lunes, 6 de diciembre de 2021

Meritocracia: algunas falacias, al desnudo

Largo y esclarecedor artículo de Francisco Umpiérrez. Había pensado hacer un extracto de él, pero finalmente lo traslado entero, Únicamente destacaré algunos puntos que me parecen fundamentales para desmontar el mito del éxito, ese que dice que en nuestra sociedad cada uno logra lo que merece.

El pensamiento económico liberal caracteriza la sociedad capitalista actual por la movilidad social. A diferencia de las sociedades de castas, feudales o más genéricamente estamentales, en las que resulta prácticamente imposible salir del grupo social en que se nace, en ésta uno puede labrarse su propio futuro, si se empeña en lograrlo. Ver cómo tantos heroicos esfuerzos fallan no es suficiente para desmontar el mito: basta el ejemplo de algunos que tienen éxito en el "ascensor social" para echar la culpa de su fracaso a quienes quedan fuera.

Esta idea está tan interiorizada en las conciencias que anula la autoestima del que no triunfa. Se culpa a sí mismo, deja de considerar otros motivos. Como mucho, admite la influencia del factor "suerte", y obvia que para muchos la suerte empieza por "elegir" la familia adecuada para nacer.

Algunos economistas dejan a un lado este argumento "moral": les basta con afirmar que cada uno debe recibir en función de lo que proporciona a la sociedad. Lo que "la sociedad" demanda, y eso lo mide correctamente el mercado.

En primer lugar, habrá que distinguir, en estas demandas sociales, quiénes son los demandantes. Los muy ricos demandan bienes de lujo que quedan fuera del horizonte de la mayoría, pero para producirlos dejan de atenderse necesidades básicas de otros. Gran parte de la producción se orienta a esta demanda caprichosa, que es un motor potente de la economía. La desigualdad tiene la importante consecuencia del despilfarro de recursos, justamente cuando empiezan a escasear.

Como efecto de arrastre, la sociedad entera se orienta a satisfacer los deseos por encima de las verdaderas necesidades. A ello contribuye una publicidad interesada que los dirige hacia objetivos que no deberían ser prioritarios.

Han pasado ya nueve años (¡caramba, como corre el tiempo!) desde que publiqué un largo comentario sobre capacidades y necesidades. Es importante deslindar entre necesidades reales (aclarando que comienzan por las de alimento y cobijo, pero que no son las únicas), y simples deseos que son sobre todo productos culturales, muchas veces inducidos artificialmente.

Por eso es importante establecer cuáles son los deseos correctos.

Destacaré algunas ideas contenidas en el artículo de Umpiérrez. Comienza admitiendo que cada cual reciba en función de su contribución a la sociedad, pero en seguida se pregunta ¿cuánto más debe recibir? Porque además de que los ingresos desorbitados desequilibran la producción, las rentas excesivamente altas implican la apropiación de grandes cantidades de trabajo ajeno.

Sobre la percepción incorrecta de la dicotomía entre sociedades socialistas y capitalistas:

  • En el mundo actual no se puede plantear la contradicción entre capitalismo y socialismo en términos absolutos, puesto que todas las sociedades del mundo actual son sistemas mixtos.
  • Una parte es capitalista o domina la propiedad privada y otra parte es socialista o domina la propiedad pública.
  • La contradicción entre capitalismo y socialismo no debe plantearse como una contradicción externa entre países, sino como una contradicción interna de todas las naciones.
  • Cada vez que el capitalismo necesita conservarse, se ve obligado a utilizar políticas económicas socialistas.
  • El mercado libre no existe. La globalización es producto de oligopolios.

Sobre el falso análisis económico:

  • La demanda del mercado no significa realizar una contribución verdaderamente valiosa a la sociedad.
  • Atender la demanda del mercado no es más que satisfacer las necesidades y los deseos que las personas tengan en ese momento. Pero la significación ética de satisfacer tales deseos depende de su valor moral. La evaluación de tal valor moral no puede proporcionarla el análisis económico.
  • Nuestro problema más difícil a la hora de la valoración es la evaluación de los deseos mismos. De todos el más problemático es el deseo de tener deseos correctos.
  • Hay que distinguir el valor de una contribución económica según la medida del mercado y su valor real. Ejemplo palmario: los desorbitados ingresos del magnate de los casinos Sheldon Adelson, una de las personas más ricas del mundo; un enfermero o médico gana miles de veces menos dinero que él.

