sábado, 23 de febrero de 2019

La magna convocatoria

"El canto del grillo, de tanto sonar, se ha perdido", escribió Juan Ramón Jiménez.

Nuestro canto, tan débil, de Pepito Grillo, apenas se oye. Y cuando lo repetimos una y otra vez, la atención se cansa y el canto se pierde.

En cambio, el poderoso rebuzno (que me perdone Platero) de estos elementos llegará a todos los oídos, proclamando la justicia de la heroica lucha contra un tirano, y el carácter profundamente humano de los que, desinteresadamente por supuesto, se han unido a esa coral, en absoluto polifónica.

Los grandes altavoces del oligopolio de la comunicación se encargan de dejar claro que  estos cantantes solidarios y altruistas trabajan por la recuperación democrática de Venezuela.

¿Tendrá algo que ver en tan generosa contribución el importante papel de Richard Branson en la industria discográfica? De Virgin Records a Universal Music Group hay un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la música...

¡Adelante mis muchachos!

Mi modesta contribución al coro se limita a recoger algunos datos encontrados en arrezafe sobre los entresijos de este magno acto.

…


¿QUIÉN ES RICHARD BRANSON?

¿Pero quién es el hombre que organiza todo este tinglado conspirativo-musical en el que participa en figuras mediáticas de los grandes medios de comunicación mundial? Branson es un conocido personaje de negocios, creador de la marca Virgin, que abarca desde el transporte aéreo a la producción de discos.

Su patrimonio se calcula en 5 mil millones de dólares. Cada acción suya de “interés social”, va acompañada de una aureola propagandística truculenta, previamente difundida por los medios, como cuando decidió que los 170 empleados de élite de su casa matriz tomaran vacaciones a gusto siempre que cumplan eficazmente con sus tareas –beneficio, por supuesto, jamás extendido a los 50 mil trabajadores de sus 400 empresas–. O cuando auspició un centro de orientación sobre aborto y sexualidad para jóvenes, o lanzó la iniciativa Virgin Earth Challenge, a fin de hallar soluciones para reducir la emisión de gases tóxicos.

Nadie debe llamarse a engaño: Branson es un voraz tiburón empresarial de nuevo cuño. Se lo traga todo, deglutiendo tan sólo aquello que se traduce en millones de dólares.

Desde el punto de vista ideológico tiene muy claro a qué deben de responder sus percepciones. A un corresponsal español en Londres, le confesó en 2011:
«Tenemos que “reinventar” el capitalismo, al que sigo considerando como el mejor de los sistemas. Creo realmente que el capitalismo ha ayudado a mucha gente a mejorar sus vidas, lo que ocurre es que en los últimos tiempos ha perdido el camino».
Parece claro que él está contribuyendo a que el sistema económico del que se sirve, encuentre su verdadero camino.


¿QUIÉNES SON LOS COMPINCHES DE BRANSON?

Branson y sus émulos sudamericanos estarán en Cúcuta animando a los artistas convocados para el concierto. Por ahí tropezarán con el mandatario chileno Sebastián Piñera, un pinochetista hasta los mismos tuétanos, quien en un tuit comprometió a su anfitrión el presidente colombiano Iván Duque:
«Venezuela y su pueblo necesitan apoyo internacional para recuperar su libertad y democracia. Con el presidente Iván Duque estaremos este viernes en Cúcuta entregando ayuda humanitaria a quienes llevan años sufriendo crisis causada por la dictadura.»
Pero el protagonista de los compases previos del evento “musical” ha sido Marco Rubio, el ultraderechista senador estadounidense, nacido en en los Estados Unidos, pero hijo de un matrimonio cubano que huyó a los Estados Unidos cuando comenzó la lucha en Sierra Maestra en contra del dictador Fulgencio Batista. Marco Rubio, asimismo, ha pertenecido a la corriente más derechista del Partido Republicano, internacionalmente conocida como “Tea Party” 

Como no podía ser de otra manera, ya Rubio estuvo supervisando el futuro teatro de los acontecimientos en Cúcuta, proporcionándole a la “operación” los últimos “toques” organizativos. Su odio contra la revolución bolivariana venezolana se ha terminado convirtiéndose en una psicopatía obsesiva. Y si no, presten atención a este párrafo de una reciente intervención suya:
“Sé que la democracia va a regresar a Venezuela, lo único es que ahora hay que ver si será con la cooperación de algunos de los que están en el gobierno o si ellos también van a pasar el resto de sus vidas como presos o fugitivos”
El evento organizado por Branson se efectuará justo un día antes del anuncio emitido por el diputado de la Asamblea Nacional de Venezuela, en desacato desde 2016, el autoproclamado Juan Guaidó, quién informó que se prevé para este jueves el ingreso al territorio venezolano de insumos enviados por EE.UU., y otros países. 

Por su parte, el Gobierno de Venezuela anunció la realización del “Gran Concierto por la Paz”, para los días viernes 22 y sábado 23 de febrero, como respuesta a la operación de Washington, en el puente internacional Simón Bolívar, en la frontera con Colombia.






El hombre de las alas virginales planea ¡y cómo planea! por los cielos del arte musical.






Sus socios en estas lides, plenamente convencidos, acuden a su entusiasta convocatoria.

Claro que siempre hay alguien que desafina




sábado, 9 de febrero de 2019

Comprar, comprar, comprar...

Me encuentro en el blog el otro algunos fragmentos de La formación de las necesidades, obra de Günther Anders, certero análisis de la sociedad de consumo.

"Compro, luego existo" estaba escrito, según me contó una persona confiable, en las bolsas de un centro comercial estadounidense. En una espiral sin fin (pero con final previsible a corto plazo), el consumo es la salida momentánea para una producción siempre en aumento. Producción a costa de lo que sea para mantener los beneficios crecientes de una minoría.

              "Vamos a hacerle una oferta que no podrá rechazar"

El consumo como sumidero perfecto para una fuente que se va secando.



Comprar, comprar, comprar…

“…con el deber, según Kant, hay que cumplir también cuando va en contra de las inclinaciones de uno, y sobre todo entonces, así es que hoy se ha de cumplir también, y sobre todo, cuando el deber entra en contradicción con el propio “haber”. También los mandamientos de las ofertas son categóricos, y cuando ellas proclaman su must, alegar la precaria situación del deber y haber de uno es puro sentimentalismo.”
(Günther Anders)


En la sociedad de consumo capitalista el que se resista a la estandarización consumista lo lleva claro. De momento se convierte en un enfermo social, en situación de pecado, y se ve obligado a consumir remordimientos prefabricados por los aparatos oficiales de propaganda y adoctrinamiento. Los consume, los remordimientos, porque, una vez que ha pecado, no puede permitirse, por segunda vez, desobedecer otro mandamiento. O sea, y para entendernos, otra oferta categóricamente irrechazable… entiéndase que salvo para locos, o enfermos, estólidos o elementos antisociales. Ya digo, el que se resista o disienta del ‘mandamiento de la oferta’, en este orden social lo lleva claro.

