sábado, 17 de julio de 2021

De fragua en fragua

De la de Vulcano a la de Tío Juane. Este cantaor y herrero de profesión fue padre de Nano de Jerez. Ahora, nuestro flamenco me lleva a otra fragua. En su programa del pasado miércoles-jueves, el compositor, intérprete y profesor Óscar Herrero presentaba su trabajo de carácter didáctico "Repertorio para guitarra flamenca. Seis obras para grado medio". Luego, el programa continuaba hasta el final acercándonos al cante de Nano de Jerez. Y precisamente en los cantes seleccionados el tema era la fragua.

Muchas horas pasé yo viendo el trabajo de una fragua en mi niñez ecijana. El hierro candente me fascinaba y el fuego (¡con lo que dolía quemarse!) me hacía temblar. En una carretería que había, no recuerdo bien si en la Calzada, en la calle Carreras o en la del Carmen, me impresionó ver el zunchado, con un aro de hierro al rojo vivo, de la rueda de un carro. Por entonces las llantas no eran todavía de goma.

Manolo el Herrero era un gitano, vecino nuestro. Vivía dos casas más arriba, en la calle Yepes, y allí, en el corral, tenía la fragua. Este hombre, además de poseer cierta cultura, era un verdadero artista. Además de herraduras, estribos y bocados, hacía filigranas en rejas, cerraduras y herrajes para muebles. Con una moneda de un real nos hacía un anillo, reproducción en miniatura de un reloj de pulsera. Todavía conserva mi familia un arca con cerradura y bisagras de finísima factura, firmados con sus iniciales: MV, Manolo Villasanta. Por entonces teníamos gallinas, y su madre, Anita, una mujer muy mayor, arrugada como una pasa, venía a casa para comprar un huevo, siempre uno solo, para su hijo.

Ya hace casi cuatro años que en un comentario del blog hice una breve mención de este hombre, que me inició en la lectura de los clásicos. Desde la niñez tuve afición a la lectura. Las largas y tórridas tardes del verano de mi pueblo las pasaba leyendo en la penumbra, entornadas las contraventanas, tendido en las frescas losas de la biblioteca de mi casa. Mientras mis padres dormían la siesta, yo leía el Quijote.

Tendría yo ocho o nueve años cuando leí La Ilíada, y él me prestó el libro.

Muchos gitanos de la Baja Andalucía encajan mal en la imagen convencional y estereotipada que se suele tener de este pueblo. Asentados desde hace siglos, hay entre ellos obreros del campo y artesanos de diversos oficios, más allá de las mucho más conocidas sagas del arte flamenco o el toreo.

Volviendo al cuadro del sevillano Velázquez, ¿no os parecen gitanos los trabajadores de la fragua, incluido el propio Vulcano?
Cantes de fragua. Tío Juane de Jerez. 1994

Cantan: Juan Fernández "Tío Juane", Cayetano Fernández González  "Nano de Jerez" y Manuel Fernández "El Gordo", ambos hijos suyos. 
Espectáculo Flamenco: La Fragua del Tío Juane
Programa. Nochebuena Flamenca (1994)

jueves, 15 de julio de 2021

Llueve sobre mojado

Cuando, siguiendo la línea de lo recordado en Lawfare, me disponía a publicar el artículo que sigue a esta introducción, una sentencia del Tribunal Constitucional vuelve a traer a la actualidad el grave problema de la guerra judicial.

El Tribunal Constitucional es en estos momentos dudosamente constitucional, puesto que pronto hará tres años que no se actualiza y sigue "en funciones". El Partido Popular lo quiere así, bloqueando pertinaz e inadmisiblemente su renovación, sin más argumento real que su voluntad de mantener en este órgano de gobierno una mayoría que no tiene en el Parlamento.

Causa estupefacción que ponga como impúdica excusa el veto descarado a que en la elección participen partidos legitimados para ello por el voto ciudadano. También quisieron (¿sus razones tendrán?) evitar que esos partidos participaran en organismos en que interesa mantener fuera de escena muchos "secretos oficiales".

Este caducado tribunal se permite ahora, con una insólita sentencia, declarar inconstitucional el decreto que instauró el estado de alarma que permitió detener el progreso de la pandemia, sorteando angustiosamente cada quince días las trampas y chantajes parlamentarios. Ahora,  "la mitad más medio" de ese sesgado tribunal decide que se debió haber adoptado el estado de excepción, porque la libre circulación es uno de los derechos fundamentales. Poco les importa el hecho de que la adopción de este segundo escalón de las restricciones habría sido más difícil y laborioso, si no problemático, de conseguir, y que en medio de esa estúpida discusión procedimental el avance de la enfermedad habría sido dantesco.

No tiene, a estas alturas, el dictamen más consecuencia práctica que la posible devolución de las multas que se impusieron a los que, con su desobediencia a la norma, pusieron en riesgo tantas vidas, y con seguridad fueron culpables de algunas muertes. Bueno, hay otra consecuencia: se continúa erosionando al Gobierno, demostrándole que está bajo tutela y vigilancia y logrando que siga autolimitándose.

En esta coyuntura (y lo deja claro la exigua mayoría lograda por la sentencia) se hace más patente si cabe el interés de sus patrocinadores en la actual composición del CGPJ.

No hará falta señalar cuántas veces los partidos de la derecha han pedido cosas contradictorias en relación con las medidas a tomar, unas veces porque el Gobierno imponía restricciones y otras porque no lo hacía. Ahora que la mayor responsabilidad descansa en las Comunidades, vemos que lo importante es desgastar a la izquierda, y muy poco les importan las vidas que puedan perderse en el camino.

El hecho cierto es que la derecha económica y mediática nunca ha dejado de planear sobre los gobiernos de la democracia, a través de todos sus potentes instrumentos, desde que el dictador fascista, a diferencia de los del resto de Europa, conservó el poder hasta su muerte y nombró una línea de sucesión que perdura hasta hoy, junto a las dinastías del dinero y las judiciales, militares y policiales que nunca fueron depuradas de elementos fieles a la dictadura.

El autor de lo que sigue afirma que "nuestra judicatura se está derechizando peligrosamente". Tengo para mí que en realidad lo que hace es actuar con más o menos contundencia según lo que precisen sus mentores. Excluyo, desde luego, de este juicio mío a los jueces justos e imparciales que sin duda existen, pero que están infrarrepresentados en las más altas magistraturas.





La derecha ya ha dado el golpe de Estado
PP y Vox controlan la judicatura, el Ejército y las fuerzas de seguridad del Estado

José Antequera

Un juez acaba de legitimar los nauseabundos carteles racistas que Vox colgó contra los menores inmigrantes en el Metro de Madrid. “Con independencia de si las cifras que se ofrecen son o no veraces [estos menores] representan un evidente problema social y político”, concluye la Audiencia Provincial de Madrid en una resolución que parece sacada de otro siglo, cuando se perseguía como criminales a los vagos y maleantes.

No es el primer indicio de que nuestra judicatura se está derechizando peligrosamente. Recuérdese que hace tres años la sentencia de la manada recogía el voto particular de uno de los magistrados que en lugar de ver una asquerosa violación grupal apreció, machistoidemente, un “ambiente de jolgorio y regocijo”. Y no hace falta recordar el férreo amparo judicial que algún que otro juez falangista concedió a los nietos de Franco en su batalla legal para evitar que el Gobierno Sánchez sacara la momia del dictador del Valle de los Caídos.

Quiere decirse que el golpe de Estado ya se ha dado sin que nos demos ni cuenta. Pensábamos que la democracia nos la quitaría de las manos un guardia civil bigotudo, bravucón y corniveleto, con violencia, alevosía y ensañamiento, y resulta que no, que todo está siendo mucho más fácil y eficaz. Si algo le ha enseñado el manual trumpista a las nuevas generaciones reaccionarias, feudales y rurales es que la violencia por las armas ya no se lleva, que todo eso pasó, y que hoy lo que se impone es controlar el país desde dentro, desde arriba o “desde detrás” de las instituciones, que tanto da. Los Casado y Abascal de la vida han aprendido que el poder no se conquista por asalto sino colocando a los idóneos peores negros frente a los peones rojos en una clandestina partida de ajedrez que los españoles no ven porque se dirime detrás de los escenarios políticos, entre bambalinas.

El problema es que la izquierda sigue haciendo la revolución y la lucha de clases como antes, a pecho descubierto, con la bandera de la hoz y el martillo y recitando a Marx. Que no colegas, que no, camaradas, troncos, que no os enteráis de nada, que la lucha secular contra el fascio redentor, contra la injusticia y la opresión hace mucho tiempo que ya no se libra en las trincheras. La moda ultra viene marcada por el golpe incruento, la fagocitación de las instituciones, la usurpación de la democracia y el lawfare, como llaman los politólogos posmodernos a la represión de la disidencia y a la caza de brujas de toda la vida. Ha hecho más por la causa izquierdista la desaparecida Rafaella Carrà, a la que hoy lloramos desconsoladamente, que el propio Lenin. A golpe de cadera y melena platino al viento, la Carrà arrastraba a las masas proletas con un discurso directo y sencillo: “Yo siempre voto comunista”, decía la diva italiana rojaza que estará siempre en nuestros corazones.

