIA. 
Esas amenazas que circulan en Bolivia contra partidarios del gobierno legítimo de Evo buscan provocar BAJAS MORALES!!!! Destruir la voluntad de RESISTENCIA!!! Generar temor, miedo, angustia, y en última instancia... DESARME MORAL!! La mejor victoria es la que se logra, amedrentando al enemigo para ganarle... SIN COMBATIR.  
Eso busca LA DERECHA: provocar en el movimiento popular boliviano... DESARME MORAL!!!!! 
A no olvidarlo... queridos hermanos y hermanas.





De manual, todo de manual. ¿Aprenderemos estas lecciones?

La tragedia boliviana enseña con elocuencia varias lecciones que nuestros pueblos y las fuerzas sociales y políticas populares deben aprender y grabar en sus conciencias para siempre. Aquí, una breve enumeración, sobre la marcha, y como preludio a un tratamiento más detallado en el futuro.

Primero, que por más que se administre de modo ejemplar la economía como lo hizo el gobierno de Evo, se garantice crecimiento, redistribución, flujo de inversiones y se mejoren todos los indicadores macro y microeconómicos la derecha y el imperialismo jamás van a aceptar a un gobierno que no se ponga al servicio de sus intereses.

Segundo, hay que estudiar los manuales publicados por diversas agencias de EEUU y sus voceros disfrazados de académicos o periodistas para poder percibir a tiempo las señales de la ofensiva. Esos escritos invariablemente resaltan la necesidad de destrozar la reputación del líder popular, lo que en la jerga especializada se llama asesinato del personaje (“character assasination”) calificándolo de ladrón, corrupto, dictador o ignorante. Esta es la tarea confiada a comunicadores sociales, autoproclamados como “periodistas independientes”, que a favor de su control cuasimonopólico de los medios taladran el cerebro de la población con tales difamaciones, acompañadas, en el caso que nos ocupa, por mensajes de odio dirigidos en contra de los pueblos originarios y los pobres en general.

Tercero, cumplido lo anterior llega el turno de la dirigencia política y las elites económicas reclamando “un cambio”, poner fin a “la dictadura” de Evo que, como escribiera hace pocos días el impresentable Vargas Llosa, aquél es un “demagogo que quiere eternizarse en el poder”. Supongo que estará brindando con champagne en Madrid al ver las imágenes de las hordas fascistas saqueando, incendiando, encadenando periodistas a un poste, rapando a una mujer alcalde y pintándola de rojo y destruyendo las actas de la pasada elección para cumplir con el mandato de don Mario y liberar a Bolivia de un maligno demagogo. Menciono su caso porque ha sido y es el inmoral portaestandarte de este ataque vil, de esta felonía sin límites que crucifica liderazgos populares, destruye una democracia e instala el reinado del terror a cargo de bandas de sicarios contratados para escarmentar a un pueblo digno que tuvo la osadía de querer ser libre.

Cuarto: entran en escena las “fuerzas de seguridad”. En este caso estamos hablando de instituciones controladas por numerosas agencias, militares y civiles, del gobierno de Estados Unidos. Estas las entrenan, las arman, hacen ejercicios conjuntos y las educan políticamente. Tuve ocasión de comprobarlo cuando, por invitación de Evo, inauguré un curso sobre “Antiimperialismo” para oficiales superiores de las tres armas. En esa oportunidad quedé azorado por el grado de penetración de las más reaccionarias consignas norteamericanas heredadas de la época de la Guerra Fría y por la indisimulada irritación causada por el hecho de que un indígena fuese presidente de su país. Lo que hicieron esas “fuerzas de seguridad” fue retirarse de escena y dejar el campo libre para la descontrolada actuación de las hordas fascistas --como las que actuaron en Ucrania, en Libia, en Irak, en Siria para derrocar, o tratar de hacerlo en este último caso, a líderes molestos para el imperio-- y de ese modo intimidar a la población, a la militancia y a las propias figuras del gobierno. O sea, una nueva figura sociopolítica: golpismo militar “por omisión”, dejando que las bandas reaccionarias, reclutadas y financiadas por la derecha, impongan su ley. Una vez que reina el terror y ante la indefensión del gobierno el desenlace era inevitable.

Quinto, la seguridad y el orden público no debieron haber sido jamás confiadas en Bolivia a instituciones como la policía y el ejército, colonizadas por el imperialismo y sus lacayos de la derecha autóctona. Cuando se lanzó la ofensiva en contra de Evo se optó por una política de apaciguamiento y de no responder a las provocaciones de los fascistas. Esto sirvió para envalentonarlos y acrecentar la apuesta: primero, exigir balotaje; después, fraude y nuevas elecciones; enseguida, elecciones pero sin Evo (como en Brasil, sin Lula); más tarde, renuncia de Evo; finalmente, ante su reluctancia a aceptar el chantaje, sembrar el terror con la complicidad de policías y militares y forzar a Evo a renunciar. De manual, todo de manual. ¿Aprenderemos estas lecciones?

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La casa en llamas en lo alto de la cumbre

Que esta casa es "la casa común" (mucho más amplia que aquella a la que en otro tiempo se refería Felipe González), y que es la única que tenemos y tendremos, parece claro; que está en llamas, también. La cumbre es la errática Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima. 

Errática, en efecto. Parece que ahora recalará en España, después de haberse asomado a Brasil y a Chile, donde por razones fáciles de entender no pudo quedarse.

Brasil estuvo (literalmente) en llamas y hoy arde Chile. Como dice Mafalda, lo urgente no deja hacer lo importante, y lo urgente en todas partes es un malestar social que, preocupado por los efectos inmediatos, no tiene tiempo para profundizar en lo importante: las causas.

Este artículo indaga en la correspondencia innegable del malestar con la frustración de expectativas de las poblaciones, que se manifiesta de formas diversas, revolucionarias o reaccionarias, todas las cuales tiene que ver con problemas reales, a veces correctamente percibidos, a veces trágicamente deformados por intereses inmediatos, y casi siempre ajenos.

Aunque la casa es planetaria, casi todos atienden a su habitación particular. Pero el incendio nos alcanzará a todos. Por eso ni el individualismo ni cualquier visión de grupo que no abarque a esa totalidad, planetaria más que simplemente humana, es de recibo.





"La casa está en llamas" es un eslogan repetido por los integrantes de Friday for Future, desde que la propia Greta Thunberg lo pronunciase por vez primera. Es un aforismo potente, que condensa la urgencia a la que nos lleva el Cambio Climático. La casa está en llamas, tenemos que actuar si no queremos perderlo todo, si no queremos morir. Una idea sencilla que sintetiza la verdad simple de que ya no hay más tiempo para esperar; el tiempo de actuar es ahora.