Con la mercancía se puede jugar, con la adquisición de la mercancía no se juega. Pagar a plazos es un juego que resulta caro pero si no se tienen mejores naipes, que no se suelen tener, no queda otra. De todos modos el cliente disfruta de la tenencia y uso de la mercancía ‘antes de pagar’. De tal manera que acaba ‘usando’ la mercancía (‘de tontos es comprar pan y no comerlo’), porque la tiene: ‘con lo cual ésta se convierte en su criatura’. Y por ahí se desarrolla la trampa llamada fetichismo de la mercancía, mediante lo cual el sujeto que la adquiere y la consume (la utiliza, y no solamente la utiliza sino que, ya que la tiene, también acaba por necesitarla –y de ese modo es utilizado, ya que las ‘órdenes’ de las mercancías, incluso en estado de inservibles, no admiten objeciones–. En resumidas cuentas el comprador se vende con cada compra.), aunque no la haya pagado en su totalidad, pierde definitivamente la posibilidad de, como supuesto ser autónomo,  encontrarse a sí mismo ‘fuera de esa relación de necesaria obediencia y sumisión’ que exige circular continuamente por el mismo carril: comprar-consumir-comprar-consumir…: ‘al final, uno no acaba teniendo lo que necesita, sino necesitando lo que tiene’:

“En cierto sentido, la “adicción” es el modelo de las necesidades actuales; con lo cual queda dicho que las necesidades deben su existencia y su modo de ser al hecho de que existan determinadas mercancías.

Pues bien: entre esas mercancías, las más refinadas son las que, por su cualidad, producen necesidades acumulativas. Que Dios o la naturaleza hayan implantado en el hombre un basic need, una necesidad elemental de consumir Coca-Cola, es cosa que nadie sostendría, ni siquiera en el país que la produce; pero el caso es que allá, al otro lado del charco, la sed se ha adaptado a la Coca-Cola, y eso –y aquí llegamos al meollo del asunto
– a pesar de que la función última y secreta de dicha bebida no es apagar la sed, sino producirla: esto es, producir, en concreto, una sed específica de Coca-Cola. Aquí resulta, pues, que la demanda es un producto de la oferta y la necesidad un producto del producto, mientras la necesidad producida por el producto sigue funcionando como garantía de la ulterior producción acumulativa del producto.”

(…)

“Nadie puede permitirse abrir brechas en el sistema del que, como hijo de nuestro tiempo, participa, lo quiera o no, pues con ello quedaría privado del sistema entero. El hecho de que cada mercancía que, según está mandado, se nos ofrece y se compra, encierra a su vez otras necesidades que se convierten en nuestras necesidades, representa la culminación del fenómeno de los moldes, ya que nuestras necesidades ya no son más que las improntas o reproducciones de las necesidades de las mercancías mismas.”

lunes, 4 de febrero de 2019

La lengua y la mano, o viceversa

En la hominización concurrieron dos herramientas que podemos calificar como hardware y software, desarrolladas en tiempos y con ritmos diferentes. El software es la lengua, el hardware, el cerebro como CPU, con la mano como periférico esencial. En la entrada anterior del blog me refería a la primera, nuestro "lenguaje universal de programación". Hablo ahora de la segunda, soporte material de la creación del ser humano, y de la relación entre ambas.

De l
a estrecha relación entre la mano y el cerebro se ocupa el libro La mano que piensa. Su autor, el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa, ahonda en los procesos relativamente autónomos e inconscientes del pensamiento y el obrar en la escritura, la artesanía o en la producción de arte y arquitectura. Analiza la esencia de la mano y su papel crucial en la evolución de las destrezas, la inteligencia y las capacidades conceptuales del hombre. La mano no es solo un ejecutor fiel y pasivo de las intenciones del cerebro, sino que tiene intencionalidad y habilidades propias.


Recalco la relación entre pensamiento y obra, que viene a ser la tantas veces citada relación dialéctica entre teoría y práctica.

Mano y cerebro forman parte de un todo inseparable, salvo en una sala de disección. Por eso, cuando en mi oposición a la universidad uno de los miembros del tribunal me preguntó si veía futuro en el dibujo a mano, ante el avance del diseño por ordenador, contesté que la inmediata relación entre mano y cerebro lo hacía insustituible en muchos momentos de la actividad creadora.

La marcha bípeda liberó la mano, que se hizo hábil a la par que el cerebro. Aparece el trabajo y con él la cooperación. Y la cooperación encuentra el elemento clave que la facilita en el lenguaje simbólico.

El lenguaje humano, el único de propósito universal, está en la base de todos los lenguajes específicos. Ha propiciado el progreso exponencialmente acelerado de los últimos milenios, hasta llegar a una actualidad potencialmente explosiva.


El resultado ha sido una capacidad mayor para transformar la naturaleza. Una capacidad un tanto peligrosa.


Friedrich Engels escribió en 1876 el artículo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Darwin había publicado El origen de las especies en 1859, pero hasta 1871 no vio la luz El origen del hombre. Esta tardanza se explica por sus temores a enfrentarse con sus contemporáneos en medio de la opresiva y reaccionaria atmósfera victoriana.


En 1857, antes de dar a la imprenta el primero de estos libros, Darwin había recibido una carta de Alfred Russel Wallace en que le preguntaba si el libro trataría la cuestión del origen del hombre. Contestó que evitaría el tema al estar «tan rodeado de prejuicios».


Así que la gestación de la obra de Darwin fue lenta y a veces dolorosa. Cinco años de observaciones en el viaje del Beagle, veintitrés entre este viaje y la publicación del primer libro, doce entre el primero y el segundo. 

Marx y Engels siguieron con gran interés las ideas evolucionistas, que extendieron a la evolución de las sociedades. Este escrito engloba en un solo proceso los elementos citados, mano, cerebro y lenguaje. Aún más, contiene una visión ecológica y notablemente actual de la naturaleza, de la que forma parte la humanidad, frente al orgullo positivista que situaba al hombre, al hombre occidental, desde luego, como dueño y señor del mundo natural, en lugar de ser una pieza más, inseparable de él; peligrosa por su capacidad pensante y actuante cuando no es capaz de ir más allá de su interés inmediato.

Por eso mismo incluyo a continuación la mayor parte del artículo de Engels.


El escabel de Kant



El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre
F. Engels


El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economía política. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que él convierte en riqueza. Pero el trabajo es muchísimo más que eso. Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre.

(…)
Todos los monos antropomorfos que existen hoy día pueden permanecer en posición erecta y caminar apoyándose únicamente en sus pies; pero lo hacen sólo en caso de extrema necesidad y, además, con suma torpeza. Caminan habitualmente en actitud semierecta, y su marcha incluye el uso de las manos. La mayoría de estos monos apoyan en el suelo los nudillos y, encogiendo las piernas, hacen avanzar el cuerpo por entre sus largos brazos, como un cojo que camina con muletas. En general, aún hoy podemos observar entre los monos todas las formas de transición entre la marcha a cuatro patas y la marcha en posición erecta. Pero para ninguno de ellos ésta última ha pasado de ser un recurso circunstancial. 


