martes, 29 de abril de 2014

Una cuestión de sentido común

Mateo Aguado es Investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid. Aborda el rechazo al capitalismo como una simple cuestión de "sentido común" (¿o sería mejor hablar de "buen sentido"?).

En efecto, no son necesarios muchos argumentos sobre la estructura de la economía capitalista, pues bastan estas simples consideraciones, como dice Monedero en el enlace incluído en el artículo.

(Por cierto, que me quedo con las ganas de saber quién es ese "viejo izquierdista", sospechosamente rico, que Monedero cita, y que sólo quiere ver lo verde en forma de arbolito en un aparcamiento. No me gusta ese modo insinuante de dejar caer las cosas: prefiero conocer, las cosas y las personas, con claridad).






Viento Sur

Hace poco más de un año tres reputados científicos de la NASA publicaron un impactante estudio en el que, basándose en complejos modelos matemáticos, pronosticaban el posible colapso de la civilización humana para dentro de pocas décadas. Las causas que se aludían como determinantes para llegar a tales conclusiones eran principalmente dos: la insostenible sobreexplotación humana de los recursos del planeta y la cada vez mayor desigualdad social existente entre ricos y pobres (1).

Más allá de analizar la gravedad de esta predicción, me gustaría hacer notar que los dos motivos que –según estos investigadores– podrían acabar provocando el derrumbe de nuestra civilización son precisamente dos de las más claras características que posee el sistema capitalista: una insensibilidad total hacia la sostenibilidad ecológica del planeta y una abrumadora despreocupación hacia la (des)igualdad y la (in)justicia social.

En consecuencia –y como se verá en mayor profundidad en las líneas que siguen– no resultaría demasiado descabellado afirmar que el capitalismo es, a día de hoy, una de las mayores amenazas que se ciernen sobre la continuidad de la cultura humana en el planeta Tierra. 

Evidencias de un sistema insensato 

En las sociedades modernas de hoy en día nos hemos acostumbrado a asociar el poder adquisitivo con la capacidad de alcanzar una vida feliz. Es decir, se asume que –más que menos– nuestro nivel de renta determina la felicidad que podemos llegar a alcanzar en nuestra vida (o, como se suele decir, que el dinero da la felicidad).

Esta engañosa forma de concebir la vida (basada en los aspectos materiales y monetarios como medida a través de la cual lograr una vida buena) representa, probablemente, la mayor herramienta moral que posee el capitalismo en la actualidad. Sin embargo, y como veremos a continuación, esta concepción ofrece al menos dos evidencias que la hacen insostenible.

I) La evidencia social

Desde el punto de vista social el capitalismo es insostenible en tanto en cuanto promociona una sociedad global de poseedores y desposeídos en donde el sobre-consumo innecesario de unos pocos se produce a costa de las carencias vitales de la mayoría. Y es que una de las características que ha demostrado tener el capitalismo moderno es la construcción de sociedades en las que tienden a crecer las desigualdades sociales (lo cual sucede tanto si pensamos a una escala planetaria, a nivel de países, como si lo hacemos dentro de un mismo país bajo el prisma, cada vez más simplificado, de clases).

Paralelamente a esta estratificación económica de la sociedad en dos claros grupos (unas élites muy ricas y unas masas pobres), el capitalismo no ha logrado tan siquiera cumplir su clásica promesa de traer la felicidad a un creciente número de personas. Son cuantiosos los estudios que en este sentido han cuestionado rotundamente el axioma tan fuertemente instaurado en el ADN capitalista (y en el imaginario colectivo) de que el dinero da la felicidad. Estos estudios vendrían a mostrarnos cómo la correlación entre los ingresos y la satisfacción con la vida sólo se mantiene en etapas tempranas, cuando el dinero es usado para cubrir las necesidades más básicas. A partir de este punto entraríamos en una situación de “comodidad” en donde más dinero ya no significa necesariamente más felicidad. Es más, una vez ha sido alcanzada esta situación, seguir buscando obstinadamente el crecimiento económico (en el plano macro) y el aumento de la renta y el consumo (en el plano micro) puede resultar incluso contraproducente, pues tiende a hacernos descuidar otros aspectos de nuestra vida –intangibles pero igualmente esenciales para la felicidad– como las relaciones sociales o el buen uso del tiempo (2).

Así pues, parece claro que el capitalismo es un sistema que chirría tanto con la justicia social como con la felicidad humana. Como pusieron de manifiesto hace unos años Richard Wilkinson y Kate Pickett –en su magnífica obra Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva– estas dos cuestiones (justicia social y felicidad humana) son dos asuntos íntimamente relacionados. Parece ser que las desigualdades sociales tienden a hacernos más infelices: en aquellas sociedades en donde son mayores los niveles de desigualdad, mayores son también los niveles de infelicidad (3).

De todo esto se puede extraer la acertada conclusión de que una sociedad preocupada por maximizar sus niveles de felicidad debería ser una sociedad centrada en rebajar al mínimo sus niveles de desigualdad (lo cual, dicho sea de paso, parece una tarea incompatible con las actuales políticas de desarrollo occidental). Por ello, como sostiene Jorge Riechmann en su libro ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, el capitalismo es “un enemigo declarado de la felicidad”. Y por esta misma razón “los partidarios de la felicidad humana no pueden ser sino anticapitalistas”.

II) La evidencia ecológica

Por otro lado, el axioma del crecimiento indefinido que el capitalismo defiende, a la vez que (como hemos visto) un sinsentido social, es una inviable biofísica. La constante demanda de materiales y energía que conlleva una economía como la que tenemos no puede mantenerse de forma indefinida en el tiempo sin acabar chocando con los límites biofísicos de nuestro planeta (un lugar éste, no lo olvidemos, finito y acotado). Este hecho, a pesar de ser firmemente ignorado por los economistas convencionales (y por la inmensa mayoría de los políticos), constituye una realidad absolutamente incontestable, tal y como nos enseña la segunda ley de la termodinámica. Se podría afirmar, por lo tanto, que el capitalismo es, desde el punto de vista ecológico, biofísico y termodinámico (desde el punto de vista científico al fin y al cabo) un sistema imposible abocado al desastre.

Es por razones como ésta que en política y en economía, al igual que sucede con el resto de aspectos de la vida, se hace imprescindible poseer un mínimo de cultura científica para poder ejercer como ciudadanos responsables y comprometidos (o lo que es lo mismo a efectos termodinámicos, para acomodar nuestro comportamiento a los límites biofísicos del planeta).