No es por tanto casual que el último libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago lleve el significativo título "¿Qué hacer en caso de incendio?". Se sobreentiende que en este largo ensayo (nada menos que 256 páginas) se pretende abordar, desde el punto de vista de la teoría política (campo al que pertenece esta obra), el que sin duda es el gran reto de nuestro tiempo. Sin embargo, tampoco es casual el epígrafe que lleva este libro: "Manifiesto por el Green New Deal". Es decir, no se trata de dar una perspectiva amplia de cómo abordar el desafío que nos plantea el Cambio Climático, sino que lo que se nos presenta es un manifiesto a favor del Green New Deal.

Hace semanas que llevo ese libro en mi mochila, con el objetivo de acabar de leerlo en algún momento y escribir aquí una reseña. A pesar de que tener tiempo para leer es una cosa siempre difícil con la carga de trabajo que llevo, lo he seguido llevando en mi mochila, esperando avanzar en sus páginas y en la síntesis de lo que para mi es más esencial. Lamentablemente, a estas alturas he perdido la esperanza de acabar de leer el libro y comentarlo. Aunque me sepa mal decirlo (conozco a Emilio y es una persona a la que aprecio y respeto por su trabajo), reconozco que el libro no me interesa en absoluto.

Por lo que respecta al análisis factual que realiza el libro, tomadas aisladamente estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que se comentan en sus páginas pero no tanto en el discurso que se va hilando, ya que, a mi entender, hay grandes omisiones que probablemente obedecen a ese deseo, explícitamente expresado en el libro, de no asustar a la gente para evitar el miedo paralizante. Y en cuanto el libro entra en el discurso político para mi pierde la mayoría del interés. En el libro se propone una estrategia de "negociación" con el statu quo y la adaptación progresiva del actual sistema capitalista, cosas las cuales, sinceramente, yo no las veo posibles. Entiendo el esfuerzo honesto de Héctor y Emilio de buscar una vía posible para salir de este atolladero, pero a estas alturas de la partida ya sabemos que el posibilismo es solo otra forma de rendición.

Huelga decir que no entiendo que se puedan escribir 256 páginas con la excusa de un texto bastante vago, vacuo y prepotente,  y mucho más corto, como fue la propuesta inicial de Alexandria Ocasio-Cortez. Ya discutimos en este blog el contenido de aquellas escasas 14 páginas del Green New Deal: nunca tan poco ha dado para hablar tanto. Quizá porque precisamente unos y otros aprovechan la absoluta vaciedad del texto original para exponer sus filias y fobias, para hablar de lo que ellos quieren hablar, que poco o nada tiene que ver con el espantajo al que dicen referirse.

El libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago ya ha recibido algunas críticas significativas justamente de gente que está lógica e ideológicamente próxima a ellos. En particular, veo muy destacable la prolija crítica de Manuel Casal Lodeiro (se ve que es mentar el Green New Deal y todo el mundo vierte ríos de tinta o de electrones), de la cual querría entresacar un párrafo que creo que sintetiza muy bien la carencia mayor que yo le veo al libro:
Página 27: "En el mismo campo que ello es verdad que el Green New Deal no nos permitirá apagar el incendio. Pero si mitigarlo, conseguir tiempo, forzar una prórroga. Mucho más de lo que ahora tenemos." El problema, aunque parezca mentira tener que decirlo, es que los incendios no se "mitigan": se apagan o no se apagan. Y ellos no hablan de que sea imposible apagarlo, sino que afirman, simplemente, que su propuesta no permitirá hacerlo. ¿Por qué no buscar, entonces, una que sí lo haga? ¿Por qué quedarnos en la "mitigación" o contención del fuego cuando sabemos que otro tipo de abordaje podría permitir su extinción? Además, como ya he señalado antes, ni siquiera explican (ni aquí ni en el resto del libro) cómo se supone que se ganará ese "tiempo" del que tanto hablan, sin abandonar el capitalismo.
Quizá a otras personas les resulte interesante ese libro; a mi, llegado a un punto, simplemente no me aporta nada. Y sin embargo éste es el planteamiento más avanzado que se está haciendo en el mundo político: no en vano el libro lo prologa Íñigo Errejón, líder del nuevo partido de izquierdas Más País. Esto es lo más que podemos esperar de los grandes partidos estatales, aquí en España.

Cómo hacer frente al cambio climático? Pues tal y como se nos presenta la cuestión, parece que básicamente hay dos opciones: o se ignora el problema (lo que hacen los negacionistas) o si no tenemos el Green New Deal, es decir, el pactismo con el capitalismo en el que a las malas prácticas de siempre se les da la pátina de "lo verde" para hacerlas políticamente digeribles. ¿Y qué es eso de "lo verde"? Muchas cosas que de verde tienen muy poco: más extracción de materiales, más contaminación, más consumo; y poca reparación ambiental, poca autocrítica y poca contención. Muchos productos presentados como "verdes" se elaboran con procedimientos más contaminantes que sus contrapartidas convencionales. Y no casualmente, mucho más caras.

Al ciudadano de a pie, a fuerza de repetirle los mensajes durante años, y por la mera observación directa de la realidad, ya le ha quedado claro que el mundo está cambiando. El tiempo está loco, las estaciones ya no son lo que eran, los eventos extremos parecen multiplicarse con el paso de los años... También ha llegado a la mayoría de la población el mensaje de que es la actividad humana, sobre todo la industrial, la que está provocando estas graves alteraciones. Los poderes políticos han ignorado mayoritariamente los problemas ambientales durante décadas, especialmente cuando se trataba de algunos bien localizados e identificados (¿cuántas poblaciones no han sufrido en sus carnes los efectos de la contaminación persistente del aire y del agua por parte de fábricas cercanas o de centrales térmicas?). Y sin embargo ahora, por fin, se dice que hay que hacer algo, y más incluso: se dice que hay que emprender una Transición Ecológica. Un cambio completo de la manera de producir y de consumir. Ser menos contaminante, más verde, reciclar más y mejor. Con todo eso el ciudadano común puede estar más o menos de acuerdo. Sin embargo, cuando se han empezado a tomar medidas en la práctica para implementar esa transición, lo que los ciudadanos han visto es que van a salir caras. Muy caras. Y que previsiblemente el coste no se va a repartir de manera justa. No en vano, en los documentos que hablan tanto de Transición Ecológica de manera genérica, como los que hablan de Green New Deal como plan más concreto, se suele poner el acento en que la transición ha de ser "socialmente justa". Obviamente, si se insiste en esto es porque ya se ve venir que no va ser socialmente justa, en absoluto.

La casa está en llamas, sí. Pero si miramos al suelo veremos un reguero de pólvora ardiendo. Un reguero de fuego que viene de Brasil.

A finales de este año, como cada año desde hace un cuarto de siglo, se celebrará la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima. La cumbre de este año, la COP25, debía haberse celebrado en Brasil, pero en octubre de 2018 Jair Bolsonaro ganó las elecciones presidenciales y en noviembre Brasil retiró su oferta de albergar la COP25. Alegó dificultades presupuestarias y otros problemas organizativos, pero a nadie se le ocultaba que Bolsonaro, negacionista convencido, no tenía el más mínimo interés en que precisamente la Cumbre Mundial sobre el Clima tuviera lugar en su país. Después de eso, los terribles incendios de la Amazonia este verano y en general el desprecio de su presidente a cualquier cosa que le suene a ecologismo han llevado a que Brasil no sea considerado un país fiable en cuestiones ambientales.