Y puesto que la posición erecta había de ser para nuestros peludos antepasados primero una norma, y luego, una necesidad, de aquí se desprende que por aquel entonces las manos tenían que ejecutar funciones cada vez más variadas. Incluso entre los monos existe ya cierta división de funciones entre los pies y las manos. Como hemos señalado más arriba, durante la trepa las manos son utilizadas de distinta manera que los pies. Las manos sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos, como lo hacen ya algunos mamíferos inferiores con sus patas delanteras. Ciertos monos se ayudan de las manos para construir nidos en los árboles; y algunos, como el chimpancé, llegan a construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo. La mano les sirve para empuñar garrotes, con los que se defienden de sus enemigos, o para bombardear a éstos con frutos y piedras. Cuando se encuentran en la cautividad, realizan con las manos varias operaciones sencillas que copian de los hombres. Pero aquí es precisamente donde se ve cuán grande es la distancia que separa la mano primitiva de los monos, incluso la de los antropoides superiores, de la mano del hombre, perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de años. El número y la disposición general de los huesos y de los músculos son los mismos en el mono y en el hombre, pero la mano del salvaje más primitivo es capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la mano de ningún mono. Ni una sola mano simiesca ha construido jamás un cuchillo de piedra, por tosco que fuese. 

(…)

Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él. Únicamente por el trabajo, por la adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini. 

Pero la mano no era algo con existencia propia e independiente. Era únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficiaba también a todo el cuerpo servido por ella; y lo beneficiaba en dos aspectos. 

Primeramente, en virtud de la ley que Darwin llamó de la correlación del crecimiento. Según ésta ley, ciertas formas de las distintas partes de los seres orgánicos siempre están ligadas a determinadas formas de otras partes, que aparentemente no tienen ninguna relación con las primeras. Así, todos los animales que poseen glóbulos rojos sin núcleo y cuyo occipital está articulado con la primera vértebra por medio de dos cóndilos, poseen, sin excepción, glándulas mamarias para la alimentación de sus crías. Así también, la pezuña hendida de ciertos mamíferos va ligada por regla general a la presencia de un estómago multilocular adaptado a la rumia. Las modificaciones experimentadas por ciertas formas provocan cambios en la forma de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal conexión. Los gatos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi siempre sordos. El perfeccionamiento gradual de la mano del hombre y la adaptación concomitante de los pies a la marcha en posición erecta repercutieron indudablemente, en virtud de dicha correlación, sobre otras partes del organismo. 

Sin embargo, ésta acción aún está tan poco estudiada que aquí no podemos más que señalarla en términos generales. Mucho más importante es la reacción directa -posible de demostrar- del desarrollo de la mano sobre el resto del organismo. Como ya hemos dicho, nuestros antepasados simiescos eran animales que vivían en manadas; evidentemente, no es posible buscar el origen del hombre, el más social de los animales, en unos antepasados inmediatos que no viviesen congregados. Con cada nuevo progreso, el dominio sobre la naturaleza, que comenzara por el desarrollo de la mano, con el trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas. Por otra parte, el desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta, y al mostrar así las ventajas de ésta actividad conjunta para cada individuo, tenía que contribuir forzosamente a agrupar aún más a los miembros de la sociedad. En resumen, los hombres en formación llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los otros. La necesidad creó el órgano: la laringe poco desarrollada del mono se fue transformando, lenta pero firmemente, mediante modulaciones que producían a su vez modulaciones más perfectas, mientras los órganos de la boca aprendían poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro. 

(…)

¿Y qué es lo que volvemos a encontrar como signo distintivo entre la manada de monos y la sociedad humana? Otra vez el trabajo. La manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área que determinaban las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas vecinas. Trasladábase de un lugar a otro y entablaba luchas con otras manadas para conquistar nuevas zonas de alimentación: pero era incapaz de extraer de estas zonas más de lo que la naturaleza buenamente le ofrecía, si exceptuamos la acción inconsciente de la manada, al abonar el suelo con sus excrementos. Cuando fueron ocupadas todas las zonas capaces de proporcionar alimento, el crecimiento de la población simiesca fue ya imposible; en el mejor de los casos el número de sus animales podía mantenerse al mismo nivel. Pero todos los animales son unos grandes despilfarradores de alimentos; además, con frecuencia destruyen en germen la nueva generación de reservas alimenticias. A diferencia del cazador, el lobo no respeta la cabra montés que habría de proporcionarle cabritos al año siguiente; las cabras de Grecia, que devoran los jóvenes arbustos antes de que puedan desarrollarse, han dejado desnudas todas las montañas del país. Esta «explotación rapaz» llevada a cabo por los animales desempeña un gran papel en la transformación gradual de las especies, al obligarlas a adaptarse a unos alimentos que no son los habituales para ellas, con lo que cambia la composición química de su sangre y se modifica poco a poco toda la constitución física del animal; las especies ya plasmadas desaparecen. No cabe duda de que ésta explotación rapaz contribuyó en alto grado a la humanización de nuestros antepasados, pues amplió el número de plantas y las partes de éstas utilizadas en la alimentación por aquella raza de monos que superaba con ventaja a todas las demás en inteligencia y en capacidad de adaptación. En una palabra, la alimentación, cada vez más variada, aportaba al organismo nuevas y nuevas substancias, con lo que fueron creadas las condiciones químicas para la transformación de estos monos en seres humanos. Pero todo esto no era trabajo en el verdadero sentido de la palabra. El trabajo comienza con la elaboración de instrumentos. ¿Y qué son los instrumentos más antiguos, si juzgamos por los restos que nos han llegado del hombre prehistórico, por el género de vida de los pueblos más antiguos que registra la historia, así como por el de los salvajes actuales más primitivos? Son instrumentos de caza y de pesca; los primeros utilizados también como armas. Pero la caza y la pesca suponen el tránsito de la alimentación exclusivamente vegetal a la alimentación mixta, lo que significa un nuevo paso de suma importancia en la transformación del mono en hombre. El consumo de carne ofreció al organismo, en forma casi acabada, los ingredientes más esenciales para su metabolismo. Con ello acortó el proceso de la digestión y otros procesos de la vida vegetativa del organismo (es decir, los procesos análogos a los de la vida de los vegetales), ahorrando así tiempo, materiales y estímulos para que pudiera manifestarse activamente la vida propiamente animal. Y cuanto más se alejaba el hombre en formación del reino vegetal, más se elevaba sobre los animales. De la misma manera que el hábito a la alimentación mixta convirtió al gato y al perro salvajes en servidores del hombre, así también el hábito a combinar la carne con la dieta vegetal contribuyó poderosamente a dar fuerza física e independencia al hombre en formación. Pero donde más se manifestó la influencia de la dieta cárnea fue en el cerebro, que recibió así en mucha mayor cantidad que antes las substancias necesarias para su alimentación y desarrollo, con lo que su perfeccionamiento fue haciéndose mayor y más rápido de generación en generación. Debemos reconocer -y perdonen los señores vegetarianos- que no ha sido sin el consumo de la carne como el hombre ha llegado a ser hombre; y el hecho de que, en una u otra época de la historia de todos los pueblos conocidos, el empleo de la carne en la alimentación haya llevado al canibalismo (aún en el siglo X, los antepasados de los berlineses, los veletabos o vilzes, solían devorar a sus progenitores) es una cuestión que no tiene hoy para nosotros la menor importancia. 