Los más agoreros temen que en algún momento vuelvan los tiempos de los golpes de Estado y las violentas refriegas callejeras contra los obreros y revolucionarios, como en aquel mítico cuadro de Ramón Casas (La policía carga sobre la gente en Barcelona). Nada más lejos de la realidad. No hay golpe que dar sencillamente porque el golpe ya está dado. Se dio en 1978 y para mayor inri lo votamos en referéndum. No sé si me explico.

Derrotados los totalitarismos nazis en 1945, la extrema derecha vio claramente dónde estaba el negocio del futuro: en la retaguardia de la democracia, en las cloacas del Estado, en los resortes invisibles del poder como último bastión del hitlerianismo. Stieg Larsson, el gran periodista y autor de la trilogía Millenium, dedicó media vida a investigar los movimientos de extrema derecha en Suecia. Vio tantas cosas terribles en ese submundo que casi se vuelve loco y al final, agotado de dormir poco, de comer mal, de beber toneladas de café y fumarse dos paquetes diarios de Malboro, cayó víctima del miocardio. Sus compañeros empezaron a huir de él cuando les dijo cómo debían abrir los sobres por si eran cartas bomba.

En países como Alemania e Italia los nazis estuvieron décadas en letargo, criogenizados, y ahora, casi ochenta años después, se han quitado la careta y los complejos y fundan partidos como gente honrada y decente (véase Le Pen, Salvini u Orbán). Aquí, en España, como nos comimos 40 años de dictadura fascista y en la Transición no hicimos la conveniente desnazificación, tenemos bien interiorizadas las maneras ultras, de tal forma que los hijos de aquellos viejos fachones continuaron con la tradición del padre y del abuelo, o sea el “atado y bien atado” que dejó escrito el general.

Derecha carpetovetónica

Muchos de los nuevos cachorros del falangismo patrio se han infiltrado en el Ejército, en la Guardia Civil, en la Policía Nacional y en los tribunales de Justicia, lo cual explica que de cuando en cuando nos sorprendan con alguna sentencia polémica contra algún rapero incómodo o contra Isa Serra, a la que le han caído 19 meses por atentado a la autoridad. Algunas resoluciones parecen más bien sacadas de aquel fascioso Tribunal de Orden Público que de un órgano judicial plenamente democrático. Ayer mismo, a Monedero se le ocurría insinuar que el asesinato del joven Samuel es consecuencia de la homofobia emergente y Vox le ponía una querella fulminante. Por lo visto, la libertad de expresión política rige solo para unos pocos y aquí la extrema derecha puede decir lo que le venga en gana, desde que Sánchez es un genocida culpable de miles de muertes por la pandemia hasta que es un traidor a la patria. Así funciona esto.

En cuarenta años de democracia, la derecha española ha aprendido la lección. Es obvio que ni PP ni mucho menos Vox se han democratizado ni civilizado (eso es imposible tratándose de una derecha imperial, africanista, taurina, decimonónica y carpetovetónica) pero sí han conseguido sutilizarse. ¿Qué quiere decir eso? Que ya no sueñan con el pronunciamiento o asonada en plan burro y sangriento porque no lo necesitan. Tienen todas las armas que hacen falta en los arsenales de las Audiencias Provinciales. Tienen a los militares y a las fuerzas de seguridad, que están con ellos. Tienen de su parte a muchos jueces y a la patronal y a la Iglesia (salvo contadas excepciones). Controlan el Tribunal de Cuentas, con el que condenan a los indepes a la ruina económica; disponen de una porción de la tarta parlamentaria que impide cualquier reforma constitucional; y si el poder de la banca se ve amenazado se dicta una sentencia que avala las hipotecas y cláusulas abusivas y aquí paz y después gloria. Hasta los grandes barones del PSOE les dan la razón. ¿Qué más quieren? La guerra ya la ganaron en el 39, no necesitan otra. Las guerras solo se ganan una vez.

lunes, 12 de julio de 2021

Recuerdos de la ETSAM (ETS de Arquitectura de Madrid)

Antón Capitel, el autor de "mis memorias de la Escuela de Arquitectura", y el que esto escribe entramos a la vez en ella, pero nunca coincidimos. Él inauguraba el llamado plan "ye-ye" de cinco años. Yo, que había cursado el Selectivo en la Facultad de Ciencias el curso anterior, enganchaba en la promoción escoba del "plan antiguo", la 122 de la Escuela, la última con siete cursos.

Muchos recuerdos comunes, sin embargo, hemos compartido, de aquellos "tiempos interesantes". Estas memorias abarcan mucho más tiempo del que viví en ella, y completan mi experiencia con la evolución posterior a mi mutis por el foro (o más bien "del Foro").

No se muerde la lengua el autor al juzgar a profesores y compañeros, con juicios tajantes que en muchos casos (naturalmente no en todos) comparto. Las arbitrariedades, intrigas, camarillas y conflictos, la endogamia y el nepotismo, se palpan en su narración, y las he vivido también como alumno y como profesor. A fin de cuentas, es el mismo país y el mismo medio, con la misma Historia.

La distancia en el tiempo te hace ver lo efímeras que pueden ser las modas. Lo que en un momento se considera "la última palabra" o "la voz autorizada" puede ser desacreditado después. Opiniones petulantes, cargadas de suficiencia, las desnuda luego el devenir. No escapa a esto la política, pero tampoco la ideología arquitectónica o las teorías sobre docencia.

Los estudiantes creen que saben más de lo que saben. Me lo han recordado nuestras exigencias, muy acentuadas (justamente) en aquellas postrimerías del fascismo en plena decadencia. Se mezclaban con planteamientos sobre lo que se debía enseñar y cómo hacerlo. En aquella coyuntura, llegábamos a exigir que se nos mostrara "el método" para proyectar, o a una superficial crítica sobre la arquitectura del régimen, en general deleznable, pero de la que no salvábamos a nadie. Pero incluso el pensamiento crítico puede y debe ser sometido a crítica permanente. También envejece y se renueva. Recordemos aquella sarcástica "crítica de la crítica crítica"...

Los desarrollos paralelos, pero no coincidentes, de ambas carreras, contaron con profesores decisivos por su influencia en cada promoción. Mientras para ellos lo fue Antonio Fernández Alba, para muchos de nosotros el referente era Alejandro de la Sota. Y los dos compartimos provechosamente el magisterio sabio y algo engreído (con razón) de Rafael Moneo.

De la aguda percepción de Capitel recojo esta semblanza sobre otro grande de la arquitectura española: Francisco Javier Sáenz de Oiza.

 

"Sáenz de Oíza (don Paco) era un hombre calvo, de figura muy enhiesta, con grandes gafas de concha que se ponía en la frente a la manera de Le Corbusier (se parecía algo) cuando la presbicia le contrarrestó la miopía, de nariz aguileña y de cara muy interesante y expresiva. Extraordinariamente inteligente, era el mejor charlista del mundo. En aquellos martes, cuando le tocaba dar clase, no llevaba diapositivas, no le hacía falta, o aparecía con unos planos en fotocopias ennegrecidas, malísimas, para proyectar en opacos. Llevaba muy mal que los demás pusieran diapositivas. Un día, después de una clase de Alfonso Valdés con muchísimas diapositivas, Oíza le dijo: “Desde luego, has puesto diapositivas como quien dispara con una ametralladora, tatatata, tatatata, tatatata…”. Era enormemente ingenioso y ocurrente, muy simpático cuando quería y extraordinariamente antipático cuando le daba la gana. Cuando venía alguien famoso a dar una conferencia y tenía mucha afluencia de público, él se celaba y montaba un corrillo propio de comentario, muy concurrido, al acabar la charla del otro. Había chistes, anécdotas y ejemplos o consejos que siempre contaba. Un día, en clase, después de contar algo de su repertorio, un estudiante dijo: “Don Paco, usted se repite”. Él se volvió con cara de desprecio y le dijo: “Creo que se equivoca, el que repite es usted”. Otro día ocurrió que vino un padre de un alumno a verle, sin duda porque su hijo suspendía, y él le dijo: “¡Ah! ¿Es usted el padre de Fulano? Un momento que le doy el teléfono de mi padre…” Tenía mucha fama de buen profesor, aunque la verdad es que casi nunca preparaba nada y lo fiaba todo a su capacidad de improvisación y de mantener una charla ingeniosa. Era un gran arquitecto, como su obra prueba, aunque quizá fuera demasiado inteligente para ser arquitecto, como De la Sota –su gran rival, en el fondo- decía. Lo cierto es que, como veía las contradicciones de todo y que la arquitectura era una convención, a veces se quedaba perplejo, sin saber por donde tirar. Pero su arquitectura, aunque de fortuna desigual, siempre era empeñada, siempre tenía intenciones intensas; puede que hiciera obras y proyectos flojos, pero nunca descuidados o para salir del paso, siempre con mucho empeño. Y construyó las dos torres mejores de la ciudad de Madrid, que no serán nunca superadas. Yo le recuerdo con mucho afecto por lo que aprendí de él, por lo que me reí con sus salidas y porque tuve el honor de que me apreciara y me considerara un amigo."

sábado, 10 de julio de 2021

La Fragua de Vulcano

Mi querido primo Federico Fernández Porredón, ecijano como yo de nación, pero tan canario de adopción como yo gallego, y desde luego mucho mejor astrónomo que yo, me propuso colaborar en la página audiovisual canaria QPH radio para hacer una crítica de arte. En mi vida me he visto en tal aprieto; burla burlando, va esta por delante.