En el pensamiento marxista solemos hablar de necesidades, mientras que en la economía convencional suele hablarse de deseos. De ahí la importancia de efectuar un deslinde escrupuloso entre ambos conceptos.

Un error frecuente en muchos críticos del sistema es dejar de lado los aspectos éticos, como si el pensamiento científico eclipsara el fundamento que lo sostiene, que es la búsqueda de una sociedad más justa. ¿Para qué si no esforzarse en buscarla? Recordando a Javier Krahe: "cuando todo da lo mismo, ¿por qué no hacer alpinismo"? Así todo es trepar, trepar...

Aristóteles, en la Ética que dedicó a su hijo Nicómaco, estableció unos principios que conviene recordar:

  • Primer principio: toda actividad humana tiene un fin. Y todo fin es un bien.
  • Segundo principio: El bien es aquello a lo que todo arte, investigación, acción y libre elección tienden. El fin de la medicina es la salud; el de la construcción naval, el navío; el de la estrategia, la victoria; el de la economía, la riqueza.
  • Tercer principio: Si, pues, de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo, y las demás cosas por causa de él, es evidente que este fin será lo bueno y lo mejor.
  • Cuarto principio: Si debemos determinar cuál es este bien y a cuál de las ciencia o facultades pertenece, este es manifiestamente la política.
  • Quinto principio: La política es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. La política se sirve de las demás ciencias y prescribe qué se debe hacer y qué se debe evitar.
  • Y sexto principio: Aunque sea el mismo el bien del individuo que el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad, porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. Este sexto principio es un golpe certero a los defensores del individualismo.

Volviendo a los "deseos correctos":

  • Nuestro problema más difícil a la hora de la valoración es evaluar los deseos. Lo más problemático es el deseo de tener los deseos correctos.
  • Las enormes desigualdades proporcionan grandes recompensas a quienes realizan actividades “económicas” que satisfacen deseos que distan de ser los correctos.
  • Los deseos que un sistema económico trata de satisfacer mediante su funcionamiento los genera en gran medida el funcionamiento mismo del sistema.

Así lo afirmaba Marx: la producción crea el material de consumo, el instinto de consumo y el modo de consumo

Cinco argumentos contra la Meritocracia

























 La ideología meritocrática

Pequeña introducción

(El libro que utilizaré de referencia es de Michael J. Sandel y se titula La tiranía del mérito). Todos deberíamos estar de acuerdo en uno de los principios meritocráticos: si tú te esfuerzas, si tú trabajas duro, y por esas causas has llegado a la “cima”, tú te mereces lo que has ganado en riqueza y renta. Hay un principio socialista marxista que con otras palabras expresa lo mismo: a cada cual según sus capacidades y a cada uno según su trabajo. Pero hay un error básico en esa concepción meritocrática. Las distintas especies de mercancías se diferencian entre sí como valores de uso, son diferentes sus propiedades y son diferentes sus utilidades. Pero como valores, esto es, en cuanto dinero, todas las mercancías son iguales. Todas las mercancías, todos los bienes y servicios, así como todas las clases de renta, en tanto valores son iguales, todas se expresan en una determinada suma de dinero. Justamente ahí está el error: hablar del dinero sin hablar de su determinación cuantitativa. En tanto dinero hay mercancías, bienes y servicios que valen más que otras. Y en cuanto rentas las diferencias de ingresos son también de tipo cuantitativo. Así que estamos de acuerdo en términos generales en que cada cual se merece ganar hasta donde su talento y esfuerzo lo han llevado, pero ¿cuánto dinero se merece ganar? Y ese error, no hablar de la determinación cuantitativa del dinero, está presente tanto en los defensores de la ideología meritocrática, que los hay en el centro derecha y en el centro izquierda, como en sus detractores, como por ejemplo Michael J. Sandel. Aunque estemos de acuerdo en la idea de quien se haya esforzado más que el otro, debe ganar más que el otro, es necesario preguntarse ¿cuánto más? Las rentas excesivamente altas tienen otra grave consecuencia: hay un sector de la economía que produce artículos de lujo para las personas que perciben esas altas rentas, y en esa capa social el exceso y el derroche están demasiado presentes, provocando indignación en todas las vanguardias conscientes de que esas altas rentas no son más que la expresión de apropiación de ingentes cantidades de trabajo ajeno. Desgraciadamente muchos sociólogos burgueses y algunos intelectuales de izquierda llaman envidia a esa indignación.

