miércoles, 14 de abril de 2021

De techos y alquileres

Publicado originalmente en gallego en la página de vella a bella, dejo aquí la versión en castellano.

Hay techos y sin techo. Sin techo, los que se quedan en la calle y se suman a los que ya estaban en ella. Sin techo, los beneficios especulativos. Con techo los gobiernos que no pueden limitar la libertad, según a qué nivel. Libertad de mercado.

En las ayudas para el alquiler, como en los incentivos a la jubilación retrasada, paga la colectividad lo que disfrutan particulares. Claro que no es lo mismo que se trate de propietarios o de proletarios.

Este último caso, que se tantea ahora mismo, me resulta sospechoso. Si te dan dinero por no jubilarte me temo que es para no darte más cuando te jubiles. Debe salirle a cuenta a quien lo propone. Al fin y al cabo, cada día que no te paguen la jubilación es un día que en tu vida finita no cobrarás jamás.

Vecinos y activistas evitan el desahucio de anciano de 92 años en Barcelona








Sobre los alquileres

Aunque la especulación inmobiliaria llegó a su apogeo con los gobiernos de Aznar, fue durante el de Zapatero cuando se empezaron a tomar medidas para intentar paliar sus peores efectos. Eso fue antes de que el pánico que invadió a aquel gobierno socialista frenara en seco las políticas sociales, llegando a poner por delante de cualquier consideración el pago de la deuda. Así, la reforma nocturna y alevosa de la Constitución, hasta entonces tan sagrada e intocable, limó los derechos humanos para reforzar los del dinero.

En las zonas turísticas especialmente, los precios del alquiler repercutieron tan desfavorablemente que muchos funcionarios desistían de ocupar sus puestos en Baleares porque el alquiler reducía sus salarios a la mínima expresión.

La solución de aquel gobierno no fue desde luego limitar el precio, sino ayudar al inquilino a pagarlo y conceder ayudas fiscales al propietario para mantenerlo. Huelga decir que lo primero, en condiciones de desequilibrio entre oferta y demanda, solo podía conducir a que aumentara la posibilidad de pago, y con ella el precio. Estaba claro que en realidad la ayuda era para el propietario. En cuanto a lo segundo, se subvencionaba a los propietarios con dinero público. Es decir, en ambos casos se empleaba el dinero de todos en beneficio del dinero de los propietarios.

Vinieron luego los peores años, la imposibilidad de pagar alquileres e hipotecas, los desahucios, implacables, dejaban sin techo tanto a deudores insolventes como a inquilinos empobrecidos. Sin cobijo ni amparo, niños, ancianos, discapacitados físicos o psíquicos, quedaban en la acera. Sus muebles, sus recuerdos, toda su vida, en la acera, sin tener muchas veces donde reconstruir ese pasado perdido, donde dejar sus pobres trastos, llenos de sentimientos ya sin anclaje posible.

Surgió todo un movimiento antidesahucios, mientras jueces y policías cumplían implacables con su deber.

Claro que siempre podía darse el caso del okupa delincuente que impedía a la pobre anciana complementar su mísera pensión… Pero ¿no sería más frecuente el caso del banco que expulsaba al desesperado que ya no podía pagar su deuda leonina? ¿o el fondo buitre que se había hecho con viviendas sociales y hacía impagable la renta?

Escenas sangrantes se repetían a centenares, a millares, cada día. Y se siguen dando, en tanto no se cambie toda una legislación hecha a la medida de la propiedad; solo que ahora estos casos diarios están fuera de foco.

Por eso, cuando los números electorales no daban para más, el nuevo gobierno de coalición incluyó, entre sus acuerdos, este artículo:

2.9.3.- Frenaremos las subidas abusivas del alquiler. Para ello:

  • Se impulsarán las medidas normativas necesarias para poner techo a las subidas abusivas de precios de alquiler en determinadas zonas de mercado tensionado. Se habilitará a las comunidades autónomas y/o ayuntamientos para que a partir del Sistema Estatal de Índices de Referencia de Precios del Alquiler de Vivienda que está desarrollando el Ministerio de Fomento puedan establecer su índice de precios de acuerdo a una metodología objetiva y sujeto a revisión periódica. Se tomarán en cuenta los avances de aquellas comunidades autónomas que tengan definido un sistema Referencia de Precios del Alquiler, agilizando los mecanismos que hagan posible su puesta en marcha.

Hay que destacar la moderación extrema, que se refiere solamente a ciertas zonas de mercado tensionado, lo que deja abierto campo a interpretaciones restrictivas, y que se habla, no de poner techo a los sin techo, sino solo a las subidas abusivas.

¿Y cómo se pone ese techo? Es difícil interpretar que un techo no signifique un límite, porque si salto en mi casa y doy contra el techo no puedo aparecer más arriba.

Por eso, la interpretación de que ese techo no puede contravenir las reglas del mercado, la oferta y la demanda, porque la vivienda, además de un derecho, es un bien de mercado, como ha dicho el ministro Ábalos, solo puede significar que el único techo lo tiene el gobierno, y ese techo se lo imponen los bancos y quienes especulan con los derechos humanos, ese negocio siempre redondo.

Cuando las hipotecas se vinieron abajo por la incertidumbre sobre el futuro (incertidumbre que ya no nos abandonará), la venta de pisos también lo hizo, e inmobiliarias y bancos se encontraron con un enorme parque de viviendas invendibles. Entonces, la especulación saltó al alquiler.

La periodista y escritora Cristina Fallarás habla en primera persona en su artículo Qué sabrá usted, Ábalos, de un techo:

Una no se recupera de un desahucio. Al menos yo era adulta, tenía entonces 44 años. UNA NO SE RECUPERA DE UN DESAHUCIO y lo sé seguro porque corría el putísimo año 2008 cuando el director del diario ADN y su consejero delegado me echaron a la puta calle preñada de 8 meses. Supe que no volvería a encontrar trabajo, que pasarían cuatro años sin pagar el piso, que me lo quitaría el banco, en mi caso el BBVA, en mi caso en 2012. 
Pero, igual que no se recupera del desahucio, una no puede imaginárselo si no lo ha vivido. Resulta ABSOLUTAMENTE imposible. 
Venga, JOSÉ LUIS ÁBALOS MECO, venga colega socialista, tengo entendido que tiene usted varios hijos. Venga, vamos allá: 
Yo, Cristina Fallarás, periodista, escritora, activista, personaje televisivo incluso le admito que políticamente excéntrico, tengo dos: a la pequeña la echaron de casa cuando acababa de cumplir los 4; al mayor, recién cumplidos los 10.

El argumento de la necesidad de que la ley de la oferta y la demanda regule los alquileres se cae por completo, porque desde la antigüedad se han regulado los precios. Organismos reguladores se han utilizado y se siguen utilizando cada vez que los Estados lo han considerado conveniente. El artículo ¿El mercado es así? recuerda algunos casos “de palpitante actualidad”: 

¿Podemos creernos que en verdad la sociedad y el Estado dejan que el mercado sea así, esto es, que sea la ley de la oferta y la demanda quien asigne y distribuya racionalmente los recursos en todos los casos? Pues no. La solución a la crisis sanitaria y económica generada por la Covid 19 no se ha dejado en manos del mercado, al albur del juego ciego y libre de la oferta y la demanda. La sociedad por medio del Estado ha empleado varios mecanismos económicos para solucionar los graves problemas sanitarios y económicos generados por la pandemia. Se han empleado los ERTES, que permite a las empresas reducir de manera significativa sus costes laborales; se han empleado los préstamos ICO, que han permitido a las empresas financiar sus deudas, con tipos de interés bajos, con dos años de carencia y seis años de pago; se han empleado o se emplearán cuantiosas ayudas directas para que las empresas no se ahoguen por los préstamos ICO; y se está vacunando a la población de forma gratuita. Por lo tanto, es obvio que la sociedad por medio del Estado no ha dejado en manos del mercado y del libre y ciego juego de la oferta y la demanda que resolviera la grave crisis sanitaria y económica provocada por la pandemia. Repetimos: La sociedad por medio del Estado no ha permitido que el mercado sea así, esto, libre y ciego.

Parece claro que la diferencia, en este caso, está en la exigencia de los grandes tenedores de viviendas y su inmenso poder. De nuevo se ofrecen ventajas fiscales a los dueños, hasta el punto de que una modesta rebaja del 10%, que poco resuelve al inquilino, recompensa al arrendador con una rebaja fiscal del 90%.

Otra vez el partido hegemónico en el gobierno muestra el techo que el capitalismo pone a sus buenos propósitos y a lo acordado en el pacto de investidura.

Juan José Guirado

martes, 13 de abril de 2021

La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo

Este artículo nos recuerda algunas cosas importantes que la desmemoria fomentada y la ensordecedora saturación de gilipolleces que nos inunda oculta y envuelve en su fétida niebla.