Burla burlando, porque en ella he querido destacar aspectos sin duda humorísticos que hay en este cuadro. Encontraréis la audición, leída por Tomás Delgado Medinilla, que la interpreta con admirable prosodia, en este enlace.

Antes de empezar, fijaos en los personajes y preguntaos ¿en qué estarían pensando?



Presentación

  Ecijano de nación, desterrado a Madrid a los diez años, lleva cerca de medio siglo acomodado en Pontevedra. Fue arquitecto en ejercicio y acabó abandonando la profesión por la enseñanza. Ahora es profesor jubilado de la Universidad de Vigo. Autor de algunas casas, dos hijos (en colaboración), tres libros y una tesis doctoral, también plantó una vez un árbol. Otros muchos proyectos se perdieron por el camino.

  Su preocupación política viene de tiempos tormentosos y llega a estos, por lo menos encapotados, y persiste erre que erre, aunque con modestas actividades prácticas. Publica un blog, esencial o menos, en que ha querido tratar de lo divino y lo humano. Allí ha dejado sus escritos, principalmente sobre geometría y diseño, pero también comentarios sobre literatura y humanidades. A día de hoy lo llenan casi en exclusiva sus preocupaciones sobre el futuro, probablemente imperfecto, de la humanidad, convencido de que el cambio climático y la crisis de la energía y los recursos frenarán sin remedio el incierto “crecimiento sostenible”.

  Cuando se tercia participa en charlas y debates sobre lo que le echen, y espera que la “nueva anormalidad” lo permita pronto. 

  Se propone colaborar en este medio, tratando un tema mucho más divertido.


La fragua de Vulcano

Buenos días. Para inaugurar esta sección divulgativa estuve pensando en cuadros que ya han sido estudiados hasta la saciedad. El primero que se me ocurrió fueron Las Meninas. Hay magníficos ejemplos de análisis de esta obra, muchos de los cuales podéis encontrar en Internet, y otros menos conocidos, como el de mi amigo y colega José Roselló Valle. También el Guernica de Picasso ha sido estudiado y explicado a exhaustivamente.

Entonces, al volver a las Meninas como referencia, pensé en otras obras de Velázquez. ¿Qué tienen en común, qué las hace únicas?

Una característica del arte español, desde el Renacimiento, es el realismo. Frente a composiciones fantásticas o enfáticas del arte de otros países, lo que aparece en los cuadros podría ser una escena cotidiana, detenida en el tiempo.

Eso, que en cuadros de Velázquez como el citado, Las Meninas, fija un momento sin especial grandilocuencia, lo encontramos en sus obras mitológicas, en las que lo sobrenatural se desplaza a un segundo plano, si es que lo hace, como ocurre en Las Hilanderas.

Los  Borrachos, por ejemplo, transforman la fiesta divina en una alegre sesión de copas, como diríamos hoy. Y en ocasiones, un fino análisis psicológico desplaza el tema trascendente y nos hace interesarnos por la actitud de los personajes, más que por el relato mitológico.

Esto es lo que ocurre con La Fragua de Vulcano. Apolo se presenta cuando el dios del fuego está en plena faena, y sin discreción alguna le cuenta un chisme en presencia de todo su equipo de obreros. “Venus, tu mujer, te está poniendo los cuernos: te la pega con Marte, que es mucho más guapo que tú”.

El único personaje de toda la escena con un halo de divinidad, la única referencia fantástica, es Apolo. Los demás son hombres vulgares, incluyendo al desgraciado herrero, tan poco divino, que sin duda es en la escena el que tiene literalmente la sartén por el mango.

Está claro que el momento es explosivo, pero todavía no se ha producido la deflagración. Aunque la cara del patrón lo dice todo, mucho más nos expresa la de sus ayudantes. ¡La que se va a armar aquí!

El cabronazo de Apolo los coge a todos en plena faena. La instantánea fija a Vulcano en la tarea principal, mientras los demás están en las suyas. Dos, con martillos, golpearán alternativamente con el jefe el hierro caliente, otro corta metal, y al fondo un cuarto se supone que activa el fuelle. El que, de perfil, es la réplica asustada del tranquilo dios que tiene enfrente, exhibe una mezcla de estupor y verdadero miedo. El más alejado, y por ello menos expuesto a la que se va a armar, mira la escena desde su confortable distancia, con un gesto que, aunque velado, podría parecer de guasa, como el de los asistentes a un reality show televisivo.

La estudiadísima composición enfrenta a dos grupos. Es un escenario en que por la izquierda entra Apolo, todo un grupo en sí mismo con su majestuosa autoridad, y a la derecha lo recibe el grupo humano o humanizado, como ocurre en el teatro o en el cine. Entrando, la divina aparición, a la espera, el mundo terrenal. Una tira estrecha de fantasía mitológica, pretexto para explicar la situación.

Hasta la carne del bello dios es diferente, y sólo tras él vemos el cielo. La cuadrada parte derecha fija una escena terrenal de un realismo asombroso, que sin embargo, de cortar la parte izquierda, nos dejaría intrigadísimos: ¿”qué está pasando aquí, y por qué”? Hay toda una dialéctica entre ambas partes, porque ninguna tendría sentido sin su opuesta.

Realismo dialéctico a ultranza que se refleja en los objetos materiales: el óxido y el brillo se alternan en los yunques, triunfa el último en la pieza de armadura que recorta el personaje de la derecha, vencen el polvo y el óxido en el resto de la escena. Como en Las Meninas, un fondo oscurecido y difuminado permite, dialéctica otra vez, que las figuras y sus expresiones dominen la escena.

Y como en Las Meninas, Las Hilanderas o los cuadros tempranos del autor, algo importante está ocurriendo al fondo del cuadro, aunque aquí sea solo la presencia morbosa del espectador del reality…

miércoles, 7 de julio de 2021

Lawfare

Significa literalmente "guerra judicial" (contracción de los términos del inglés "law" y "warfare"). El lawfare es un libro recién publicado de Arantxa Tirado. Así lo presenta la editorial:

La oleada de gobiernos de izquierda que caracterizó a América Latina y el Caribe desde finales del siglo XX conformó un mapa geopolítico adverso a los intereses del sector público-privado estadounidense en la región. Para cambiar la correlación de fuerzas ha entrado en escena el lawfare o guerra judicial, un mecanismo aparentemente democrático y ajustado a derecho, por el que socavar el poder, la imagen y las posibilidades de reelección de los líderes de la izquierda. Poco se habla, sin embargo, del origen del lawfare como una estrategia de carácter militar, encuadrada en una guerra de amplio espectro, hoy denominada guerra híbrida, que busca, mediante la combinación de operaciones judiciales, mediáticas, políticas o económicas, la reconfiguración de la geopolítica hemisférica. Si en décadas precedentes los golpes de Estado clásicos sirvieron para impedir que la izquierda gobernante desplegara su agenda política desde las instituciones o, incluso, llegara a ocuparlas, hoy el lawfare ejerce una misma función, pero amparándose en la legalidad y manteniendo las apariencias democráticas. Asistimos, entonces, a la paradójica demolición del Estado de derecho en nombre de la ley.

Pero esta amenaza no se limita al territorio latinoamericano, que, como tantas otras veces, no ha dejado de ser un laboratorio de pruebas. Una vez confirmada la «eficacia» de esta nueva herramienta del sistema, ¿qué impide aplicarla en otros países? Y hay indicios muy cercanos que apuntan en esta dirección.

Esta estrategia de guerra utiliza el poder judicial para socavar el poder político, mediante lo que podemos calificar como "golpes de Estado en nombre de la ley", muy útiles para sojuzgar de forma aparentemente legal a quienes se salen del camino marcado.