Me resultan muy interesantes en este sentido las sabias palabras de Wolfgang Sachs, quien sostiene que, en el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologías de izquierdas o de derechas, sino entre aquellos que aceptan los límites ecológicos del planeta y aquellos que no. O dicho de otro modo, entre aquellos que entiendan y acepten las leyes de la termodinámica y aquellos que no. No se trata por lo tanto de arreglar o refundar el capitalismo (como algún político sostuvo hace no mucho) sino de entender que nuestro futuro como especie en este planeta será un futuro no-capitalista o, sencillamente, no será.

Hacer comprender al común de los mortales que la esfera económica no puede crecer por encima de la esfera ecológica (al menos no sin comportarse antes como un cáncer) es, por sencillo que pueda parecer de entender, uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la ciencia y la educación del nuevo milenio.

Sin embargo, esta cuestión de las esferas concéntricas –cual muñecas rusas– y de los límites del planeta es (pese a los reiterados mensajes ilusorios en pro del gasterío insensato que el capitalismo se empeña en difundir) un asunto sencillo de concebir para todas las personas. Y aquí reside –precisamente– nuestra esperanza: la esperanza de un cambio social en aras de poder alcanzar otro mundo posible, más justo y sostenible.

Como argumentaba recientemente Juan Carlos Monedero, es mucho más factible hacerse anticapitalista a día de hoy desde posiciones ecologistas que desde posiciones marxistas. La inviabilidad de un sistema que aboga por el crecimiento constante en un mundo que es limitado es algo mucho más fácil de comprender para la gente normal que la tendencia descendente de la tasa de ganancia o el fetichismo de la mercancía de la que nos hablaba Marx.

Por lo tanto, y a modo de corolario, urge entender que ser anticapitalista a día de hoy no es ya una cuestión de ecologistas o de marxistas aislados, sino que es algo de sentido común; algo directamente relacionado con la lógica de supervivencia. Esperemos que este asunto sea entendido –más temprano que tarde– por la inmensa mayoría de individuos que pueblan la Tierra hasta convertirse en una evidencia popular. Nuestra continuidad sobre el planeta y nuestra felicidad de ello dependerán.

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Notas:

(1) Motesharrei, S., Rivas, J., & Kalnay, E. (2012). A Minimal Model for Human and Nature Interaction.

(2) Para profundizar algo más sobre este tema se recomienda leer este artículo.

(3) La obra de Wilkinson y Pickett (2009) muestra minuciosamente como el incremento en las desigualdades tiene significativas repercusiones negativas sobre otros aspectos de la vida que afectan directamente al bienestar y a la felicidad. Tal sería el caso de la educación, la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la incidencia de enfermedades mentales, el consumo de drogas, las tasas de obesidad y sobrepeso o el número de homicidios; variables todas ellas que presentan peores valores en aquellos lugares en donde mayor es la desigualdad.

Más allá del europeísmo crítico

Se impone afinar nuestros conocimientos sobre las características de la crisis de la Eurozona, en busca de propuestas convincentes para salir del atolladero. Para hacerlo, el economista Costas Lapavitsas a escrito "Crisis en la eurozona" (Capitán Swing, 2013), que recoge informes redactados entre 2010 y 2011 y ofrece tanto una descripción de la crisis del euro como un plan de disolución concertada y progresista de esta moneda.

Los párrafos que siguen resumen las alternativas posibles.

(Nota bene: frente a aquellos entusiastas del tratado de Maastrich que prometían aquello de la leche, la miel y las longanizas para atar perros, conviene recordar que la parte más lúcida de Izquierda Unida, desde siempre, se opuso a esta construcción europea, lo que costó críticas, acusaciones de "zorrocotrocos", que parece significar "mendrugos", y escisiones dolorosas y, a lo que vemos algo tarde, poco lúcidas).




Mientras tanto electrónico

(...)

¿Qué hacer, por tanto, para evitar que éstos terminen sofocados por semejante situación de desesperanza y humillación? Lapavitsas nos presenta, a lo largo del libro, tres escenarios de futuro. El primero corresponde al que los eurócratas y gobiernos nacionales de la EZ han impuesto a la población europea: la austeridad, que el autor rechaza por basarse en un diagnóstico errado de las causas de la crisis, por los estragos sociales que está causando y, last but not least, por no solucionar los problemas económicos de los pueblos europeos.

Un segundo escenario podría ser el de una reforma en profundidad del modelo de gobernanza de la EZ, basada en la unión político-fiscal de los territorios que la componen, en transformar el BCE en un organismo obligado a realizar políticas monetarias pensadas para fomentar el empleo y el crecimiento, y en crear una “Oficina de Deuda Pública” que pudiera coordinar la emisión y gestión de la deuda pública de cada Estado en colaboración con el BCE. Al respecto —y con razón, si pensamos en el ya citado acuerdo de gobierno alemán— Lapavitsas se muestra escéptico sobre su viabilidad, ya que comportaría una radical reestructuración de la soberanía en toda la EZ, dentro de la cual existe una férrea jerarquía de Estados e insoslayables intereses nacionales. Por otra parte, como ha recordado recientemente Wolfgang Streeck, aun en el caso de que los contribuyentes del norte quisieran costear la unión fiscal de la UE, ésta terminaría reproduciendo el viejo modelo italiano: un “Mezzogiorno” enjaulado en una unión monetaria que le es perjudicial, cuyo atraso sería paliado por el dinero del norte a costa de la renuncia de aquel a un futuro de progreso social y pleno empleo [8].

El tercer escenario es el del impago de la deuda por parte de los Estados del sur de Europa, y su salida de la moneda única. Este es el panorama que Lapavitsas considera más conveniente para ellos. Eso sí, siempre y cuando el proceso de salida no fuera desfavorable para sus clases trabajadoras, ya duramente castigadas en estos años de recortes. Para ello, el economista griego indica que el impacto, en su opinión fuerte, que tendría la salida de un país de la EZ, debería ir acompañado de medidas como:

1) la suspensión de pagos y la restructuración de la deuda internacional; 
2) la nacionalización y la creación de un sistema de bancos públicos que garantizara los depósitos de los ciudadanos y concediera créditos en condiciones razonables a pequeñas y medianas empresas (lo que protegería el empleo); 
3) controles de capitales para evitar el flujo de salidas de fondos líquidos y proteger el sistema bancario del país que decide recuperar su soberanía monetaria; 
4) una fuerte intervención pública para controlar aquellas áreas estratégicas de la economía (transportes, energía, telecomunicaciones, etc.) amenazadas por el impacto de la salida de la EZ. 
Como se puede notar, Lapavitsas concibe la salida del euro no sólo como una necesidad inevitable dada la situación de inmovilismo político que caracteriza la EZ, sino también como una oportunidad para llevar a cabo una reforma estructural de la economía por completo diferente de las recetas neoliberales que se han aplicado en Europa (y que nos empujaría, de paso, a repensar nuestras políticas fiscales, energéticas e industriales). 