En primer lugar, que si en la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron liberalismo, comunismo y fascismo, antes de ella el liberalismo había consentido y tolerado (y en ocasiones ayudado abiertamente) a los fascistas. Con toda claridad había expresado Winston Churchill públicamente su admiración por Mussolini y el fascismo, al que consideraba "la mejor vacuna contra la revolución de los obreros". 

En segundo lugar, que el Estado de Bienestar no fue una graciosa concesión liberal, sino que su implantación reflejaba una correlación de fuerzas que obligaba a la burguesía a hacer concesiones. No debería sorprendernos que en Gran Bretaña quien venciera en la guerra perdiera inmediatamente las elecciones frente a un laborismo mucho más combativo que el que vino después. La clase trabajadora recordaba el papel de los conservadores y la burguesía antes de la guerra, quería un mundo diferente y deseaba algo más que volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda, explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Además de eso, los que habían luchado en la guerra sabían usar las armas.

Aquel laborismo fue capaz de nacionalizar sectores esenciales de la economía. Luego, pasado el susto, la burguesía se lanzó a recuperar lo que había cedido, porque lo fundamental nunca lo soltó. Necesitó para ello rearmarse ideológicamente. Había perdido el miedo a la clase obrera pero conservaba el instinto de acumulación cuando cada vez le era más difícil acumular.

En España todo esto ocurrió mucho después y de una manera diferente. Nunca los socialistas llegaron a proponerse lo que habían hecho los laboristas en 1945. El espadón de Damocles sigue pendiendo sobre sus cabezas y las nuestras. Los que saben usar las armas son aquí otros.

Buena muestra de sumisión fue la aciaga reforma de la constitución, con nocturnidad y alevosía, impuesta por los poderes económicos, externos, pero también internos. Y son los internos los que han propiciado hechos tan escandalosos como el del llamado "banco malo", al que los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado y el Estado financió el resto quedándose menos de la mitad. Mecanismo perverso, porque a cualquiera se le ocurre que si el poder financiero puede hacer suya por un euro una empresa, ¿por qué no puede hacerlo la colectividad?

Todo esto nos lleva al mismo lugar de partida, pero por el camino se nos han quedado virtudes cívicas y se ha ido encanallando una plebe ignorante cuyo número medra en la medida en que merma el pueblo soberano. Y que no se me dé por aludido nadie que se considere pueblo, porque el que se pica...


La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo

Daniel Bernabé

Mil novecientos cuarenta y cinco fue uno de esos años donde todo cambió, donde empezó la segunda parte del siglo XX. La sentencia requiere de explicaciones, especialmente, como siempre suelo insistir, porque las palabras, sobre todo aquellas manidas, requieren siempre de apellidos. Con ese "todo" nos referimos a la sociedad entera, especialmente a la europea, y no a la sociedad como un bodegón superficial de actores inconexos que comparten lienzo, sino a una maquinaria estructurada cuyos engranajes no se comprenden los unos sin los otros. Con "cambio" no nos referimos a una evolución de las costumbres, sino a una reconfiguración de todas esas estructuras que conforman una sociedad, especialmente la económica, que en último término conforma los cimientos y vigas maestras sobre lo que se construye lo demás.

Ese cambio fue el resultado no simplemente de una voluntad transformadora, sino el producto de una serie de durísimas contradicciones que se habían acabado dirimiendo en la Segunda Guerra Mundial. De un lado, ese enfrentamiento fue la culminación y fin del sistema imperial del siglo XIX, un combate irresuelto en la Gran Guerra de 1914 que tuvo un segundo episodio, aún más trágico y destructivo, que dio comienzo el 1 de septiembre 1939 cuando la Wehrmacht invadió Polonia. Pero, sobre todo, en aquella guerra se enfrentaron los tres hijos ideológicos de la modernidad, liberalismo, comunismo y fascismo, para lograr el triunfo definitivo sobre sus contendientes. Aunque en nuestros días, de una forma ruin y cobarde, se intente equiparar el saludo romano y el puño en alto, lo cierto, es que fue el liberalismo el que consistió y toleró a los fascistas.

Cuando los ejércitos británico y francés estaban sitiados en Dunkerque, París estaba a punto de ver la cruz gamada ondeando en sus avenidas y Londres iba a ser presa de las bombas de la Luftwaffe, la democracia liberal se pretendió resistencia épica a través de los micrófonos de la BBC. Lo cierto es que cuando esas mismas bombas habían asolado Alicante, Málaga, Madrid, Barcelona o Guernika, esos mismos liberales miraban para otro lado. Antes de que el fascismo convirtiera España en una fosa, Churchill expresaba su admiración pública por Mussolini y el fascismo, al que consideraba la mejor vacuna contra la revolución de los obreros. El premier británico dejó grandes frases para la historia y 43000 víctimas en suelo inglés por unas bombas nazis que quizá nunca hubieran caído sobre las islas si la II República española no hubiera perecido de inanición diplomática liberal. Los brigadistas internacionales comunistas entendieron antes que nadie lo que se jugaba en la península.

El 2 de mayo de 1945 la Bandera Roja se alzaba sobre el Reichstag con un Berlín ruinoso y humeante en el horizonte. El fascismo había sido derrotado. Aquella bandera era la enseña de la Unión Soviética, es decir, de una federación de naciones socialistas, pero, como novedad histórica, aquella bandera representaba a la clase trabajadora de todo el mundo. Una de las ideas de la modernidad, la de que la clase era una casa común por encima de las naciones había conseguido derrotar al nacionalismo exacerbado interclasista que los industriales alemanes, y en general la burguesía europea, había financiado generosamente como respuesta al movimiento obrero. Los Estados Unidos respondieron, a principios de agosto de 1945, con las bombas atómicas sobre Japón, la metáfora más terrible de la historia, como advertencia no sólo a la URSS, sino a aquella idea, el socialismo. Una nueva guerra estaba a punto de empezar, aquella que se apellidó "fría".

Pero en aquel 1945, el cinco de julio, tuvo lugar otro hecho que casi nunca se menciona: las elecciones en el Reino Unido, en las que se impuso el Partido Laborista. Churchill y los Conservadores fueron derrotados en lo que casi siempre se califica de gran sorpresa inexplicable, ¿Cómo es posible que el estadista que salvó a Inglaterra de los nazis, según se nos ha contado, perdiera en los primeros comicios que tuvieron lugar con las ruinas aún humeando? Quizá la sorpresa deja de serlo si atendemos a que en ese momento la clase trabajadora no sólo tenía memoria de cuál había sido el papel de los Conservadores y su burguesía antes de la guerra, sino que quería un mundo diferente al de antes del horror, deseaba que el enfrentamiento a sangre y fuego con los fascistas sirviera para algo más que para volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda: explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Clement Atlee, el nuevo primer ministro, fue de las pocas figuras que había pedido, unos años antes, que su país apoyara al bando republicano en la Guerra Civil española.

Y algo cambió en el Reino Unido. Entre 1945 y 1951 se nacionalizaron todos los sectores estratégicos del país: el Banco de Inglaterra, las industrias energéticas, el ferrocarril, la aviación y la siderurgia con la intención de lograr el pleno empleo. Además el Estado se implicó en la construcción de viviendas asequibles, en el refuerzo de un sistema de educación y en la creación del sistema público de salud. Del Estado de Guerra impuesto por Hitler, se pasó al Estado del Bienestar impuesto por los trabajadores. Aquel cambio, que pareció desterrar la impudicia social victoriana para siempre, no fue producto tan sólo de unas elecciones. Han leído bien, "impusieron": las papeletas decidieron el resultado de las elecciones, pero lo que hizo posible que ese resultado diera sus frutos fue la clase trabajadora organizada en su partido y sus sindicatos. Y algo más que siempre se obvia entre una mezcla de pudor y miedo. Aquellos trabajadores sabían pegar tiros. De hecho habían estado matando nazis cinco años y, cuando te has enfrentado a las SS, un policía con porra te infunde poco respeto.

Aquella remodelación a gran escala de la sociedad británica no se hizo con el beneplácito de sus ricos, se hizo por su miedo e incapacidad: su país era uno de los vencedores de la guerra, su clase la había perdido. También, es cierto, que a diferencia de la URSS, otros muchos sectores siguieron siendo privados, que los que perdieron algo fue a cambio de una cuantiosa indemnización estatal y de que, quien vivía en una mansión antes de 1945 siguió viviendo en esa misma mansión después. Los ricos tan sólo dieron un paso atrás, repartieron obligados algo de su gigantesco festín y esperaron: es lo que tiene el dinero, que te da la posibilidad de ser paciente. En 1947 una banda de sociópatas con título de economista fundó en Suiza la Sociedad Mont Pelerin: eran la resistencia silenciosa de aquellos ricos. En 1979, Margaret Thatcher llegó al poder para desmontar todo aquello que fue producto del espíritu de 1945. Y lo logró, sobre todo porque el siguiente laborista que llegó a Downing Street tenía mucho más que ver con ella que con Clement Atlee.