En Latinoamérica tenemos ejemplos sobrados de esta utilización de los jueces para derribar gobiernos poco gratos a las oligarquías y, obviamente, a Estados Unidos. Con mayor o menor éxito se ha practicado en Argentina, Paraguay, Brasil, Ecuador, Honduras... y seguramente me dejo atrás varios países más. No han faltado jueces dispuestos a ello. Y como en toda guerra se utiliza la preparación artillera (el bombardeo de los medios afines) para "ablandar" las posiciones del enemigo.

También en nuestro país hay desde hace tiempo una clara guerra judicial. La permanencia en ejercicio de un Consejo General del Poder Judicial caducado desde hace más de dos años demuestra el interés de la derecha en controlar a los jueces y nombrar para las más altas magistraturas a quienes defiendan sus posiciones.

Los mecanismos judiciales de ataque y defensa son variados, desde manejar a conveniencia el freno o el acelerador de los procesos hasta utilizar la oportuna presencia de jueces de guardia afines para presentar querellas infundadas que, aunque luego no vayan adelante, quedan congeladas todo el tiempo que haga falta para utilizarlas como argumento contra la parte acusada. Como también se pueden dilatar los procesos que perjudican al Partido Popular...

Dos sentencias recientes muestran varas de medir muy diferentes. La condena de Isa Serra por participar en algo tan noble como frenar el desahucio de personas vulnerables (acusándola de violencia física y verbal, difícil de demostrar, mientras la fuerza pública practica, por lo menos, la física con gran contundencia) se contrapone a la casi simultánea absolución de Vox por un cartel canalla.

Analicemos ese cartel. En primer lugar, utiliza el término "menas" para sustituir a lo que verdaderamente quiere decir el aséptico nombre oficial: niños y adolescentes desamparados. Lo de que sean o no extranjeros sobra para cualquiera que no sea xenófobo. Es más, eso los coloca en una situación de acusada inferioridad.

En segundo lugar, el cartel contrapone la imagen de una adorable anciana con la de un facineroso, un siniestro bandido enmascarado

Por último, engaña descaradamente, comparando el coste bruto de una institución con la efectivamente miserable remuneración neta que reciben muchos jubilados. En mi ciudad, el convento de San Francisco y la Cruz Roja dan alimento a los menesterosos. ¿Responsabilizaremos a los pobres de los gastos de ambas instituciones?

El juez en cuestión, además, se permite la osadía de considerar que la existencia de estos menores constituye "un problema político y social". Un número insignificante de jóvenes (aunque preocupe a las comunidades autónomas acoger ocho o diez más) es culpable colectivamente de las fechorías de alguno. ¿Se dice lo mismo de otros colectivos, como los fontaneros, los taxistas o los turolenses?

El carácter abiertamente reaccionario de una parte significativa de los jueces, heredado de la dictadura y que no fue modificado en la transición, se acentúa en las más altas magistraturas, al calor de los nombramientos para ellas de magistrados afines a los partidos gobernantes. El poder judicial aparece así como una barrera contra las políticas que no gusten a los poderes económicos y mediáticos.

El artículo que recojo, escrito inmediatamente después de constituirse el gobierno actual, profetizaba la guerra total de las oligarquías para, utilizando la terminología taurina, "parar, templar y mandar" al ejecutivo, hasta embotar iniciativas que mermaran su dominio. Con el poder judicial como arma principal.



Lawfare contra el nuevo Gobierno

Ignacio Escolar

30 de diciembre de 2019, 22:26h

Va a ser la oposición más descarnada de las que hasta ahora hemos conocido en la reciente historia democrática

Esta oposición no va a utilizar únicamente el Parlamento. Su principal arma va a estar en los juzgados
 

La ambición programática del nuevo Gobierno es directamente proporcional a la virulencia de los enemigos declarados en su contra. Los planes fiscales, laborales, feministas, laicos y medioambientales que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias presentaron este lunes van a crear otra coalición enfrente: la de tantos poderes económicos, políticos y mediáticos que están hoy muy incómodos ante estas reformas. No se van a quedar de brazos cruzados y la resistencia va a ser descomunal. Va a ser la oposición más descarnada de las que hasta ahora hemos conocido en la reciente historia democrática.

Esta oposición no va a utilizar únicamente el Parlamento. Su principal arma va a estar en los juzgados.

Quédense con un término que va a ser clave para explicar esta legislatura: el 'lawfare' o guerra jurídica. Un neologismo inglés que viene de fusionar las palabras 'law' (ley) y 'warfare' (guerra). Esa warfare consiste en judicializar la vida política para paralizar al Gobierno. Es un intento de ganar en los tribunales lo que no se logró en las urnas. Es una quiebra de la separación de poderes, donde el poder judicial se extralimita y asume funciones que no le corresponden, con el apoyo de los poderes económicos y de los medios de comunicación.

En los casos más extremos de Lawfare –como la conspiración judicial contra Lula en Brasil– las togas sustituyen a los tanques.

Este lunes tuvimos un primer ejemplo: la amenaza de PP, Ciudadanos y Vox de denunciar ante los tribunales un supuesto delito de revelación de secretos cometido por el Gobierno por la aún más supuesta filtración a ERC del contenido del informe de la Abogacía del Estado sobre Junqueras.

Poco importa que no haya evidencia alguna de que tal cosa haya ocurrido. Poco importa también que tal informe no sea secreto alguno ni afecte a la intimidad de nadie. Poco importa que sea imposible cometer un delito con su filtración porque, cuando en teoría se produjo tal cosa, no estaba aportado al procedimiento judicial de una causa que, además, no está secreta. No hay por dónde coger ese supuesto delito pero eso no ha impedido, en otras ocasiones, que se abriera una causa penal. Da igual si luego queda en nada. Una de las premisas de la lawfare es que una imputación es, por sí misma, una pequeña condena.

¿Recuerdan el famoso caso del incendio en Guadalajara donde murieron 11 personas por un cambio inesperado en el viento? Una juez muy cercana al PP impulsó una enorme causa penal donde llegó a imputar a 15 políticos y altos cargos del PSOE en un enorme y costoso proceso penal que duró 7 años. Al final, solo hubo un condenado, el único responsable real del incendio: el excursionista que provocó el fuego con una barbacoa.

Aquel caso lo impulsó Concepción Espejel. "Querida Concha", como la llamaba María Dolores de Cospedal, que llegó a condecorarla. Espejel, pese al enorme ridículo de aquel proceso penal, hoy está en la Audiencia Nacional, promocionada por los vocales nombrados por el PP en el CGPJ.

Espejel fue apartada del caso Gürtel por sus propios compañeros por su evidente afinidad con el PP. No ha sido un problema en su carrera. Al contrario. Es muy posible que pronto llegue a la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

Un Tribunal Supremo, conviene recordarlo, donde todos y cada uno de los jueces llegan por nombramientos políticos de los vocales nombrados por los partidos. Y donde el PP hace décadas que se afana por colocar a sus mejores hombres.

La colonización de la cúpula de la justicia por parte de la derecha va a ser clave en esta legislatura. Y no descarten que la primera turbulencia llegue antes incluso de que se logre la investidura.

Este viernes, la Junta Electoral Central (JEC) tiene que decidir si inhabilita a Quim Torra y también a Junqueras. El PP, que ha impulsado ambas peticiones, no oculta su verdadero objetivo: hacer descarrilar la investidura. Lo confiesa de forma pública en Twitter la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo: "Si alguna de las dos peticiones del PP y Ciudadanos contra Torra y Junqueras fueran favorables, ERC tendría muy mal colaborar en la investidura". Como explicaba Elisa Beni en su artículo de este domingo, más claro imposible.

Porque si Torra es inhabilitado cuando aún no tiene una condena firme llegará un maremoto en Catalunya. Si tal cosa ocurre, tendrá que ser el president del Parlament, Roger Torrent, de ERC, quien aplique esa decisión de la JEC porque es dudoso que Torra vaya a dimitir diga lo que diga este organismo administrativo al que ya le sale gratis desobedecer –le supondría otra condena de inhabilitación, como la que ya tiene–.

La JEC, hay que recordarlo, es un organismo administrativo, no judicial, aunque esté formado en una parte por jueces del Supremo y también por representantes de los partidos –el PP tiene dos; PSOE, Ciudadanos y Podemos, uno cada uno–.

La condena de Torra, hay también que recordarlo, no es por rebelión, sedición o corrupción: es por negarse a retirar unos lazos amarillos de los edificios públicos, como pedía la propia JEC.

Para sacar a Torra del juego –y, como carambola, a Pedro Sánchez–, PP y Ciudadanos han recurrido a una ley diseñada contra ETA, uno de esos atajos legales de dudoso encaje constitucional y que durante años se toleraron en España contra el terrorismo. ¿Puede un organismo administrativo derrocar a un presidente autonómico por una condena menor antes siquiera de que se pronuncie el Tribunal Supremo y la sentencia sea firme? Puede. Cosas más increíbles hemos visto.