Y, sin embargo, dejando al margen los múltiples aspectos deleznables de la persona de Bolsonaro, Brasil ha seguido una evolución bastante lógica. Es un país muy poblado, con casi 210 millones de habitantes y con todavía altas tasas de desigualdad. La rápida subida de la producción de petróleo durante las últimas décadas hacían augurar un futuro brillante para Brasil, pero la producción tocó techo en 2017, sin haber conseguido cubrir el 100% del consumo doméstico.



Todos los escándalos de corrupción de los últimos años en Brasil tienen que ver de un modo u otro con PetroBras, la compañía de petróleos estatal. Como en tantos otros países latinoamericanos en su misma situación (México, Venezuela, Ecuador, Argentina, ...), en vez de aceptar que el país seguramente ya había rebasado su peak oil, los dedos acusadores apuntaban a que la caída de producción era debida la mala gestión (mala gestión que seguro que había, pero que también estaba ahí mientras la producción subía). Al llegar Bolsonaro al poder se producen cambios drásticos y se aprietan las tuercas en PetroBras. En mayo de este año se consigue romper el techo histórico y que Brasil produjese más de 2,7 millones de barriles diarios, para después caer estrepitosamente en junio, para luego recuperarse en julio y luego volver a caer...


En enero de 2020 podremos hacer el balance anual de 2019 y ver si la táctica de Bolsonaro ha tenido éxito, pero todo apunta a que la  producción media en 2019 podría ser del estilo o incluso inferior a la del 2018.

Como ven, Brasil está luchando para intentar mantener su producción de petróleo, para superar lo que parece el momento histórico de toda la región: la llegada de Latinoamérica en su conjunto a su peak oil regional. Bolsonaro se debe a esas clases medias, descontentas con la gestión del anterior ejecutivo, y que quieren que las lleve a la riqueza y al bienestar. ¿Creen Vds. que puede entretenerse con minucias como el clima del planeta? Si lo hiciera, además, sería hombre muerto desde el punto de vista político.

La casa está en llamas, y el reguero de pólvora ardiente nos lleva a un país cercano, Chile.

Al desistir Brasil, fue Chile la encargada de asumir la COP25. Con poco más de 17 millones de habitantes, Chile es un país bastante menos poblado e industrialmente más diversificado que Brasil. Hace un par de años tuve ocasión de pasar unos días en Chile, y durante mi breve estancia pude comprobar una cosa: para los estándares europeos de los que yo provengo, Chile es un país que profesa una gran fe en el liberalismo económico como mejor sistema para regirse socialmente. Se pretende que la intervención del estado sea mínima, y que los individuos, con su propia capacidad y trabajo, tracen su propio futuro, con las mínimas interferencias externas. Pero Chile tiene una excesiva dependencia en las exportaciones de su mineral más preciado, el cobre. A Chile le ha cogido con el paso cambiado la caída de la demanda mundial de cobre por un lado (fruto de la debilidad económica mundial) y por otro el brutal incremento de los costes de extracción del cobre (síntoma inequívoco del agotamiento de las minas y de la llegada al peak copper). Como resultado, la otrora altamente rentable industria del cobre ha reducido drásticamente sus beneficios, impactando la economía nacional. El continuado deterioro de las condiciones de vida de la mayoría ha provocado que un hecho banal como fue la subida de las tarifas del metro en Santiago de Chile haya degenerado en una revuelta de alcance nacional, que el Gobierno de Chile ha reprimido con dureza sin ser capaz de sofocar.  En estos días,  el presidente Sebastián Piñera se juega su futuro político, lo que le ha llevado a medidas desesperadas, como la de solicitar la dimisión de todo su Gobierno. Y en este contexto el propio Piñera decidió hace unos días cancelar la organización chilena de la COP25. Y de nuevo, es lógico: ¿creen Vds. que los chilenos verían con agrado que se les hable de esa futurible y quimérica economía verde a la que tenemos que transitar para "salvar el planeta", cuando tienen dificultades para llegar a finales de mes?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente nos conduce ahora hasta España.

Ante el anuncio de Sebastián Piñera de que Chile no podría organizar la COP25, España se ofreció a hacerse cargo con un plazo muy breve de tiempo antes de que empiece la cumbre (poco más de un mes).

Con 46 millones de habitantes, España es un país con un perfil muy diferente a Brasil y a Chile. No es un gran exportador de materias primas, al contrario: es un gran importador de las mismas. Su principal manufactura son los coches, aunque su principal actividad económica se encuentra en los servicios, destacando el turismo como principal motor económico del país. Un país así, con gran cantidad de palacios de congresos y amplia experiencia en la organización de eventos, está más que preparado para hacerse cargo de la organización de un evento tan importante y en un plazo tan perentorio. Así que nadie ha cuestionado que España asuma la cumbre, y así será.

¿Es España el mejor país para acoger el COP25? En principio es un país con una paz social envidiable y un alto nivel de vida, así que todo indica que sí. Claro que si miramos un poco por debajo de la superficie, empezamos a ver muchos signos bastante preocupantes. Por un lado, tenemos la situación catalana, no tan desmadrada como hace un par de semanas pero aún lejos de estar controlada. Probablemente, para una buena parte de la opinión pública española el problema catalán solo tiene que ver con el seguidismo etnicisma, narcisista y borreguil de una gran masa manipulada por unos desaprensivos, aunque unos pocos pensamos que en realidad la deriva secesionista catalana tiene mucho que ver con la forma particular que tomará el colapso en España. Pero por el otro, hay muchos síntomas de que el español de a pie está bastante harto de ser el que paga todas las fiestas. Las crecientes restricciones a la movilidad privada, prohibiendo con carácter prácticamente inmediato el uso de coches "viejos" en Barcelona y pronto en otras ciudades, y que seguramente se acabará extendiendo a todas las carreteras, implica un gravamen extra sobre las deterioradas economías de muchas familias, máxime cuando en breve los coches se van a encarecer ostensiblemente. Numerosos colectivos, desde taxistas hasta estudiantes, pasando por jubilados, están en pie de guerra, con frecuentes manifestaciones. El futuro se ve incierto, y el panorama político no lo simplifica. Al ser los partidos políticos españoles incapaces de llegar a un acuerdo para gobernar, los españoles nos encaminamos a una repetición de elecciones generales el próximo 10 de noviembre. Para ocultar su mediocridad y la falta de ideas, tanto para proponer un acuerdo viable entre los partidos que se repartirán la representación parlamentaria como ante la crisis que todo el mundo reconoce que está al caer, los partidos políticos se han llenado la boca de... Cataluña, Cataluña y Cataluña, sin que nadie proponga nada útil para salir del atolladero catalán (tampoco los partidos catalanes que se presentan para el congreso español). En este contexto, el partido que mejor está capitalizando el descontento y el malhumor es Vox, formación esencialista para la cual lo español tiene una cualidad transcendente más importante que la democracia. Vox forma parte de eso que yo denominaba "la reacción", movimientos de nuevo cuño que intentan oponerse a la falacia del progreso por la vía quizá más radical pero no exenta de cierta razón. Por eso mismo no es de extrañar que Vox sea furibundamente negacionista del Cambio Climático, ya que intuyen la carga económica que se quiere endosar a la clase media, envuelta en el papel de celofán de la Transición Ecológica o del Green New Deal.