Si bien el autor presenta un panorama de salida de la moneda única más impactante y menos detallado que los que plantean economistas como Jacques Sapir o el mismo Bagnai [9], su propuesta tiene un mérito indudable: el de ofrecer a la izquierda de los países del sur un programa de emergencia pero también ofensivo, capaz de aglutinar a las capas sociales pauperizadas por la austeridad y a millones de jóvenes sin perspectivas de futuro. Un programa, pues, que ofrece esperanza y un papel de protagonista a una izquierda transformadora que, desde que estalló la crisis, no ha sabido —o podido, según se mire— detener la ofensiva de la Troika. Porque, haciendo un ejercicio de honestidad, deberíamos reconocer que la izquierda europea no se encuentra en su mejor momento: en los tres principales países de la EZ, o ha sido arrinconada del juego político (Italia) o se encuentra claramente estancada en sus perspectivas de voto (Francia y Alemania); tampoco en Portugal y España las cosas van mucho mejor, ya que los partidos socialistas ibéricos parecen haber parado la hemorragia de votos que estaban sufriendo y frenado el ascenso de las siglas a su izquierda (IU, PCP y Bloque de Esquerda). Sólo en Grecia, Syriza sigue manteniéndose como alternativa real de gobierno. Este es el motivo por el que su líder, Alexis Tsipras, ha sido nombrado candidato por el Partido de la Izquierda Europea (PIE) a la presidencia de la Comisión Europea para las elecciones de mayo. Unas elecciones de extraordinaria importancia, hasta el punto de que el mismo Tsipras ha afirmado que representan «la última oportunidad» para construir una UE justa y «de las personas» [10]. O, lo que es lo mismo, que estamos ante la última oportunidad para el llamado “europeísmo crítico”. Habrá que ver qué resultados conseguirá el joven político heleno. Por ahora, los sondeos apuntan a un elevado nivel de abstención y a un crecimiento del PIE claramente insuficiente para determinar un cambio sustancial en las políticas de Bruselas. En fin, no es descartable que esta “última oportunidad” termine en un fracaso, razón por la que es oportuno formular aquí una última reflexión sobre cómo la izquierda se ha relacionado hasta hoy con el proceso de unificación europea.

(...) 

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[8] Wolfgang Streeck, «Mercados y pueblos: capitalismo democrático e integración europea», New Left Review (edición en castellano), n.º 73, marzo-abril de 2012, pp. 55-62.

[9] Jacques Sapir, S’il faut sortir de l’Euro…, Cemi-Ehess, París, 2011; Alberto Bagnai, Il tramonto dell’euro, op. cit., pp. 307-398.

[10] Alexis Tsipras: «Este es nuestro momento, es la última oportunidad para cambiar Europa», Público, 14 de diciembre de 2013. Consultable en: http://www.publico.es/internacional/489232/alexis-tsipras-este-es-nuestro-momento-es-la-ultima-oportunidad-para-cambiar-europa.

De la representación política, el socialismo y la libertad de los antiguos

A partir de una distinción elaborada por Benjamín Constant sobre la diferencia entre la "libertad de los antiguos" (democracia directa) y la  "libertad de los modernos" (democracia representativa), el autor de este artículo señala cómo la primera se aplicaba a una clase ociosa que podía participar en los asuntos públicos, y la segunda, pues... ¡también!

Constant obvia el hecho real de la existencia de clases sociales, claramente cuando habla de "los antiguos", y por omisión cuando aplica la idea a "los modernos". En una sociedad capitalista es impensable la primera libertad, pero además es imposible la segunda, en la que una clase ociosa puede participar mientras no puede hacerlo una clase trabajadora sin tiempo material para ello.

Por eso se estableció la remuneración para los cargos electos, El sistema parece justo para evitar que sólo participen ("desinteresadamente") las clases ociosas. Ahora se oponen demagógicamente las élites (Ay Dolores, mi linda Dolores, Dolores de Cospedal...) con argumentos sesgados, que van desde un ridículo ahorro económico hasta atribuir a los políticos de izquierda un simple gusto por "las poltronas", cuando no acusándolos directamente de "aspirantes a corruptos".

Frente a esta democracia representativa se intenta llegar a una democracia participativa, que reproduciría en lo posible la libertad de los antiguos, aplicada ahora a toda la sociedad. 

En realidad, tanto una como otra requieren tiempo libre. De hecho, es más fácil remunerar a unos representantes de las clases subalternas que permitir la participación en los asuntos públicos de quienes carecen de tiempo para ello.

Claro que remunerar los cargos vuelve a escindir la sociedad entre representantes y representados, pero eso sería menos importante en una sociedad más igualitaria. En todo caso, una democracia será tanto más participativa cuanto menos tiempo secuestre el trabajo a la participación.

Reivindiquemos con más fuerza el derecho a la pereza. Sobre todo en sociedades condenadas a la sobreproducción y el despilfarro.





Rebelión

En el siglo XIX, B. Constant proponía la existencia de dos tipos de libertad. La primera de ellas, la libertad de los antiguos, situada históricamente en las sociedades de la Antigüedad Clásica, “consistía en la participación activa y continua en el poder colectivo (1) por parte de la ciudadanía. “La parte que cada cual tenía en la soberanía nacional, no era (…) un supuesto abstracto. La voluntad de cada uno tenía una influencia real” (2) era aquello que caracterizaba —por lo menos formalmente— la vida política, a través de la deliberación pública de los asuntos de interés general. El segundo tipo de libertad, era aquella que correspondía —según el criterio del autor, corroborado históricamente— a las sociedades capitalistas, características a partir de la revolución francesa y cuyo sistema político predominante ha sido el liberalismo, hasta el punto de confundirse capitalismo y liberalismo como un único concepto. Esta libertad, la libertad de los modernos”, consistía —y ha consistido— en un “sistema representativo [de] poder otorgado a un determinado número de personas por la masa del pueblo, que quiere que sus intereses sean defendidos y que sin embargo no tiene tiempo de defenderlos siempre por sí mismas” (3), por la cual, el papel principal de la ciudadanía sería el disfrute de la “independencia privada y (…) la búsqueda de nuestros intereses particulares (4). En otras palabras: la preocupación principal de la ciudadanía —el conjunto de la población de un Estado dado— debería y debe consistir en la satisfacción de sus aspiraciones “privadas”, que no son otra cosa que su vida económica y, de manera instrumental, de su vida “personal”. 