A la primera la derecha fracasó en su intento. La Junta Electoral de Barcelona se negó a inhabilitar a Quim Torra con argumentos bastante razonables. La diferencia este viernes es que el PP juega en casa. La actual JEC cuenta con una mayoría conservadora. Es la misma Junta Electoral Central que no vio problema alguno en la campaña de guerra sucia en redes del PP, pero a la que le pareció indignante que Pedro Sánchez usara La Moncloa para sus entrevistas de campaña –exactamente igual que hicieron todos los presidentes anteriores–.

Esta legislatura no será la primera en la que la derecha utilizará los tribunales, con todo su poder, para intentar bloquear al nuevo Gobierno. Ya pasó antes, con la guerra judicial desatada contra José Luis Rodríguez Zapatero. Entre 2004 y 2008, el PP presentó 26 recursos de inconstitucionalidad. Mariano Rajoy, entonces en la oposición, llevó al Tribunal Constitucional prácticamente todas las leyes que perdió en el Parlamento. Era una forma de desgastar al Gobierno, como demostró después el propio Rajoy cuando llegó al poder con mayoría absoluta y mantuvo muchas de las leyes que había recurrido ante el TC, como la del aborto o la del matrimonio igualitario.

Esa legislatura también fue la de la conspiración del 11-M, cuando el PP acusaba al PSOE de estar detrás del atentado más sangriento de la historia de España, con el apoyo de varios medios de comunicación, que se sumaron a esta infamia para desgastar al Gobierno y vender periódicos.

Son los precedentes de lo que nos espera a partir de 2020: el infierno es el límite. No habrá escrúpulo alguno para intentar tumbar al futuro gobierno a cualquier precio. El argumento –ya lo están creando– es el de presentar esta coalición y este acuerdo con ERC como una enorme traición ante la que todo vale.

Es en ese lenguaje de la traición –y no en sacar a los muertos de las cunetas– donde reside el auténtico guerracivilismo.

Pero el nuevo gobierno, hay que subrayarlo, es plenamente legal y legítimo. Porque los votos de la izquierda o de los nacionalistas valen exactamente lo mismo que los que votan a la derecha y suman más en el Parlamento. La soberanía popular está por encima de sus soflamas. Es la esencia de esa Constitución que citan a todas horas y solo les preocupa en la parte de la unidad de España.

Por eso el nuevo Gobierno hace muy mal en esconderse de la prensa en el día en que anuncia su programa. No solo porque la transparencia sea obligada para cualquier representante público. También porque se coloca a la defensiva, a pesar de contar con la razón y con los votos.


A continuación, la reveladora conferencia de Javier Pérez Royo "Cataluña, España: Los porqués de un desorden constitucional" pronunciada en abril de 1919, dentro del ciclo Diálogos sobre Cataluña organizado por el Departamento de Derecho Público de la Universidad de Salamanca.

El conferenciante no duda en calificar como "golpe de Estado judicial" la "exitosa" impugnación del nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña, una  vez que había sido pactado entre las correspondientes comisiones de los dos parlamentos, aprobado en ambos y sometido a referéndum. De este modo, un órgano destinado a vigilar el cumplimiento de la Constitución pasaba por encima de la propia Constitución. Las consecuencias de aquel acto desencadenaron la furia independentista, con consecuencias todavía imprevisibles. Bien es cierto que los partidos gobernantes en España y Cataluña alimentaron la pugna para desviar la atención de sus propias vergüenzas.

Distingue Pérez Royo entre los procesos de aprobación de las leyes y las constituciones. Las primeras no requieren consulta a todos los ciudadanos, sino su voto delegado en los parlamentarios. Imaginemos por un momento que cada una de las leyes que se emiten continuamente requirieran informar detalladamente sobre ellas a todos los ciudadanos para pedirles luego su opinión bien informada y formada.

No ocurre lo mismo con las constituciones, como bases del funcionamiento parlamentario. Ellas sí requieren el refrendo popular. Siendo los estatutos de autonomía el fundamento del parlamento correspondiente, corresponde la decisión a quienes serán afectados por la leyes que emitan.

Así lo entiende la constitución española vigente, y así se ha procedido en la aprobación de todos los estatutos de las comunidades hasta esta ocasión. Quienes la redactaron entendían que el acuerdo entre los órganos legislativos central y autonómico garantizaba la legalidad, y que solo faltaba su aprobación en referéndum para que entraran en vigor.

El CGPJ entró en aquel proceso como elefante en cacharrería. Situar a este órgano como supremo decisor en un proceso impecablemente acorde con la Constitución, creando de paso un agravio comparativo, llevó a muchos catalanes a pensar que, siendo la Constitución un aparato irreformable, su única salida era la vía de escape hacia la independencia.

La decisión del órgano supremo de los jueces significa que se coloca simultáneamente "por encima" de los otros poderes del Estado y "por debajo" de los intereses partidistas de quienes los nombraron.

Si la Constitución hace imposible un referéndum de autodeterminación, sí permite que se vuelva al camino abortado por el golpe judicial para acordar una solución pactada que satisfaga a todas las partes. Así lo afirmaba el profesor Pérez Royo y esa parece ser la decisión del Gobierno.

¿Es efectivamente irreformable la Constitución? Tal parece, dada la necesidad de que para hacerlo se pongan de acuerdo los dos grandes partidos, y son muchos los casos en que la mayoría necesaria se convierte en una minoría de bloqueo.

Sin embargo, dejando a un lado el mínimo retoque sobre la sucesión en la Jefatura del Estado, se ha modificado ya dos veces en aspectos importantes. La primera, para adaptarla al Tratado de Maastrich, la segunda, para priorizar el pago de la deuda sobre cualquiera otra consideración.

Paradójicamente, en ambos casos no han decidido los cambios los nacionales, sino los extranjeros. La Unión Europea puso obedientemente firmes a los partidos mayoritarios.

La exigencia de un acuerdo muy improbable entre los grandes partidos para cualquier alteración convierte esta "carta magna" en efectivamente irreformable, dando un punto de razón (sólo un punto) a los argumentos independentistas. Y señala el profesor que es un caso anómalo entre la mayoría de las constituciones, que evolucionan adaptándose a nuevas circunstancias.

O estallan.

lunes, 5 de julio de 2021

Algunos aprendieron algo, otros no...

Durante las primeras fases de la pandemia, la paralización de actividades no esenciales parecía que nos iba a enseñar por lo menos dos cosas: que había algunas actividades imprescindibles y otras muchas de las que se podía prescindir, y que algunas cosas habían, paradójicamente, mejorado: había menos ruido, se respiraba mejor, la naturaleza viva entraba con fuerza en reductos urbanos que antes le estaban vedados...

"cuando la máquina de producir, comprar y consumir se frenó como resultado de la cuarentena, se produjo una caída sin precedentes de la emisión de dióxido de carbono (CO2), una de las principales causantes del cambio climático. Por un momento, la naturaleza respiró, vimos más pájaros y más estrellas. Pero solo por un momento."

Pronto empezó la batalla por alcanzar de nuevo "la normalidad". El sistema que nos mata (pero mientras tanto nos da de comer, como el granjero a las gallinas) necesitaba, y todos con él, una "nueva normalidad" desarrollista para volver a las andadas.

Para muchos era una necesidad vital recuperar un trabajo del que vivir. Otros sentían un frívolo deseo de recuperar la "libertad" idealizada y un tanto superflua. La voluntad de los que decidían, por encima de las otras, era mantener el beneficio de los capitales.

Se vuelve con la misma estructura económica. La "nueva normalidad" es, una vez más, la vieja, la de siempre. Y una "nueva mentalidad" no ha sido capaz hasta ahora de sustituir a la vieja.

Desde la periferia capitalista se escribe este libro que proclama la necesaria transformación que pueda superar la fuente de los problemas, ese productivismo a ultranza, el que crea tantas necesidades no necesarias, como no sea para su propia supervivencia. Y no es suficiente una defensa bienintencionada de "lo público", ahogado como está, inmerso en un mercado universal de "lo privado".



¿La pandemia de hoy o el capitalismo de siempre?

Laura Álvarez Huwiler

Nuevo libro: «Geografías del conflicto». Compilado por Daiana Melón y Mariana Relli Ugartamendía, aborda desde la pandemia al modelo agropecuario, de los humedales a la crisis habitacional, la crisis civilizatoria y las construcciones de alternativas populares. Material de libre descarga, compartimos uno de los quince capítulos.


“En esta confluencia de crisis sociales y ecológicas, ya no podemos permitirnos ser poco imaginativos; no podemos permitirnos soslayar el pensamiento utópico. Estas crisis son demasiado serias y las posibilidades demasiado avasallantes como para ser resueltas con las formas tradicionales de pensamiento, que son justamente las productoras de estas crisis”, escribía Murray Bookchin en 1972, sin haber vivido la actual crisis sanitaria desatada por el virus Covid-19. Quizás no imaginó específicamente esta pandemia, pero sí previó, como otras y otros ecologistas, las brutales consecuencias de un accionar cada vez más avasallante y destructor que como sociedad estamos teniendo sobre la naturaleza.

