lunes, 13 de junio de 2022

Ya queda menos de medio ambiente

El día cinco de este mes fue el Día Mundial del Medio Ambiente.

El día ocho, el Día Mundial de los Océanos.

Estos Días Mundiales son el santoral laico de nuestro tiempo, Reina por un día (por un ratito, más bien) una noble idea, sin más consecuencias que lavar someramente las conciencias. Y tras el ritual de la confesión el propósito de la enmienda queda en suspenso hasta el próximo cumplimiento pascual.

El mismo oceánico día el presidente Sánchez loaba, en un momento (fugaz) de su discurso en la sesión de control al Gobierno, el "carácter dinamizador" de la industria militar para la economía, la innovación, etc. Pero sin cortarse un pelo defendía a continuación la "economía verde". Tal vez se refiriese al verde militar.

"26 cumbres del clima y seguimos jugando al escondite", denuncia Joaquín Araújo. Los niños pequeños cierran los ojos para no ver y se sienten ellos mismos invisibles y protegidos.

Somos producto de la evolución. Para que una especie sobreviva es suficiente que llegue a la edad reproductiva. Lo prioritario es sobrevivir a los peligros inmediatos. Aunque la inteligencia haya evolucionado para prever a más largo plazo todavía estamos sujetos a lo inminente. Nuestra vida es corta, su horizonte es nebuloso y el descuento temporal afecta a la toma de decisiones. En situaciones inciertas una de ellas puede ser no hacer nada.

El artículo La vida durante la era de la extinción y cómo va a cambiar advierte:

Los humanos no somos muy buenos para apreciar el cambio si no es inmediato. 

Este planeta, nuestro planeta, lleva décadas transformándose, del que conocemos desde hace 300,000 años, a uno diferente.

La humanidad no está realmente preparada para eso. No hay nada en la experiencia humana que pueda prepararnos.

Las naciones ricas movilizarán todos los recursos que tengan para defender sus ciudades más ricas y luego, si queda algo, tal vez traten de mantener a la gente. 

Sin embargo, tanto en las naciones pobres como en las ricas, las consecuencias de vivir en un planeta moribundo son, sociopolíticamente, una y la misma.

Ahora estamos en un punto de inflexión en la historia humana. O trascendemos a la violencia, o nos sumamos también al acontecimiento, al acontecimiento que nosotros mismos hemos creado, la extinción.

Una vez más remito a dos artículos publicados aquí hace años. El primero, de 2012, se titula significativamente producción, consumo, destrucción. El segundo, de 2014, es el texto de una conferencia pronunciada en Ourense sobre energía, materiales y socialismo. Creo que vienen al caso.

Ahora, Eduardo Gudynas, analista del Centro Latino Americano de Ecología Social, publica un artículo en ambiental.net, el sitio web de CLAES, recordándonos el rechazo que desde el principio ha provocado la consideración de que el crecimiento económico pueda tener "límites". Cuando algo nos desagrada, el primer impulso es siempre negarlo, y esto también se da en el ámbito de la ciencia. La economía convencional no puede admitirlo, porque destruye sus fundamentos.

El pensamiento económico tiene mucho de religioso. Como en el cristianismo o el islam, distintas variantes discrepan entre sí, pero se unen contra quien niegue los dogmas compartidos.

Artículo tomado de rebelión.org.











Detrás del debate entre ambiente y desarrollo está la fe en el crecimiento perpetuo

Eduardo Gudynas

El 5 de junio es el Día Mundial del Medio Ambiente. Es una jornada de enorme importancia, casi siempre aprovechada para que unos alerten sobre la crisis ecológica y otros anuncien medidas que la enfrentarían, fructífera en promesas y publicidades que poco contribuyen a las soluciones reales. A pesar de todo eso sigue siendo un momento clave.

Se escogió ese día porque remitía directamente a la primera conferencia de las Naciones Unidas del más alto nivel sobre la problemática ambiental, que se celebró en Estocolmo (Suecia), del 5 al 16 de junio de 1972. Por lo tanto, celebraremos los cincuenta años del aquel encuentro.

Los preparativos para el evento insumieron, fueron muy largos y estuvieron repletos de tensiones, que en más de una ocasión puso en riesgo su realización. Las tensiones no se disiparon y eso explica que algunos gobiernos contaran con enormes delegaciones en Estocolmo, como las de Estados Unidos, varias naciones europeas pero también no pocas del sur, como la de Brasil. Esta no era una cumbre diplomática más sino que sería el escenario de una nueva batalla en la guerra sobre las concepciones del desarrollo.

Un elemento clave en esas discusiones ocurrió unas semanas antes del encuentro en Estocolmo, cuando a inicios de marzo de 1972, se publicó un librito titulado “Los límites del crecimiento”. En sus páginas, por primera vez se ofrecía un análisis de las interacciones entre el ambiente, la población y estrategias convencionales de desarrollo. No sólo era novedoso el tema sino su metodología, ya que su escala era planetaria, apuntaba a un futuro que alcanzaba el 2100, y se logró por medio de las computadoras de aquellos años, enormes máquinas que parecían armarios (1).

En su esencia en esas páginas se indicaba que si persistían las tendencias de desarrollo, tales como el aumento de la industrialización, contaminación o población, ese crecimiento chocaría contra varios límites en un futuro cercano. Los recursos naturales que se consumían, como el petróleo, son finitos y se agotarían, y las capacidades de la Naturaleza de amortiguar la contaminación y otros impactos está también son acotadas. Las proyecciones indicaban que en algún momento a mediados del siglo XXI se sumarían serios problemas, sea por el agotamiento de recursos naturales o una debacle ecológica, que a su vez llevaría a crisis de contaminación y pérdida en la disponibilidad de alimentos. Esos y otros factores desembocaban en un posible colapso civilizatorio. El vistazo al futuro era, por lo tanto, de enorme gravedad.

Esas conclusiones estaban resumidas en una de las gráficas del libro, y que a la fecha de hoy se volvió un clásico. Hoy nos resultan arcaicas, pero las gráficas de los distintos modelos mundiales impresas por teletipos en enormes hojas de papel, simbolizaban todo el glamour del poder de las computadoras. Permitían visualizar con toda facilidad un inminente colapso.

Lo relevante para entender el debate en ese momento histórico está en observar las reacciones a “Los límites”. Fueron casi instantáneas, una avalancha por momentos. En sus expresiones más simplista denunciaban que se vaticinaba el fin del mundo o un colapso planetario. En otras versiones los argumentos se diversificaban. En el New York Times, tres economistas, sostenían que era “vacío y engañoso”, cuestionaba el uso de las computadoras, la escala planetaria y los lapsos de tiempo tan amplios, por lo que sus conclusiones no serían confiables (2). Casi al mismo tiempo, desde la revista científica Nature también indicaron que el reporte era una colección de debilidades, con un tufillo apocalíptico, y cuyos resultados por supuesto que estaban errados (3).Otras revisiones agregaban críticas adicionales, muchas de ellas considerando que se estaba ante la resurrección de Thomas Malthus desde lo cual se achacarían todos los problemas ambientales a la multiplicación poblacional.

En resumen, la academia en su mayoría cuestionó furibundamente al libro, y en especial lo hicieron los economistas (dos de ellos, que luego serían premios Nobel en economía, dieron ácidas críticas, algunas de ellas infundadas e incluso mezclando ataques personales a sus autores). Una mayoría más que llamativa.