Ahora imaginen que tras las elecciones del 10 de noviembre los votantes le dieran la mayoría a las tres formaciones de derecha, PP, Ciudadanos y Vox, y que éstas pudieran formar gobierno. ¿Se imaginan a este gobierno, con negacionistas acérrimos en él, organizando la Cumbre Mundial del Clima?

Afortunadamente no es posible que se produzca tan forzada situación, ya que los plazos para constitución del Parlamento e investidura del nuevo Gobierno son un poco más dilatados que el tiempo que le resta al actual Gobierno en funciones, pero el mero planteamiento de esta posibilidad nos muestra cuán frágiles son nuestras seguridades. E incluso si el tripartito de derechas no gana las elecciones, lo más probable es que será dificilísimo que se consiga formar un Gobierno estable. En este contexto, y con una crisis económica en ciernes, ¿cree alguien que España tomará medidas eficaces contra el Cambio Climático? ¿Medidas que realmente lo combatan y al tiempo no depauperen a las clases trabajadoras?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente continúa corriendo, perdiéndose en el infinito.

¿Qué otro país podría, mejor que España, hacer bandera de la lucha socialmente justa e inclusiva contra el Cambio Climático?

No será Francia, con sus chalecos amarillos que saltaron inicialmente a las calles para protestar por la subida del precio del diésel. Está claro que a esos trabajadores no les importa contaminar más o menos, sino simplemente ganarse la vida.

No será el Reino Unido del Brexit, con su larvado racismo, contra el inmigrante, contra el otro, contra ese ser irreal que en su imaginario les roba el trabajo, ese trabajo que les cuesta tanto de conseguir y que cada vez se paga peor. Hagamos el Reino Unido grande otra vez, aunque sea a costa de hacerlo moralmente pequeño.

No será Italia, donde más gente de la que nos gustaría aplaude a un ministro que deja intencionalmente que personas se ahoguen en el mar; Italia está llena, Italia para los Italianos.

No será, me temo, ningún otro país de Europa, todos ellos apremiados por mil urgencias, en muchos de ellos con movimientos reaccionarios subiendo, si no están ya en el Gobierno.

Tampoco será EE.UU., por razones obvias. Ni Canadá, con su Primer Ministro que cínicamente apuesta por producir los combustibles más sucios del planeta.

No será Latinoamérica, donde ningún país se libra actualmente de las tenazas cada vez más cerradas de la crisis que aquí se describe como futura y allá es bien presente.

No será China, fábrica sucísima del mundo. No será Japón, agobiado desde hace más de 20 años por volver a la senda del crecimiento. Ni ningún otro país de Asia.

No sera Australia, gran productor, y a mucha honra, de carbón. Ni la Indonesia completamente volcada en la destrucción de bosques tropicales para cultivar palma. Ni el resto de Oceanía, por acción o por omisión.

No será Níger, Nigeria, Sudán del Sur, Argelia, Libia o Egipto, cada uno sufriendo una fase diferente de la maldición de los recursos. Ni será el resto de la sufrida África.

Solo nos queda la Antártida. Pero tampoco será allí.

La casa está en llamas, pero si miramos bien, está recorrida por infinidad de regueros en llamas. Y lo que se quema en ellos, en realidad, no es pólvora, sino personas. Personas que se queman, que malviven y sufren para mantener un sistema disfuncional que les está abrasando, simplemente porque no conocen ningún otro, porque no se les muestra ningún otro, solo variantes del mismo en las que lo único que puedes escoger es arder a la llama o a la brasa.

La casa está en llamas, sí. Pero si queremos apagar ese incendio, lo primero que tendríamos que hacer es apagar esos regueros de personas que arden, que son el combustible que mantiene vivas esas llamas que queman la casa.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Homenaje a don Antonio Chacón

Una figura tan importante en la historia del flamenco como Don Antonio Chacón ha merecido la atención de la Universidad de Cádiz, que en su campus de Jerez organiza las Jornadas de Estudio del Cante. Este año, cuando se cumplen 150 años del nacimiento del "papa del cante jondo", las dedica a este gran artista, creador de nuevos estilos y que tanto contribuyó a la consolidación de otros.

Nuestro Flamenco se ha hecho eco de esta actividad cultural, y ha dedicado su último programa a interpretaciones de sus cantes por artistas posteriores. No he querido dejar pasar esta ocasión sin dar a conocer a quienes me lean estas bellísimas versiones de músicas inolvidables.

Excepcional fue también Ramón Montoya, "el mago de la guitarra", que acompañó muchas veces a Chacón en sus actuaciones. Si uno elevó el cante a un arte mayor, el otro hizo del instrumento mucho más que un acompañante secundario. En su memoria, el programa de Radio Clásica le dedica su prólogo guitarrístico, incluyendo su granaína (minuto 3:05) y la malagueña (min. 8:05).

Estos son los cantes incluidos en este programa:
Granaína (min. 12:45): Enrique Morente acompañado por Pepe Habichuela.  
Malagueña y media granaína (21:15): Argentina, con José Quevedo "Bolita" a la guitarra.  
Malagueña (32:33): Vicente Soto "Sordera", con José Jiménez "El Viejín".  
Malagueña, con final de rondeña y fandango de Frasquito Yerbabuena (40:41): Mayte Martín, Juan Ramón Caro.     
Cartagenera (45:52): Curro Piñana, con Francisco Tornero.   
Malagueña (48:52): Naranjito de Triana, con Paco de Lucía.   
Caracoles (53:53): Fosforito y Paco de Lucía.

En el vídeo, Argentina:


domingo, 20 de octubre de 2019

¿De un tiempo a esta parte?



De un tiempo a esta parte
se vigila los pies sin disimulo,
convencido de su incierta trayectoria.

Y alguna vez se los quita
ante el estupor de los transeúntes
no sin antes haberse disculpado.

En otros momentos en su dormitorio,
cuando la soledad es más intensa,
les da un giro de ciento ochenta grados
y se pone a rezar un padrenuestro
a los pies de su cama




viernes, 18 de octubre de 2019

Sostenibilidad, suelo y territorio

Acaba de publicarse el número 244 de Nuestra Bandera, la revista de debate que edita el Partido Comunista de España, dedicado a la búsqueda de respuestas a la crisis ecosocial ("crisis total", habrá que decir, sin que nos engañe la precaria estabilidad en que aún vivimos), que aquí se aborda desde una óptica anticapitalista, ecologista y feminista.