El 2020 ha sido, hasta ahora, aunque con diferencias dependiendo el lugar, un año trágico para la humanidad entera: colapsos de los sistemas de salud, muertes, encierro y la consecuente pérdida de socialización para personas adultas y jóvenes, una crisis económica mundial sólo comparable con la crisis del treinta, con sus correlatos de mayor desigualdad, desocupación y pobreza, por mencionar sólo algunas de las consecuencias más inmediatas de esta pandemia.

Según la propia Vicesecretaria General de las Naciones Unidas, Amina J. Mohammed, “entre 70 y 100 millones de personas podrían verse empujadas a la pobreza extrema; 265 millones de personas más podrían enfrentar una grave escasez de alimentos a fines de este año, y se estima que se han perdido 400 millones de puestos de trabajo, por supuesto, afectando de manera desproporcionada a las mujeres [1].

A pesar de los diferentes análisis que pueden encontrarse sobre el origen y desarrollo de la pandemia del coronavirus, gran parte de los científicos y las científicas, incluso los de la “ciencia hegemónica”, coinciden en que es innegable la relación causal entre esta pandemia y los problemas causados por la destrucción de la biodiversidad [2]. Y esta destrucción de la biodiversidad existe gracias a una forma particular que cobra la escisión entre la sociedad y la naturaleza en el sistema capitalista. La sociedad capitalista no solo reproduce una objetivación de la naturaleza previa a este sistema, sino que además la mercantiliza, es decir, la convierte en recurso económico, elegantemente denominado como “recurso natural”.

Hoy más que nunca, debido a las visibles consecuencias de la actual pandemia, debemos cuestionar esta conversión de la naturaleza en recurso económico, como lo viene haciendo el movimiento socioambiental en las luchas en defensa de los bienes comunes. Pero esta mercantilización de la naturaleza, sin embargo, no es un hecho aislado, sino que es parte de la maquinaria irracional de producir, vender y consumir que en este sistema tiene como fin principal la generación de la rentabilidad capitalista.

Como parte de esta maquinaria irracional, por un lado, los gobiernos, los grandes laboratorios y las universidades vienen persiguiendo, desesperadamente, la vacuna contra esta enfermedad. Aunque, “si este tipo de pandemias echa raíces en las tramas de la producción capitalista, ¿cómo puede una vacuna ser la solución que todos esperamos?”, se pregunta Rob Wallace, investigador en la Universidad de Minnesotta [3].

Por otro lado, en simultáneo, los gobiernos buscan una solución inmediata que revierta la crisis económica que estamos atravesando, como la desesperada búsqueda de inversiones por las cuales los Estados capitalistas compiten, promocionando actividades rentables para las grandes empresas del mundo. Entre estas actividades se encuentran las causantes de un cambio ambiental global, es decir, las responsables de estas pandemias. Y, además, son causantes del cambio climático que ya está generando tantos o más desastres que el propio coronavirus, con sequías, deforestación e inundaciones, por mencionar sólo algunos de sus efectos.

Por lo tanto, cualquier salida que busquemos para terminar con las pandemias, deberá generar cambios profundos en la forma de producción, y, a su vez, debemos discutir quién decide qué y para qué producimos como sociedad. Tendremos que cuestionar si lo define la rentabilidad capitalista o las necesidades de las poblaciones. Pero, además, deberemos reflexionar sobre cuáles son las necesidades de la población, porque en el capitalismo no solo las cosas se fetichizan, sino también nuestras necesidades. Éstas, digamos, adquieren vida propia. Así, por ejemplo, se naturaliza la necesidad de producir por producir y consumir por consumir, transformando a “crecer o morir” o a “comprar o morir” en máximas de la sociedad actual, tal como decía Bookchin (1972).

Para terminar con este mundo de pandemias, entonces, no basta pensar cómo haremos para abastecer todas nuestras necesidades, sino que también debemos cuestionarnos acerca de nuestras propias necesidades.

Sin embargo, sólo podrán impulsar un cuestionamiento de este tipo sujetos libres para elegir sus necesidades, no para elegir ofertas en tiendas de supermercado; sujetos libres para modificar una forma de producción generadora de pandemias y, antes que nada, para modificar la finalidad de esa producción.

Pero lejos de una búsqueda de soluciones profundas, se nos presentan cotidianamente propuestas de salidas falsas a este problema, sean mágicas o simplemente superficiales, como lo son las que impulsan bonos verdes, energías limpias, explotación de la naturaleza en manos de empresas estatales, entre otras.

Una solución profunda no puede reducirse a una discusión de quiénes y cuánto tienen que pagar por destruir la naturaleza, deforestar, verter líquidos contaminantes o agrotóxicos en ríos. Es decir, esta solución no puede limitarse a impulsar políticas que busquen que los precios incorporen el costo de las “externalidades”.

En otras palabras, no se trata de plantear impuestos, propuesta histórica neoliberal, aunque ahora se vista con camisas progresistas. Su ya vieja y conocida proclama de “el que contamina paga” significa determinar un precio para la destrucción de la naturaleza y de nuestros cuerpos. De todos modos, incluso introduciéndonos en la lógica de los profetas de los impuestos verdes y sus amigos desarrollistas, surge el interrogante de cómo calcularían, a la luz de la situación actual, es decir, de una crisis económica y social sin precedentes, los “costos” en cuestión.

Tampoco puede restringirse la solución a una propuesta de “energías más limpias” llevadas adelante por una sociedad irracional, que las transformará en nuevos mercados para el capital. Las propuestas mágicas de un “capitalismo verde” no pueden ser la consigna de quienes busquen una solución real a este mundo de pandemias. Porque aquella irracionalidad, así como la objetivación de la naturaleza y del trabajo humano en tanto recursos para la rentabilidad, son inseparables de la esencia del sistema capitalista en el que vivimos.

Mucho menos puede reducirse a una discusión sobre si la explotación y destrucción de la naturaleza debería hacerse de forma privada –sea ésta con capitales nacionales o extranjeros–, estatal o mixta. Es decir, no importa quién destruye la biodiversidad, sino la destrucción misma. Así como no importa si quien explota a las trabajadoras es un capitalista bueno o malo, si nació en la Patagonia o en Alemania. La destrucción de la naturaleza y la explotación del trabajo humano no saben de banderas.

Por último, sobre todo no encontraremos la solución cuestionando el mal -o sub-desarrollo- que padecemos, ilusionándonos con un mejor o mayor desarrollo. Una ecología crítica no puede someterse a la promoción de un desarrollo sin más, sino que debe desnaturalizar la necesidad de ser una sociedad más y más productiva, es decir, desfetichizar la necesidad de producir de forma eficiente como objetivo en sí mismo, porque la “productividad” así como las “necesidades humanas” no pueden desprenderse del contexto social en el que surgen.

La productividad -o eficiencia- en el capitalismo se nos impone como imperativo, como meta para alcanzar un desarrollo que la sociedad ya no se cuestiona. Y la productividad en el sistema actual implica, en un país como Argentina, la necesidad de producir más commodities para exportar o para atraer inversiones extranjeras. Y, entonces, por ejemplo, para que la minería tenga una producción eficiente, sea más productiva y, por lo tanto, genere más divisas, tendrá que dinamitar montañas y utilizar grandes cantidades de agua y energía, contaminar ríos, es decir, generar “externalidades”, o sea, destruir la naturaleza [4].

Tampoco la agroindustria podría ser más productiva en este mundo dominado por la competencia y la rentabilidad capitalista dejando de utilizar agrotóxicos que generan, entre otras consecuencias, contaminación en los suelos y en los cuerpos de las personas, es decir, otras “externalidades” [5]. Por lo tanto, la búsqueda de una mayor productividad en este mundo gobernado por la rentabilidad capitalista, solo puede traducirse en más despojo y destrucción de la naturaleza. Pero no necesariamente porque todos los empresarios o los gobiernos estén ansiosos por contaminarnos, sino porque esta es la manera de hacerlo en un mundo irracional gobernado por la rentabilidad.

Por lo tanto, en lugar de ilusionarnos con regresar a esa “normalidad” que causó esta pandemia mundial, deberíamos detenernos a observar que cuando la máquina de producir, comprar y consumir se frenó como resultado de la cuarentena, se produjo una caída sin precedentes de la emisión de dióxido de carbono (CO2), una de las principales causantes del cambio climático. Por un momento, la naturaleza respiró, vimos más pájaros y más estrellas. Pero solo por un momento. Porque nuestros gobiernos no están frenando la maquinaria para pensar si podemos como humanidad producir de otra manera, para repensar nuestras necesidades reales y para que pensemos en cómo usar esa capacidad de enfrentar, dominar y destruir a la naturaleza, en reconstruir creativamente una nueva forma de reconciliarnos con ella.