Desde los ámbitos políticos las respuestas fueron similares. Desde las trincheras conservadoras y liberales se atacó a “Los límites” por cuestionar el crecimiento económico o la incapacidad de creer que la ciencia resolvería los problemas ambientales; desde la izquierda se lo denunció como una maniobra de los centros de poder capitalista para reforzar su dominancia. En los centros políticos y económicos, las revistas Newsweek, The Economist, Foreign Affairs y muchas otras, se empalagaron con críticas al documento.

Un ejemplo dramático ocurrió en América Latina. “Los límites”, y al mismo tiempo todo el programa de la conferencia de Estocolmo, fue denunciado, cuestionado, y criticado por la derecha militar del gobierno de Brasil hasta los intelectuales de inspiración marxista. Todos ellos, siguiendo distintos recorridos, consideraban que el crecimiento económico era indispensable para el desarrollo. Por lo tanto, si se impedía crecer o se enlentecía, entonces las economías nacionales se derrumbarían y la pobreza se multiplicaría. Si la conferencia de Estocolmo aceptaba la tesis de “Los límites” entonces América Latina en especial, y el Tercer Mundo en general, no podría desarrollarse (según las ideas sobre “desarrollo” en los 70s). Es por esa razón que el gobierno militar brasileño envió a Estocolmo a su ministro del interior; por detrás estaba la obsesión con asegurar entre otros programas las de “desarrollar” la Amazonia a “cualquier costo” para que dejara de ser un “desierto verde”, según el lenguaje de esa época. Estos acuerdos entre políticos tan dispares es otro aspecto destacado.

Esos temores desembocaron en diferentes posiciones de las naciones ante Estocolmo. Las naciones industrializadas occidentales buscaban lograr consenso internacionales básicos para incorporar el cuidado del ambiente, los gobiernos del bloque soviético se alinearon con Moscú y decidieron boicotear la reunión denunciándola como un intento imperialista de control, y un conjunto de naciones de lo que en ese momento se identificaba como Tercer Mundo estaban más que preocupados. A juicio de ellos, se escondía la intención o el temor que se aplicaran trabas y restricciones a un despegue del desarrollo al que aspiraban países como Brasil o China.

Más allá de esas orientaciones, todos esos gobiernos estaban convencidos en la necesidad del crecimiento económico. Todos eran firmes creyentes. Estaban enfrentados por distintos modos de entender el desarrollo en unos casos, y en otros por el deseo de repetir el desarrollo de las naciones industrializadas. Por lo tanto, por detrás de los discusiones y acusaciones en Estocolmo en 1972 estaba la fe en el crecimiento para asegurar el desarrollo.

Esos consensos en rechazar que existan límites ecológicos, e incluso físicos, al crecimiento económico es uno de los hechos más impresionantes de la historia contemporánea. La coincidencia entre los más distintos actores políticos y casi toda la academia, revela un mito profundamente arraigado en las culturas contemporáneas: el del crecimiento perpetuo. Es como si muchos creyentes en el desarrollo salieran en defensa del dogma considerando el reporte como una herejía intolerable. No debe creerse que la principal reacción era de alarma porque unos modelos anunciaban un colapso civilizatorio, sino que era por atacar un dogma esencial.

“Los límites” es en realidad un reporte de investigación, bajo la autoría de Donella Meadows, Dennis Meadows, Jorgen Randers y William Behrens, y con la participación de casi dos decenas de investigadores. El estudio fue promovido por el Club de Roma, un grupo que incluía a empresarios y políticos, y se realizó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Se han intercambiado todo tipo de historias y advertencias sobre los promotores del análisis, y algunas de ellas pueden ser atendibles, pero eso no puede impedir un análisis riguroso sobre el reporte.

A pesar de todo, el libro sigue siendo un éxito, y hace unos años atrás se estimaba que se vendieron 12 millones de copias y fue traducido a 37 idiomas. En los años siguientes se realizaron actualizaciones con mejoras en los datos y en los modelos, y todas ellas confirmaron las ideas básicas y las conclusiones del reporte de 1972 (incluyeron por ejemplo actualizaciones a los 20, 30 y 40 años). El balance final muestra que los equivocados estaban casi siempre en el bando de los que rechazaron a “Los límites”, pero casi ninguno de ellos lo aceptó.

Un examen atento de los cuestionamientos de aquellos años hace inevitable preguntarse si sus autores leyeron realmente "Los limites". Por ejemplo, se les achacó desatender las capacidades de la ciencia o la posibilidad que se descubrieran más reservas de recursos naturales, pero Meadows y su equipo no sólo lo hicieron, sino que modelizaron escenarios otros escenarios, incluyendo una mayor disponibilidad de recursos naturales o tecnologías más exitosas. Pero de todos modos el crecimiento enfrentaba límites. Nada de eso sirvió, y el coro de detractores cantaba como si esas diferentes opciones no estuvieran en las páginas del libro.

Hoy nos resulta obvio comprender que los recursos naturales que sostienen las economías son limitados, y algunos se están agotando ante nuestros ojos (como ocurre con los hidrocarburos), y también sabemos que hay colapsos ecológicos (como sucede con la deforestación o el cambio climático). Pero “Los límites” era más que eso, no es que solamente advirtiera sobre la crisis ecológica, incluso con premoniciones como señalar la posibilidad del cambio climático. Lo relevante está en que mostraba que la idea del crecimiento económico perpetuo era una fantasía.

Cualquier organización económica está enmarcada en un contexto ecológico, ya que depende de ella para obtener recursos, agua y energía, y a la vez deposita en ella todos sus desechos. Como consecuencia, es imposible que crezca para siempre. Más tarde o más temprano se agotarán esos recursos, ya no habrá más rincones en el planeta para cultivar o toda el agua estará contaminada. Dicho en términos sistémicos, las economías nacionales y la economía global, que se suponen crecerán por siempre, están enmarcadas, encerradas y contenidas dentro de un sistema mayor, la Tierra. Un planeta que no crece ni se expande.

Que se expusiera ese mito resultó intolerable para todas las escuelas de la economía convencional. Es que los resultados de “Los límites” torpedeaban las bases teóricas compartidas por todas ellas, y es por esa misma razón por la cual también terminó siendo insoportable para la derecha y la izquierda política. La fe en el crecimiento eterno es una de las columnas que sostiene la modernidad, asociada a la idea de progreso, y a partir de ella con raíces que se pueden rastrear a la Ilustración. Lo que ese informe provocó fue mucho más que una discusión sobre impactos ambientales sino que también puso en tela de juicio a uno de los sostenes de la propia modernidad occidental.

En este nuevo Día Mundial del Ambiente, cincuenta años después, pocos serán los que rechacen la relevancia de la dimensión ambiental, pero si somos sinceros se verá que esa disputa sigue sin resolverse. No faltará un ministro o algún académico que diga que la solución a la debacle ecológica es crecer más, dejando en claro que es necesario volver a leer “Los límites del crecimiento”.

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Notas

1. La traducción al castellano, Los límites del crecimiento económico, se publicó también en 1972 por el Fondo de Cultura Económica, en  México.

2. The limits to growth, World dynamics, Urban dynamics, revision por P. Passell, M. Roberts y L. Ross, New York Times, 12 abril 1972.