Cuando en 2008 se desató la Gran Recesión, una crisis que no fue más que la explosión de esa restauración conservadora impulsada por Thatcher, entre otros, parecía que una época había finalizado. En Europa se escucharon de nuevo grandes palabras e incluso, algún político habló de reformar el capitalismo, palabra tabú entre las élites: lo que no se nombra no existe, y lo que no existe, aún existiendo, es imposible de cambiar. A diferencia de 1945, la respuesta a aquella crisis no consistió en ninguna reforma del sistema económico, sino en su dopaje, en levantar a un muerto a base de anfetaminas. La droga, por si no lo recuerdan aunque esto sucedió tan sólo una década atrás, la pagamos entre todos recortando aún más ese Estado del Bienestar, ese espíritu de 1945 del que nadie tenía ya constancia. Alemania, esta vez, no mandó a sus panzers: tenía a Wolfang Schäuble. Y sí, algo cambió al final, a pesar de todas las resistencias de los de arriba y desmemorias de los de abajo. En algunos países como Grecia, Portugal o España hubo destellos de aquella mitad del siglo XX, a pesar de que la mayoría de hilos se habían roto.

Y en 2020 pasó lo que pasó. Un virus nos puso la vida patas arriba y, ese proyecto de restauración victoriana que había sobrevivido a la Gran Recesión de 2008, a costa de nuestros sacrificios, se mostró absolutamente incapaz de responder a lo que estaba ocurriendo. En 2020, quizá lo recuerden, las infalibles cadenas comerciales de la globalización se rompieron, el Estado tuvo que tomar el timón en la tormenta y la sociedad, esa que había llegado a ser negada por aquella banda de codiciosos, se reveló como aquello que es indispensable para que un accidente genético no convierta tu calle, tu barrio, tu ciudad en un jodido escenario de Mad Max. Como en 2008, la Unión Europea se puso a rescatar al sector privado, pero esta vez no se atrevió a socializar la cuenta despidiendo médicos. Hasta se habló de profesiones esenciales, esas de las que nadie se acuerda, esas que son las peor pagadas, porque hacía falta un eufemismo para que la sociedad siguiera funcionando aún cuando parecía que nada funcionaba. Alguien, aún sabiendo que apuntaba demasiado alto, habló de "El Espíritu de 2020".

Un año después, aquella suspensión del neoliberalismo, una que se hizo a sotto vocce no sea que alguien se diera cuenta del truco, se empieza a levantar. Alemania, que transigió con unos fondos europeos que, aunque bajo examen, no conllevaban hombres de negro dando tijeretazos a lo público, los paraliza tirando de un socorrido legalismo que sólo es interés nacional y de clase hecho toga. Aquí, en España, después un año donde lloramos por las noches, solos, cuando la videollamada había finalizado, después de aplaudir a los sanitarios, que se han dejado la piel salvando a los que podían, perdiendo a muchos otros, se nos ocurrió que era una gran idea discutir sobre si los impuestos eran necesarios, todo porque una banda de niñatos digitales quería tener dos Ferraris en vez de uno.

Este fin de semana el Eurostat ha cargado a la deuda pública española los 35000 millones de euros del SAREB, el organismo creado en 2012 para liberar a la banca de sus "activos tóxicos", los inmobiliarios. El SAREB, denominado con un pueril eufemismo como "banco malo", fue el encargado de limpiar los restos de la resaca de la década de la especulación del ladrillazo. Los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado. El Estado, o sea, usted, financió el resto quedándose menos de la mitad: se fingió que no era una empresa pública pese a serlo. No sólo pagamos el rescate recortando servicios públicos, sanitarios entre otros, sino que ahora vamos a añadir a la deuda pública su coste. La UE nos lo ha recordado ahora, justo cuando íbamos a recibir los fondos contra la crisis provocada por la pandemia, esos que, también justo ahora, Alemania ha paralizado. La memoria es oportuna cuando se trata de que la banca siempre gane.

Puede que, reescritura de la historia mediante, también de una educación que nos hace excelentes técnicos pero pésimos ciudadanos, nadie supiera del Espíritu de 1945. Puede que la crisis de 2008 fuera un despertar brusco de una ensoñación aspiracional y que por eso llegamos a indignarnos pero no a discernir qué era lo fundamental y lo accesorio. Puede que, si en vez de llevar en primera plana la estafa del SAREB, el debate mediático sigue centrado en el chalet de Iglesias y Montero, sea difícil que nadie saque conclusiones. Puede que Pedro Sánchez no sea Clement Atlee. Puede que si quisiera serlo se jugara la celda, o algo peor, viendo los avisos de los militares sin haberse ni acercado al inglés. Puede que sin clase trabajadora organizada da igual lo que queramos creernos ser porque en lo fundamental no somos nada. Puede que todo esto sea cierto, pero dejen que les diga algo antes de terminar este artículo que, como la mayoría, no valdrá absolutamente para nada.

Exacerba, por no decir que jode, que después de todo esto, los analistas políticos, probablemente con razón descriptiva, nos digan que Ayuso acierta al declararse defensora de la libertad porque conecta con las "ganas de vivir" de la gente. Una libertad que no es más que convertir Madrid en el meadero de Europa, una libertad que es pronunciada por los hosteleros mientras que hacen un bocadillo de calamares en un emotivo anuncio. Los mismos hosteleros que se han tirado llorando un año, los mismos que fomentan en su sector una precariedad recalcitrante, los mismos que no han recibido un euro de la administración Ayuso pero no tendrán reparos en pillar, como buitres, las ayudas directas impulsadas por Unidas Podemos dentro del Gobierno "social-comunista". Sí, aquello de "somos el 99%" era una auténtica gilipollez.

El lenguaje, que no es más que el cronista de la realidad, tiene en el idioma castellano un registro de expresiones brutales porque, sencillamente, este ha sido un país brutal. Una de ellas describe perfectamente por qué no ha existido un renacer del espíritu de 1945, por qué nos cuelan el cambalache indecente del banco malo sin que arda Troya, por qué el espíritu de 2020 se ha quedado tan sólo en un fantasma pisoteado por una banda de turistas borrachos en el centro de Madrid, mientras que pringamos la libertad en aceite requemado: encima de puta, poner la cama.

Creo que no hay mucho más que decir.

lunes, 12 de abril de 2021

Chocolate

Desde Nuestro Flamenco traigo aquí a Antonio Núñez Montoya, Chocolate, atraído por la extraordinaria perfección con que manejaba los tiempos y las notas, hasta lograr lo que constituye un verdadero canon del cante más clásico.

En los duros años en que le tocó crecer y abrirse camino, el cante estaba sometido al mecenazgo de unas clases altas para las que el cantaor era, como en otros lugares el cantor de jazz, un criado más, precariamente contratado para sus fiestas, al que más tarde, cuando le llegaba la fama, un público menos pudiente iba a escuchar a los teatros. Pero aún en ese contexto de cantar para vivir, el arte nunca ha sido ajeno al sentir profundo.

Chocolate vocaliza de forma muy abierta. Otros cantaores, como Antonio Mairena, cantan más para adentro. Son formas diferentes de transmitir la emoción. En ambos, lo más notable es la fijación, casi definitiva a mi modo de ver, de las formas tradicionales.

Comenzaba el programa con tres solos de guitarra de Melchor de Marchena y Niño Ricardo, que acompañaron su cante en numerosas ocasiones:

02:56, Melchor de Marchena, soleares 
06:35, Niño Ricardo, zapateado en do mayor
10:37, Niño Ricardo y Melchor de Marchena, bulerías "aires de Triana"

Seguían luego estas interpretaciones, en las que indico los guitarristas que las apoyan:

14:00, seguiriyas, con Melchor de Marchena
19:45, serranas, con Melchor de Marchena
25:27, la caña, con Niño Ricardo
29:44, tientos, con Niño Ricardo
34:32, tarantos, con Manolo Franco
40:54, soleares, con Manolo Franco
46:12, fandangos, con Manolo Franco
50:42, seguiriya cabal, con Antonio Carrión

sábado, 10 de abril de 2021

Vacuna social

El profesor Joan Benach analiza en esta entrevista algunas de las causas y consecuencias de esta pandemia. Señala que sobre las causas que se aducen sobrevuelan problemas sociales. No se puede poner en duda que la desigualdad y el abandono de las políticas públicas hacen que las poblaciones desatendidas sean las más vulnerables y castigadas.

Por eso, además de las vacunas biológicas (cuya fabricación y distribución dificulta enormemente una industria farmacéutica altísimamente lucrativa), se precisa vacunar a la sociedad contra este sistema económico, más que brutal, letal.

Estas son algunas de las ideas expuestas por el entrevistado:

El sistema de salud no estaba preparado

  • Por la dinámica de corto plazo de gobiernos que actúan en forma reactiva.
  • Por la mercantilización y precarización de la sanidad pública y los servicios sociales, facilitada por una visión de la salud neoliberal y las presiones del complejo farmacéutico empresarial.
  • Porque se nos ha repetido que teníamos uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, bueno si lo comparamos con muchos países, pero biomédico y reduccionista, “hospitalocéntrico” y medicalizador.