Pero no hay tiempo para estas reflexiones, porque tenemos que pagar la deuda, salir de la crisis, buscar inversores, exportar, destruir montañas, contaminar aguas, incendiar bosques, destruir humedales para producir soja, impulsar proyectos de criaderos industriales de cerdos a gran escala, aunque puedan generar nuevas zoonosis y más. Eso nos dicen los gobiernos y eso es lo que están haciendo para buscar una “reactivación económica”. Es decir, volver a una, y quizás más fuerte, “normalidad” a la cual, como decía una pared de Hong Kong, no podemos retornar porque la normalidad era precisamente el problema.

Pero mientras empresarios y gobiernos buscan nuevos negocios pandémicos, en nuestra contradictoria sociedad se generan voces críticas, etiquetadas por los de arriba como “antidesarrollistas” o incluso “ecoterroristas”. Voces algunas sueltas y otras organizadas en asambleas, que se atreven a cuestionar los “bellos” discursos desarrollistas; que comenzaron a defender lo que quizás aún no identificaban como “bien común”, porque éstos eran sólo “el bosque”, “el cielo”, “el río”, “el agua”; y hubieran seguido existiendo como tales si una empresa o el Estado no hubieran dicho “¡esto es mío, lo voy a destruir para hacer dinero!”.

Sólo a partir de ese momento, aquello que era parte de un “entorno natural”, esas montañas, esos ríos, esos bosques, ese cielo y esa agua, empiezan a transformarse en un proceso de defender lo común.

La idea de “bienes comunes” se opone entonces a la de “recursos naturales”, en tanto representación de la mercantilización de la naturaleza.

Pero no debe enfrentarse para generar una nueva objetivación de la naturaleza, es decir, en tanto lista de “objetos naturales, pero ahora comunes” como algo preexistente a las luchas socioambientales, sino, justamente, para desfetichizar esa objetivación de la relación de dominación, para ir destruyendo aquella relación de dominación como modo predominante de relacionarnos con la naturaleza.

En sus proclamas “contra el saqueo y la contaminación”, esas voces que se multiplican buscan discutir la necesidad de más desarrollo capitalista y defender su derecho a la autodeterminación, porque para solucionar los problemas de raíz, esas voces saben que debemos construir relaciones diferentes, tanto entre seres humanos como con la naturaleza.

Cuestionar la relación de dominación de la humanidad sobre la naturaleza se va aunando así con una lucha contra la propia dominación de una parte de la humanidad por otra. Dominación que, como la maquinaria de necesitar, producir, consumir y comprar, no nos es impuesta desde afuera, sino que la hacemos funcionar a diario como sociedad.

Por ello, no es casualidad que estas voces busquen el modo asambleario como otra forma de hacer política no jerárquica, como otro modo de tomar decisiones, aunque no sin contradicciones, no sin frustraciones, no sin tropiezos, no sin vicios propios “heredados” de una sociedad capitalista, por lo tanto, irracional, patriarcal y jerárquica. Ninguna forma asamblearia, ni defensa ecologista en este mundo puede desprenderse del todo, como las necesidades sociales, del mundo en el que nacen. Pero, ahora, la búsqueda de una sociedad verdaderamente libre, no jerárquica y racional, que pueda definir sus necesidades, se hace sumamente imprescindible. Porque sabemos las y los ecologistas críticos que, si la sociedad actual continúa con este proceso de destrucción de la biodiversidad, es muy probable que, lejos de dominar completamente a la naturaleza como pretendería la soberbia humana, ésta sea incapaz de sustentarnos como especie.

**Link para descargar el libro.

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Referencias bibliográficas

Álvarez Huwiler, L. (2017). Minería, dinamismo y despojo. RELACSO, 10.

Bookchin, M. [1999, (1972)]. La ecología de la libertad. Madrid: Nossa y Jara Editores.

Schmidt, M. y Toledo López, V. (2018). Agronegocio, impactos ambientales y conflictos por el uso de agroquímicos en el norte argentino. Revista Kavilando, 10 (1), 162-179.

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Notas

[1] Noticias ONU, “La recuperación de la crisis económica debida al Covid-19, a debate en la ONU”, 8/9/2020.

[2] Puede leerse en el informe elaborado por 22 especialistas en el tema, convocados por la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas. https://ipbes.net/pandemics, 2020.

[3] El Salto,Rob Wallace: Las vacunas pueden ayudar, pero hay que intervenir para que la Covid-19 no sea seguida de la Covid-20, Covid-21, etc.”, 16/11/2020.

[4] Para más información sobre las características que asumió la nueva forma de producción minera a gran escala, puede leerse Álvarez Huwiler (2017).

[5] Para más información sobre las características del agronegocio y sus consecuencias ambientales y en la salud de la población, véase Schmidt, M., y Toledo López, V. (2018).

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Laura Álvarez Huwiler. Investigadora del Centro de Investigación en Economía y Sociedad de la Argentina Contemporánea (UNQ) y Profesora en la UNAJ. Correo electrónico: lauralvhu@gmail.com

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/la-pandemia-de-hoy-o-el-capitalismo-de-siempre/

martes, 22 de junio de 2021

Los Privatizadores

Con Mayúscula, porque Mayúscula ha sido la Apropiación Indebida de Bienes Públicos, ahora difíciles de recuperar.

Publicado esto hace dos días, me parece pertinente reproducirlo tal cual, para refrescar memoria.

Y como solía decir Don Manuel Fraga Iribarne, el ínclito y cabreado, "no tengo nada más que añadir".

Privatizaciones. Como nos arrebataron (robaron) un país

Maria Toca Cañedo

Llegados a este punto, cuando el recibo de la luz se nos ha convertido en tortura mensual, vendría bien conocer el origen del desmán que se produce en el adelgazamiento del Estado en base a las privatizaciones.

Haciendo historia, nos encontramos con el origen del neoliberalismo que nos aqueja. Fue la Dama de Hierro, la inolvidable Margaret Thatcher, quien impulsó con furia la nueva teología: el liberalismo a ultranza, cuyos teóricos fueron los Chicago Boys, la escuela de Chicago, liderados a su vez por el economista y premio Nobel de Economía, Milton Friedman. Al término de la II Guerra Mundial  estando los estados europeos en penuria económica se impusieron la teorías keynesianas, impulsadas por Roosevelt, que propugnaba fuertes inversiones estatales y control del Estado como forma de activar la economía y el reparto de la riqueza.

Quizá el neoliberalismo fuera consecuencia del movimiento pendular, debido al colapso de las economías estatalizadas o simplemente una ideología que partía de una base darwiniana: solo los fuertes merecen el premio de la subsistencia. La excelencia y el esfuerzo merece el premio económico y el Estado no debe apoyar a los débiles.

Thatcher en Gran Bretaña, Ronald Reagan en EEUU, además del gobierno autárquico de Pinochet en Chile, refundaron los estados convencidos de que había que privatizar todo. Y al decir todo no exagero.

Thatcher forjó su fuerte liderazgo en conflicto frontal con los sindicatos británicos de mineros. Durante finales de los años sesenta y principios de los setenta del  pasado siglo, la minería de carbón estaba en franca decadencia. El estado británico apostaba por otras fuentes de energía, como el gas del Mar del Norte. La minería británica era una fuente de riqueza desde el siglo XIX, alrededor de ella se forjaron poblados prósperos, de la que vivían más de 250.000 familias; cuando Margaret Thatcher abandonó el cargo quedaban en activo poco más de 50.000 mineros en toda la Gran Bretaña. El pulso que torció a los poderosos sindicatos forman parte de la mítica estela que dejó la Dama de Hierro, a la vez que el reguero de dramas personales subyacentes a semejante recorte.

Thatcher, sacó adelante leyes que destruyeron el derecho de huelga tal como se conocía y se ejercía en ese momento, dejó caer las empresas deficitarias y propugno la compra individual de las casas estatales que se disfrutaban en alquiler. Pensemos que el ascenso al poder de los tories, encabezados por la Dama de Hierro, se forjó debido a la secuela de innumerables huelgas mineras que paralizaron el país y de una crisis económica que hacía colapsar el sistema. Thatcher prometió acabar con ellas y a fe que cumplió su promesa.

Se aprestó a cumplir a rajatabla el mandato del nuevo liberalismo: fuera Estado. Liberalización de los mercados para que la fuerza dinámica del capitalismo regulara por sí sola la economía. La venta de empresas públicas solucionó en parte el déficit público endémico en la Gran Bretaña de la época. Además de sujetar con fuertes leyes el derecho de huelga, como decimos, llegó a conseguir el desmantelamiento de los fornidos sindicatos ingleses. Miel para el capitalismo: privatización de sectores esenciales con trabajadores enmudecidos. El sueño húmedo del capitalismo, ya les digo.