Colaboran en este número autores bien conocidos por su constante preocupación y búsqueda de alternativas, como Yayo Herrero, Joaquim Sempere, Manuel Peña-Rey, Carmen Madorrán, Pedro Marset, Salvador López Arnal, José Sarrión, Higinio Polo o Jorge Riechmann, por citar solo a algunos.

Se incluyen algunas reflexiones mías sobre el tema que tanto nos preocupa a tantos y del que tantos ignoran tanto, aunque muchos lo entienden en el fondo y prefieren no saber, apostando por quiméricas soluciones tecnológicas o por un epitáfico "no hay solución".

Para el número 242 de la misma revista escribí una breve reseña sobre el urbanismo en España. Señalaba la propiedad privada del suelo como causa principal del desorden y la corrupción reinante. Pero la escala no es solamente la de las estructuras urbanas. El planeta entero ha sido ocupado, un nuevo ecosistema global amenaza a todos los que conviven con él, y al final a su propia supervivencia.

No existen ecosistemas aislados. Todo está incluido en todo. La realidad la forma una inextricable maraña de relaciones. Por eso no se puede separar la sociedad de la naturaleza, como hacemos muchas veces, sobre todo cuando una sociedad pretende engullir lo que la sustenta. A estas alturas, todo está humanizado, y solo salvando ese todo puede salvarse la humanidad.

Lo que la isla de Cortegada me enseñó es que, aunque jamás podremos devolver un ecosistema a su estadio original, bastaría con "dejarlo en paz" para que se regenere, siempre desde un nuevo punto de partida.





Sostenibilidad, suelo y territorio
Juan José Guirado

Hace unos días tuve ocasión de conocer la isla de Cortegada. Está situada en la ría de Arousa, frente a la localidad de Carril. Hasta hace un siglo estuvo habitada, pero sus pobladores no eran propietarios, sino foreros (a censo perpetuo) que pagaban rentas al Pazo da Golpelleira; así que fueron fácilmente desplazados para hacer un regalo al rey Alfonso XIII. Se llegó a diseñar un palacio de verano para él, pero prefirió establecer su residencia estival  en Santander, y la isla ha permanecido desierta durante más de un siglo.

Estuvo a punto de convertirse en una urbanización de lujo, comunicada con la tierra firme por un puente, porque, heredada por Don Juan de Borbón, fue luego vendida a una sociedad constituida para la ocasión. Al no obtener permiso, exigieron los especuladores una indemnización prohibitiva (¡200 veces superior a lo pagado por ellos!) si eran expropiados. La situación se ha resuelto con la declaración de parque natural primero, y la incorporación luego al Parque Nacional de las Islas Atlánticas.

Esta historia es un ejemplo más del carácter ficticio, pero de efectos muy reales, del “valor” que otorgan a los suelos las decisiones administrativas sobre su uso.

El caso es que durante más de cien años la isla ha permanecido despoblada y la naturaleza ha recobrado el dominio, mostrando su gran capacidad de regeneración. Hoy es en su totalidad bosque, aunque las especies que han proliferado descienden de las llevadas por sus anteriores habitantes. Son formaciones muy uniformes, con tres grandes agrupaciones, robledal, pinar y uno de los mayores bosques de laurel de Europa.

Los bosques primarios están desapareciendo a toda velocidad. Hace ocho o diez millones de años cubrían la mitad de la superficie emergida. Actualmente queda una quinta parte, y su superficie disminuye cada año. La explotación forestal es una de las causas, pero no la única. Se eliminan a diario grandes extensiones de bosques para dedicarlos a pastos, cultivos de soja o palma, minas a cielo abierto, petróleo de esquisto o arenas asfálticas, por no hablar de las grandes obras hidráulicas y las vías de comunicación que los trocean. Las bárbaras políticas neoliberales de gobiernos como el de Bolsonaro en Brasil están acelerando un proceso que es irreversible. Nunca se volverá a la situación original.

Alegrémonos, de todas formas, de la capacidad de regeneración de la naturaleza en cuanto la dejan descansar, como muestra la pequeña isla de Cortegada.

La superficie de la Tierra está casi totalmente humanizada. Apenas  hay paisajes que puedan llamarse naturales, y la mayoría de ellos son desiertos de arena o hielo. El proceso ha sido parejo a la hominización.

Durante la mayor parte de la existencia humana la integración en los ciclos de la naturaleza fue total. Pequeñas bandas de cazadores-recolectores, cuya vida no era distinta de la de otras especies de mamíferos depredadores, no ponían en riesgo el equilibrio planetario, como tampoco lo hacen los pocos que practican aún esta forma de subsistencia en lugares remotos. La experiencia los hacía conscientes de la necesidad de limitar el despojo, porque a la desaparición de sus fuentes de alimento seguiría la suya propia. Aun así, la expansión por toda la Tierra y las situaciones límite a que hubieron  de enfrentarse, unida a la invención de técnicas de caza colaborativas y eficaces, ocasionaron la desaparición de muchas especies según iban llegando a sus hábitats los humanos.

Cuando la recolección directa fue sustituida por la horticultura y la caza por la domesticación aparecieron asentamientos permanentes, y alrededor de ellos el paisaje se transformó por completo. El paso a la agricultura y la ganadería a mayor escala facilitaron el aumento de las poblaciones, que como manchas de aceite fueron usurpando porciones cada vez mayores de tierra virgen.

Una red de vías de comunicación fue dividiendo el territorio, y en sus márgenes el paisaje se transformó progresivamente.

Algunos primitivos actuales practican todavía una agricultura de roza. Queman una porción de bosque y allí cultivan hasta que la tierra deja de ser productiva. Entonces emigran a otro lugar y repiten el proceso. Al ser grupos pequeños y aislados el bosque se regenera tras su paso. Se crea así un ciclo que permite reproducirse al paisaje natural, aunque ya no sea el primigenio.

También la ganadería nómada es un modo de vida estable, pero ha modificado el territorio sin lugar a dudas.

Las civilizaciones anteriores, aunque fueron modelando el planeta a su medida, mantuvieron durante tiempo cierto equilibrio con la naturaleza. Las que sobrepasaron sus límites lo pagaron con su desaparición. Parece una constante histórica, heredada en nuestro caso de la historia natural, en la cual se suceden cíclicamente el apogeo y la decadencia de depredadores y presas. La diferencia está en que se repiten indefinidamente los ciclos vitales, cosa que en nuestro caso, en los tiempos actuales, es mucho menos segura.

El elemento clave en todos estos procesos es el territorio como soporte de todos los elementos de la vida. Mientras existe en cantidad prácticamente ilimitada no constituye un bien económico, susceptible de acaparamiento, como no lo es el aire (actualmente pocas cosas más). Los límites aparecen en relación con los usos posibles y la cantidad de usuarios potenciales. Si los animales en libertad marcan su territorio frente al de posibles competidores, el territorio de la humanidad es el planeta entero. Y no hay más que uno.