En esta propuesta —o seguramente constatación— temprana sobre lo que debía ser el sistema político característico de las sociedades propias del capitalismo, podemos encontrar dos realidades empíricamente demostrables, así como un elemento totalmente ausente, imprescindible para cualquier análisis serio —en términos resolutivos— sobre la sociedad capitalista. El principal error de Constant —previsiblemente deliberado— es la analogía que realiza entre el concepto de ciudadanía propio de las sociedades de la antigüedad y las sociedades propias de la época contemporánea. La analogía resulta imposible, porque elimina de su análisis cualquier mención a la división de la sociedad en diferentes clases sociales. Tomando la parte por el todo, olvida que la ciudadanía, tal y como estaba constituida en la sociedad clásica, representaba en sí misma una clase social —o, por lo menos, un estamento— diferenciada de las demás existentes, tales como las mujeres, los no ciudadanos, los hombres libres o los esclavos (5), mientras que en las sociedades del capitalismo, por lo menos y de manera generalizada con el transcurso de la historia, la ciudadanía es un concepto bajo el que se integran la práctica totalidad de los miembros que permanecen de manera más o menos estable bajo la tutela del Estado. Por este motivo, la “libertad de los modernos” nunca podrá ser una concepción válida para la resolución de los problemas de las sociedades contemporáneas, puesto que obvia el elemento central que las caracteriza. En cualquier caso, este ensayo sobre la “libertad”, nos sirve para constatar que, como afirmaba el autor 1) A pesar de los espectaculares avances científico-tecnológicos acaecidos en los siglos XIX y XX, estos no han repercutido necesariamente en la reducción de la jornada laboral de la mayoría de la población y el aumento del tiempo libre de ésta, por lo que una de las premisas de la “libertad de los modernos”, la ausencia de tiempo libre para la dedicación colectiva a los asuntos públicos, sigue vigente, de lo que se deriva 2) La sociedad capitalista, en su formación política más genuina, el liberalismo político, sigue dividida entre una gran mayoría de ciudadanos sin tiempo para participar en las deliberaciones políticas y, una “clase política” que, en representación del conjunto de la ciudadanía, se dedica profesionalmente y a tiempo completo a los asuntos públicos.

El sistema político que se deriva de esta realidad, comúnmente llamado “sistema representativo” o “democracia representativa”, se encuentra actualmente en franca bancarrota debido a la escisión social existente por la diferenciación entre “representantes y representados” que el capitalismo ha sido incapaz de resolver y que está poniendo en tela de juicio —por lo menos en muchos países de gran tradición democrática— la esencia misma y los pilares básicos de la democracia liberal y sus parámetros de legitimación, representación y consenso que, históricamente, habían funcionado con cierto éxito.

Esta realidad ha supuesto en los países capitalistas con modelos de “democracia representativa” más o menos profundos, una perpetuación de la dominación por parte de la burguesía sobre las demás clases sociales, especialmente sobre la clase obrera, puesto que su posición inicial en los procesos de legitimación política —fundamentalmente en el plano electoral— siempre ha sido y será incomparablemente más ventajosa, entre otras circunstancias, por su potencial económico —derivado de la extracción de plusvalía al trabajador—, su “independencia personal” y su falta de necesidad de trabajar, es decir, de su tiempo libre. No hay que ser un observador especialmente agudo para comprobar, por ejemplo en el caso de España (6), cómo innumerables empresarios “dan el salto” del mundo de la empresa privada a la política —y viceversa—, precisamente gracias a esa “independencia” a la que hacíamos referencia y a su falta de necesidad de acudir a un puesto de trabajo para percibir un salario como medio fundamental de subsistencia. Por el contrario, los miembros de las clases subalternas de cualquier sistema capitalista, particularmente los asalariados, encuentran —los que están predispuestos a ello— tremendas dificultades para participar en la vida política, puesto que deben la totalidad de su existencia al trabajo, que es el único elemento que les provee de lo necesario para sufragar sus necesidades materiales y espirituales. Igualmente, las condiciones laborales bajo las que se encuentra, son las que marcan su existencia social más allá de los límites de la empresa, con evidentes limitaciones como son, por ejemplo, los horarios, generalmente preestablecidos y con estrechos márgenes de modificación y adaptación. Seguramente, nadie pueda imaginar a una recepcionista de un hotel, un camarero de un restaurante o un peón de una fábrica de automóviles, acudiendo al jefe o al director de recursos humanos de la empresa, solicitándole flexibilidad horaria o exención de horas —que en cualquiera de los casos, dejaría de cobrar, suponiendo igualmente un problema— para poder participar en una reunión del partido político de turno o en una asamblea de la asociación de vecinos de su barrio, por poner cualquier ejemplo.

Históricamente, y conforme el sistema capitalista iba desarrollándose y la clase obrera tomando consciencia de sus propios intereses, los trabajadores han buscado fórmulas para mejorar su participación y representación dentro de los marcos representativos del Estado. De esta necesidad de hacer sentir su propia voz, de manera independiente de la burguesía, surgieron algunas de las primeras reivindicaciones obreras básicas como la reducción de la jornada laboral o la remuneración económica por el ejercicio de cargos de representación institucional —conquista que vuelve a encontrarse en el punto de mira, cuando no directamente eliminada, como en el caso de Castilla-La Mancha—, como mejoras en la posición de los trabajadores para participar de la toma de decisiones y la vida política en general, “recortando” así distancias con unas clases pudientes abismalmente más aventajadas para dedicarse en exclusividad o, por lo menos, con muchas mayores facilidades, a la vida social y política.

Sin tener aquí en consideración el carácter del trabajo en el régimen de producción capitalista, donde el trabajador, según P. Lafargue, está “entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social” (7), nosotros queremos centrarnos en cuál ha sido la situación de la clase obrera en relación con la “libertad de los antiguos” y la “libertad de los modernos”, en las experiencias de construcción socialista realizadas durante el siglo XX, particularmente en la Unión Soviética, que fue la base y referencia de los demás regímenes del “socialismo real” de Europa del Este (8). No es el objeto de este trabajo analizar cuáles fueron las conquistas materiales de la clase obrera en los países socialistas, aunque no cabe duda que éstas no fueron pocas. En este sentido, los países socialistas consiguieron el pleno empleo, mientras las sociedades capitalistas —con la excepción de los países del capitalismo “central” durante la “edad de oro” del tercer cuarto del siglo XX— generaban sin remedio grandes masas de trabajadores que engrosaban el “ejército de reserva”, que ya había caracterizado K. Marx en el siglo XIX. También es innegable que los ciudadanos de la URSS y los países del “socialismo real” conquistaron amplios derechos económicos y sociales, tales como una educación y una sanidad universales y gratuitas, estabilidad laboral y salarial, amplio acceso a la cultura, etc., particularmente destacables si tenemos en cuenta la realidad anterior de esos países, caracterizados generalmente por un gran atraso con respecto a los países del capitalismo “occidental” y con unas masas sumidas en la más absoluta miseria. Sería arriesgado y polémico intentar enumerar cuáles han sido o deberían ser los objetivos concretos de la clase obrera en su lucha por el socialismo, pero podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, entre ellos, está la construcción de una sociedad sin clases o, por lo menos, de una sociedad en que todos sus miembros estén en igual capacidad y cuenten con las mismas oportunidades en la vida social y, por lo tanto, también en la vida política. De ahí las archiconocidas consignas “de cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades” (9) o “ni en dioses, reyes y tribunos, está el supremo salvador”, particularmente interesante en relación con la cuestión de la “representación” en el marco de la construcción socialista.