La crítica de Sandel a la meritocracia

Sandel llega todo lo lejos que puede llegar con sus conceptos en la crítica a la meritocracia. Aunque critica el individualismo, tiene una concepción del mundo individualista. No tiene el concepto de que el individuo es un ser social. De hecho, lo social solo lo tiene asumido como bien común. Expondré en otro trabajo cómo su concepto de bien común es débil, carece de desarrollo y de fundamento. Ve como necesario distinguir la doble condición de los trabajadores: como consumidores y como productores. Considera necesario incidir más en la condición de productores de los trabajadores que en su condición de consumidores, pero ignora que aquello que se produce en el consumo a partir del mercado está determinado previamente por las relaciones sociales establecidas en la producción. No dispone de los conceptos marxistas de valor de uso y de valor; y para oponerse al concepto de valor y las desigualdades que crea, hace uso del concepto de valor moral.

Todo lo que se da más allá del individuo, incluidas sus capacidades y formación y el mercado, Sandel lo presenta como circunstancial, contingente y arbitrario. Piensa que en esos ámbitos no hay ley sino simple azar y suerte. En ese marco al no disponer de los conceptos de valor de uso y valor su análisis no es preciso. También emplea un concepto de enajenación débil o con falta de desarrollo si lo comparamos con el que elaboró Marx, y en ese sentido habla de las fuerzas que escapan al control del individuo. Así que repito: Sandel llega todo lo lejos que puede llegar con sus conceptos en la crítica a la meritocracia. Y le debemos estar muy agradecidos por ello. Y será una tarea crítica de los marxistas analizar los límites de sus conceptos y presentar los conceptos marxistas como aquellos conceptos que captan de modo más esencial y complementan todo lo que Sandel somete a crítica.

La meritocracia

Branko Milanovic escribió un libro titulado Capitalismo, nada más. El error de fondo de Milanovic consiste sencillamente en no percibir que en el mundo actual no se puede plantear la contradicción entre capitalismo y socialismo en términos absolutos, puesto que todas las sociedades del mundo actual son sistemas mixtos: una parte es capitalista o domina la propiedad privada y otra parte es socialista o domina la propiedad pública. Así que la contradicción entre capitalismo y socialismo no debe plantearse como una contradicción externa entre países, sino como una contradicción interna de todas las naciones del mundo. La propia crisis económica y social generada por la Covid ha puesto de manifiesto que cada vez que el capitalismo necesita conservarse, se ve obligado a utilizar políticas económicas socialistas: los ERTE, los préstamos Covid o las ayudas directas. Pero en lo que al tema de hoy nos ocupa resulta del todo superficial que Milanovic hable de un modelo de sociedad, donde su excelso ejemplo es EEUU, al que cataloga como capitalismo meritocrático liberal. En primer lugar, la meritocracia no puede presentarse como un rasgo que define la esencia del capitalismo, puesto que es una ideología, ni tan siquiera es una política económica. Y, en segundo lugar, las sociedades capitalistas actuales no son liberales ni socialdemócratas, son como dije anteriormente sociedades mixtas y, por consiguiente, sociedades en transición. El hecho de que un país esté gobernado por un partido liberal, no convierte a esa sociedad capitalista en una sociedad capitalista liberal. Al igual que si un país está gobernado por un partido socialdemócrata. Del mismo modo ocurre si está gobernado por un partido socialdemócrata, no convierte a esa sociedad capitalista en una sociedad socialista.