No es de extrañar que los usos posibles entren en conflicto, como lo hacen los potenciales usuarios. Conforme los terrenos han sido conquistados para uso humano han surgido normativas (siempre conflictivas) para su apropiación, utilización y reparto. De grandes guerras a pequeños litigios sobre los lindes de las parcelas, el conflicto y los intentos de superación normativa han sido constantes. La desigualdad en el valor del suelo, sea por su riqueza en recursos o simplemente por su situación, se une a la desigualdad entre humanos, comenzando por la titularidad. La lucha de clases comienza siempre entre poseedores y desposeídos de los medios de producción, convertidos en medios de explotación. Y el primero es el suelo.

El suelo existe en dos dimensiones, pero sus usos aparecen con la tercera. En una primera fase se reparte la superficie en parcelas discontinuas, junto a un continuo de espacios sin titularidad, públicos por lo tanto. Toda parcela privada necesita un derecho de acceso, que normalmente se ejerce desde ese continuo de suelo común. La estructura de todos los poblamientos, sean aldeas o metrópolis, obedece a este esquema primario. La colmatación produce una estructura en red.

El hipotético dominio absoluto del suelo se ejercería sin límites sobre su superficie y bajo ella. En ambos casos, siguiendo un esquema geocéntrico, abarcaría el subsuelo hasta el mismo centro de la Tierra y el vuelo hasta el espacio infinito. Los límites reales de acceso impiden pasar de la corteza más superficial y, hasta tiempos recientes, superar la altura permitida por las técnicas edificatorias (desde que existen aparatos voladores, el conflicto de usos se extiende mucho más arriba).

Hay toda una jerarquía de dominios sobre el suelo, que limitan esos usos para posibilitar una mínima convivencia alejándose de ese ideal de propiedad absoluta. Los Estados y otras formas de organización social regulan los usos. Basta imaginar que cada propietario quisiera rellenar por completo su parcela con un rascacielos. Nueva York planificó en su momento su superficie con una parcelación racional, creando una trama muy bien ordenada, incluyendo el gran acierto del Central Park. En altura la cosa fue muy diferente, hasta que en 1916 no hubo más remedio que adoptar una Ley de Zonas, intentando evitar en el futuro que edificios como el entonces recién construido Equitable Building (el nombre, evidentemente, no hace a la cosa) ocultaran la luz y el aire a sus calles.

Si a escala urbana es necesario ordenar el suelo y regular su uso lo mismo pasa con todas las escalas territoriales. Como en las ciudades, los más poderosos imponen sus intereses, de ordinario buscando beneficios inmediatos, o siguiendo estrategias de dominación a más largo plazo. En pocas ocasiones obedecen a un “interés general” que sin embargo es la fachada que oculta sus fines.

Extraer ese “interés general” de la maraña de intereses particulares enfrentados es tarea ardua, siempre conflictiva. Las posiciones desiguales son el motor de las luchas. Desigualdades en el seno de cualquier grupo, que por lo tanto se manifiestan a todas las escalas en que se agrupan (y por ello mismo se segregan) los seres humanos. La omnipresente lucha de clases no siempre muestra su verdadera cara, porque la ocultan una infinidad de velos. Los individuos se autoidentifican a través de culturas, religiones, nacionalidades, ideologías diversas, pero en general todas estas características tienden a la segregación territorial. Del barrio al imperio, todos nos situamos en algún lugar que tendencialmente nos clasifica. Y dentro de todos ellos la tendencia es la segregación de clase entre poseedores y desposeídos, enmascarada por diferencias superficiales como la raza o la nación (pero ni Obama es un “negro” ni los sátrapas de Arabia son “moros”).

La que llamamos sostenibilidad se presenta desde muy diferentes perspectivas situacionales, de clase o de país. Se sostiene lo que no se cae, y si las caídas se producen en el espacio, sus dinámicas se desarrollan en el tiempo.
En el tiempo se han producido las transformaciones seculares que hemos causado en la naturaleza, acomodándola a nuestros intereses, particulares o de grupo. Las transformaciones se han producido de modo cuasi equilibrado, pero el motor siempre es la pérdida del equilibrio, menos estable de lo que piensan sus protagonistas. Cada nación y cada clase social han interpretado el equilibrio a su conveniencia. La dinámica se fue acelerando, primero de modo imperceptible, más tarde evidente, y ha desembocado en el modo de producción capitalista. A la reproducción simple sucedió obligadamente la reproducción ampliada del capital. Reproducción sin límite. Pero los límites existen, son sobre todo límites territoriales que hoy son planetarios.

Esta lógica de reproducción ampliada cristalizó en el concepto de “progreso”, que es hasta ahora mismo el soporte ideológico tanto del capitalismo como del socialismo. Esta metáfora de Campoamor lo define perfectamente:

–¡Alto el tren!
–Parar no puede.
–Ese tren ¿a dónde va?
–Por el mundo caminando, en busca del ideal.
–¿Cómo se llama?
–Progreso.
–¿Quién va en él?
–La Humanidad.
–¿Quién lo dirige?
–Dios mismo.
–¿Cuándo parará?
–Jamás.

Ese “jamás” es hoy más problemático que nunca.

Comparada esa dinámica con la mecánica de fluidos, podemos decir que la aceleración continua de los procesos hace pasar del régimen laminar al turbulento, y del orden al caos. Las salidas tradicionales hacia “nuevos mundos” se han cerrado. Poner rumbo al Polo Norte (que no es más que un punto) no nos salvará del cambio climático, y la huida hacia otros planetas es una quimera, cuando se nos acaba la materia prima para escapar. Necesariamente hay que resolver los problemas aquí (¡y ahora!).

Sin menospreciar el papel imprescindible de la ciencia y la técnica, las “soluciones tecnológicas” que algunos propugnan (interesadamente, las grandes empresas trasnacionales) conducen a problemas ampliados.

La única materia prima de que disponemos está en el suelo. En el suelo disponible. Que se empobrece a ojos vistas, y de muchas maneras. Ya Engels hacía notar cómo los sistemas de saneamiento urbano impedían el reciclado de la materia orgánica. Elementos imprescindibles para la vida escapan al océano. También la agricultura moderna, la llamada “revolución verde”, es insostenible tal como se plantea. El fósforo hay que robarlo en el Sáhara occidental, el nitrógeno, más allá del que proporcionan las leguminosas, a Chile. El petróleo (y también “comemos petróleo” a través de la agroindustria) a Venezuela y Oriente Próximo, las tierras raras, tan necesarias para la universalización de las nuevas tecnologías, a China (si se deja).

La única solución a este proceso desbocado está en aplicar el “freno de emergencia” del que hablara Walter Benjamin. Claro que para eso hace falta acabar con la lógica necesariamente crecentista del capitalismo, desbocada en esta su última fase neoliberal, de dominio financiero y tan imperialista como lo ha sido siempre.

Nos aguarda una inmensa labor de concienciación, dirigida en primer lugar a la clase obrera, la única que realmente produce y reproduce la sociedad. El decrecimiento está ya aquí, y las oligarquías tienen preparada su solución (¿”solución final”?).

jueves, 17 de octubre de 2019

Sería una buena broma si no fuera por...