En consecuencia, no tiene sentido hablar de la “libertad de los modernos” en el marco de una sociedad socialista, ya que su premisa básica es la escisión de la sociedad en dos cuerpos distintos. Por un lado, el cuerpo de los “representantes”, que ya no requieren del trabajo manual para su subsistencia, mientras que los “representadosnecesitan todavía de su trabajo para mantenerse con vida y satisfacer sus necesidades, lo que constituye una quiebra de la pretendida igualdad —que no igualitarismo— que constituye la característica central del socialismo. Por lo tanto, la conclusión lógica, sería que la “libertad de los antiguos” debería ser el tipo de “libertad” característica del socialismo. Muchas voces se han alzado por la consecución de este tipo de “libertad” en los países capitalistas, particularmente del capitalismo “occidental”, desde la irrupción de los “nuevos movimientos sociales” a partir de los años sesenta. Estas voces, abogan por convertir la “democracia representativa” en “democracia participativa”, es decir, una sociedad donde la diferenciación entre “representantes y representados” quedaría abolida o paliada por la participación activa y en igualdad de condiciones en los asuntos públicos de los diferentes miembros de la sociedad. Pero la “democracia participativa” tiene un problema en el capitalismo: la existencia de las clases sociales y, por lo tanto, la desigualdad en términos de tiempo libre de los diferentes miembros del cuerpo social. La instauración de un modelo de “democracia participativa” bajo condiciones de producción y distribución capitalistas, no sería más que un nuevo artificio de legitimidad política, en el que los trabajadores seguirían dedicando la mayor parte de su tiempo vital al trabajo asalariado, mientras las clases parasitarias y más acomodadas, coparían nuevamente los espacios de deliberación y decisión política.

Por lo tanto, y partiendo de la premisa que la “libertad de los modernos” es incompatible con el socialismo como lo es al capitalismo la “libertad de los antiguos”, ¿podemos afirmar que las experiencias socialistas del siglo XX se regían por la “libertad de los antiguos”? La respuesta, evidentemente, es que no. La Unión Soviética —a la que tomaremos a partir de ahora como única referencia—, desarrolló un extenso entramado institucional, tanto para el Estado como para el partido —que a menudo se confundían entre sí—, caracterizado por un modelo “representativo” que, incluso en ocasiones, apelaba a valores clásicos de la democracia liberal, como la elección de representantes a través del sufragio universal y secreto o el establecimiento de cámaras de diputados —tanto congreso como senado— a nivel nacional con arreglo a criterios territoriales. El socialismo proclamó el poder de la clase obrera —con la consecuente eliminación de la burguesía como clase social, que efectivamente se realizó, puesto que en la Unión Soviética, por lo menos durante la mayor parte de su existencia, ésta no existía— pero

El propósito del socialismo, no consiste solamente en proclamar el poder del pueblo trabajador, sino en dar al pueblo trabajador la posibilidad real y práctica de ejercer ese poder. Si un trabajador debe pasar ocho horas frente a las máquinas y puede participar en la gestión del Estado sólo terminada su jornada laboral, cuando ya las puertas de los Soviets y de Comités Ejecutivos, Comités de Partido distritales y municipales están cerradas, entonces el poder popular es solo un término proclamado. Ahí nos queda sólo esperar que el aparato de funcionarios públicos contratados (por alguna razón) no actúe en su propio beneficio, sino en interés de la clase trabajadora y de la sociedad en general (10).

Este fragmento, escrito por un autor nada sospechoso de heterodoxia en el campo del marxismo, sitúa brillantemente el principal problema que encontró la construcción socialista en el marco de su estructuración política. En la Unión Soviética, la jornada laboral nunca se vio reducida más allá de las ocho horas diarias, por lo que la compatibilización de la vida laboral con la participación directa en los asuntos públicos, nunca fue más posible para un trabajador soviético de lo que lo fue —por lo menos hablando de participación en abstracto, sin considerar la incidencia ideológica de su clase sobre las decisiones institucionales, claramente diferente entre los sistemas socialistas y capitalistas— para un trabajador alemán o estadounidense. La argumentación habitual contra esta crítica, sería sacar a colación —y seguramente con parte de razón— la necesidad del poder soviético de desarrollar rápidamente la totalidad de las fuerzas productivas del país para defenderse del cerco capitalista, para después competir e incluso intentar superar el potencial económico del mundo capitalista, en algo que acabaría llamándose la “emulación socialista”. El problema de esta dinámica consistente en “desatar las fuerzas productivas” en un intento de competir en cuanto a resultados económicos con el capitalismo, es que no tomaba en consideración la distinta naturaleza de los dos sistemas sociales, sin entender que un sistema comprometido en la satisfacción de las necesidades de todos sus miembros por igual, nunca podrá competir en pie de igualdad con un sistema que explota sus propias capacidades de desarrollo a costa de la miseria de su propia población, el expolio, la rapiña internacional y la guerra.

Si tomamos como válido todo lo expuesto anteriormente, nos inclinaremos a aceptar que uno de los principales problemas de la construcción socialista en el siglo XX, fue precisamente su incapacidad de superar la dicotomía entre “representantes y representados”, generando además una “clase” de burócratas que, con el paso del tiempo, ya ni siquiera debían sentirse como “representantes” de la clase obrera —como no se sienten representantes de nadie muchos funcionarios en el sistema capitalista—, sino simplemente como funcionarios del Estado en el que les había tocado nacer, que casualmente era socialista.

Si queremos que las próximas experiencias socialistas culminen en un éxito definitivo, “tenemos que plantear y solucionar la cuestión de la participación de los trabajadores en el proceso de su poder (…) no desde el punto de vista idealista, sino materialista. No basta con convocar a los trabajadores a participar en la gestión del Estado, sino que, primeramente, es necesario asegurar que tengan tiempo para ello” (11). Por lo tanto, es necesario que los trabajadores reivindiquen definitivamente el viejo sueño de “el derecho a la pereza”, la reducción constante de su jornada laboral, como elemento central que les permitirá gozar de tiempo libre para ser partícipes de su propio poder en el socialismo, no solamente de manera formal, sino real, participando aquellos que así lo quieran en todos los procesos de toma de decisiones, de manera democrática.