En España, los alumnos de la señora Thatcher fueron los cachorros del PP, con Aznar a la cabeza que propugnaban el adelgazamiento estatal como solución a las penurias propiciadas por el PSOE que les había precedido.

Pero no nos confundamos, la venta de empresas públicas (es decir, de la ciudadanía española) no la empezó el PP. En absoluto. Comenzó mucho antes. Nada más llegar Felipe González a la Moncloa emprendió el desbaratamiento de la empresa pública.

Volvamos a hacer historia. En las elecciones del año 82, el PSOE y Felipe González, en concreto, habían recibido mucho dinero y apoyo de sus amigos internacionales y debían devolver favores. Muchos favores. Sirva como ejemplo el que sigue.

En el año del ascenso socialista al poder, gobernaba Venezuela Carlos Andrés Pérez, líder de Acción Democrática. Tenía un gran amigo, el multimillonario Gustavo Cisneros. En esos años Venezuela era conocida como la Saudí de América y el río de corrupción ahogaba al país al calor de la riqueza emanada del petróleo. La revuelta popular (Caracazo) se saldó con 200 muertos que protestaban contra el amiguísimo de González, Carlos Andrés Pérez.

Volvemos a Cisneros. En el año 82, aconsejado por Carlos Andrés Pérez, amigo y protector de González,  inyectó un buen puñado de millones en la campaña electoral socialista que llevó al PSOE al triunfo y a conseguir el primer gobierno de ¿izquierda? de la democracia. Había que devolver el favor ¿Cómo? vendiendo a precio de saldo, Galerías Preciados, que había sido  una de las empresas incautadas a RUMASA. Costo de la compra que realiza Cisneros al estado español: 1.500 millones de pesetas. Al cabo de tres años, Galerías se vende por 30.000 millones de pesetas. ¿Ven ustedes la rentabilidad que tiene apoyar a  políticos? Nada menos que 28.500 millones de pesetas de ganancia en solo tres años, que se hurtó a la ciudadanía española.

Por cierto, el señor Gustavo Cisneros, amiguísimo del alma de González tiene como Vicepresidenta de Asuntos Corporativos a doña María Antonieta Mendoza de López, que nos les dirá nada su nombre, pero… es la mamá de una figura muy conocida, Leopoldo López, el opositor venezolano por el que tanto luchan los líderes de ambos partidos. Cuando Felipe González viaja a Venezuela (frecuentemente) lo hace en el avión privado de Cisneros y reside  en la reserva natural que posee el millonario, llamada Caraboro. No le falta de nada al querido Isidoro, el de la chaqueta de pana. ¿A que ahora entienden ustedes el empeño de González en el país venezolano y en la familia López?

Este es un ejemplo de cómo y porqué se privatiza en nuestro país. No tanto por dinamizar el mercado liberalizando al estado de la carga de empresas como por devolver favores y “promover el futuro” al abandonar la política. Porque, queridas lectoras/es, se privatizan empresas rentables con las que los nuevos propietarios (privados) hacen pingües negocios.

Felipe González recién estrenado el gobierno comenzó la tarea privatizadora, como les apuntaba. Sirva el dato de que desde los años 80 hasta 2015 se han privatizado 120 empresas con unos ingresos de 45.000 millones de euros que el Estado se ha embolsado, según la Sociedad Española de Participaciones (SEPI). Durante el periodo socialista se realizaron 80 operaciones de privatización con un saldo de 13.200 millones de euros que engordaban las arcas del Estado de forma un tanto ficticia. Solo el año de la venta  se adecenta  el déficit público, el resto de los años se torna a desinflar la burbuja, mientras que manteniendo las empresas bien gestionadas en el sector público, los recursos se mantendrían en el tiempo y la riqueza producida revertiría en el Estado. En nosotras.

Es como si una familia que anda estrecha de dinero, vende el negocio del que vive… Ingresa dinero de momento pero luego se muere de hambre. Claro que a nuestros gestores el “luego” no les ha importado demasiado con las  formas políticas de cortoplacismo hasta la próxima elección.

González le dejó a Aznar la tarta a medio hornear y bien preparada. Al llegar a Moncloa, el gran liberador de la economía, se alzó con el deseo de  venderlo todo. A ello se puso con empeño y ganas.

Las joyas de la corona del estado español eran un bocado precioso para la empresa privada, como ENDESA (que salió a bolsa en sucesivos años, 1988, un 18%, 1994, 1997,1998) hasta que Aznar la finiquitó. Por eso, amiguitas, nos escuece tanto el recibo de luz. ENDESA pasó a ser privada cuando era suministradora no solo de luz a los/as españoles sino que producía la energía para SEAT, BAZÁN, IBERIA (privatizadas también por Aznar)

En 2004 Aznar liberalizó el sector eléctrico en su totalidad; la factura de la luz nos ha subido un 80% desde entonces de lo que se aprovecha el Estado italiano ya que ENEL, principal accionista de ENDESA, es la empresa estatal italiana, porque ellos (italianos) mantienen una empresa eléctrica pública y se aprovechan del bocado precioso que nos produce en el bolsillo el recibo de la luz.

España es el país de la UE, salvando la peculiaridad de Gran Bretaña, con menos empresa pública. Y menos personas empleadas del sector público, solo un tímido 0,80% Tres veces menos que Italia, cinco que Portugal y nueve menos que Francia.

Como decía antes, 120 empresas se han privatizado, suponiendo al Estado 45.000 millones de euros que engordaron las cuentas del Estado cuando fueron vendidas. ¿Entienden ahora por qué al PP se le llena la boca hablando de que Aznar disminuyó el gasto público e incrementó las arcas? Nos ha jodido, vendiendo hasta los muebles del Estado e ingresando por ello. No generando ganancias, no generando riqueza económica. No. Vendiendo hasta los jarrones. Ese fue el milagro económico del señor Aznar, desposeernos de lo mejor para repartirlo entre amigos.

Con Aznar cayeron Endesa, Tabacalera (Altadis) Repsol, Telefónica, Argentaria, Gas Natural (donde fue consejero Felipe González cobrando por ello 120.000 euros al año) Se vendieron las empresas más importantes que sujetaban la economía española y que eran y son definitivas en el soporte del Estado. ¿Por qué se optó por venderlas en vez de sanearlas si eran todas rentables? Pregunta importante…

Podríamos pensar que fue ideología, puede ser. Miren, queridas lectoras, en Margaret Thatcher, seguro que fue así. Nadie le niega integridad y determinación  a la Dama de Hierro, pero tratándose de nuestros gobiernos, permitan la duda. Duda asentada por la carrera de ratas que se inicia en cuanto abandonan el cargo en pos del puesto de consejeros de cualquiera de las empresas privatizadas. Las famosas puertas giratorias. La lista de nombres es tan larga que no se la mostraré porque llenaría una hoja entera. Busquen ustedes que verán que colección de ratas agraciadas se encuentran.

Llegados a este punto, he de decir que el presidente que menos privatizó (no sé si por convencimiento o porque no quedaba mucho) fue Zapatero, el único, también, que ha tenido la vergüenza torera de no participar de las denostadas puertas giratorias. Dicho queda como honra a la excepcionalidad. Ah, y viaja a Venezuela en misión de paz no en apoyo de opositores dudosos. Con Rajoy poco quedaba de rascar en privatizaciones además de que la crisis barrió la especulación privada en espera de mejores vientos.

Poco queda a este Estado depauperado por los alimañeros que gobernaron, quizá por eso hace años se impuso en la Comunidad de Madrid, con malas artes, Esperanza Aguirre. La desmanteladora de la sanidad pública. Admiradora y émula de Margaret Thatcher, soñó con pasar a la historia como la Dama de Hierro española, quedándose en Dama de Hojalata oxidada y maltrecha.  El mordisco de la privatización de la sanidad es fruta golosa que, de momento, ha parado el Covid, porque ha mostrado las vergüenzas de una depauperada sanidad que se ha dejado morir de inanición. Ya saben como es la historia. Se deja morir de inanición un servicio, no se invierte, no se renueva, cuando está totalmente depauperado, los poderes públicos nos convencen que solo la privatización puede sanear y dar buen servicio.

Correos  está calentando para salir. Soy asidua visitante de las dependencias de este estamento, les aseguro que en los últimos años he ido comprobando el decaimiento del servicio, la penuria de unos medios envejecidos, anticuados hasta el sonrojo… Todo para sacar la conclusión que no es funcional y ¡voilá! el milagro de la privatización salvará a Correos, a Sanidad y posiblemente a Renfe, como antes salvó a las eléctricas. Preparen el bolsillo porque les recuerdo el dato aportado más arriba: la luz subió un 80% desde 2004. Tomemos nota.

No les digo más.

María Toca Cañedo