El consumo de carne en la alimentación significó dos nuevos avances de importancia decisiva: el uso del fuego y la domesticación de animales. El primero redujo aún más el proceso de la digestión, ya que permitía llevar a la boca comida, como si dijéramos, medio digerida; el segundo multiplicó las reservas de carne, pues ahora, a la par con la caza, proporcionaba una nueva fuente para obtenerla en forma más regular. La domesticación de animales también proporcionó, con la leche y sus derivados, un nuevo alimento, que en cuanto a composición era por lo menos del mismo valor que la carne. Así, pues, estos dos adelantos se convirtieron directamente para el hombre en nuevos medios de emancipación. No podemos detenernos aquí a examinar en detalle sus consecuencias indirectas, a pesar de toda la importancia que hayan podido tener para el desarrollo del hombre y de la sociedad, pues tal examen nos apartaría demasiado de nuestro tema. 

El hombre, que había aprendido a comer todo lo comestible, aprendió también, de la misma manera, a vivir en cualquier clima. Se extendió por toda la superficie habitable de la Tierra siendo el único animal capaz de hacerlo por propia iniciativa. Los demás animales que se han adaptado a todos los climas -los animales domésticos y los insectos parásitos- no lo lograron por sí solos, sino únicamente siguiendo al hombre. Y el paso del clima uniformemente cálido de la patria original, a zonas más frías donde el año se dividía en verano e invierno, creó nuevas necesidades, al obligar al hombre a buscar habitación y a cubrir su cuerpo para protegerse del frío y de la humedad. Así surgieron nuevas esferas de trabajo y, con ellas, nuevas actividades que fueron apartando más y más al hombre de los animales. 

Gracias a la cooperación de la mano, de los órganos del lenguaje y del cerebro, no sólo en cada individuo, sino también en la sociedad, los hombres fueron aprendiendo a ejecutar operaciones cada vez más complicadas, a plantearse y a alcanzar objetivos cada vez más elevados. El trabajo mismo se diversificaba y perfeccionaba de generación en generación extendiéndose cada vez a nuevas actividades. A la caza y a la ganadería vino a sumarse la agricultura, y más tarde el hilado y el tejido, el trabajo de los metales, la alfarería y la navegación. Al lado del comercio y de los oficios aparecieron, finalmente, las artes y las ciencias; de las tribus salieron las naciones y los Estados. Se desarrollaron el Derecho y la Política, y con ellos el reflejo fantástico de las cosas humanas en la mente del hombre: la religión. Frente a todas estas creaciones, que se manifestaban en primer término como productos del cerebro y parecían dominar las sociedades humanas, las producciones más modestas, fruto del trabajo de la mano, quedaron relegadas a segundo plano, tanto más cuanto que en una fase muy temprana del desarrollo de la sociedad (por ejemplo, ya en la familia primitiva), la cabeza que planeaba el trabajo era ya capaz de obligar a manos ajenas a realizar el trabajo proyectado por ella. El rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y a la actividad del cerebro. Los hombres se acostumbraron a explicar sus actos por sus pensamientos, en lugar de buscar ésta explicación en sus necesidades (reflejadas, naturalmente, en la cabeza del hombre, que así cobra conciencia de ellas). Así fue cómo, con el transcurso del tiempo, surgió esa concepción idealista del mundo que ha dominado el cerebro de los hombres, sobre todo desde la desaparición del mundo antiguo, y que todavía lo sigue dominando hasta el punto de que incluso los naturalistas de la escuela darviniana más allegados al materialismo son aún incapaces de formarse una idea clara acerca del origen del hombre, pues esa misma influencia idealista les impide ver el papel desempeñado aquí por el trabajo. Los animales, como ya hemos indicado de pasada, también modifican con su actividad la naturaleza exterior, aunque no en el mismo grado que el hombre; y estas modificaciones provocadas por ellos en el medio ambiente repercuten, como hemos visto, en sus originadores, modificándolos a su vez. En la naturaleza nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples. Ya hemos visto cómo las cabras han impedido la repoblación de los bosques en Grecia; en Santa Elena, las cabras y los cerdos desembarcados por los primeros navegantes llegados a la isla exterminaron casi por completo la vegetación allí existente, con lo que prepararon el suelo para que pudieran multiplicarse las plantas llevadas más tarde por otros navegantes y colonizadores. Pero la influencia duradera de los animales sobre la naturaleza que los rodea es completamente involuntaria y constituye, por lo que a los animales se refiere, un hecho accidental. Pero cuanto más se alejan los hombres de los animales, más adquiere su influencia sobre la naturaleza el carácter de una acción intencional y planeada, cuyo fin es lograr objetivos proyectados de antemano. Los animales destrozan la vegetación del lugar sin darse cuenta de lo que hacen. Los hombres, en cambio, cuando destruyen la vegetación lo hacen con el fin de utilizar la superficie que queda libre para sembrar cereales, plantar árboles o cultivar la vid, conscientes de que la cosecha que obtengan superará varias veces lo sembrado por ellos. El hombre traslada de un país a otro plantas útiles y animales domésticos modificando así la flora y la fauna de continentes enteros. Más aún; las plantas y los animales, cultivadas aquéllas y criados éstos en condiciones artificiales, sufren tales modificaciones bajo la influencia de la mano del hombre que se vuelven irreconocibles. Hasta hoy día no han sido hallados aún los antepasados silvestres de nuestros cultivos cerealistas. Aún no ha sido resuelta la cuestión de saber cuál es el animal que ha dado origen a nuestros perros actuales, tan distintos unos de otros, o a las actuales razas de caballos, también tan numerosas. 

(…)

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente. 

En efecto, cada día aprendemos a comprender mejor las leyes de la naturaleza y a conocer tanto los efectos inmediatos como las consecuencias remotas de nuestra intromisión en el curso natural de su desarrollo. Sobre todo después de los grandes progresos logrados en este siglo por las Ciencias Naturales, nos hallamos en condiciones de prever, y, por tanto, de controlar cada vez mejor las remotas consecuencias naturales de nuestros actos en la producción, por lo menos de los más corrientes. Y cuanto más sea esto una realidad, más sentirán y comprenderán los hombres su unidad con la naturaleza, y más inconcebible será esa idea absurda y antinatural de la antítesis entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo, idea que empieza a difundirse por Europa a raíz de la decadencia de la antigüedad clásica y que adquiere su máximo desenvolvimiento en el cristianismo. 