La salud depende de la política

  • Las ideologías y las desiguales relaciones de poder político condicionan las políticas públicas.
  • Siendo el paro consustancial al capitalismo, los parados tienen más probabilidad de estar deprimidos y abusar del alcohol
  • Esta y las demás adicciones que perjudican a la salud encadenan al consumo y son una fuente de beneficio seguro para el capital, que siempre sigue la lógica del máximo lucro.
  • La lógica del lucro no se detiene ante la toxicidad de productos empleados en la industria, la agricultura o la ganadería.

Estas deberían ser acciones prioritarias ante una pandemia

  • Lograr una visión sistémica e integrada a través de un mejor conocimiento de la salud pública y las ciencias sociales.
  • Mejor gestión, más liderazgo y coordinación, y una visión más preventiva que reactiva.
  • Una acción transparente y democrática, campañas educativas comunitarias, con temas clave como la prevención, el riesgo, la estigmatización, evitar las fake news, etc.
  • Fortalecer de forma urgente y contundente las residencias, la salud comunitaria, servicios sociales, la atención primaria y la salud pública, con la contratación masiva de rastreadores y pruebas diagnósticas, en lugar de seguir mercantilizando la sanidad con subcontrataciones a empresas privadas.
  • Luchar contra las desigualdades, invirtiendo en la protección social y económica de la población, “vulnerada” más que vulnerable, de las poblaciones y barrios abandonados y de quienes viven sin hogar.
  • Una participación más activa de la comunidad, fomentando acciones solidarias y de apoyo social colectivas.

Tres estrategias que se han seguido en el mundo

  • Modelo "preventivo-institucional" de países que, alertados por anteriores pandemias, han actuado radicalmente para eliminar la transmisión comunitaria y han hecho intervenciones rápidas y contundentes: pruebas y rastreo masivos, aislamiento de contactos, controles fronterizos, mensajes y un importante refuerzo de la salud pública, con menor impacto en la salud y crisis económica inferior. También en Cuba o Kerala la acción colectiva comunitaria ha jugado un papel relevante.
  • Modelo "reactivo-empresarial" de los países occidentales y americanos, centrado en un permanente bloqueo/liberación de actividades y confinamientos para minimizar los daños económicos, tratando de reducir el impacto en la salud solamente cuando el sistema sanitario, colapsado para atender a las necesidades de la población, llegaba a una situación límite.
  • Modelo "necrofílico" de Trump y Bolsonaro (también Boris Johnson al principio), caracterizado por haber recortado y desmantelado todo lo que tuviera que ver con la salud pública, con una estrategia autoritaria de corte neofascista muy asociada a los intereses del capital financiero y las empresas farmacéuticas, y con un fuerte desprecio por la vida de aquellos que "no son dignos de vivir", si lo queremos decir a la manera como lo decían los nazis.

Cambios necesarios del marco que prioriza el beneficio del capital

  • Experimentar cómo vivir de una manera diferente, con cooperativas de producción y consumo, nuevas formas de vida y relaciones donde la libertad de unos no dependa del sufrimiento de los demás. Como dijo José Saramago, si no cambiamos de vida no cambiaremos la vida. 
  • Aumentar la conciencia de la crisis sistémica que nos rodea y que es posible vivir bien de otra manera, con menos consumo, de forma más saludable, humana y realmente sostenible. Esto significa una reeducación ciudadana política y cultural muy profunda. 
  • Crear grupos de análisis (think tanks) potentes que hagan análisis críticos y propuestas de actuación políticas más adecuadas.
  • Juntarse y movilizarse continuamente con movimientos sociales a la vez descentralizados y coordinados, que conecten todas las luchas, que sean "glo-locales", capaces de crear formas colectivas para presionar y cambiar la política institucional. Hacer estos cambios nos costará mucho, pero no hacerlos nos costará más.

Rafael Cañas / EFE



Necesitamos una “vacuna social”

Joan Benach

¿Cuáles son las causas de la salud? ¿Por qué enfermamos y se crean desigualdades?

Las causas fundamentales que determinan la salud de una población no son, como muchos piensan, la biología y genética, los "estilos de vida" o la atención sociosanitaria sino las causas sociales. ¿Por qué? Pues porque los factores biológicos y genéticos casi siempre se "activan" o no según el entorno, porqué las conductas asociadas con la salud, como los hábitos alimentarios o fumar, son condicionadas por la familia y el ámbito social, y porqué la atención sanitaria, a pesar de ser un servicio fundamental cuando enfermamos, contribuye relativamente poco a la salud de la población y también depende de factores socio-políticos. ¿Por qué enfermamos pues? Sobre todo a causa de los "determinantes ecosociales": la precarización laboral, la vivienda, o la contaminación ambiental por mencionar tres factores solamente. Estos factores inciden desigualmente en los distintos grupos sociales según su clase social, género, etnia, situación migratoria y lugar donde se vive, generando desigualdades en salud. Pongamos un ejemplo. Las mujeres de las clases sociales populares tienen más obesidad debido a que, por razones sociales e históricas, sufren más discriminación y explotación laboral. Con el tiempo, muchas de estas mujeres expresarán la situación de desigualdad social en forma de trastornos metabólicos, diabetes y muerte prematura. Es por eso que decimos que la sociedad entra desigualmente dentro de nuestros cuerpos expresándose biológicamente en forma de enfermedad.

¿Los determinantes sociales de la salud se vinculan de forma intrínseca con el capitalismo?

El factor crucial que origina todo el encadenado causal de porqué estamos sanos, enfermamos o morimos prematuramente es la política. ¿Por qué? Pues porqué las ideologías y las desiguales relaciones de poder político condicionan las políticas públicas que se realizan con respecto a las políticas fiscales, el empleo, la vivienda, el medio ambiente, la sanidad, o los servicios sociales, entre otras. Cada una de estas políticas está interrelacionada y genera cambios en las formas de vivir, trabajar, consumir, relacionarnos y el entorno que, por una u otra vía, aunque no lo vemos o no seamos conscientes, afectarán nuestra vida y finalmente la salud. Además, las decisiones políticas se asocian al sistema económico y cultural que vivimos. Como ha apuntado Lula da Silva: "todo depende de la política". Pongamos un ejemplo para comprender la causalidad sistémica e histórica que va desde el capitalismo a la salud. Los parados tienen más probabilidad de estar deprimidos y abusar del alcohol. Si la situación se prolonga tienen más probabilidad de suicidarse o de sufrir una enfermedad hepática. Ahora bien, como dejaron claro los estudios de Marx o Kalecki, el paro es consustancial al capitalismo, por lo que hay un hilo más o menos directo desde la salud al capitalismo. La salud colectiva es pues un producto social muy ligado a la economía política.

Me parece una visión tan interesante como poco conocida. ¿Podría poner más ejemplos?

Sí claro, hay muchos ejemplos relacionados con la historia y evolución del capitalismo, como el neo-colonialismo, las prácticas mercantiles de los grandes oligopolios o el patriarcado. Un ejemplo es como, en pocos años, el uso masivo de azúcares añadidos a la producción industrial de alimentos "basura" realizado por las grandes corporaciones de la llamada Big Food ha creado una epidemia de sobrepeso y obesidad mundial (tal vez 1.500 millones de personas), a la vez que esto convive con el hambre y la malnutrición (alrededor de 1.000 millones de personas). Otro ejemplo es la epidemia de tabaquismo surgida durante el siglo XX, muy estrechamente relacionada con prácticas comerciales, de relaciones públicas y marketing de las corporaciones de la Big Tobacco, y el impacto criminal que desgraciadamente siguen teniendo: se estima que en el siglo XXI habrá alrededor de 1.000 millones de muertes relacionadas con el tabaco, sobre todo en los países pobres y las clases más empobrecidas del planeta. Un tercer ejemplo son las alteraciones hormonales y los cánceres producidos por la masiva exposición a productos químicos sintéticos generados y comercializados por la industria química. Y más recientemente tenemos la pandemia del coronavirus, que hace que muchas mujeres vivan bajo una crisis de salud permanente, con semanas laborales -dentro y fuera de casa- interminables que, como dice Silvia Federici, es casi equiparable a las obreras de la revolución industrial.

En el contexto de la pandemia, ¿dónde hay que situar el discurso tan reiterado por las autoridades desde el inicio de la pandemia sobre la "responsabilidad individual" para evitar el contagio? ¿Es una manera de desplazar el peso de los determinantes sociales de la salud sobre el estilo de vida personal?