Además, todos los sabemos que el mercado libre no existe. El concepto de libertad económica vinculado a las sociedades de mercado no existe en el sentido en que lo entienden los teóricos liberales. La globalización es productos de oligopolios, y tanto la crisis de 2008 como la actual crisis generada por la Covid pone de relieve la necesaria e imprescindible actuación de la economía estatal para que las sociedades capitalistas puedan conservarse. Mientras los capitalistas prácticos en la actual crisis generada por la Covid piden al Estado que les ayuden por todos los medios que esté a su alcance, los teóricos liberales, los que solo tienen que enfrentarse a los conceptos, siguen defendiendo el mercado libre y un concepto de libertad económica que hace ya muchas décadas ha dejado de existir. En el ámbito teórico cualquier persona puede estar en la época que su arbitrio imponga, pero en el terreno de la práctica solo se puede estar en el presente.

Sociedad meritocrática frente a sociedad aristocrática

El principio fundamental de la ideología meritocrática dice que el individuo es responsable de su éxito y de su fracaso, de su riqueza y de su pobreza. Sandel trata de demostrar que esto no es así, que el éxito y el fracaso de los individuos tienen que ver con las contingencias, con la suerte y con la casualidad. El error de fondo de Sandel consiste en que no ve leyes que regulan la producción y distribución de la riqueza. Al prescindir de una concepción económica de las relaciones sociales y sustituirla por una concepción moral, todo lo que se produce más allá del individuo para él carece de explicación científica. Pero veamos más de cerca los errores de su concepción.

Escuchemos a Sandel en su capítulo titulado La ética del éxito. Haré leves modificaciones para hacer más fluida la lectura. Pondré en negrita conceptos que considero claves para catalogar el valor científico e ideológico de las ideas de Sandel. “Imaginémonos que una primera sociedad es una aristocracia, en que la renta y la riqueza vienen determinadas por la casualidad de la familia en la que se nace y son heredadas directamente de generación en generación. Quienes nacen en familias nobles son ricos y quienes nacen en familias campesinas son pobres. Imaginemos, por otra parte, que la segunda sociedad es una meritocracia. Sus desigualdades de renta y riqueza no se deben a que el privilegio sea hereditario, sino a lo que las personas han ganado con su esfuerzo y talento”. Lo que pretende Sandel, al poner este ejemplo hipotético, es que los lectores se planteen qué sociedad elegirían en caso de que pudieran hacerlo. Y en este sentido, unas líneas más adelante, añade lo siguiente: “Si, dentro de una sociedad feudal, naciera siervo mi vida sería dura, pero no estaría lastrada por la convicción de que nadie más que yo sería el responsable de que estuviera ocupando una posición subordinada. Tampoco tendría que trabajar agobiado por la idea de que el terrateniente a quien sirvo ha adquirido su posición por ser más capaz e ingenioso que yo, sino solo ocurre que es un tipo con más suerte”.

Aquí se ve claramente hasta qué punto limita el conocimiento del mundo los conceptos de la sociología vulgar. Sandel tiene la concepción de que la sociedad está formada por individuos y no por clases sociales diferentes, donde una de ellas, los nobles, se apropia del trabajo de la otra: los siervos. Presenta como casualidad el que un individuo pueda nacer en una clase u otra, pero para que este juicio tenga sentido habría que suponer que el individuo existe antes de haber nacido. Y esto no es posible. Luego su hipótesis carece de fundamento. Los hijos de los nobles no pueden ser sino nobles y los hijos de los siervos no pueden ser sino siervos. También resulta del todo improcedente que presente el hecho de que un individuo que pertenece a la nobleza sea más rico que un siervo como el caso de un tipo que tiene más suerte. Aquí no se trata de suerte, sino de que el noble, al ser propietario de la tierra, obliga al siervo a que le entregue en productos o dinero una parte de su producción.