Mas, si han sido precisos miles de años para que el hombre aprendiera en cierto grado a prever las remotas consecuencias naturales de sus actos dirigidos a la producción, mucho más le costó aprender a calcular las remotas consecuencias sociales de esos mismos actos. Ya hemos hablado más arriba de la patata y de sus consecuencias en cuanto a la difusión de la escrofulosis: Pero, ¿qué importancia puede tener la escrofulosis comparada con los efectos que sobre las condiciones de vida de las masas del pueblo de países enteros ha tenido la reducción de la dieta de los trabajadores a simples patatas, con el hambre que se extendió en 1847 por Irlanda a consecuencia de una enfermedad de este tubérculo, y que llevó a la tumba a un millón de irlandeses que se alimentaban exclusivamente o casi exclusivamente de patatas y obligó a emigrar allende el océano a otros dos millones? Cuando los árabes aprendieron a destilar el alcohol, ni siquiera se les ocurrió pensar que habían creado una de las armas principales con que habría de ser exterminada la población indígena del continente americano, aún desconocido, en aquel entonces. Y cuando Colón descubrió más tarde América, no sabía que a la vez daba nueva vida a la esclavitud, desaparecida desde hacía mucho tiempo en Europa, y sentaba las bases de la trata de negros. Los hombres que en los siglos XVII y XVIII trabajaron para crear la máquina de vapor, no sospechaban que estaban creando un instrumento que habría de subvertir, más que ningún otro, las condiciones sociales en todo el mundo, y que, sobre todo en Europa, al concentrar la riqueza en manos de una minoría y al privar de toda propiedad a la inmensa mayoría de la población, habría de proporcionar primero el dominio social y político a la burguesía y provocar después la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, lucha que sólo puede terminar con el derrocamiento de la burguesía y la abolición de todos los antagonismos de clase. Pero también aquí, aprovechando una experiencia larga, y a veces cruel, confrontando y analizando los materiales proporcionados por la historia, vamos aprendiendo poco a poco a conocer las consecuencias sociales indirectas y más remotas de nuestros actos en la producción, lo que nos permite extender también a estas consecuencias nuestro dominio y nuestro control. 

Sin embargo, para llevar a cabo este control se requiere algo más que el simple conocimiento. Hace falta una revolución que transforme por completo el modo de producción existente hasta hoy día y, con él, el orden social vigente. Todos los modos de producción que han existido hasta el presente sólo buscaban el efecto útil del trabajo en su forma más directa e inmediata. No hacían el menor caso de las consecuencias remotas, que sólo aparecen más tarde y cuyo efecto se manifiesta únicamente gracias a un proceso de repetición y acumulación gradual. La primitiva propiedad comunal de la tierra correspondía, por un lado, a un estado de desarrollo de los hombres en el que el horizonte de éstos quedaba limitado, por lo general, a las cosas más inmediatas, y presuponía, por otro lado, cierto excedente de tierras libres, que ofrecía cierto margen para neutralizar los posibles resultados adversos de ésta economía positiva. Al agotarse el excedente de tierras libres, comenzó la decadencia de la propiedad comunal. Todas las formas más elevadas de producción que vinieron después condujeron a la división de la población en clases diferentes y, por tanto, al antagonismo entre las clases dominantes y las clases oprimidas. En consecuencia, los intereses de las clases dominantes se convirtieron en el elemento propulsor de la producción, en cuanto ésta no se limitaba a mantener bien que mal la mísera existencia de los oprimidos. Donde esto halla su expresión más acabada es en el modo de producción capitalista que prevalece hoy en la Europa Occidental. Los capitalistas individuales, que dominan la producción y el cambio, sólo pueden ocuparse de la utilidad más inmediata de sus actos. Más aún; incluso ésta misma utilidad -por cuanto se trata de la utilidad de la mercancía producida o cambiada- pasa por completo a segundo plano, apareciendo como único incentivo la ganancia obtenida en la venta. 


***

La ciencia social de la burguesía, la Economía Política clásica, sólo se ocupa preferentemente de aquellas consecuencias sociales que constituyen el objetivo inmediato de los actos realizados por los hombres en la producción y el cambio. Esto corresponde plenamente al régimen social cuya expresión teórica es esa ciencia. Por cuanto los capitalistas aislados producen o cambian con el único fin de obtener beneficios inmediatos, sólo pueden ser tenidos en cuenta, primeramente, los resultados más próximos y más inmediatos. Cuando un industrial o un comerciante vende la mercancía producida o comprada por él y obtiene la ganancia habitual, se da por satisfecho y no le interesa lo más mínimo lo que pueda ocurrir después con esa mercancía y su comprador. Igual ocurre con las consecuencias naturales de esas mismas acciones. Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas para obtener con la ceniza un abono que sólo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento, ¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas! Con el actual modo de producción, y por lo que respecta tanto a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los hombres, lo que interesa preferentemente son sólo los primeros resultados, los más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias remotas de las acciones que perseguían esos fines resulten ser muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas; de que la armonía entre la oferta y la demanda se convierta en su antípoda, como nos lo demuestra el curso de cada uno de esos ciclos industriales de diez años, y como han podido convencerse de ello los que con el «crac» han vivido en Alemania un pequeño preludio; de que la propiedad privada basada en el trabajo de uno mismo se convierta necesariamente, al desarrollarse, en la desposesión de los trabajadores de toda propiedad, mientras toda la riqueza se concentra más y más en manos de los que no trabajan; de que... 

(aquí se interrumpe el manuscrito)

viernes, 1 de febrero de 2019

Sobre la lengua

"Aquí se vende lo mejor y lo peor". Y vendían solamente lenguas...

Holístico y totalitario fue una entrada de este blog en que se comentaban algunos usos retorcidos del lenguaje. Un amigo me remitió entonces a los 7 "mejores" eufemismos de los tratados de libre comercio, y le recordé esta cita de Baltasar Gracián en El Criticón. Entran Andrenio y Critilo a la gran feria del mundo:
Comenzaron a discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha. Leyeron un letrero que decía: Aquí se vende lo mejor y lo peor. Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas para callar, las mejores para mordérselas, y que se pegaban al paladar.
El autor de El arte de la prudencia elogia el silencio, que en aquel tiempo de represión (más cruda entonces, persistente ahora) podía significar "el arte de seguir vivo". Recordemos refranes en este sentido: "la palabra es plata y el silencio es oro", o "en boca cerrada no entran moscas".

Volvamos al letrero de la tienda. La lengua es lo mejor y lo peor porque el lenguaje es el soporte universal del pensamiento que sirve para todo, lo bueno y lo perverso. Es el pensamiento lo que hay que vigilar.

La biblioteca de la sede de la Real Academia Española. rn


El lenguaje es la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar
Lola Pons Rodríguez 