El discurso hegemónico, fomentado por el poder político y reproducido por los principales medios de comunicación, habla de virus, atención médica, hospitales, tratamientos, y vacunas. En cambio, se habla menos de la prevención, y cuando se hace casi siempre tiene que ver con la responsabilidad personal. Cuando hablamos de un problema colectivo como la pandemia, con causas estructurales asociadas a la salud pública, hacer hincapié en los factores personales "culpabiliza" y no es suficientemente efectivo. Además, el individualismo nos aísla y no soluciona los problemas. ¿Qué diríamos si para hacer frente a la crisis ecológica y climática estructural que padecemos dijéramos que la solución fundamental es que cada uno recicle y ahorre algo de energía en casa? ¿Qué diríamos si para hacer frente a la epidemia tabáquica existente dijéramos que es un "problema personal" en lugar de poner leyes restrictivas, controlar los precios del tabaco o prohibir su publicidad, entre otras medidas de salud pública? Tener responsabilidad individual ante un riesgo es siempre algo importante, pero cuando hablamos de temas poblacionales como la salud pública, es imprescindible una mirada colectiva que permita comprender y actuar ante las causas sociales de fondo.

Hacía años que muchos expertos avisaban que se produciría una pandemia así. ¿Por qué el sistema de salud no estaba preparado? ¿Era demasiado hospitalocéntrico?

Desde hace al menos cuatro décadas muchos especialistas advertían que los cambios socio-ecológicos globales estaban generando un aumento de enfermedades infecciosas. Los científicos lo dijeron en sus artículos, divulgadores como Bill Gates lo comentaron, muchas instituciones internacionales, incluida la OMS, lo advirtieron. Me parece que hay tres razones principales. Primero, por la dinámica tuerta, de corto plazo, de gobiernos que demasiado a menudo actúan en forma reactiva. Es decir, se preocupan cuando truena santa Bárbara y ya tenemos un desastre encima, pero lo hacen mucho menos en planificar y anticipar problemas que pueden o no pasar. Y es que la prevención es mucho menos visible y agradecida que una actuación inmediata y a menudo se la califica de ser una acción poco o nada eficiente. Segundo, por la progresiva mercantilización y precarización durante décadas de la sanidad pública y los servicios sociales, facilitada por una visión de la salud neoliberal y las presiones del complejo farmacéutico empresarial. Tras la crisis de 2008, las políticas de "austeridad" han ido agravando la situación. Y tercero, porque se nos ha repetido que teníamos uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, y es cierto que es bueno si lo comparamos con muchos países, pero es un modelo biomédico y reduccionista, “hospitalocéntrico” y medicalizador, que se fija mucho en las enfermedades, los órganos y la tecnología y demasiado poco en el ser humano, la atención primaria, los servicios sociales, los determinantes sociales, las desigualdades y la salud pública, donde se ubican disciplinas tan esenciales como por ejemplo la salud mental, la salud laboral o la salud ambiental, entre otras muchas. Conviene repetirlo tantas veces como sea necesario: la "sanidad pública" no es igual a la "salud pública", una disciplina que tiene como objetivo vigilar y prevenir la enfermedad, y proteger, promover y restaurar la salud de toda la población pero que cuenta con muy pocos recursos (1,5 a 2% del presupuesto de salud). Paradójicamente, por tanto, la salud pública ha sido la gran ausente de esta pandemia.

Un gran número de países europeos han apostado por hacer confinamientos y restricciones, mientras que en muchos países asiáticos y Oceanía se ha apostado por la estrategia "COVID-0". ¿Cuáles han sido las diferentes estrategias que se han puesto en práctica en el mundo? ¿Por qué se ha actuado de forma tan diferente?

Si lo decimos en forma muy esquemática, podemos decir que ha habido tres modelos principales para hacer frente a la pandemia. Existe el modelo "preventivo-institucional" de muchos países asiáticos y Oceanía, como Taiwán o Nueva Zelanda, previamente alertados por anteriores pandemias. Han actuado radicalmente para eliminar la transmisión comunitaria con la estrategia 'COVID-0' y han hecho intervenciones rápidas y contundentes: pruebas y rastreo masivos, aislamiento de contactos, controles fronterizos estrictos y mensajes y un importante refuerzo de la salud pública. Aparte de tener un impacto en salud muy pequeño, la crisis económica debida a la pandemia también ha sido inferior. Señalemos también el éxito de Cuba o la región de Kerala en la India donde la acción colectiva comunitaria ha jugado un papel relevante. El segundo modelo es el "reactivo-empresarial" de los países occidentales y americanos, que se han centrado en un permanente bloqueo/liberación de actividades y confinamientos para minimizar los daños económicos, tratando de reducir el impacto en la salud solamente cuando el sistema sanitario, colapsado para atender a las necesidades de la población, llegaba a una situación límite. Y el último modelo es el que podemos llamar "necrofílico" representado por Trump y Bolsonaro (también Boris Johnson al principio), caracterizado por haber recortado y desmantelado todo lo que tuviera que ver con la salud pública, con una estrategia autoritaria de corte neofascista muy asociada a los intereses del capital financiero y las empresas farmacéuticas, y con un fuerte desprecio por la vida de aquellos que "no son dignos de vivir", si lo queremos decir a la manera como lo decían los nazis.

Usted ha criticado la gestión de la pandemia por parte de los Gobiernos en relación a que ha llevado a cabo acciones reactivas y deficientes. ¿Cree que se podía haber hecho mejor?

Creo que el gobierno español y el catalán (y otras comunidades autónomas, especialmente Madrid) han hecho frente a la pandemia de manera deficiente. Al principio, se pudo aducir con razón que cogió por sorpresa, y que no había, como ha reconocido el ex secretario de salud catalán Joan Guix, ni la preparación ni los recursos humanos y materiales para actuar ante un riesgo que casi todo el mundo había minimizado. Se ha abusado de eslóganes publicitarios ("hay que parar juntos al virus" o "ganar esta guerra"), se ha repetido que se estaba haciendo todo lo posible para controlar la pandemia haciendo hincapié en la responsabilidad individual, improvisando, haciendo políticas reactivas, con poco liderazgo y un ojo siempre puesto en las presiones empresariales. Pero pasados ​​los meses, parece claro que ha faltado humildad y previsión, y que ha habido una incapacidad de actuar con diligencia y efectividad ante una situación de emergencia, sin que haya habido inversiones masivas en sanidad y salud pública (atención primaria, servicios sociales, rastreadores, tests, etc). Siempre es más fácil hablar que hacer, y hay que decir que en algunos lugares se han hecho bastantes acciones, como por ejemplo el Ayuntamiento de Barcelona, ​​que ha hecho un esfuerzo social importante, pero creo que en general, en una situación de grave emergencia y de colapso de los servicios sanitarios y sociales, ha faltado planificación, coraje, y capacidad de decisión para actuar ante una situación de emergencia poblacional. Esto quiere decir que se ha hecho hincapié en la "solución" de hacer confinamientos y restricciones, total o parciales, cuando la pandemia se acelera y crece, en lugar de poner en marcha una estrategia radical, utilizando con rapidez y eficiencia todos los instrumentos de que dispone la salud pública y comunitaria: planificación, vigilancia y análisis epidemiológico, educación sanitaria comunitaria, análisis de los determinantes sociales y equidad, implicación masiva de la comunidad, entre otras herramientas y estrategias. En definitiva, los países occidentales optaron por una visión de "convivir con el virus" con confinamientos y restricciones, en lugar de querer controlarlo y eliminarlo con una estrategia integral de salud pública "COVID-0". Esto ha producido un desastre social y de salud pública, con numerosas consecuencias que sólo empezamos a conocer.

¿Cuáles deberían haber sido a su juicio las acciones más prioritarias? ¿Qué decir del futuro?

Con el paso del tiempo espero que tendremos una evaluación crítica e integral de lo que se ha hecho, pero creo que hay seis puntos prioritarios. Primero, ha faltado una visión más sistémica e integrada de la pandemia, con un conocimiento de salud pública y las ciencias sociales más adecuado y profundo de lo que se ha tenido. Segundo, una mejor gestión con más liderazgo y coordinación, y con una visión más preventiva que reactiva. Tercero, una acción más transparente y democrática, con campañas educativas comunitarias desde el principio, con temas clave como la prevención, el riesgo, la estigmatización, evitar las fake news, etc. Cuarto, haber fortalecido de forma urgente y contundente las residencias, la salud comunitaria, servicios sociales, la atención primaria y la salud pública, con la contratación masiva de rastreadores y pruebas diagnósticas, en lugar de seguir mercantilizando la sanidad con subcontrataciones a empresas privadas. Quinto, había que haber pensado más en las desigualdades, invirtiendo masivamente en la protección social y económica de población “vulnerada” más que vulnerable, sobre todo en las poblaciones y barrios más desfavorecidos y quienes viven sin hogar. Se han hecho cosas, claro, pero ha sido muy insuficiente. Y sexto, había que haber ayudado a generar una participación más activa de la comunidad fomentando acciones solidarias y de apoyo social colectivas, tal y como ha sucedido en algunos países. Cara al futuro, además de una evaluación detallada de los impactos de la pandemia, habrá fortalecer y desarrollar una agencia nacional de salud pública capaz de prevenir y controlar las muchas amenazas a la salud pública existentes y las futuras pandemias que muy probablemente vendrán. En este sentido, habrá que invertir mucho más en recursos materiales y disponer de personal entrenado en salud pública, mejorando y ampliando los programas de formación y los sistemas para vigilar y responder frente nuevas pandemias.