Notas:

(1) Constant, Benjamin, Escritos políticos. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1989, pp. 267-268. 
(2) Ibídem, p. 268. 
(3) Ibídem, p. 282. 
(4) Ibídem, p. 282-283.
(5) “Los ciudadanos [en Atenas] eran verdaderos nobles, que no debían ocuparse más que de la defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajes de los cuales descendían. Debiendo tener todo su tiempo libre para velar con su fuerza intelectual y corporal por los intereses de la República, encargaban todo trabajo a los esclavos”. Heródoto cit. por Lafargue, Paul, El derecho a la pereza [en línea]. 1848. [Consulta: 31 de marzo 2014].
(6) El caso del actual gobierno español es especialmente significativo, cuando la mayoría de sus ministros son destacados empresarios en diferentes sectores económicos del país.
(7)  Lafargue, Paul, El derecho a la pereza [en línea]. 1848, pp. 11-12 [Consulta: 31 de marzo 2014].
(8) Por países de “socialismo real”, nos referimos a todos aquellos Estados que instauraron el socialismo con anterioridad a 1949, a excepción de la URSS y Mongolia. Entre ellos encontramos a Polonia, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Albania y, en menor medida, ya que rompió con el resto del mundo comunista en 1948, a Yugoslavia.
(9) Marx, Karl, Crítica al Programa de Gotha. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1979.
(10)  Popov, Mikhail V., Cambio del carácter de la producción en el proceso de construcción y desarrollo del socialismo. En: Revista Comunista Internacional. Partido Comunista de los Pueblos de España, 2011, nº 2, pp. 103-104.
(11) Popov, Mikhail V., Cambio, op. cit., p. 104.

sábado, 19 de abril de 2014

Una explicación sencilla

Es tan obvio, que apenas se entiende que no nos demos cuenta.
¿Tiene intereses el capital financiero? La palabra lo dice.
¿Tiene problemas el capital?
¿Tiene medios de defensa? ¿Qué Medios?

¿Piensa defenderse? 

Pues entonces... 




El periodista Pere Rusiñol, sobre la crisis del periodismo
  
Fòrum de Debats de la Universitat de València
Rebelión

En los últimos años han confluido múltiples factores que explican la degradación mediática. Se le suelen achacar a Internet buena parte de los males, pero el problema no se limita a la influencia de la Red. De entrada, prácticamente todas las empresas periodísticas (prensa, radio y televisión) se hallan en quiebra. No generan ingresos, siquiera, para cubrir una décima parte de las deudas contraídas. Pero como estas empresas producen información, cuentan con capacidad para configurar la opinión pública y construir realidades, los bancos se han hecho con ellas para servir a sus intereses.

jueves, 10 de abril de 2014

Derrotar al fascismo cuando aún hay tiempo

El fascismo es la última línea de defensa de la burguesía, concepto tan abandonado que para muchos ya suena a doctrinario. Pero la burguesía es una realidad existente en nuestra estructura social, y puede definirse como aquella clase que posee los medios de producción y aprovecha la necesidad de quienes no los poseen de vender su fuerza de trabajo para subsistir, y de comprar luego los propios frutos de su trabajo. En ambas operaciones, el burgués obtiene beneficios.

Es natural que las clases poseedoras defiendan su ocio y su negocio. También es natural que los desposeídos tiendan a arrebatarles el chiringuito. La lucha de clases es un fenómeno natural.

Lucha es tensión entre opuestos, con ruptura o sin ella, oscilando entre el diálogo y la acción violenta, según urgencias, necesidades, posibilidades y oportunidades de los contendientes. Como en tantos fenómenos desarrollados en el tiempo, podemos hablar de un equilibrio puntuado: ni todo es evolución, ni todo revolución.

En sociedades estables puede haber mucha violencia más o menos aparente, y también hemos visto revoluciones democráticas pacíficas. Generalmente la violencia se produce en situaciones de cambio acelerado, como resistencia a las transformaciones por parte de los que están siendo despojados de su situación privilegiada, o como respuesta a esa resistencia.

La democracia moderna fue un modo de organizar la sociedad a partir de la caída del antiguo régimen. Al principio era claramente burguesa. Excluía a la clase obrera, el voto era censitario, restringido a los dueños de propiedades. El sufragio universal fue un logro dolorosamente arrancado, que se fue imponiendo lentamente, a lo largo de muchos decenios.

Casi siempre esta democracia ha estado controlada por partidos de la burguesía, o por partidos de una izquierda domesticada. Los medios para ese control son muchos y omnipresentes. El aparato estatal a través de sus tres poderes, el cuarto poder de los medios, los mecanismos ideológicos o religiosos, han mantenido mal que bien la capacidad de conformar las conciencias según sus intereses.

Esto ha funcionado relativamente bien en las fases expansivas del capitalismo. Pero en periodos críticos el malestar cunde en las masas, y la democracia se desestabiliza. Entonces se olvidan de la democracia y recurren al fascismo.

El fascismo pudo presentarse en otro tiempo como "otro modo de hacer la revolución", sedicentemente contra el capital, del que sin embargo recibió su fuerza. Una revolución en nombre de valores abstractos, como la Patria o la Raza, en gran medida construidos artificialmente sobre sustratos reales. El concepto de patria exalta el de nación, construcción real aunque cambiante. El de raza carece hoy de todo contenido válido.

El equivalente actual del fascismo sigue agitando el fantasma de la nación como unidad de destino, y en parte sustituye la raza por la etnia y el racismo puro por la xenofobia. En el fondo se trata de enmascarar las contradicciones de clase transformándolas en conflictos internos de las clases subalternas. Este es el fascismo que surge, como tratamiento preventivo, en las democracias de corte burgués, como un auténtico "plan B" alternativo a posibles rebeliones: si ha de haber una "revolución", que sea de orientación fascista, pagada por la parte "fea" de la burguesía, mientras la parte "bella" sigue loando (y croando) la democracia...

Si la democracia empieza a tomar un carácter socializante, entonces la canción es otra, y sólo se habla de defender la "democracia", frente a una supuesta "dictadura". A la "dictadura socialista" se opone la "democracia" a secas (burguesa), como la única verdadera.

Sobre la violencia, la defienden si es la suya, entonces la ejercen unos "luchadores por la libertad". Si la ejerce un enemigo, es "terror y opresión" y es digna de condena, aunque la ejerza como legítima defensa.

Luego, cuando el fascismo se implanta, no hay vuelta atrás. Si acaso un lento camino hacia una democracia convenientemente castrada, de la que será muy difícil escapar.

Lo malo es que los aparatos de ese estado burgués capitalista tienden a perdurar, y solamente se caen cuando la situación es tan mala (guerra, miseria, descomposición social, bancarrota...) que la salida puede ser también fascista.

Contra este engaño cobra importancia y pasa a primer plano la lucha ideológica. Hay que lograr que la gente entienda lo que está ocurriendo de verdad por debajo las apariencias.