La lengua es un árbol, y su fruto, la palabra; lo decía con términos parecidos a estos a final de la Edad Media esa historia caballeresca entre real e inventada que es el Victorial. Siglos después, seguimos sin percibir la profundidad intelectual de las raíces de ese árbol y las posibilidades infinitas de los frutos que nos ofrece. Advertiremos su magnitud cuando entendamos que la lengua es la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar; apreciaremos su grandeza cuando comprendamos que narrar puede hacernos revivir la cólera de Aquiles y que la seducción perfecta es la que se sostiene sobre las palabras; cuando seamos conscientes de que la palabra puede ser la que prende y la que apaga el fuego; cuando leamos por placer y cuando no solo escribamos por obligación; cuando nos esforcemos por hablar con la justeza que cada entorno nos exige, sin confundir pedantería con riqueza lingüística ni imprecisión con llaneza.
(…)
Cuando nos demos cuenta de que quien engaña con las palabras va a ser capaz de trampear con las cuentas y las leyes. Cuando dejemos de identificar el cuidado lingüístico con ser políticamente conservador y la creatividad lingüística con ser políticamente progresista. Cuando entendamos que desdoblar el género es una opción personal que no arruina a la lengua y que no desdoblarlo es igualmente una opción personal que no tiene por qué suponer un ataque al feminismo.
Cuando nos olvidemos de la idea de que a un país le ha de corresponder una sola lengua; cuando asimilemos que las comunidades bilingües de España no deben hacerse monolingües, ni de una lengua ni de otra. Cuando respetemos que a esto que escribo unos lo llamen castellano y otros español; cuando comprendamos que, aunque esta lengua nació en Castilla, es mucho más que ese castellano de los orígenes. Cuando conozcamos las variedades del español en el mundo. Cuando hablar con acento del sur no te dé menos posibilidades que hablar con acento del norte, porque seamos conscientes de que ser de un lugar o de otro no garantiza un mejor uso lingüístico. Cuando comprendamos que las lenguas son patrias que cobijan; cuando la lengua no sea ni la jaula ni el ariete.
Entonces, nuestra cultura lingüística corresponderá a las inmensas capacidades de nuestra lengua. Entonces, y solo entonces, estaremos como hablantes a la altura de ese árbol gigante que nosotros mismos hemos creado.
En otro tiempo de silencio parecido al de Gracián, Blas de Otero reivindicaba la palabra como herramienta necesaria para lo mejor, cuando tantas veces se utiliza para lo peor.



Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.




Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»

etcétera.

Digo
«del hombre y su justicia»,

«océano pacífico»,

lo que me dejan.

Pido
la paz y la palabra.

lunes, 10 de diciembre de 2018

El ecologismo de Marx

Si en el siglo XIX se planteó en toda su crudeza "la cuestión social", es en el XX cuando se adquiere plena conciencia de "la cuestión ecológica". Las urgencias marcan la agenda de cada época. Ahora toca abordar ambas cosas, pero distintas tradiciones ideológicas han establecido prioridades diferentes que no ayudan a entender que ambos problemas tienen causas comunes y no pueden tratarse por separado.

La primera edición de la obra capital de Marx (valga la redundancia nominal) data de 1867, y apenas dos años más tarde introduce Haeckel el concepto de ecología. Aunque ninguno extrae sus ideas de la nada, tienen el mérito de establecer bases firmes para convertir sus análisis en conocimiento científico.

Ambas cuestiones, a las que podemos añadir "la cuestión nacional" que tanto dificulta las soluciones globales a las otras dos, se originan en una causa común que ya advirtió el filósofo alemán: el carácter depredador del capitalismo, que, necesitado de crecer continuamente o colapsar, explota hasta la extenuación, de país en país, las dos fuentes de toda riqueza: la naturaleza y el trabajo humano.

La preocupación ecológica formaba parte de las políticas de las primeras etapas de la revolución bolchevique. La urgencia industrializadora arrambló con ella (pero por otra parte, ¿habría podido resistir la Unión Soviética la embestida del nazismo sin esa brutal competición con el mundo capitalista?). La contradicción mueve el mundo, y no se trata de sermonear sobre lo que se pudo o no se pudo haber hecho de otra manera, sino de abordar cada problema con la óptica y las proyecciones pertinentes en cada momento.

De las bases físicas del agotamiento de los recursos (energéticos y otros) me ocupé hace unos días. Hace más tiempo, aquí y aquí, ya incidí en esta misma cuestión. Como nunca viene mal insistir en lo que olvidamos porque nos enfrenta con realidades desagradables, vuelvo a la carga.

Porque echo en falta, en la mayoría de los programas políticos, el olvido de la relación inseparable de las tres cuestiones citadas, exacerbadas en tiempos de inevitable contracción económica que nos enfrenta a unos con otros a todos los niveles. Los programas de los partidos se elaboran en función de coyunturas electorales en las que lo urgente es ganar el poder político. Pero ganar el poder político tampoco es ganar unas elecciones.

Las luchas eficaces son otras, y hay que ser conscientes de que es miope quedarse en lo más inmediato.




Joaquim Sempere


El ecologismo apareció como corriente influyente en los Estados Unidos y Europa occidental en los años 60 del siglo XX, al margen de las izquierdas tradicionales, y en particular del marxismo. Algunas de sus corrientes incluso se presentaban como una superación de la oposición entre derecha e izquierda, con el argumento de que los conflictos sociales (especialmente entre clases) estaban destinados a pasar a segundo término frente a un problema de fondo: la agresión humana contra el medio ambiente natural. Esta agresión afectaba a todo el mundo, era un problema de la humanidad, no de una parte, de una clase social. Pero no todo el ecologismo lo veía igual. Un sector, que se volvió mayoritario en su seno, consideraba que la destrucción ambiental era un resultado más de la dinámica expansiva, dominadora y privatizadora del capitalismo, y que por tanto el ecologismo tenía que ser anticapitalista.

¿Hasta qué punto los fundadores del socialismo moderno fueron conscientes del problema? Ha corrido mucha tinta sobre el tema. En el caso de Marx y Engels, fundadores de la corriente más influyente de la izquierda socialista, la polémica fue intensa. Alguno les ha atribuido desde ignorancia de la cuestión ecológica hasta posiciones abiertamente “productivistas” y, como tales, antiecológicas y cómplices de desarrollos industriales extremadamente destructivos del medio natural. Las prácticas inequívocamente productivistas de los regímenes autodenominados marxistas reforzaban este argumento. El bicentenario del nacimiento de Marx es una buena ocasión para repasar qué hay de verdad en estas críticas.

Marx consideraba que la burguesía, impulsando el industrialismo capitalista, creó un nuevo mundo, introduciendo innovaciones que multiplicaban las capacidades humanas para transformar el medio natural y para dotarse de mejoras gracias a la aplicación de la ciencia y la técnica a la producción. La burguesía, con ello, generaba además las condiciones previas necesarias para avanzar hacia una nueva etapa de la historia humana, una era de fraternidad: el socialismo o comunismo. El maquinismo y la concentración de trabajadores en fábricas hacían nacer un nuevo modo socializado de trabajo y de producción, que, gracias a la división del trabajo en el interior de la empresa, incrementaba la productividad del trabajo humano y aportaba una plétora de productos inaudita. Y concentraba en grandes fábricas aquellos que serían los protagonistas de los cambios revolucionarios exigidos por el nuevo régimen socioeconómico: los proletarios, llamados a subvertir el orden capitalista. Pero el maquinismo fragmentaba la actividad de cada trabajador hasta convertirlo en una simple pieza de una gran maquinaria, y sometiéndolo a explotación. La explotación, es decir, la expropiación por el empresario capitalista del producto del trabajo excedente de los obreros, permitía una acumulación de riqueza en manos del empresario. De modo que Marx, al tiempo que veía progreso en la industria mecanizada, veía dominación, sufrimiento y regresión humana. Había aprendido a pensar dialécticamente, percibiendo juntos los aspectos opuestos de una misma realidad, que raramente tiene una sola cara. En el socialismo moderno hay también una idea frecuentemente no explicitada: la productividad de las modernas fuerzas productivas permite liberar tiempo y energía para los trabajadores que, emancipados de la explotación capitalista, podrían dedicarse a la vida política y a la gestión de la cosa pública bajo un régimen comunista.