¿Será la vacuna la solución a la crisis sanitaria? ¿A quién favorece el "modelo hegemónico de salud" al que se ha referido? ¿Cómo se podría garantizar un acceso equitativo si, en último término, está en manos de las farmacéuticas?

Las vacunas disponibles son seguras y efectivas a corto plazo, pero hay muchas preguntas que aún debemos hacer sobre la duración de su inmunogenicidad y su efectividad ante las variantes y posibles mutaciones del coronavirus. Ahora bien, la vacunación del mundo no es un tema científico o sanitario sino sobre todo geopolítico. A inicios de marzo, se habían puesto en el mundo unas 4 dosis por cada 100 personas, con una gran desigualdad, ya que en muchos países no había todavía vacunados. El mismo director de la OMS dijo que "el mundo se encuentra al borde de un fracaso moral catastrófico". ¿Por qué? Pues porque las inversiones en la investigación de vacunas han sido sobre todo públicas, pero la producción y comercialización está en manos privadas debido al acuerdo de 1995 sobre los "Derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio" de la OMC (TRIPS), que impone los intereses de las multinacionales farmacéuticas sobre los estados, en especial del sur, que son dependientes de patentes y licencias sobre productos, vacunas y fármacos. Las grandes farmacéuticas gastan mucho en publicidad y no en medicamentos y vacunas que no les son rentables pero que son absolutamente vitales para la sociedad. La geopolítica sanitaria que impone el complejo médico farmacéutico financiero global (el Big Pharma) controla el consumo masivo de fármacos y tecnologías sanitarias, defiende sus intereses con una gran influencia sobre los estados, y genera enormes beneficios. La India, Sudáfrica y 90 países más han tratado de suspender los acuerdos de propiedad durante la pandemia, pero la Unión Europea, EE.UU. y otros países anglosajones se opusieron. De esta dinámica sólo escapan Rusia, China y Cuba, pero algunas de sus vacunas también se encuentran mercantilizadas y asociadas a laboratorios privados nacionales de la India, Brasil, Argentina, entre otros.

¿Puede poner más ejemplos del poder corporativo de esas empresas?

El 60% de la financiación de la Alianza para las Vacunas (GAVI) proviene de las corporaciones farmacéuticas y de donantes de países ricos que, al estar presentes en los comités de expertos, defienden los intereses de la industria. La "Coalición para las Innovaciones en la Preparación ante Epidemias" (CEPI) creada en el año 2015 por el Foro Económico de Davos con la ayuda de la Fundación Gates y el Fondo Wellcome Trust (un fondo de la corporación GlaxoSmithKline), anunció un plan de vacunación global. El Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 de la OMS llamado COVAX, junto con la GAVI y la CEPI, hace que los derechos de "patentes" de las vacunas sigan una lógica mercantil, por lo que sólo suministran vacunas en forma limitada en los países pobres, y no como "un derecho", sino como una forma geopolítica caritativa de tipo colonial donde los países compiten por separado para conseguir cuotas de dosis. No es extraño pues, que la inmensa mayoría de vacunas disponibles hayan ido a parar a los países occidentales ricos (y dentro de ellas a menudo los más privilegiados). Cabe decir también que el 80% del presupuesto de la propia OMS depende de donaciones y no de los Estados (la Fundación Gates por ejemplo paga el 90% de su programa de medicamentos), lo que muestra su grado de dependencia de los intereses de la industria y medios privados. Es fundamental democratizar la vacunación, convirtiéndola en un bien común de toda la humanidad. Y para hacer esto, habrá que generar una respuesta geopolítica que libere las patentes, creando una asociación de países del sur con soberanía para producir y distribuir vacunas para todos.

Esto quiere decir que hacer un cambio social y político, radical y profundo, sería "la vacuna" más eficaz y que es fundamental democratizar la vacunación, convirtiéndola en un bien común de toda la humanidad. Habrá que generar una respuesta geopolítica que libere las patentes, y crear una asociación de países del sur con soberanía para producir y distribuir vacunas para todos. Algunos casos que pueden ir en esta dirección son la posible distribución de vacunas fabricadas en la India (el país que más fabrica), el desarrollo de la vacuna cubana "soberana 02" para la población, turistas y otros países o que, bajo el ALBA, Cuba y Venezuela quieren crear un banco de vacunas para los países pobres. En definitiva, necesitamos una “vacuna social”.

En su último libro "La salud es política" (Icaria), profundiza en que hay que impulsar un cambio de modelo a gran escala para hacer frente a las crisis que vendrán, derivadas en buena parte del colapso ecológico. ¿Pero cómo empezar a hacer ese cambio dentro de un marco capitalista que prioriza los beneficios por encima de todo?

La pandemia es un baño de humildad que nos debería hacer comprender que somos parte de la naturaleza, y que cuando la dañamos también nos dañamos a nosotros. Somos frágiles, y somos dependientes. Ahora bien, esto no es suficiente para hacer los cambios que necesitamos ya que las inercias económicas, políticas y culturales existentes hacen que sea muy difícil cambiar. El neoliberalismo destruye la vida, pero también "infecta" nuestras mentes dificultando comprender lo que sucede. Esto significa que, si queremos cambiar, la conciencia social sobre las causas y efectos profundos de la pandemia debe aumentar. Con el fin de lograr un cambio profundo, será necesario, como casi siempre en la historia humana, hacerlo con lucha social. La emergencia climática y la crisis ecosocial y energética que padecemos -y padeceremos- serán infinitamente peores que la pandemia. Y es que la constante acumulación, crecimiento ilimitado y despojo de bienes comunes del capitalismo es nuestro peor "virus". Las reformas son cruciales, pero habrá que realizar cambios sistémicos muy profundos. O bien cambiamos radicalmente, o vamos camino de la extinción humana, o en todo caso un genocidio y ecocidio masivos.

En un mundo sometido a múltiples y casi inevitables crisis ecosociales sistémicas, hay que "cambiarlo todo", dicen las feministas. Debemos reinventar -y debemos hacerlo pronto- la organización de la producción y la reproducción social haciendo una revolución económica, política y cultural. ¿Cómo hacer este cambio? Propongo cuatro de los elementos que creo esenciales. Primero, experimentar como vivir de una manera diferente, con cooperativas de producción y consumos, nuevas formas de vida y relaciones donde la libertad de unos no dependa del sufrimiento de los demás. El gran escritor portugués José Saramago dijo: si no cambiamos de vida no cambiaremos la vida. Segundo, aumentar la conciencia de la crisis sistémica que nos rodea y que es posible vivir bien de otra manera, con menos consumo, de forma más saludable, humana y realmente sostenible. Esto significa una reeducación ciudadana política y cultural muy profunda. Tercero, crear grupos de análisis (think tanks) potentes que hagan análisis críticos y propuestas de actuación políticas más adecuadas; Y cuarto, juntarse y movilizarse continuamente con movimientos sociales a la vez descentralizados y coordinados, que conecten todas las luchas, que sean "glo-locales", capaces de crear formas colectivas para presionar y cambiar la política institucional. Hacer estos cambios nos costará mucho pero no hacerlos aún nos costará más.

lunes, 29 de marzo de 2021

¿Qué es el neoliberalismo? (y III)

Uno de los peores efectos del neoliberalismo para la sociedad es el individualismo extremo que ha fomentado. A los efectos causados por la atomización real de los intereses particulares, al fragmentar y descoyuntar todo el sistema económico, se suma el efecto ideológico que crea esta interpretación de la realidad. El "qué hay de lo mío" es la consecuencia extrema del "qué hay de lo nuestro", cuando "lo nuestro" se va reduciendo constantemente, hasta llegar, no ya a "la célula de la sociedad" que es la familia, sino al "átomo de la sociedad" individual y solipsista. No es casual la desestructuración familiar y el desamparo que tantos sufren, eco de la entera desestructuración social y económica.

"No hay tal cosa como la sociedad, solo hay individuos", se atrevió a decir aquella que gobernaba con su ferruginoso talante una de las sociedades otrora más extensas, todavía muy poderosa, de cuya existencia ella misma no podía dudar.

Los mismos que niegan lo colectivo se aúnan según sus propios intereses. Los grandes clústeres y las sociedades anónimas han creado un nuevo tipo de democracia. En ella, por el intermedio de sus poseedores, votan con total racionalidad las acciones que poseen.

Termina aquí la breve reseña histórica del neoliberalismo, que introduje aquí y continué aquí.