Alfonso Sastre escribió “Ahola no es de leíl” en la cárcel de Carabanchel. Situó la acción en Cuba cuando era colonia española, en agosto de 1896.

Dos soldados conducen a un chino condenado a muerte para su ejecución en La Habana, pero se les escapa, y para ocultar su negligencia eligen en su lugar a otro chino cualquiera ("todos son iguales") que pronuncia esta frase cuando ve que la cosa va en serio.

En cambio, este irlandés sí pensó que ese era un buen momento para reírse. Hay quien muere pronunciando una chuscada como despedida, y abundan los epitafios humorísticos, pero él fue más allá (y nunca mejor dicho):



Uno de los últimos deseos del irlandés Shay Bradley era preparar una broma para el día de su entierro y así lo hizo. Bradley dejó grabado un audio un año antes de morir en el que bromeaba que había resucitado y se oían ruidos que golpeaban el ataúd:  "¿Hola? ¡Dejadme salir, esto está muy oscuro!".
Su hija Andrea Bradley, a través de un mensaje de Facebook, publicó el momento en el que su padre llevó a cabo la divertida broma que consiguió sacar sonrisas en uno de los días más tristes para la familia. "Fue el deseo de mi padre al morir, siempre tan bromista, ¡conseguiste una buena broma y nos reímos todos justo cuando lo necesitábamos! Te querré siempre", escribió.
La mujer, Anne, explicó para el diario 'Bored Panda' que un día antes del funeral sus hijos le contaron lo que Shay Bradley había preparado para su funeral: "Shay era muy bromista y siempre quiso que la familia se riese de todo. Era un gran personaje y muchas personas que lo conocían lo echarán de menos", ha asegurado.
"Es preferible reír que llorar", cantaba Peret, pero la broma de Bradley es realmente triste. Es difícil reírse en estas circunstancias y más bien produce un escalofrío.

Como lo produce el bromazo posmoderno. Sobre todo cuando no puede ocultar tras sus divertidas travesuras (carísimas, generalmente) que está al servicio de los peores excesos del capitalismo terminal. Los estrambóticos rascacielos publicitarios a mayor gloria y negocio de las grandes empresas (véanse las horribles cuatro pirolas de Chamartín o las conflictivas torres Kio, para no salir de cercanías), no están muy lejos de las (¿irónicas?) fantasías del tipo atracción de feria.

De la risa forzada a la mueca sarcástica va poca distancia.



FUERA DE BROMAS


Lo que empezó como un antibiótico contra los héroes modernos y la era de las mayúsculas en el arte acabó, en algunos casos, como arma expresiva en los parques de atracciones. ¿Dónde termina la ironía de la rebelión del posmodernismo y comienza la caricatura?
Peio H. Riaño

arquitectura posmoderna
La sede de Google en Los Ángeles, un edificio nada corriente de Frank Gehry, el autor del Guggenheim de Bilbao, pensado originalmente para albergar la sede de la agencia de publicidad de su amigo Jay Chiat. | Cordon Press

"Frank, no quiero un edificio corriente, quiero uno que fomente la creatividad". Y a Gehry se le ocurrió que nada contentaría mejor a su amigo el publicista Jay Chiat para sus nuevas oficinas que una entrada en forma de prismáticos gigantes. Pura posmodernidad. Una broma infinita, como el propio movimiento que representa. Desde finales de los años setenta hasta bien entrados los noventa, esta corriente alimentó teorías y fachadas como esta que el autor del Guggenheim de Bilbao levantó con los escultores Claes Oldenburg y Coosje van Bruggen en Los Ángeles (California) en 1991. Se trataba de un lugar de trabajo distinto, para un ambiente laboral familiar y divertido, a unos metros de la inmensa playa de Venice Beach, con 300 días de sol al año.

Veinte años después, este acto de histrionismo salvaje y sublime parecía predestinado a los empleados de Google, que en 2011 se mudaron al edificio. ¿Acaso la empresa que ve todo lo que uno hace, piensa y desea podría habitar un símbolo más elocuente que aquellos binoculares gigantes? El edificio cumplía un papel importante en la carrera de la tecnológica por la captación de talento contra competidores como Facebook.

El invento de Gehry para Chiat resume a la perfección la deriva de la arquitectura posmoderna. A saber: lo extraño, lo sorprendente, lo juguetón, lo decorativo, lo exagerado, la mezcla. Una chimichanga que prometía aliviarnos ese dolor de cabeza llamado modernidad, entendida como el imperio de la razón, la forma y la función. Y el remedio tenía mucho de ambigüedad, nihilismo y sarcasmo.

arquitectura posmoderna
El ‘volcán metafórico’ del vienés Hans Hollein para el parque temático Vulcania (Auvernia, Francia, 2002). | Cordon Press

El monumento fallido de Oiza

Los galácticos de la arquitectura posmoderna (Robert Venturi, Michael Graves, Hans Hollein, Philip Johnson o Ricardo Bofill, además del propio Gehry) eran fundamentalistas del eclecticismo. Es decir, no estaban dispuestos a renunciar a nada. Incluso el historicismo les venía bien: la presencia del pasado en sus proyectos era un elemento tanto o más importante que la función del edificio. Es puro onanismo: arquitectura que habla de arquitectura.

El Palacio de Festivales de Cantabria en Santander (1991), un prodigio neofaraónico de Francisco Javier Sáenz de Oiza. | Cordon Press

El Palacio de Festivales de Cantabria (Santander), obra de Francisco Javier Sáenz de Oiza, es un grandioso ejemplo de aquello: inaugurado en 1991, cumple a la perfección eso que Fredric Jameson El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (Paidós, 1991) definió como "superficialidad posmoderna", en alusión a la fachada como el lugar preferido de la arquitectura contemporánea. En este caso, la máscara que Oiza inventó era una revisión neofaraónica del orden dórico inspirada en el norteamericano Michael Graves. Un arquitecto posmoderno con quien compartía "la lectura del pasado mediante la estilización de elementos enmarcados en un volumen neto", ha escrito Carmen Bermejo Lorenzo, profesora de Historia del Arte en la Universidad de Oviedo.

Cantabria quería un símbolo para la nueva era, la de las autonomías. Los ochenta abrían la puerta al futuro y a las inversiones grandiosas: gracias a las modificaciones exigidas por el gobierno local al proyecto original –un auditorio de tamaño medio–, casi 7.000 millones de pesetas (42 millones de euros) fueron invertidos en el enorme edificio de Sáenz de Oiza, que nació para ser el referente de la nueva vanguardia.

Sin embargo, la posterior especulación, lo enterró bajo parches arquitectónicos, nuevas edificaciones que fueron surgiendo alrededor y arruinaron su condición de estrella de la bahía, perjudicando su imagen y su percepción pública. El último en atacar sus hoy deslucidas cubiertas de cobre verde, en contraste con la piedra caliza y los mármoles de la fachada, ha sido el Centro Botín: la versión tecnológica de lo que hoy entendemos por arquitectura-espectáculo.