3. Another whiff of doomsday, Nature, Vol 236, marzo 1972.

lunes, 6 de junio de 2022

Si preparas la guerra, la acabarás provocando

En el último número (255) de la revista Nuestra Bandera aparece un artículo del profesor Enrique Javier Díez Gutiérrez titulado Educar en valores: educar para la paz y el desarme internacional. Transcribo literalmente uno de sus apartados:

Como decía el Papa Francisco, Si preparas la guerra, la acabarás provocando en un lugar u otro, puesto que las multinacionales del armamento necesitan dar salida a todo ese material bélico que han creado, pagado con dinero público, y que va quedando obsoleto. y una vez empleado y gastado eso supondrá demanda de más material, en una espiral sin fin que necesita alimentar el miedo y el terrorismo para poder seguir impulsando el lobby de la industria militar.

Con la deuda acuciante de tanto gasto militar, se necesita extender una ideología, mediante campañas de propaganda intensiva, que fomente la imagen de necesidad de unas «fuerzas armadas» imprescindibles para garantizar la seguridad (ante la inseguridad provocada por las intervenciones de esas mismas fuerzas armadas). De ahí el resurgimiento de la ideología militarizadora y belicista en el campo de la educación.

Por supuesto, se presenta el aparato militar utilizando la retórica del «buenismo» humanitario. Se muestra a las «fuerzas armadas» como protagonistas de misiones humanitarias al servicio de una supuesta paz, aunque no se explique que la finalidad es más bien asegurar la hegemonía del Norte y Occidente sobre otros países cuyas reservas estratégicas de recursos naturales parecen despertar la codicia de las grandes multinacionales occidentales. La propia Ley Orgánica de la Educación (LOE) española introducía la concepción de la «defensa como un compromiso cívico y solidario al servicio de la paz», con un supuesto carácter solidario y humanitario donde es difícil distinguir si la misión de las «fuerzas armadas» es invadir o ayudar humanitariamente tras la invasión.

Tres Secretarias distintas y una sola Política verdadera

La desaparición de una de ellas me ha traído la memoria de las otras dos. Una Trinidad non sancta que, entre otras cosas, confirma que el feminismo auténtico no se reduce a la presencia femenina en según qué estructuras de la sociedad.

El pasado marzo murió la implacable Madeleine Albricht, Secretaria de Estado de 1997 a 2001, durante la presidencia de Bill Clinton. Antes había sido embajadora en las Naciones Unidas.

Como representante permanente de los EE.UU. ante la ONU, evitó describir los asesinatos en Ruanda como "genocidio" hasta que fue imposible negar la evidencia. Más tarde comentó que «fue un momento muy, muy difícil, y que la situación no estaba clara. Usted sabe, en retrospectiva, todo parece muy claro. Pero en ese momento, no estaba claro qué ocurría en Ruanda».

También consideró «difícil» la decisión de imponer a Irak sanciones económicas que costaron la vida a medio millón de niños iraquíes. Pero cuando le comentaron que habían muerto allí más niños que en Hiroshima, respondió tajante que “el precio valió la pena”.

¡Pobre mujer, cuántas decisiones difíciles tuvo que tomar!

Otra figura prominente de la política exterior estadounidense es Victoria Nuland. Fue portavoz del Departamento de Estado de 2011 a 2013, durante la presidencia de Obama​, y de 2013 hasta enero de 2017 responsable de la política exterior para asuntos europeos y euroasiáticos. Ahora es Subsecretaria de Estado para asuntos políticos. La historia reciente de Ucrania que ha llevado a la situación actual debe mucho a su intervención. Los Estados Unidos llevan décadas desestabilizando la zona para debilitar a Rusia, con las consecuencias fatales de todos conocidas. Victoria Nuland había acudido personalmente al Maidan para apoyar a nacionalistas y europeístas. Sabido es que los EE.UU. invirtieron 5000 millones de dólares en Ucrania para fomentar sus aspiraciones europeas.

También tiene esta dama su frase célebre, registrada en una conversación telefónica entre Nuland y el embajador Pyatt. Ocurrió en 2014. Muestra, entre otras cosas, la manipulación norteamericana en los nombramientos posteriores a la defenestración de Yanukóvich. Pyatt sugirió que antes de proponer a Yatseniuk (que desairaba a otros líderes de la oposición) sería conveniente hacer algunas consultas con la Unión Europea. La respuesta de Nuland fue terminante, y así quedó registrada y difundida por todo el mundo: “¡al carajo con la Unión Europea!” Los sumisos gobiernos de la región, indignos vasallos de Washington según Zbigniew Brzezinski, aceptaron mansamente el insulto.

Efectivamente, el vasallaje no desapareció con el feudalismo medieval. Las mafias que te "protegen" de ellas mismas han persistido, y no solo en las zonas oscuras de la sociedad.

La sinceridad aflora en los diálogos privados. Vemos como los interlocutores de Villarejo, en sus conversaciones telefónicas, no emplean el mismo tono y vocabulario a que nos tienen acostumbrados en las liturgias públicas. Hacia fuera, discursos y declaraciones se modulan según sus destinatarios.

Estos pueden consistir en un selecto club de expertos, un partido político o una congregación religiosa. Los fieles a que va destinado un discurso pueden ser desde aficionados al deporte a preocupados por el cambio climático, y el argumentario excluirá probablemente aquello que pueda disgustarles e insistirá en lo que los une.

A la luz de este principio podemos distinguir declaraciones de carácter estratégico, didáctico o propagandístico, y debemos ser capaces de interpretarlas correctamente.

Las de carácter estratégico suelen estar dirigidas a colectivos presuntamente fieles a los que que se quiere consolidar. Públicos de extensión y significación extremadamente variados, y en función de ellos la argumentación puede ser más o menos sincera o claramente falaz.

La estrategia básica la expresó John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, cuando dijo que «Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses permanentes». No fue el primer político en confesarlo, ni será el último, en este y otros países.

Volvamos a nuestras Secretarias para completar la terna. Condoleezza Rice lo fue durante la administración de George W. Bush. Jugó un papel importante apoyando la invasión a Irak de 2003 y apareció en varios medios tratando de convencer a la población estadounidense de que Irak poseía armas de destrucción masiva. Esta y otras mentiras fueron muy pronto descubiertas, como reconocía el diario El País en 2004:

Los datos que se van conociendo indican que la decisión de invadir Irak fue muy anterior a la desautorización de las inspecciones de la ONU, y a la puesta en escena de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad; anterior incluso a los atentados del 11 de septiembre de 2001, y presumiblemente no fue decidida en el contexto de la seguridad nacional, sino en el de la elaboración del Plan Energético Nacional que Bush encomendó a su vicepresidente, Dick Cheney, en enero de 2001, nada más llegar a la Casa Blanca.

"Necesitamos un enemigo común para unirnos", había dicho esta buena mujer, en consonancia con la estratégica creación de sucesivos "ejes del mal", cuando el comunismo soviético ya no fue más una excusa válida y hubo que sustituirlo por un "terrorismo internacional" de amplio espectro.

Tal como Nuland mostraba su desprecio a la Unión Europea, Condolezza confesó el suyo hacia esa "comunidad internacional" (a veces concretada en alguna "coalición de los dispuestos"), que suele servir de paraguas a las intervenciones norteamericanas, cuando dijo en la campaña electoral del 2000 que deberíamos proceder sobre la base firme del interés nacional y no del interés de una comunidad internacional ficticia(dato extraído de una tesis a la que enlazo, pág. 65):

“La Construcción del Enemigo, Estados Unidos y su nuevo Eje del Mal”

Estudio descriptivo desde la Epistemia Constructivista sobre las motivaciones que llevaron a Estados Unidos a intervenir en Afganistán e Irak. 