No comprender el punto de vista dialéctico ha llevado a muchos lectores y críticos de Marx a interpretar erradamente algunas de sus ideas. Así, si el industrialismo capitalista es un paso hacia la liberación de los trabajadores, parece que tenga que ser considerado sin reservas como un fenómeno positivo. Desde este punto de vista, Marx sería un admirador del progreso técnico e industrial, y, como tal, alguien que, de una manera u otra, ha contribuido a implantar o consolidar la civilización técnica que está revelándose nefasta para las condiciones de vida de la biosfera y de la misma especie humana. En otras palabras, Marx no solo no tendría nada de ecologista, sino todo lo contrario, formaría parte activa de una cultura esencialmente contraria a la vida y dominadora de la naturaleza.

Pero disponemos desde hace más de 30 años de estudios orientados a señalar la presencia, en la obra de Marx, de ideas que se pueden calificar como ecologistas o protoecologistas. Manuel Sacristán, traductor de diversas obras de Marx (entre ellas, el primer libro de El capital) y muy buen conocedor de su obra, publicaba en 1984 en la revista Mientras Tanto un trabajo titulado “Algunos atisbos político-ecológicos de Marx” (recogido en el volumen Manuel Sacristán, Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987). En este trabajo, Sacristán explicaba cómo Marx denunciaba la degradación, en el sistema capitalista, tanto de la integridad y la salud de los trabajadores como de la fertilidad de la tierra, dos realidades naturales –el trabajo humano y la tierra– que son, dice Marx, “las dos fuentes de las cuales mana toda la riqueza”. Marx y Engels fueron conscientes de un problema que preocupó a muchos científicos y estadistas del siglo XIX: la pérdida de nutrientes de las tierras agrícolas en un momento de crecimiento demográfico, y de la irracionalidad metabólica que suponía la existencia de grandes ciudades que importaban de los campos muchos alimentos pero no retornaban los nutrientes a la tierra, sino que los evacuaban hacia los ríos, contaminándolos, y derrochando un recurso de gran valor. La ruptura de la circularidad de los nutrientes ponía en cuestión tanto la viabilidad económica a largo plazo de la agricultura capitalista como la viabilidad ecológica de las grandes ciudades, hasta el punto de que, en el Anti-Dühring, Engels afirma: “La civilización nos ha dejado con las grandes ciudades una herencia que costará mucho tiempo y trabajo eliminar; pero las grandes ciudades deben ser eliminadas, y lo serán, aunque a través de un proceso lento”.

Marx, según Sacristán, creía que “en el momento de construir una sociedad socialista el capitalismo habrá destruido completamente la relación correcta de la especie humana con el resto de la naturaleza (...) Y entonces asigna a la nueva sociedad una tarea –dice literalmente– de ‘producir sistemáticamente’ este intercambio entre la especie humana y el resto de la naturaleza. (...) La sociedad socialista queda así caracterizada como aquella que establece la viabilidad ecológica de la especie” [1]. Como se puede observar, Sacristán ponía de manifiesto en los textos de Marx y Engels unos puntos de vista inequívocamente “ecologistas” y una percepción muy acertada de un rasgo esencial del capitalismo: la ruptura de la circularidad de los intercambios entre humanos y medio natural que son la condición básica de la continuidad de la vida humana sobre la tierra. Marx utilizó profusamente el término “metabolismo” –en alemán Stoffwechsel, es decir, intercambio de materiales, que no es nada más que la definición de “metabolismo”–, un término típicamente ecológico, y eso dice mucho de la consciencia de Marx sobre la cuestión. La observación de Marx según la cual el socialismo estaba destinado a establecer “la viabilidad ecológica de la especie [humana]” se hace explícita en el libro III de El capital, donde se caracteriza la sociedad sin clases, el comunismo, que supuestamente ha de suceder al capitalismo, no solo como una sociedad libre de explotación y de inseguridad, sino también como una sociedad en la que “los seres humanos regularán conscientemente su metabolismo con la naturaleza”. Esta frase, que ha sido en general poco comentada por los lectores e intérpretes de El capital, subraya hasta qué punto Marx fue consciente de la dimensión ecológica de la vida humana, del papel destructivo del capitalismo respecto a esta dimensión e incluso de la misión regenerativa que correspondería al socialismo en el futuro.

En el año 2000 se publicaba la obra de John Bellamy Foster Marx’s Ecology. Materialism and Nature (traducido al castellano con el título La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza, El Viejo Topo, 2004), una obra consistente y muy documentada sobre el tema, que aclara muchos puntos. Este libro aporta elementos adicionales que permiten hacerse una idea más precisa del ecologismo de Marx, a partir de un recorrido muy detallado de las diferentes tradiciones científicas y materialistas que influyeron en este autor, desde Epicuro (a quien va dedicar su tesis doctoral) y Lucrecio hasta los ilustrados europeos y la ciencia natural. Foster explica, a partir de los cuadernos de lectura de Marx, como este se interesó, entre otros, por la geología histórica, por la teoría evolucionista de Darwin y por la química agrícola, especialmente por Justus von Liebig, que denunció la inviabilidad a largo plazo de la agricultura capitalista. Recoge también múltiples pronunciamientos sobre el tema tanto de Marx como de Engels. Este último, en una carta a Marx, ponía el acento en el derroche “de nuestras reservas de energía, nuestro carbón” (que caracteriza como “calor solar del pasado”) y de los bosques, indicando los efectos devastadores de la deforestación [2].

Foster relaciona la conciencia marxiana de la “fractura metabólica” (término utilizado por Marx) con la obsesión por la división antagónica entre ciudad y campo. Y alude a un tema que la moderna crítica ecologista ha puesto en evidencia explicando que el comercio desigual implica expolio de recursos naturales, es decir, uso y consumo, por parte de los países ricos, de la tierra y el agua de los países pobres  cuando los primeros importan piensos, producción vegetal o ganadera de los países pobres:

“Para Marx –dice Foster– la fractura metabólica relacionada en el nivel social con la división antagónica entre ciudad y campo se ponía también de manifiesto a un nivel más global: las colonias asistían impotentes al robo de sus tierras, sus recursos y su suelo al servicio de la industrialización de los países colonizadores”. Siguiendo a Liebig, que había afirmado que “Gran Bretaña roba a todos los países las condiciones de su fertilidad” y señalando a Irlanda como ejemplo extremo, escribe Marx: “Indirectamente Inglaterra ha exportado el suelo de Irlanda sin dejar siquiera a sus cultivadores los medios para reemplazar los elementos constituyentes del suelo agotado” (p. 253).

Es bastante evidente que, en estas observaciones, Marx apunta una visión del imperialismo que va mucho más allá de una explotación en términos de valor económico, y que incluye el saqueo y la transferencia física de recursos naturales: fertilidad de la tierra, minerales del subsuelo, agua. Foster recoge también que Engels transmitió a Marx la noticia de los trabajos de Podolinski sobre flujos de energía y de valor, solo unos meses antes de la muerte de Marx. Este desestimó por simplistas las inferencias de Podolinski, pero sin negar su pertinencia.