La descolectivización de la sociedad

Neoliberalismo, más que una doctrina económica

Representación humorística de la manipulación televisiva. Autor: Tumisu. Fuente: Pixabay























Tras los fracasos neoliberales, el lector o lectora podría pensar que sería, pues, el momento de cambiar el rumbo y probar con otras políticas macroeconómicas. Nada más lejos de la realidad. La principal causa de la supervivencia de estas tesis es que la influencia del neoliberalismo no fue solo económica, sino también social. Del colectivismo y la solidaridad, se ha pasado a una individualización exacerbada y una nueva concepción de los problemas sociales, tales como la pobreza o la desigualdad, en la que se responsabiliza a cada persona exclusivamente de los mismos.

Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado por intelectuales como el periodista inglés Owen Jones, que en su libro Chavs: The Demonization of the Working Class, analiza la situación de la clase obrera en la sociedad británica post-tatcher. Jones explica las consecuencias del legado de Thatcher en la sociedad británica. Esta negaba la existencia de una sociedad y calificaba el concepto de ‘’clase’’ como un término marxista. Bajo estas ideas, reside la concepción de que el individuo es totalmente responsable de su devenir y se materializa en idearios como la cultura del esfuerzo o la meritocracia.

Así pues, se ha ejecutado un proceso de demonización de la clase obrera en el que se la juzga de vaga y zafia, en el que los medios de comunicación hegemónicos han jugado un papel decisivo, mostrando como representativos a los chavs, en español chonis o canis, de toda una clase social. De esta forma, alrededor del 80% de la población se clasifica como clase media, cuando en realidad este porcentaje es de apenas el 50%, lo que demuestra un estigma hacia la clase obrera y la sobreestimación de su capacidad para ascender socialmente, pues una sociedad meritocrática es más un anhelo que una realidad.

Asimismo, la transformación de la doctrina neoliberal de heterodoxa a ortodoxa ha cerrado las puertas a teorías alternativas en la ciencia económica y ha permitido la predominancia de economistas neoliberales en la disciplina. En las últimas décadas, la mayoría de los famosos premios Nobel han sido otorgados a este tipo de economistas (o, como poco, liberales), demostrando la convivencia entre el capital y las altas instancias académicas.

En el ámbito social, algunos economistas, en su mayoría hombres con trajes caros, han ido aumentando su presencia en las tertulias televisivas a dibujar curvas perfectas para ejemplifiar su éxito y difundir las tesis neoliberales. De esta manera, se han extendido premisas económicas falsas entre la sociedad, como que la reducción de impuestos aumenta la recaudación estatal o que las empresas privadas son más eficientes que las públicas, las cuales se han convertido en verdades incontestables, a través de estos pseudocientíficos, que responden a intereses económicos y personales muy concretos.

Últimamente, tratan de pronosticar el aumento del paro con la subida del salario mínimo o el desabastecimiento de mascarillas con la fijación de un precio máximo. Y, aunque no paran de equivocarse, parece que no se consigue quitar el chicle, que representan sus falacias neoliberales, de la suela del zapato. Sin esta revolución social y sin la difusión encubierta y continuada de sus tesis en los medios de comunicación, el neoliberalismo no podría haber repetido receta en 2008.

Con el poder de los sindicatos aniquilado, una izquierda carente de proyecto alternativo tras el shock de la caída de la URSS (1991) y una sociedad descolectivizada, los neoliberales tenían vía libre para aplicar sus medidas de ‘’austeridad’’. De nuevo, una desvirtuación de otro término, cuya crítica ha liderado Pepe Mujica (ex-presidente uruguayo) como ejemplo de la austeridad personal, en la que se han enmascarado como austeridad las políticas neoliberales, que han provocado un nuevo aumento de la desigualdad en los últimos años.

En este caso, el ex-presdiente estadounidense Barack Obama efectuó políticas relativamente keynesianas tras la caída del conglomerado Lehman Brothers en 2008, pero la Unión Europea (UE), bajo el férreo liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel, aplicó la receta neoliberal (de la que ahora parece haberse olvidado), mostrándose en extremo preocupada por la deuda de países como Portugal, España o Grecia, pero muy poco por la realidad social de las clases populares en los mismos. Estas políticas, además de nefastas consecuencias económicas, han desencadenado un aumento generalizado del euroescepticismo.


Reacción social y lucha colectiva

Manifestación durante las Marchas de la Dignidad en Zaragoza en 2018. Autor: AraInfo. Fuente: Flickr. (CC BY-SA 2.0.)





















Ante este panorama, la crisis del coronavirus representa otro desafío para la clase política. En países como EEUU o Brasil, parece que las tesis neoliberales van a seguir representando un papel central, al amparo de ultraderechistas como Donald Trump o Jair Bolsonaro, respectivamente. Por otro lado, hay razones para ser optimistas, ya que la UE muestra síntomas de haber aprendido al fin de sus errores y ha manifestado su intención de inyectar dinero en las economías de los países europeos más castigados por el coronavirus y hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) apuesta por ‘’gastar, gastar, gastar’’, lo que seguramente le causaría urticaria a Milton Friedman y se la debe estar causando a Juan Ramón Rallo.

Aun así, como se ha venido señalando a lo largo del artículo, la influencia del neoliberalismo no es solamente económica, sino también social y política. Una sociedad despolitizada y que no es capaz de emprender proyectos y luchas colectivas, representa una presa fácil para estas doctrinas y, por tanto, favorecerá el enriquecimiento de las clases altas, a costa del empobrecimiento de la clase obrera.

El neoliberalismo ha resucitado en el imaginario colectivo las ideas proyectadas por teorías pseudocientíficas como el darwinismo social, con la premisa de que las personas si se esfuerzan pueden conseguir lo que deseen, el que es pobre lo es porque no ha hecho lo suficiente y los problemas mentales se solucionan haciendo ejercicio y teniendo pensamientos positivos.

Un imaginario en el que, cuando hay una crisis provocada por la negligencia de las élites económicas y políticas, se vende a la gente de a pie que «ha vivido por encima de sus posibilidades» y que hay que «apretarse el cinturón». Al mismo tiempo, la inmensa mayoría de las personas ricas ya nacieron ricas o con privilegios de clase y usan su influencia política y la ingeniería fiscal para conseguir amplios dividendos. De hecho, el número de ricos aumentó durante la pasada crisis económica.

Solamente desde el activismo social y desde la concienciación colectiva se puede hacer frente a los ataques del neoliberalismo al Estado del Bienestar y a la desigualdad creciente en todo el globo, como se demostró durante las movilizaciones extendidas por casi todo el mundo entre 2011 y 2014 (el 15-M en España, YoSoy132 en México o OccupyWallStreet en Estados Unidos).

viernes, 26 de marzo de 2021

Amor y revolución

No es la ciencia fría la que mueve el mundo. Incluso el amor por la ciencia es amor. No hay movimiento sin un impulso que surja de un sentimiento, de un anhelo. Por eso la inteligencia artificial no es inteligencia. Será otra cosa, porque no hay inteligencia desligada de alguna emoción.

Ligado inseparablemente el amor al aspecto más afectivo de la sexualidad, o más directamente al sexo mismo, es indudable que los tabúes e imaginarios que rodean esta acepción de la palabra influyen en las demás interpretaciones. Y toda una serie de estereotipos y contrastes (fuerte-débil, duro-blando, valiente-cobarde, dominador-sumiso... y el más determinante odio-amor) se han adherido al concepto básico, de manera que podemos experimentar un extraño pudor al hablar del amor. 

Razón y sentimiento se han disociado falsamente, como lo han sido ciencia e ideología, olvidando que no hay ciencia sin un motor ideológico, y que sus propias interpretaciones son fruto de ideas inseparables de pre-juicios y prácticas socialmente aprendidas y que queremos mantener (obsérvese: ¡"queremos"!).

Claro que si el amor nos mueve a la acción, acabaremos necesitando de la razón y del cultivo de la ciencia en su más amplio sentido para una actuación... inteligente. Por eso no hay nada excluyente entre el amor y el amor al estudio y el conocimiento.

Este artículo reivindica el papel del sentimiento de amor a los oprimidos, a un mundo más justo, mucho más fuerte que el conocimiento sin más, en la heroica resistencia que los revolucionarios han mantenido en las difíciles condiciones de la represión, como es el caso de los comunistas bajo el fascismo.

La ciencia acude en auxilio del sentimiento. Sin él no habría interés por cultivarla.

Como dice Monereo:

No conozco a nadie que aguantara torturas, puñetazos, patadas y demás caricias por sostener que la llamada tendencia al descenso de la tasa media de ganancia era una verdad empíricamente demostrable o, al menos, falsable.





Manolo Monereo

  • "Siempre ha estado ahí y nos acompañó desde el principio, casi nunca hablábamos de ello; nos daba vergüenza. Me estoy refiriendo al amor, al amor revolucionario que fundamentó nuestro compromiso político"
  • "El movimiento obrero histórico socializó la política, la sacó del palacio y la convirtió en ética colectiva"
  • "Creer que las clases dominantes no se aprovecharán de la desigual correlación de fuerzas y que habrá un “nuevo reformismo” impulsado por los de arriba es no entender la lucha de clases y, lo peor, no haber aprendido nada de la época neoliberal"


Para el Partido Comunista de España en su centenario

Siempre ha estado ahí y nos acompañó desde el principio, casi nunca hablábamos de ello; nos daba vergüenza. Me estoy refiriendo al amor, al amor revolucionario que fundamentó nuestro compromiso político. Militar, organizarse, luchar en condiciones de clandestinidad era una tarea difícil y a contracorriente. Estábamos en peligro, teníamos miedo y nunca dejamos de combatir. Amor sin sentimentalismos. Más o menos.