Profesor Guía: Dr. Eduardo Araya Leupin 

Alumna: Fabiana Rodríguez-Pastene Vicencio 

VIÑA DEL MAR, 17 DE MARZO DE 2006

Manifiesto

La guerra moderna pone en juego la utilización institucionalizada de una parte de las características personales, tales como obediencia ciega o el idealismo, y por otra, aptitudes sociales tales como el lenguaje; finalmente implica planteamientos racionales tales como la evaluación de los costes, la planificación y el tratamiento de la información.

La imagen del enemigo es una construcción artificial más que un rasgo humano constante.

Manifiesto de Sevilla, 1989. 

(...)

Para mandar a personas a la guerra, para enviarlas a pelear, para generar desde hostilidades hasta exterminio, se requiere de la figura del enemigo. Pues bien, después de la desaparición del “fantasma comunista”, algunos se preguntan si acaso la hegemonía de los Estados Unidos es tan completa que ya ha pasado a una suerte de invención, a la construcción del enemigo. Esto supondría el diseño de un enemigo elegido y estructurado como tal, y desde luego, moralmente reprobable.

Tras la caída del Muro de Berlín y el consiguiente término de la Guerra Fría, Estados Unidos perdió gran parte de sus referentes en Política Exterior. En efecto, al finalizar la Guerra Fría, los pilares de la legitimidad estadounidense de “contención” se desplomaron junto con el Muro de Berlín y las estatuas de Lenin. Desde entonces, como afirma Kagan, no ha existido mucho con qué reemplazarlos. “El islamismo militante radical, no importa cuán poderoso sea cuando se manifiesta como Terrorismo, no reemplaza al comunismo como amenaza ideológica para la democracia liberal occidental. Así como tampoco las más difusas y opacas amenazas de la Posguerra Fría reemplazaron a la amenaza soviética masiva como fuente de legitimidad para el poderío estadounidense”.

La afirmación de Kagan resulta aún más interesante cuando se considera que la identidad (de los individuos, pero también de las naciones, los estados en fin, todo actor internacional) es, en muchos sentidos, resultado de la contraposición de los opuestos, de la alteridad. Se hace entonces necesario, tras el nuevo orden mundial, buscar renovados referentes y misiones que ayuden a definir o reforzar el lugar de Estados Unidos en el mundo globalizado. 

(...) 

martes, 31 de mayo de 2022

miércoles, 25 de mayo de 2022

El mundo en riesgo

Entrevista de C. J. Polychroniou a Noam Chomsky, publicada originalmente en Truthout traducida por Jorge Anaya para La Jornada y Página 12. En ella plantea la necesidad de pelear por una salida negociada urgente a la guerra y analiza cómo Occidente juega con la vida de los ucranianos, y el hambre en todo el mundo, para tratar de acorralar a la Rusia de Putin.

Comienza observando el entrevistado que la seguridad de la población es como mucho una preocupación marginal, porque los 'amos de la humanidad' utilizan su poder para asegurar sus interesespor dolorosos que sean sus efectos sobre otros.

Dos importantes miembros del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos lo han reconocido sin ambages.

Zbigniew Brzezinski le pareció ridícula una pregunta sobre si sentía remordimientos por haber alimentado la guerra en Afganistán. El surgimiento del terrorismo islamista y la devastación del país, con un millón de muertos, fueron para él muy positivos, porque propiciaron el fin de la Unión Soviética, y a fin de cuentas, "¿a quién le importa si dañó a ‘algunos musulmanes agitados’?".

La recientemente fallecida Madeleine Albright también estaba satisfecha de la guerra de Irak, y cuando le preguntaron por los daños colaterales, contestó que, aunque fuera una decisión difícil, 'valió la pena pagar el precio de 500.000 niños iraquíes fallecidos'.

Recuerda esto la célebre respuesta de Franco al periodista Jay Allen en julio de 1936, cuando dijo que 'si para ganar la guerra era necesario matar a media España estaba dispuesto a pagar ese precio'. (No hace tanto que unos militares más o menos jubilados se mostraban dispuestos a superar la cifra; y aquí no ha pasado nada).

Otra observación importante es el empleo del pensamiento doble. Se pretende que sean aceptables, alternativa o simultáneamente, dos ideas contradictorias. En el caso del "peligro ruso", su fuerza militar es tan abrumadora que pronto podría tratar de conquistar Europa occidental; pero a la vez se la presenta como un "tigre de papel" incompetente y frágil, y tan mal conducida, que no puede conquistar ciudades ubicadas a unos kilómetros de su frontera, defendida en gran parte por un ejército de ciudadanos.

El propósito, evidentemente, es que la primera idea justifique el espíritu bélico 'defensivo', al tiempo que la segunda proporcione la confianza de vencer en el 'inevitable' enfrentamiento.

Aceptada la realidad de la guerra, en la que al final siempre habrá que pactar una solución, la cuestión es si se quiere una breve o se pretende alargarla. Si el propósito preferente es aplastar al enemigo por encima de cualquier otra consideración, interesa debilitarlo con una guerra prolongada. En guerras anteriores, como la de Vietnam o Afganistán, los partidarios de la paz eran considerados 'palomas' por los 'halcones'.

La diferencia entre ambos grupos no era de fondo: ninguno estaba dispuesto a aceptar una posible derrota, pero desde siempre el gobierno estadounidense estuvo dividido entre los desangradores, que querían que las fuerzas soviéticas permanecieran atascadas en Afganistán y de ese modo vengarse por Vietnam, y los negociadores, que querían forzar su retirada mediante una combinación de diplomacia y presión militar. Los desangradores por lo regular ganan y causan inmenso daño: para ‘el que decide’ es más seguro verse rudo que blando.

Se trata de un juego arriesgado. Se espera que el adversario no se atreva a responder con toda su fuerza, lo que podría conducir a una guerra nuclear que acabara con todo. Más que una partida de ajedrez, se juega al póquer. Perderá quien primero parpadee. Pero un error de cálculo o un simple accidente pueden derivar en la destrucción total de nuestra 'civilización'. La apuesta, además de criminal, es potencialmente suicida.

La radioastronomía investiga el universo analizando la radiación procedente de estrellas y otros objetos emisores. Se ha planteado la posibilidad de que algunas señales sean producidas por seres inteligentes. Desde el pasado siglo es nuestro planeta el que emite ondas de radio que podrían indicar a hipotéticos extraterrestres que estamos aquí. Podemos entonces pensar que de existir civilizaciones avanzadas en otros planetas seríamos nosotros los que las podríamos recibir. De forma un tanto especulativa se ha querido calcular la probabilidad de recibir señales de vida inteligente. Un factor esencial para el cálculo es la duración de una civilización avanzada, porque la probabilidad de recibir aquí y ahora esas señales es proporcional a esa duración

Carl Sagan, en uno de los episodios de la inolvidable serie Cosmos, utilizaba la fórmula de Drake, intentando aventurar el número de posibles 'civilizaciones avanzadas' que puedan coexistir en la Galaxia en un momento dado (suponiendo que que la relatividad de la simultaneidad nos permitiese fijar tal 'momento'). Entendamos por tales las que han adquirido la capacidad de transmitir mensajes a la velocidad de la luz y comunicarse por ondas de radio. Extraigo la información del libro que con el mismo título puede descargarse de internet, a partir de la página 298:

Pero, ¿hay alguien ahí fuera con quien hablar? ¿Es posible, habiendo una tercera parte o una mitad de un billón de estrellas en nuestra galaxia Vía Láctea, que la nuestra sea la única acompañada por un planeta habitado? Es mucho más probable que las civilizaciones técnicas sean una trivialidad, que la galaxia esté pulsando y vibrando con sociedades avanzadas (...). 
Es muy difícil estar seguros. Puede haber impedimentos graves en la evolución de una civilización técnica. Los planetas pueden ser más raros de lo que pensamos. Quizás el origen de la vida no es tan fácil como sugieren nuestros experimentos de laboratorio. Quizás la evolución de formas avanzadas de vida sea improbable. O quizás las formas de vida compleja evolucionan fácilmente pero la inteligencia y las sociedades técnicas requieren un conjunto improbable de coincidencias: del mismo modo que la evolución de la especie humana dependió del fallecimiento de los dinosaurios y de la recesión de los bosques en la era glacial; de aquellos árboles sobre los cuales nuestros antepasados se rascaban y se sorprendían vagamente de algo. O quizás las civilizaciones nacen de modo repetido e inexorable, en innumerables planetas de la Vía Láctea, pero son en general inestables; de modo que sólo una pequeña fracción consigue sobrevivir a su tecnología y la mayoría sucumben a la codicia y a la ignorancia, a la contaminación y a la guerra nuclear. 
Es posible continuar explorando este gran tema y hacer una estimación basta de N, el número de civilizaciones técnicas avanzadas en la Galaxia. Definimos una civilización avanzada como una civilización capaz de tener radioastronomía. Se trata desde luego de una definición de campanario, aunque esencial. Puede haber innumerables mundos en los que los habitantes sean perfectos lingüistas o magníficos poetas pero radioastrónomos indiferentes. No oiremos nada de ellos. N puede escribirse como el producto o multiplicación de unos cuantos factores, cada uno de los cuales es un filtro y, por otro lado, cada uno ha de tener un cierto tamaño para que haya un número grande de civilizaciones:

N*, número de estrellas en la galaxia Vía Láctea;

fp,  fracción de estrellas que tienen sistemas planetarios,

nenúmero de planetas en un sistema dado que son ecológicamente adecuados para la vida,

fl, fracción de planetas adecuados de por sí en los que la vida nace realmente,

fi, fracción de planetas habitados en los que una forma inteligente de vida evoluciona,

fc, fracción de planetas habitados por seres inteligentes en los que se desarrolla una civilización técnica comunicativa; 

fL, fracción de una vida planetaria agraciada con una civilización técnica.

Esta ecuación escrita se lee N = N*×fp×ne×fl×fi×fc×fL. Todas las efes son fracciones que tienen valores entre 0 y 1; e irán reduciendo el valor elevado de N*.

Para derivar N hemos de estimar cada una de estas cantidades. Conocemos bastantes cosas sobre los primeros factores de la ecuación, el número de estrellas y de sistemas planetarios. Sabemos muy poco sobre los factores posteriores relativos a la evolución de la inteligencia o a la duración de la vida de las sociedades técnicas. En estos casos nuestras estimaciones serán poco más que suposiciones. Os invito, si estáis en desacuerdo con las estimaciones que doy, a proponer vuestras propias cifras y ver cómo afectan al número de civilizaciones avanzadas de la Galaxia. Una de las grandes virtudes de esta ecuación, debida originalmente a Frank Drake, de Cornell, es que incluye temas que van desde la astronomía estelar y planetario hasta la química orgánica, la biología evolutiva, la historia, la política y la psicología anormal. La ecuación de Drake abarca por sí sola gran parte del Cosmos. Conocemos N*, el número de estrellas en la galaxia Vía Láctea, bastante bien, por recuentos cuidadosos de estrellas en regiones del cielo, pequeñas pero representativas. Es de unos cuantos centenares de miles de millones; algunas estimaciones recientes lo sitúan en 4×1011 (...)

Detengámonos en el ultimo factor de la ecuación:

¿Qué porcentaje de la vida de un planeta está marcado por una civilización técnica? La Tierra ha albergado una civilización técnica caracterizada por la radioastronomía desde hace sólo una décadas, y su vida total es de unas cuantos miles de millones de años. Por lo tanto, si nos limitamos a nuestro planeta fL por ahora inferior a 1/108, una millonésima de uno por ciento. No está excluido en absoluto que nos destruyamos mañana mismo. Supongamos que este fuera un caso típico, y la destrucción tan completa que ninguna más o de la especie humana o de otra especie cualquiera fuera capaz de emerger en los cinco mil millones de años más o menos que quedan para que el Sol muera. Entonces N = N*×fp×ne×fl×fi×fc×fL ≈ 10 y en cualquier momento dado sólo habría una reducida cantidad, un puñado, una miseria de civilizaciones técnicas en la Galaxia, y su número se mantendría continuamente a medida que las sociedades emergentes sustituirían a las que acababan de autoinmolarse. El número N podría ser de sólo 1. Si las civilizaciones tienden a destruirse poco después de alcanzar la fase tecnológica, quizás no haya nadie con quien podamos hablar aparte de nosotros mismos, y esto no lo hacemos de modo muy brillante. Las civilizaciones tardarían en nacer miles de millones de años de tortuosa evolución, y luego se volatilizarían en un instante de imperdonable negligencia.

La posibilidad trágica es que esas civilizaciones con capacidad para transmitir ondas radioeléctricas, pero también para autodestruirse, no duren mucho. Que las señales delatoras emitidas emitidas desde el siglo XX dejen de dar prueba de nuestra presencia...

¿Cuándo?


EE.UU. no quiere una salida diplomática en Ucrania y abre la puerta a la guerra nuclear

Noam Chomsky


La guerra en Ucrania está causando sufrimientos humanos inimaginables, pero también tiene consecuencias económicas globales y es una noticia terrible para la lucha contra el calentamiento global. De hecho, como resultado de los crecientes costos de la energía y las preocupaciones por la seguridad energética, los esfuerzos de descarbonización han pasado a un segundo plano. En Estados Unidos, el gobierno de Biden ha adoptado el lema republicano perfora, nene, perfora, Europa está empeñada en construir nuevos gasoductos e instalaciones de importación, y China planea elevar la capacidad de producción de carbón. ¿Puede usted comentar sobre las implicaciones de estos desafortunados sucesos y explicar por qué el pensamiento cortoplacista sigue prevaleciendo entre los líderes mundiales, aun en un momento en que la humanidad podría estar al borde de una amenaza a nuestra existencia?

La última pregunta no es nueva. En una forma o en otra, ha surgido a lo largo de la historia. Recordemos un caso que se ha estudiado a fondo: ¿por qué los líderes políticos fueron a la guerra en 1914, con absoluta confianza en su propia rectitud? ¿Y por qué los más prominentes intelectuales en todos los países en guerra se alinearon con apasionado entusiasmo en apoyo de su propio Estado… fuera de un puñado de disidentes, los más destacados de los cuales fueron encarcelados (Bertrand Russell, Eugene Debs, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht)? No era una crisis terminal, pero era grave.

Este modelo se remonta en el tiempo. Y continúa con poco cambio después del 6 de agosto de 1945, cuando nos enteramos de que la inteligencia humana se había elevado al nivel en el que pronto sería capaz de exterminarlo todo.