Un par de observaciones más indican hasta qué punto había avanzado en la mente y la obra de Marx la conciencia ecológica. Una es el esbozo de la noción de sostenibilidad ecológica en la idea de la continuidad de la especie humana o “cadena de generaciones”, cuando dice, por ejemplo, en el libro I de El capital, que “la agricultura tiene que preocuparse por toda la gama de condiciones permanentes de la vida que requiere la cadena de las generaciones humanas”, o cuando se refiere a las “condiciones eternas de la existencia humana impuestas por la naturaleza” [3]. Otra observación, esta más socioecológica, merece una atención especial, porque se ha atribuido a Marx la idea de que el desarrollo agrícola exige aumentar la escala de la producción, idea que parece coherente con una visión peyorativa del pequeño campesinado como una rémora del pasado. He aquí como lo presenta Foster:
(...) Su análisis [el de Marx] le enseñó los peligros de la agricultura a gran escala, a la vez que le hacía ver que la cuestión principal era la interacción metabólica entre los seres humanos y la tierra. En consecuencia, la agricultura solo podía existir a una escala bastante grande allí donde se mantuvieran las condiciones de sostenibilidad, cosa que Marx consideraba imposible en la agricultura capitalista a gran escala. ‘La moraleja del cuento –dice Marx en el libro III de El capital– (...) es que el sistema capitalista va en sentido contrario a la agricultura racional, o que la agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista (aunque este promueva el desarrollo técnico de la agricultura) y necesita o bien pequeños campesinos que trabajen por su cuenta o el control por parte de productores asociados’. Marx y Engels argumentaron continuamente en sus obras que los grandes terratenientes eran invariablemente más destructivos en relación a la tierra que los agricultores libres (p. 255).
Sorprendente, ¿no? Estas observaciones contradicen la visión habitual de Marx en relación a la ecología. Esto tiene una explicación. Estas percepciones de Marx y Engels no bastaron para superar su visión esencialmente productivista y su confianza, pese a todo, en el progreso técnico, y no influyeron en los contenidos básicos del corpus teórico que se traspasó a sus herederos, los cuales fijaron su atención en la interpretación marxiana del desarrollo industrial, que tomaron como paradigma desligándolo de sus efectos colaterales ecológicos.

Foster recorre las aportaciones de diversos autores marxistas que recogieron algunas de las reflexiones ecológicas de Marx y Engels, como el mismo Kautsky en su trabajo sobre la cuestión agraria. Da un valor especial a Bujarin, que asignó un papel importante al concepto de metabolismo en su tratado de sociología. Bujarin atribuyó a la agricultura más importancia que cualquier otro dirigente bolchevique, hecho que estaba ligado a su defensa de los campesinos frente a los intentos de colectivización forzosa de las tierras. Dio una particular importancia a Vernadsky, introductor en el año 1926 del concepto de “biosfera” y fundador de la geobioquímica, de quien Lynn Margulis dijo que “fue la primera persona en toda la historia que se enfrentó a las implicaciones reales del hecho de que la tierra sea una esfera autónoma”. Y a Vavilov, especialista en genética vegetal. Tanto Vernadsky como Vavilov vivieron y desarrollaron sus teorías en la Rusia soviética. El mismo Lenin estableció en 1920 una reserva natural en la Unión Soviética al sur de los Urales, la primera en el mundo destinada por un gobierno al estudio científico de la naturaleza. Todo esto hace decir a Foster que “en la década de 1920 la ecología soviética era probablemente la más avanzada del mundo” (p. 365). Pero como tantas otras iniciativas innovadoras de la revolución soviética, todo se lo llevó el viento de la contrarrevolución estalinista. La URSS puso en práctica un industrialismo descarnado y una agricultura química y mecanizada de grandes unidades. No solo las prácticas agronómicas quedaron marcadas por la filosofía desarrollista, sino que dieron origen a planteamientos teóricos e ideológicos que influyeron en todo el movimiento de obediencia soviética en el mundo. Un ejemplo estremecedor de hasta dónde ha podido llegar la tecnolatría implícita en esta orientación se encuentra en la obra colectiva checa La civilización en la encrucijada, dirigida por el científico social Radovan Richta, que en los años 60 del siglo XX llamó la atención como una versión modernizada de la filosofía del “socialismo real”. El equipo redactor se vinculó al programa democratizador de Alexander Dubcek, y por tanto era visto como una renovación de la idea del socialismo. ¿Lo fue realmente? No en el replanteamiento de la consideración teórica de la naturaleza en relación a la especie humana. Entre otras cosas, la mencionada obra dice: “El mundo que rodea hoy al hombre ya no es desde hace tiempo la naturaleza intacta. (...) Adopta los rasgos de una naturaleza otra, impuesta por el hombre. (...) El hombre deja de ser un simple ser natural y deviene, en todos los aspectos, un individuo social, elaborado por la civilización”. El gran cambio que los autores de este estudio ponen de relieve es un cambio tecnológico, el paso de una tecnología que fragmenta y aliena las capacidades de los trabajadores y de los ciudadanos, a una tecnología “multilateral, que les abre el camino de su desarrollo propio y autónomo”. El mérito de este cambio proviene de la “revolución cientificotécnica”:
La automatización, la quimización, la biologización de la producción, las técnicas modernas de consumo, los medios de comunicación y el urbanismo tienden actualmente a evitar que las personas sirvan al mundo de los objetos. La revolución científica y técnica, en su conjunto, puede en definitiva llegar a transformar la civilización en un servicio para el ser humano: a adaptar el proceso de producción, a construir un modo de vida, etc., favoreciendo así el desarrollo humano en su plenitud [4].
Es absolutamente revelador que este informe de 460 páginas en la versión francesa no contenga ninguna consideración ni mención alguna de la agricultura y la alimentación humana, que no hable de alienación del hombre respecto de la naturaleza… ¡que no haga aparecer la palabra “agricultura”! Su tecnolatría llega tan lejos, si no más, que los documentos de la Rand Corporation de los Estados Unidos o de cualquier otra agencia tecnocrática del mundo.

La izquierda tiene que librarse de toda esta regresión teórica. Dos amenazas le ayudarán a hacerlo: el cambio climático y el agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio. No se podrán abordar estas dos amenazas sin una reconsideración radical de la fractura metabólica experimentada los dos últimos siglos y sin un programa de mutación energética y metabólica para reconstruir la economía sobre la base de la sostenibilidad ecológica y la circularidad de los recursos. Releer a Marx y Engels con una nueva mirada, que permita recuperar sus reflexiones protoecologistas superando sus insuficiencias, ayudará sin duda a llevar adelante este programa de reconstrucción.


NOTAS


[1] Manuel Sacristán, “Algunos atisbos político-ecológicos de Marx”, en el volumen Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987, pp. 146-147. La cita del Anti-Dühring está en la p. 144.

[2] John B. Foster, La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza, Barcelona, El Viejo Topo, 2004, pp. 255-256.

[3] J.B. Foster, op. cit., pp. 253 y 252.

[4] Radovan Richta (dir.), La civilisation au Carrefour, París, Éditions Anthropos, 1969, pp. 210-211 y 213.