El capitalismo hace, deshace, dicta sus reglas, oprime en el interior, destruye en el exterior, mata a sus enemigos, a ser posible en la cuna... porque no ve enemigos de su talla en el horizonte, pero sabe que sus prácticas los engendran continuamente. Y trata de matarlos en la cuna para que no lleguen a crecer, por cualquier medio que juzgue necesario.

En las crisis anteriores, tras una gran destrucción había un gran crecimiento. Ahora no está claro que pueda seguirse este camino, que se apoya en la explotación del hombre y de la naturaleza. No habrá nuevo desbordamiento de la riqueza que alcance a las clases populares (nunca lo hubo realmente, salvo en contados países y grupos sociales). Ahora estamos al final de la escapada.

El capital tiene más poder y menos futuro que nunca. De lo primero depende su galopada destructiva, que conduce a lo segundo.

El artículo de Petras reivindica la aplicación del término fascista a los movimientos violentos y reaccionarios que proliferan en unos países y amenazan con surgir en otros. Aunque los collares sean distintos, se trata de los mismos perros de la guerra.

"Grita «¡Devastación!» y suelta a los perros de la guerra"




Rebelión
(...)
La historia del avance del fascismo en las democracias

En Venezuela, el término "fascista" se aplica apropiadamente a los grupos políticos organizados y violentos que llevan adelante campañas masivas de terror para desestabilizar y derrocar al gobierno bolivariano, que fue elegido democráticamente. Los académicos puristas podrían argumentar que los fascistas venezolanos no tienen la ideología nacionalista y racista que imperaba entre sus predecesores de Alemania, Italia, España y Portugal. Es cierto, y es a la vez, irrelevante. El tipo de fascismo existente en Venezuela es altamente dependiente del imperialismo estadounidense y de sus aliados, los caudillos militares colombianos; y actúan bajo sus órdenes. El racismo de los fascistas venezolanos se pone de manifiesto en los ataques directos contra las clases obrera y campesina, que son multirraciales y afro-indígenas -como quedó demostrado por las vitriólicas expresiones racistas contra el fallecido presidente Chávez.

La conexión esencial con los movimientos fascistas precedentes se centra en los siguientes puntos:
  1. Profunda hostilidad de clase contra la mayoría del pueblo;
  2. Odio visceral hacia el Partido Socialista Chavista, que ganó 18 de las 19 elecciones pasadas;
  3. Uso de la toma armada del poder por una minoría que actúa en representación de las clases dominantes locales y de EE.UU.;
  4. Intención de destruir las instituciones y los procedimientos democráticos, a los que, al mismo tiempo, usa con fines propagandísticos, para ganar espacio político;
  5. Se enfoca en la destrucción de las instituciones de la clase trabajadora -concejos comunales, asociaciones barriales, clínicas médicas y dentales, escuelas públicas, transporte, almacenes subsidiados de alimentos, centros de discusión política, cooperativas bancarias, sindicatos y cooperativas de campesinos;
  6. Y por el apoyo que recibe de la gran banca, y de las corporaciones del agro y firmas manufactureras capitalistas.
En Alemania, Italia, España, Francia y Chile, los movimientos fascistas también comenzaron como pequeños grupos terroristas, que consiguieron el apoyo financiero de la élite capitalista gracias a la violencia ejercida contra las organizaciones de la clase trabajadora y las instituciones democráticas, y que reclutaron adeptos principalmente entre los estudiantes universitarios de la clase media, los profesionales de la elite (especialmente doctores) y los oficiales militares de alto rango en actividad y en retiro -unidos por su hostilidad contra el orden democrático.

Trágicamente y con demasiada frecuencia, los líderes democráticos de los gobiernos constitucionales, tienden a ver a los fascistas como "simplemente otro partido", y se niegan o no tienen voluntad para aplastar las pandillas armadas, que combinan el terror en las calles con las elecciones para ganar el poder estatal. Los demócratas constitucionalistas han fracasado o no tuvieron la voluntad para ver al brazo político, civil, de los nazis como parte integral de un enemigo orgánico y totalitario; entonces negociaron y debatieron una y otra vez con las elites fascistas, que durante el proceso, destruían la economía mientras que los terroristas atacaban los cimientos político-sociales del estado democrático. Los demócratas se negaron a enviar a sus millones de simpatizantes para frenar a las hordas fascistas. Peor aún, hasta se vanagloriaban de haber encarcelado a los policías y soldados acusados de haber usado "fuerza excesiva" al confrontar a los pandilleros fascistas. Por ello, los fascistas se movieron fácilmente de las calles al poder del estado. Los demócratas elegidos por voto estaban tan preocupados por las críticas de los medios internacionales capitalistas, de los críticos de la elite y de las auto-llamadas organizaciones de derechos humanos, que contribuyeron a facilitar la toma del poder de los fascistas. El derecho del pueblo a la defensa armada de la democracia ha sido subordinado al pretexto de respetar las normas democráticas -¡normas que ningún estado burgués bajo ataque hubiera respetado! Los demócratas constitucionalistas fallaron en reconocer cuan drásticamente había cambiado la política. Ya no tenían enfrente de ellos a una oposición parlamentaria preparándose para la próxima elección; se enfrentaban a terroristas armados y a saboteadores que usaban la lucha armada para tomar el poder por cualquier medio -incluyendo golpes de estado violentos.

En el léxico fascista, conciliación democrática significa "debilidad", "vulnerabilidad" y una invitación a incrementar la violencia; explotan eslóganes como 'paz y amor' y 'derechos humanos'; llaman a 'negociaciones' como preámbulos de la derrota; y 'acuerdos' como preludios de la capitulación.

Los políticos democráticos que alertan sobre una "amenaza fascista" se vuelven blancos de los ataques violentos de los terroristas, que mientras tanto actúan como si estuvieran participando en "negociaciones parlamentarias".

Así es como los fascistas llegaron al poder en Alemania, Italia y Chile, mientras los demócratas constitucionalistas, hasta el final, se negaron a armar a los millones de trabajadores organizados que podrían haber rechazado a los fascistas, y salvado la democracia preservando a la vez sus propias vidas.
(...)

sábado, 5 de abril de 2014

La desaparición de la capa de hielo del Ártico


(foto: NASA Goddard Space Flight Center)





















Es una obviedad que el sistema de calefacción de nuestro mundo es el sol. Que el calentamiento se produce en el hemisferio diurno y la necesaria refrigeración en el nocturno, y que la rotación permite la oscilación relativamente suave de las temperaturas sin que ninguno de los dos fenómenos alcance límites intolerables para la vida.

Este asador de pollos a la velocidad justa y con equilibrio justo del calor entrante y saliente hace que el ave terrestre se ase suave y armoniosamente. ¡Menos mal!