Si observamos de cerca el modelo, en el curso de los años, una conclusión parece surgir con claridad: lo que impulsa la política no es la seguridad, al menos no la seguridad de la población, la cual es, cuando mucho, una preocupación marginal. Lo mismo puede decirse de las amenazas a la existencia. Tenemos que buscar en otro lado.

Un buen punto de partida, creo, es lo que parece el principio mejor establecido de la teoría de las relaciones internacionales: la observación de Adam Smith de que los ‘Amos de la Humanidad’ –en su tiempo los comerciantes y fabricantes de Inglaterra– son ‘los principales arquitectos de la política del Estado’. Utilizan su poder para asegurar que sus intereses ‘sean atendidos de la manera más peculiar’, por ‘dolorosos’ que fueran sus efectos sobre otros, entre ellos el pueblo de Inglaterra, pero con más brutalidad las víctimas de la ‘salvaje injusticia de los europeos’. El objetivo particular de Smith era el salvajismo británico en India, entonces en sus primeras etapas, pero ya bastante terrible.

Nada cambia mucho cuando la crisis se vuelve existencial. Los intereses de corto plazo prevalecen. La lógica es clara en los sistemas competitivos, como en los mercados no regulados. Quienes no participan en el juego son excluidos con rapidez. La competencia entre los ‘principales arquitectos de la política’ en el sistema estatal tiene propiedades un tanto similares, pero debemos tener en mente que la seguridad de la población está lejos de ser un principio rector, como la historia muestra con claridad.

Usted tiene razón en cuanto al horrible impacto de la criminal invasión rusa de Ucrania. La discusión en Estados Unidos y Europa se centra en el sufrimiento de Ucrania, lo cual es razonable, mientras aplaude también nuestra política de acelerar la miseria, lo cual no es tan razonable. Volveré sobre ello.

Veamos sólo un ejemplo, la peor crisis humana, de acuerdo con Naciones Unidas: Yemen. Más de 2 millones de niños enfrentan una hambruna inminente, según informa el Programa Mundial de Alimentos. Casi 100 por ciento de sus cereales son importados, de los cuales Rusia y Ucrania aportan la mayor cantidad de trigo y derivados (42 por ciento), además de harina rexportada y trigo procesado para la misma región.

La crisis va mucho más allá. Intentemos ser honestos al respecto: la perpetuación de la guerra es, en términos simples, un programa de asesinato en masa sobre buena parte del Sur global.

Esa es la menor parte. En periódicos supuestamente serios se analiza cómo Estados Unidos podría ganar una guerra nuclear con Rusia. Tales análisis lindan en una locura criminal. Y, por desgracia, las políticas de Estados Unidos y la OTAN proporcionan muchos posibles escenarios para una rápida terminación de la sociedad humana. Para mencionar sólo una, Putin hasta ahora se ha abstenido de atacar las líneas de suministro de armas pesadas a Ucrania. No sería gran sorpresa si eso terminara, lo cual llevaría a Rusia y la OTAN a un conflicto frontal, con un camino fácil hacia una intensificación que bien podría conducir a un rápido adiós.

Más probable, de hecho muy probable, es una muerte más lenta por medio del envenenamiento del planeta. El informe más reciente del PICC dejó en claro que, para que haya alguna esperanza de un mundo habitable, debemos dejar de usar combustibles fósiles ahora mismo, y avanzar con firmeza hasta su pronta eliminación. Como usted señala, el efecto de la guerra actual es poner fin a las de por sí limitadas iniciativas existentes, y de hecho revertirlas y acelerar la carrera hacia el suicidio.

Naturalmente, reina gran jolgorio en las oficinas ejecutivas de los consorcios dedicados a destruir la vida humana en la Tierra. Ahora no sólo están libres de restricciones y de las quejas de molestos ambientalistas, sino que se les elogia por ‘salvar a la civilización’ y reciben estímulos para destruir aún más rápidamente. Ahora se les anima a desperdiciar recursos escasos que se necesitan con desesperación para propósitos humanos y constructivos. Y, al igual que sus socios en la destrucción masiva, las corporaciones de combustibles fósiles, absorben recursos de los contribuyentes.

¿Qué podría ser mejor o, desde una perspectiva diferente, más insensato? Haríamos bien en recordar las palabras del ex presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de la Cruz de hierro de 1953:

“‘Cada arma que se fabrica, cada guerra que se emprende, cada cohete que se dispara significa, en último sentido, un robo a quienes padecen hambre y no son alimentados, quienes padecen frío y no son vestidos. Este mundo en armas no sólo gasta dinero: gasta el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños. El costo de un bombardero pesado moderno es éste: una moderna escuela de ladrillos en más de 30 ciudades. Es dos plantas eléctricas, cada una capaz de atender a una población de 60 mil personas. Es dos hospitales excelentes, plenamente equipados. Es unos 80 kilómetros de pavimento. Pagamos por un solo avión caza con medio millón de bushels de trigo. Pagamos por un solo destructor con nuevas casas que podrían albergar a más de 8 mil personas… Ésta no es una forma de vida, en ningún sentido verdadero. Bajo la nube de la amenaza de guerra, la humanidad pende de una cruz de hierro’.

Estas palabras no podrían ser más apropiadas hoy.

Volvamos a la razón por la que los ‘líderes mundiales’ persisten en este curso insensato. Primero, veamos si podemos ver si alguno de ellos merece ese apelativo, excepto por ironía.

Si los hubiera, estarían dedicados a poner fin al conflicto en la única forma posible: mediante la diplomacia y la capacidad política. Las líneas generales de un acuerdo político se han entendido desde hace mucho tiempo. Las hemos examinado antes y también hemos documentado la dedicación de Estados Unidos (con la OTAN a remolque) para socavar la posibilidad de un acuerdo diplomático, de manera bastante abierta y con orgullo. No debería haber necesidad de revisar de nuevo ese registro funesto.

Un dicho común es que el ‘loco Vlad’ está tan demente, y tan inmerso en sueños guajiros de reconstruir un imperio y tal vez conquistar el mundo, que no tiene caso ni siquiera escuchar lo que dicen los rusos… y sin duda no hay necesidad de considerar un involucramiento diplomático con semejante criatura. Por tanto, no exploremos siquiera la única posibilidad de poner fin al horror y continuemos aumentándolo, sean cuales fueren las consecuencias para Ucrania y para el mundo. Los líderes occidentales, y gran parte de la clase política, están ahora consumidos por dos ideas principales: la primera es que la fuerza militar rusa es tan abrumadora que pronto podría tratar de conquistar Europa occidental, o incluso más allá. Por tanto, tenemos que ‘combatir a Rusia allá’ (con cuerpos ucranianos), de modo que ‘no tengamos que combatir a Rusia aquí’, en Washington, según nos advierte Adam Schmitt, del Partido Demócrata, presidente del Comité Permanente sobre Inteligencia de la Cámara de Representantes.

La segunda es que la fuerza militar rusa ha sido exhibida como un tigre de papel, tan incompetente y frágil, y tan mal conducida, que no puede conquistar ciudades ubicadas a unos kilómetros de su frontera, defendida en gran parte por un ejército de ciudadanos.

Esta última idea es objeto de mucho alarde. La primera inspira terror en nuestros corazones. Orwell definió el ‘pensardoble’ como la capacidad de tener en mente dos ideas contradictorias y creer en ambas, locura sólo imaginable en estados ultratotalitarios.