Recuerdo uno de nuestros interminables debates sobre el status científico de la obra de Marx. El pobre Althusser siempre estaba por medio. El marxismo era una ciencia y esa era su fuerza. A partir de ahí, disquisiciones varias y el esfuerzo de cada día contra el franquismo, por conquistar las libertades y por traer un nuevo régimen que hiciera más viable el proyecto socialista. Marxismo ¿solo ciencia? Había mucho más pero nunca hablábamos de ello.

Los protagonistas no éramos los estudiantes, los universitarios ni nuestros doctos profesores de los varios marxismos existentes. Los verdaderos protagonistas eran los trabajadores, los campesinos, los jornaleros. El Partido Comunista nunca desapareció de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de nuestras fábricas. Unas veces difuso, otras organizado y, más allá, como comunidad de memoria y acción. Pasar por comisaría, caer en manos de la brigadilla de la Guardia Civil o de la Brigada Político-Social era algo muy duro pero que enseñaba mucho. Te medía en tu compromiso con unos ideales que te habían llevado a organizarte y ser parte de un proyecto colectivo. Cuidado, se nos enseñó a militar, es decir, a evitar las detenciones sin dejar de luchar. Era común en aquella época —sobre todo por los escasos socialistas que conocíamos— decir que los comunistas sacrificaban a sus militantes y lo que realmente había que hacer era esperar a que las contradicciones internas del régimen lo llevaran a su crisis definitiva. La clave eran las potencias democráticas que nos ayudarían a una transición ordenada y pacífica. ¿Para qué comprometerse?

No conozco a nadie que aguantara torturas, puñetazos, patadas y demás caricias por sostener que la llamada tendencia al descenso de la tasa media de ganancia era una verdad empíricamente demostrable o, al menos, falsable. Conocí a decenas, a centenares (el Partido es memoria de sufrimiento y ejemplo) de comunistas que aguantaron con firmeza en los calabozos del franquismo por no delatar a un camarada, por no descubrir el aparato de propaganda o simplemente porque no estaban dispuestos a colaborar con el poder franquista; ni agua. Conocí, en el campo andaluz o extremeño, que ser comunista se pagaba a precio alto, a camaradas (palabra sagrada) detenidos, callados como tumbas para no delatar a sus enlaces o los miembros de su célula. Lo peor era cuando te ponían delante a madres, compañeras e hijos. No quiero seguir por este lado. Ver golpear tu hija y sellar la boca te marcaba para siempre. La mayoría aguantaban y eran enviados a la cárcel; muchas veces era una liberación, la comisaría era mucho peor. Hablo de los años sesenta y setenta, hasta la llegada de Adolfo Suarez a la presidencia del Gobierno. Antes de esa época la tortura y las palizas eran lo menos que te podía pasar. La muerte siempre acechaba.

La otra cara eran las compañeras. Nosotros, siempre heroicos, en la cárcel, ellas, con los hijos buscándose la vida, sufriendo humillaciones sin fin, sin dinero y, muchas veces, con la vergüenza de tener el marido en la cárcel. Siempre había capacidad para llevar algo a los presos y parecer firme ante un marido al que la cárcel cambiaba y que te miraba de forma tan singular. Aquello no era vida, pero había fe, confianza en el futuro y sentido de pertenencia: estábamos en el lado bueno de una historia que definitivamente queríamos convertirla en pre-historia. Sin pasión no hay revolución.

No, no todos fuimos iguales en la lucha por las libertades, por los derechos laborales y sindicales, por los derechos nacionales de los pueblos de España. No, no todos fuimos iguales. Un viejo amigo, Pepín Vidal-Beneyto, me contó una anécdota que explicaba muchas cosas. Pepín estaba poniendo en pie la asociación “Memoria Democrática” con la idea de recuperar un pasado de resistencia y lucha, de dignificar a personas que habían destacado singularmente. Fue a hablar con Felipe González. Le propuso una especie de medalla para los luchadores sociales, políticos y sindicales más sobresalientes. El presidente del Gobierno dijo no con rotundidad: ¿qué quieres, que terminemos condecorando a todo el Comité Central del PCE? Esto enseña muchas cosas de lo que pasó y, si se me aprieta, de lo que todavía nos pasa después de un 23F de mentira y de enésimo intento por construir un imaginario político que la Familia Real se encarga de destruir cada mañana.

En momentos de “contra)revolución preventiva”, de “anticomunismo sin comunistases bueno preguntarse por nuestra historia: ¿qué hizo que miles de hombres y mujeres, millones de obreros, trabajadores, campesinos y jornaleros se organizaran, se dotaran de un proyecto e hicieran del conflicto social un instrumento eficaz para mejorar condiciones de trabajo y vida? Me refiero a Europa, pero podíamos hablar del movimiento obrero norteamericano o de las luchas sociales de una Latinoamérica que se iba poniendo en pie. Fue la 3ª Internacional la que lo cambio todo, no en el centro como se esperaba, sino en las periferias del capitalismo imperialista. La lucha de clases llevo a la lucha armada y a los movimientos de liberación nacional. El mundo cambiaba de base de verdad y se iniciaba el declive de Occidente. Nada se pierde en la historia secular por la emancipación.

La pregunta sigue ahí: ¿qué hizo, qué hace que personas normales, corrientes se rebelen, creen un sector público voluntario y, lo más importante, tengan la osadía de luchar por un proyecto alternativo de sociedad y de poder basado en el trabajo? La solidaridad, el afecto y la pasión justiciera. Sin esto nada fue posible; sin esto nada es posible. Las luchas sociales en las minas, en las fábricas, en los latifundios se combinaron, donde se pudo, con la construcción de grandes partidos de integración de masas, con una compleja red de asociaciones, cooperativas y mutualidades. En la tradición marxista del movimiento obrero fue apareciendo un tipo de relación especifica entre pasión y conocimiento, entre el querer y el poder. Conocer el mundo para cambiarlo; dotarse de la mejor ciencia disponible, forjar conocimientos y organizar la acción colectiva políticamente guiada. Así una y otra vez. Conflicto, lucha, organización y compromiso político al servicio de una ética socialista.

Los “comunes y corrientes” cambiaron la democracia realmente existente y pusieron al capitalismo a la defensiva. El miedo a la revolución fue tan grande, es tan grande, que hoy, derrotada y calumniada, sigue estando en el centro de las preocupaciones de los que mandan impedir, bloquear, criminalizar el imaginario crítico y revolucionario de unas sociedades sometidas a la inseguridad, la incertidumbre y el miedo; miedo que empieza, de nuevo, a ser una segunda piel. Cambió la política. De arte para manejar a los hombres (a las mujeres ni se las tenía en cuenta) a arte para construir un proyecto colectivo de liberación social y, en medio mundo, nacional. ¿Olvidar a Lenin? No, gracias.

No se trata de reivindicar —que también— la íntima relación existente entre política revolucionaria y pasión, afecto, compromiso moral. La cuestión es otra: sin esta pasión colectiva organizada no habrá revolución, transformación social, defensa de las libertades públicas y los derechos sociales, ni democracia tal como la hemos conocido hasta el presente. El movimiento obrero histórico socializó la política, la sacó del palacio y la convirtió en ética colectiva. La resultante en Occidente fue el Estado Social y la democracia constitucional. Delante de nuestros ojos se está produciendo la “gran regresión”: el retorno a las democracias oligárquicas, plutocráticas, en forma de una norteamericanización de la vida pública, precisamente cuando en su territorio de origen está en crisis terminal.

La “gran regresión” y el “gran reset” son las dos caras de un capital a la ofensiva que quiere escribir el futuro a su imagen y semejanza. Creer que las clases dominantes no se aprovecharán de la desigual correlación de fuerzas y que habrá un “nuevo reformismo” impulsado por los de arriba es no entender la lucha de clases y, lo peor, no haber aprendido nada de la época neoliberal. El keynesianismo (no confundir con Keynes y su obra) fue la respuesta histórica del capitalismo a una de sus crisis más duras, a las nuevas formas de organización de la producción y, sobre todo, a una correlación de fuerzas desfavorable. El capitalismo monopolista-financiero dominante está preparando una nueva revolución tecnológica, productiva y social; anticipando escenarios, adelantado acontecimientos, intentando sacar ventaja; aprovechando la pandemia, es decir, la desmovilización y el temor para imponer sus decisiones con el beneplácito, esta vez sí, de la entera clase política que cree que estar en condiciones de gobernar el proceso y ponerle el bozal a la bestia.