El "no" al posmodernismo (y el sí de Disney)

Detalle de la explosión ornamental en la fachada de las oficinas municipales de Portland (Oregón, EE UU, 1982), de Michael Graves. | getty images

Una década antes del monumento fallido de Oiza, en 1980, su inspirador, Michael Graves, rey de la ironía neoclasicista, había culminado su proyecto figurativo con las oficinas municipales de Portland (Oregón). El Edificio Portland es un cubo cuyos lados están cubiertos de pilastras estriadas, capiteles salientes, guirnaldas planas y una figuración que parece de cartón piedra. Muy fiel al "cobertizo decorado" que promulgó Venturi, primer ideólogo del movimiento, al que otros como Kenneth Frampton, profesor de arquitectura de la Universidad de Columbia y cercano a Graves, le reprocharon en cambio haberse pasado a "una gratuita afición por la monumentalidad escenográfica".

Según algunos, hay un antes y un después del Portland: "Es el primer monumento del clasicismo posmoderno", proclamó el británico Charles Jencks, quien tres años antes había publicado El lenguaje de la arquitectura posmoderna, y cuya casa londinense ocupa la portada del último número de ICON Design. Karen Nichols, colaboradora en los principales proyectos del norteamericano, lo explica: "Graves había llegado a la conclusión de que para que la arquitectura fuera más intuitiva y fácil de aceptar por un público amplio debía ser figurativa. La intención era darle al transeúnte, o al espectador, la oportunidad de empatizar con los edificios que le rodeaban".


arquitectura posmoderna
Una vivienda modesta con fachada monumental, o la Casa Vanna Venturi, de Robert Venturi (1964). El primer edificio posmoderno. | Getty

Sin embargo, en 1985, la opinión pública empezaba a sospechar de tanta alegría neoclásica y Graves sufrió el rechazo de los vecinos de Nueva York, que se manifestaron contra él como responsable de la ampliación del Museo Whitney al grito de "No Mo' Pomo!", o sea, "¡No más posmo!". Tampoco ayudó que, a partir de entonces, se dedicara a atender los encargos de Disney para construir algunos de sus edificios emblemáticos, como el resort Cisne y Delfín, en 1999, en el parque Walt Disney World de Orlando.

De la rebelión al ridículo

Maldita metáfora: esta rebelión artística, cuyo origen había sido triturar la modernidad, acabó en parques temáticos. El posmodernismo aniquiló la era de las mayúsculas y los héroes modernos, se inventó como antibiótico contra los convencionalismos de acero y cristal del estilo internacional, pero acabó deglutido por el sistema como un simpático decorado para familias o como reclamo arquitectónico para que las empresas reclutaran talento.

arquitectura posmoderna
Los enanitos de Blancanieves sostienen el frontispicio del edificio Michael Eisner, parte de la sede californiana de Disney, de Michael Graves. |

"La arquitectura posmoderna se enredó en un ornamentalismo delirante y para mediados de la década de los ochenta ya era un fósil que no exhibía otra cosa que el ridículo. Podríamos pensar que este movimiento fue, en términos de Carl Schmidt, un interludio estético en una época que tendería, inevitablemente, hacia la tecnocracia", sostiene Fernando Castro Flórez, autor de Estética de la crueldad (Fórcola).

Una de las cumbres de ese ornamentalismo kitsch cristalizó en la Piazza d’Italia, un proyecto para Nueva Orleans de Charles Moore que se inauguró en 1978. Es la culminación populista de la broma posmoderna, un maravilloso ejercicio que doblega la función ante la forma y entiende la arquitectura como un acto de posesión del territorio. Igual que Graves y Venturi, Moore siempre insistió en buscar medios de expresión con los que el habitante pudiera conectar. Para esta plaza pública aplicó colores a los órdenes clásicos reciclados y remezclados, una sobredosis de ironía y una apariencia electrizantemente falsa.

¿Dónde acaba la ironía y empieza la caricatura?


arquitectura posmoderna
En 1978, la Piazza d'Italia, de Charles Moore, quiso honrar a la comunidad italiana de Nueva Orleans. Lo consiguió. | Cordon Press

Si este revival renacentista tenía como objetivo definir la identidad norteamericana, la cuestión sin resolver es si estamos ante una simple operación de chapa y pintura o una profunda reflexión ética sobre los valores de la arquitectura.

Posmodernismo sensato: el edificio AT&T, de Philip Johnson (en el centro), fue inaugurado en 1980 en el 550 de Madison Avenue (Nueva York). |

El problema posmoderno es que, una vez ha dejado la verdad en números rojos, el histrionismo se forra y se multiplica. Es difícil saber si los delirios de los hoteles de Las Vegas son una excepción o la norma, porque entre la parodia y la ironía hay una frontera demasiado fina. La plaza de Moore es más paródica, por ejemplo, que la construcción en el 550 de la Avenida Madison, originalmente Edificio AT&T, un rascacielos de casi 200 metros de altura y 38 plantas en el cogollo de Manhattan. Su autor, Philip Johnson –primer premio Pritzker de la historia y artífice de las torres KIO de Madrid– la inauguró en 1980: un elegante ejemplo de posmodernidad historicista para los golden boys de AT&T, la gran empresa de comunicación.

Nadie se había atrevido a romper con la fría estética de los rascacielos a esa escala, ni así: con revestimiento de granito rosa (el mismo de la fachada de la Terminal Grand Central), un espectacular arco de entrada de siete plantas de altura y remate en frontón abierto, como si fuera una vitrina Chippendale. Lo han definido como la perfecta fusión de la rebeldía estética y la sensibilidad corporativa. Y cuando, el año pasado, recibió la categoría de edificio protegido, también se convirtió, oficialmente, en el monumento más joven de Nueva York. La broma infinita se pone seria.

……..


Cualquier planteamiento nuevo en arquitectura, como en las artes en general, surge cuando el hartazgo hacia los subproductos realizados por los epígonos alcanza un punto de ruptura. Así surgió el movimiento moderno, como reacción renovadora a una monótona rutina. Pero el resultado real fue otra rutina, de una monotonía y una pobreza estilística mayores aún, y a una escala mucho mayor.

No podían prever aquellos pioneros, que se proponían nada menos que cambiar a la humanidad a través de la arquitectura, el grado de degeneración mercantil y la degradación de sus ideales a que conduciría la especulación capitalista, que como es natural es tanto mayor cuanto mayor es el beneficio, y pocas actividades manejan tal cantidad de dinero como la arquitectónica. Ninguna, desde luego, en el campo de las artes.

El hartazgo impulsó otra vez al movimiento posmoderno, y nuevamente se ha apoderado de sus premisas el capital, esta vez en su búsqueda de ostentación y de prestigio a través de su imagen corporativa.

Como ocurre siempre, hay que separar el grano de la paja. El desafío ecléctico de Venturi con su casita, su apuesta dialéctica entre modestia y monumentalidad, nada tiene que ver con las patochadas dignas de barraca de feria que vinieron después.