Si adoptamos la primera idea, debemos armarnos hasta los dientes para protegernos de los planes demoniacos del tigre de papel, aun cuando el gasto militar ruso es una fracción del de la OTAN, incluso sin contar a Estados Unidos. Quienes sufren pérdida de memoria estarían felices de saber que Alemania por fin ha recibido el mensaje, y pronto podría superar a Rusia en gasto militar. Ahora Putin tiene que pensarlo dos veces antes de conquistar Europa occidental.

Para repetir una obviedad, la guerra en Ucrania puede terminar con un acuerdo diplomático, ya sea con rapidez o en una agonía prolongada. La diplomacia, por definición, es un asunto de toma y daca. Cada lado debe aceptarla. De ahí se sigue que, en un acuerdo diplomático, a Putin se le debe ofrecer alguna puerta de escape.

O aceptamos la primera opción o la rechazamos: al menos en eso no hay discusión. Si la rechazamos, elegimos la segunda opción. Puesto que ésta es la preferencia casi universal en el discurso occidental, y sigue siendo la política estadunidense, consideremos lo que implica.

La respuesta es directa: la decisión de rechazar la diplomacia significa que nos involucraremos en un experimento para ver si el perro rabioso irracional se escabullirá silenciosamente, en derrota total, o si empleará los medios con los que sin duda cuenta para destruir a Ucrania y poner el escenario para una guerra terminal.

Y, mientras realizamos este grotesco experimento con las vidas de los ucranianos, nos aseguraremos de que millones mueran de hambre por la crisis alimentaria, jugaremos con la posibilidad de la guerra nuclear, y correremos con entusiasmo hacia la destrucción del ambiente que sostiene la vida.

Por supuesto, es una posibilidad que Putin sencillamente se rinda, y que se abstenga de usar las fuerzas bajo su mando. Y tal vez podamos reírnos simplemente de las perspectivas de recurrir a las armas nucleares. Es concebible, pero ¿qué clase de persona estaría dispuesta a jugarse esa apuesta?

La respuesta es: los líderes occidentales, de modo bastante explícito, junto con la clase política. Eso ha sido obvio durante años, incluso se ha expresado de manera oficial. Y para asegurarse de que todos entendamos, la posición fue reiterada con fuerza en abril pasado, en la primera reunión mensual del ‘grupo de contacto’, que incluye a la OTAN y a los países asociados. La reunión no se realizó en la sede de la OTAN en Bruselas, Bélgica; más bien, se derribaron todas las simulaciones y se llevó a cabo en la Base Ramstein de la fuerza aérea estadunidense en Alemania, técnicamente territorio alemán, pero que en el mundo real pertenece a Estados Unidos. El secretario de la Defensa Lloyd Austin abrió la reunión declarando: ‘Ucrania cree sin duda que puede ganar, y así lo creemos todos los aquí presentes’. Por tanto, los dignatarios reunidos no deberían titubear en enviar armamento avanzado a Ucrania y persistir en los otros programas que, anunció con orgullo, llevarán de hecho a Ucrania al sistema de la OTAN. En su sabiduría, los dignatarios asistentes y su líder garantizan que Putin no reaccionará en las formas en que todos sabemos que puede hacerlo.

La historia de la planeación militar durante muchos años, de hecho siglos, indica que ‘todos los aquí presentes’ tienen en efecto esas notables creencias. Sea que las tengan o no, sin duda están dispuestos a llevar a cabo el experimento con las vidas de los ucranianos y el futuro de la vida en la Tierra.

Puesto que se nos asegura con tanta autoridad que Rusia observará de manera pasiva todo esto sin reaccionar, podemos dar otros pasos para ‘integrar de facto a Ucrania a la OTAN’, de acuerdo con los objetivos del ministerio ucraniano de defensa, estableciendo ‘plena compatibilidad del ejército ucraniano con los de los países de la OTAN’, y garantizando que no pueda alcanzarse un acuerdo diplomático con ningún gobierno ruso, a menos que de algún modo se convierta a Rusia en satélite estadounidense.

La actual política estadunidense prevé una guerra prolongada para ‘debilitar a Rusia’ y asegurar su derrota total. Esta política es muy similar al modelo afgano de la década de 1980, que, de hecho, ahora es postulado explícitamente en los altos círculos, por ejemplo por la ex secretaria Hillary Clinton.

Puesto que es cercana a la política actual del país, incluso un modelo funcional, vale la pena observar lo que en realidad ocurrió en Afganistán en la década de 1980, cuando Rusia lo invadió. Por fortuna, hoy tenemos un recuento detallado y autorizado hecho por Diego Cordovez, quien dirigió los exitosos programas de la ONU que pusieron fin a la guerra, y por el distinguido periodista y académico Selig Harrison, quien tenía extensa experiencia en la región. Ambos autores ya fallecieron.

El análisis Cordovez-Harrison derriba por completo la versión recibida. Los autores demuestran que la guerra fue concluida por una cuidadosa diplomacia dirigida por la ONU, no por la fuerza militar. La política estadunidense de movilizar y financiar a los islamitas más radicales para combatir a los rusos significó, concluye el análisis, ‘combatir hasta el último afgano’, en una guerra subrogada para debilitar a la Unión Soviética. ‘Estados Unidos hizo todo lo posible por evitar que la ONU participara’, es decir, para evitar los cuidadosos esfuerzos diplomáticos que acabaron con la guerra.

La política estadunidense retrasó la retirada rusa que se había considerado desde poco después de la invasión, la cual, mostraron los autores, tenía objetivos limitados, sin parecido alguno con los espantosos objetivos de conquista mundial que conjuraba la propaganda estadunidense. ‘Claramente la invasión soviética no era el primer paso en un plan maestro expansionista de un liderazgo unido’, escribió Harrison, confirmando las conclusiones del historiador David Gibbs, basado en archivos soviéticos revelados.

El principal directivo de la CIA en Islamabad, quien encabezó en persona las operaciones, expresó con sencillez el objetivo principal: la idea era matar soldados rusos; dar a Rusia su Vietnam, como proclamaron altos funcionarios estadunidenses, revelando la colosal incapacidad de entender nada sobre Indochina que fue la marca de la política estadunidense a lo largo de décadas de matanzas y destrucción.

Cordovez y Harrison escribieron que el gobierno estadounidense ‘estuvo dividido desde el principio entre los desangradores, que querían que las fuerzas soviéticas permanecieran atascadas en Afganistán y de ese modo vengarse por Vietnam, y los negociadores, que querían forzar su retirada mediante una combinación de diplomacia y presión militar’. Es una distinción que aparece muy a menudo. Los desangradores por lo regular ganan y causan inmenso daño. Para ‘el que decide’, para tomar la definición que George W. Bush hacía de sí mismo, es más seguro verse rudo que blando.

Afganistán es un buen ejemplo. En el gobierno de James Carter, el secretario de Estado Cyrus Vance era un negociador, quien sugería acuerdos de largo plazo que casi sin duda habría evitado, o por lo menos reducido en gran medida, lo que tenía el propósito de ser una intervención limitada. El consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski era el desangrador, empeñado en la venganza por Vietnam, cualquier cosa que eso significara en esa visión confusa del mundo, y matar rusos, algo que entendía muy bien y disfrutaba.

Brzezinski prevaleció. Convenció a Carter de enviar armas a la oposición que buscaba derrocar al gobierno pro ruso, anticipando que los rusos serían arrastrados a un lodazal semejante a Vietnam. Cuando eso ocurrió, apenas podía ocultar su regocijo.