Pero el equilibrio se puede producir a diferentes temperaturas. Avivar el fuego más o menos no está en nuestras manos, depende del sol y ahí no podemos intervenir. Oraciones de los creyentes aparte, no está en nuestras manos que nuestro pollo se queme o se quede crudo por esta razón.

Claro que el pollo puede calentarse más o menos si lo embadurnamos con una salsa más o menos oscura. Nunca hice la prueba, porque no me parece una combinación apetitosa, pero seguramente se nos quemará si lo bañamos en tinta de calamar.

El color más o menos oscuro de nuestro planeta modifica la radiación que se refleja directamente al espacio. Se llama albedo al porcentaje de radiación que una superficie refleja respecto a la que incide sobre ella. Las superficies claras tienen valores de albedo superiores a las oscuras, y las brillantes más que las mates. El albedo medio de la Tierra es del 37-39 % de la radiación que proviene del Sol.

Un planeta más brillante sería mucho más frío, y uno más oscuro mucho más caliente.

He aquí una tabla de albedos para distintas coberturas superficiales:

Albedos % de luz reflejada
Nieve reciente 86
Nubes brillantes 78
Nubes (promedio) 50
Desiertos terrestres 21
Suelo terrestre sin vegetación 18
Bosques (promedio) 8
Ceniza volcánica 7
Océanos 5 a 10
Sistema Solar (albedo medio)
Luna 7
Mercurio 6
Venus (atmósfera) 70
Tierra vista desde el espacio 37 a 39
Marte 15
Júpiter 41
Saturno 42
Urano 45
Neptuno 55
Sistema Solar otros
Encélado 99 (el mayor registrado)
Meteoroides 7
Fobos 6
Deimos 6
Cometa Halley 4
Extrasolares
TrES-2b 0,04 (el menor registrado)


Encélado



































La blancura de la nieve, más aún que las nubes, es uno de los factores importantes para el mantenimiento de la superficie terrestre a una temperatura confortable. Las glaciaciones fueron fenómenos en gran medida autoalimentados, pues a más hielo en la superficie más reflexión y menos retención del calor solar. Presumiblemente, el fenómeno llegó a niveles extremos en remotas épocas, ocasionando la congelación total de la superficie terrestre, llegándose a lo que se ha llamado Tierra bola de nieve, glaciación global o superglaciación.

El fenómeno inverso también puede producirse, con un calentamiento autopropulsado hasta límites intolerables. El tema es bien conocido y es uno de los preferidos por los apocalípticos, lo que no significa que sea para tomarlo a broma.

El agua es un gran regulador de las temperaturas, como sabemos quienes vivimos felizmente cerca del mar. Su elevado calor específico suaviza los cambios bruscos de temperatura:


Material
Calor específico
kcal/kg · °C
Agua
1
Acero
0,12
Tierra seca
0,44
Granito
0,2
Madera de roble
0,57
Ladrillo
0,20
Madera de pino
0,6
Piedra arenisca
0,17
Hormigón
0,16
Mortero de yeso
0,2
Tejido de lana
0,32
Poliestireno expandido
0,4
Poliuretano expandido
0,38
Fibra de vidrio
0,19
Aire
0,24

Más aún, en forma de hielo nos presta otro servicio: tiene una gran resistencia a cambiar de estado, de modo que la cantidad de calor que hace falta para fundir el hielo es la misma que se necesita luego para elevar su temperatura a casi 80 °C. Un poco más, y empieza a hervir...

Este calor latente, o calor de cambio de estado, es muy elevado. En términos sencillos, significa que durante el cambio de estado no se eleva la temperatura, y toda esa energía se está empleando en cambiar las relaciones entre las moléculas contiguas. Liberándolas de enlaces fijos entre ellas en la fusión, independizándolas por completo en la evaporación.

Mayor aún es el calor latente para esta última, pero maldita la gracia si llegamos a necesitar que la temperatura tarde en pasar de cien grados para sentirnos aliviados...
Calores de cambio de estado para el agua:
  • de fusión: 335,5 kJ/kg (79,7 kcal/kg) a 0 °C;
  • de evaporación: 2257 kJ/kg (539 kcal/kg) a 100 °C.

Está claro en este gráfico, con calor añadido creciente hacia la derecha y aumento de la temperatura hacia arriba: hasta que no se ha fundido todo el hielo, no varía la temperatura de ambas fases en contacto. En el otro cambio de fase, el agua permanece a cien grados hasta hervir totalmente.

Así que el efecto de la fusión de las masas de agua polares sería doblemente grave:
  • Disminución del albedo: calentamiento creciente
  • Fusión completa: calentamiento disparado
Dejo  a vuestra consideración lo que se dice en el artículo al que os remito, y del que copio algunos párrafos:


La desaparición de la capa de hielo del Ártico
Las consecuencias nos siguen aún pareciendo cosas de ciencia ficción
Truthout
( ...)

John Nissen es presidente del Arctic Methane Emergency Group, un conjunto de científicos y expertos cuya misión es advertir a la comunidad mundial de la crisis a que nos enfrentamos si se funde el hielo del Ártico. Estudió ciencias naturales en la Universidad de Cambridge y ahora estudia el ACD a tiempo completo, centrándose en el papel del hielo del mar Ártico dentro del sistema climático del planeta.

“El hielo marino del Ártico es vital para el sistema terrestre debido a su papel en el control de la temperatura, el clima y las corrientes del planeta”, dijo Nissen a Truthout. “Las corrientes cálidas de los océanos Atlántico y Pacífico desembocan en el Ártico y allí se hielan. El calentamiento extra de esas corrientes se traduce en una disminución del hielo marino con pérdida de albedo [reflejo solar] mientras el hielo marino es sustituido por aguas abiertas. Las aguas abiertas absorben el calor que se acumula y ayudan a que se derrita el hielo marino al año siguiente en un círculo vicioso de calentamiento y derretimiento.”

Nissen explicó que cuando el hielo marino no se forme ya durante el verano, se producirá una gran reducción de albedo. El calentamiento del Ártico, que está teniendo ya lugar al ritmo de un grado centígrado por década, se acelerará a un ritmo de varios grados centígrados por década a partir de ese momento.

Hay precedentes históricos de esta situación, como cuando en una década, al final del Joven Dryas, se produjo un calentamiento del Ártico de siete grados, un cambio climático abrupto que fue acompañado de un aumento de muchos metros del nivel del mar. El Joven Dryas es uno de los ejemplos comúnmente más utilizados de abruptos cambios climáticos de las condiciones climáticas de frío y sequía, y se produjo aproximadamente hace 12.800-11.500 años. Aunque hay muchas teorías, se piensa que los hechos fueron causados por el colapso de las placas de hielo de América del Norte.

(...)