Cuando, tiempo después, se le preguntó si sentía remordimientos, la pregunta le pareció ridícula. Su éxito en atraer a Rusia a la trampa afgana, afirmó, fue la causa del colapso del imperio soviético y del fin de la guerra fría, lo cual, en gran medida, es un absurdo. Y a quién le importa si dañó a ‘algunos musulmanes agitados’, como el millón de cadáveres, haciendo a un lado incidentes como la devastación de Afganistán y el surgimiento del islam radical.

Hoy se maneja públicamente la analogía afgana y, lo que es más importante, se lleva a la práctica en la política.

La distinción entre desangradores y negociadores no es nada nueva en los círculos de la política exterior. Un ejemplo famoso de los primeros días de la guerra fría es el conflicto entre George Kennan (negociador) y Paul Nitze (desangrador), ganado por este último, lo cual sentó las bases para muchos años de brutalidad y casi destrucción. Cordovez y Harrison respaldaron explícitamente el enfoque de Kennan, con abundante evidencia.

Un ejemplo cercano a Vance-Brzezinski es el conflicto entre el secretario de Estado William Rogers (negociador) y el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger (desangrador) sobre la política hacia Medio Oriente en los años de Richard Nixon. Rogers propuso soluciones diplomáticas razonables al conflicto entre Israel y los árabes. Kissinger, cuya ignorancia sobre la región era monumental, insistió en la confrontación, y ello llevó a la guerra de 1973, que Israel ganó por escaso margen con una seria amenaza de guerra nuclear.

Estos conflictos son permanentes, casi. Hoy sólo quedan desangradores en los puestos altos. Han llegado al extremo de promulgar una Ley de Préstamos y Arrendamientos para Ucrania, aprobada casi por unanimidad. La terminología evoca la memoria del enorme programa de préstamos y arrendamientos que metió a Estados Unidos en la guerra europea (como se pretendía) y vinculó los conflictos en Europa y Asia en una Guerra Mundial (lo que no se pretendía). ‘El programa de Préstamos y Arrendamientos unió las luchas separadas en Europa y Asia para crear, hacia finales de 1941, lo que con propiedad llamamos la Segunda Guerra Mundial’, escribe el historiador Adam Tooze. ¿Es esto lo que queremos en las actuales circunstancias, muy diferentes?

Si lo es, como parece, por lo menos reflexionemos en lo que implica. Es lo bastante importante para repetirlo.

Implica que rechazamos de entrada las iniciativas diplomáticas que en realidad pusieron fin a la invasión rusa de Afganistán, pese a los esfuerzos estadunidenses por impedirlo. Por tanto, nos embarcamos en un experimento para ver si la integración de Ucrania en la OTAN, la derrota total de Rusia en Ucrania y otros movimientos posteriores para ‘debilitar a Rusia’ serán observados de manera pasiva por los líderes rusos, o si recurrirán a medios de violencia que sin duda poseen para devastar a Ucrania y poner el escenario para una posible guerra general. Entre tanto, al extender el conflicto en vez de tratar de ponerle fin, imponemos severos costos a los ucranianos, empujamos a millones de personas a morir de hambre, lanzamos al planeta ardiente aún con más rapidez hacia la sexta extinción en masa, y –si tenemos suerte– escapamos a la guerra terminal.

No hay problema, nos dicen el gobierno y la clase política. El experimento no conlleva riesgo porque sin duda los líderes rusos aceptarán todo esto con ecuanimidad, y pasarán sin chistar al cenicero de la historia. En cuanto al ‘daño colateral’, pueden unirse a las filas de los ‘musulmanes agitados’ de Brzezinski. Para tomar prestada la frase que Madeleine Albright hizo famosa: ‘Es una elección difícil, pero el precio… pensamos que el precio vale la pena’.

Por lo menos, tengamos la honestidad de reconocer lo que hacemos, con ojos abiertos.

Las emisiones globales se elevaron a un nivel sin precedente en 2021, de modo que el mundo regresó a un enfoque de normalidad una vez que lo peor de la pandemia de covid-19 se aquietó… por ahora. ¿Qué tan arraigada está la conducta humana? ¿Somos capaces de tener deberes morales hacia la gente del futuro?

Es una pregunta profunda, la más importante que podemos contemplar. La respuesta es desconocida. Podría ser útil reflexionar en ella en un contexto más amplio.

Consideremos la famosa paradoja de Enrico Fermi: en palabras simples, ¿dónde están? Fermi, distinguido astrofísico, sabía que había un enorme número de planetas a distancia de un contacto potencial que reúnen las condiciones para sostener la vida y una inteligencia superior. Pero ni con la búsqueda más asidua podemos encontrar rastros de su existencia. Entonces, ¿dónde están?

Una respuesta que se ha propuesto con seriedad, y que no puede desecharse, es que la inteligencia superior se ha desarrollado en innumerables ocasiones, pero ha resultado ser letal: descubrió los medios para la auto aniquilación, pero no desarrolló la capacidad moral para evitarla.

Tal vez ése es incluso un rasgo inherente a lo que llamamos ‘inteligencia superior’.

Ahora estamos comprometidos en un experimento para determinar si este sombrío principio se sostiene con respecto a los humanos modernos, llegados a la Tierra en fecha bastante reciente, hace unos 200 mil o 300 mil años, un parpadeo en el tiempo evolutivo. No queda mucho tiempo para encontrar la respuesta o, con más precisión, para decidir la respuesta, como lo haremos, de una forma u otra. Eso es inevitable. O actuaremos para mostrar que nuestra capacidad moral llega al punto de controlar nuestra capacidad técnica de destruir, o no.

Un observador extraterrestre, si lo hubiera, habría concluido por desgracia que la franja es demasiado inmensa para evitar el suicidio de la especie, y con él, la sexta extinción en masa. Pero podría estar equivocado. Esa decisión está en nuestras manos.

Existe una forma aproximada de medir la franja entre la capacidad de destruir y la capacidad de contener el deseo de morir: el Reloj del Día del Juicio del Boletín de Científicos Atómicos. La distancia de las manecillas a la medianoche se puede considerar una indicación de esa franja. En 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron estallar armas termodinámicas, el minutero se fijó en dos minutos para la medianoche, que es donde el reloj está ahora. No volvió a llegar a ese punto hasta el periodo de Donald Trump en la presidencia. En su último año, los analistas abandonaron los minutos y pasaron a los segundos: 100 segundos para la medianoche, donde el reloj está ahora. El próximo enero volverán a fijar la hora. No es difícil argumentar que el segundero se adelantará más hacia la medianoche.

La sombría pregunta surgió con brillante claridad el 6 de agosto de 1945. Ese día aportó dos lecciones: 1) la inteligencia humana, en su gloria, se acercaba a la capacidad de destruirlo todo, logro que se alcanzó en 1953; y 2) la capacidad moral humana iba muy rezagada. A pocos les importaba eso, como las personas de mi edad recordarán muy bien. Al observar el pavoroso experimento en el que con tanto entusiasmo estamos metidos ahora, y lo que implica, es difícil ver alguna mejoría, por decirlo en términos escuetos.

Eso no responde la pregunta. Conocemos muy poco para responderla. Sólo podemos observar de cerca el único caso de inteligencia superior que conocemos, e inquirir lo que sugiere con respecto a la respuesta.

Lo que es más importante: podemos actuar para decidir la respuesta. Está en nuestro poder lograr la respuesta que queremos, pero no hay tiempo que perder.