No existen sociedades meritocráticas ni sociedades aristocráticas, sino, en el caso que nos ocupa, sociedades capitalistas y sociedades feudales. Y la riqueza de los capitalistas y señores feudales y la pobreza de los siervos y de los trabajadores, se explica no por la casualidad de la clase social en la que se nace ni por la suerte de la clase social a la que se pertenece, sino porque la clase social dominante se apropia de una parte del trabajo de la clase dominada. No se puede presentar la producción y apropiación del plusvalor como un reino donde impera para el individuo la casualidad y la suerte. Puesto que hay leyes económicas que explican con rigor cómo se produce el plusvalor y cómo se lleva a cabo la apropiación del mismo. Cosa distinta es que Sandel desconozca por completo estos conceptos marxistas y recurra a causas tan poco rigurosas bajo el punto de vista científico como son la casualidad y la suerte.

La esencia de la ideología meritocrática y la crítica de Sandel

La meritocracia es una ideología que sirve para justificar los ingresos desorbitados de los grandes y medianos capitalistas del mundo y que se obtienen en diversas y variadas esferas económicas. Su esencia consiste en afirmar que los grandes ingresos que perciben los grandes y medianos capitalistas que actúan a nivel global se debe a su talento y a su esfuerzo. La crítica de Sandel es muy sencilla: Tu talento no es mérito tuyo sino resultado de la familia en la que has nacido. Tampoco es mérito tuyo producir un bien o un servicio que es muy demandado por la sociedad, sino de las circunstancias y arbitrariedades del mercado. Y tampoco justifica tus grandes ingresos tu esfuerzo y trabajo duro, puesto que hay muchas personas que se esfuerzan más que tú y trabajan más duro que tú y, sin embargo, no han logrado un ingreso mínimamente digno.

Hayek, el padre ideológico de los más acérrimos liberales, tampoco creía en la meritocracia. Su punto de vista era también sencillo: lo que tú te llevas al bolsillo es lo que el mercado te entrega a cambio del valor de los bienes y servicios que tú proporcionas a la sociedad. Pero hay una razón de fondo que explica la oposición de Hayek a la ideología meritocrática. Si lo que cada persona debe ingresar en concepto de renta depende del esfuerzo, esto es, del trabajo, entonces la determinación principal del valor de los bienes y servicios que tú ofreces en el mercado es el trabajo. Y si aceptamos esta tesis, entonces tendríamos que darle la razón a Marx: la sustancia del valor es el trabajo humano abstracto, esto es, el gasto de la fuerza de trabajo social teniendo en cuenta la calidad de dicha fuerza de trabajo. Y cuando hablamos del valor de uso no deberíamos hacer como Jevons que sitúa su esencia en el consumidor, sino que deberíamos situarla en el productor: en el trabajo útil. La ideología capitalista vive en su seno una contradicción inmanente entre la ideología meritocrática y su ideología económica. Pero tampoco esto sería un problema serio: los representantes teóricos del capitalismo utilizan una ideología u otra según les interese. Y pueden combinar las dos si también les interesa. La ideología capitalista actual está llena de manchas y contradicciones flagrantes, aunque esto también ocurre en la ideología socialista.

Valor de mercado frente a valor moral

Para los economistas convencionales el mercado es el centro de la economía y el mecanismo económico que lo explica todo. Sandel considera esta sentencia como incuestionable. No la cuestiona de raíz. La cuestiona desde fuera: desde la moral. No estoy despreciando la importancia de la moral o ética en la crítica a la ideología capitalista. Ya dije al inicio de este trabajo que Sandel en su crítica a la meritocracia llega todo lo lejos que puede llegar. Lo que diré a continuación es la esencia de la ideología capitalista sobre el mercado: ¿Por qué soy yo tan rico? Porque el mercado lo ha decidido así. Y ¿por qué soy tan pobre? Por la misma razón de antes: porque el mercado lo ha decidido así. Sandel quiere superar la determinación central del mercado; y para lograr dignificar el trabajo de los desfavorecidos, plantea que debemos centrarnos en la justicia contributiva, esto es, en la condición de las personas en tanto productores y no en cuanto consumidores. Pero una vez que Sandel ha llegado a este punto, no va más allá o no extrae las conclusiones que debiera. Le falta el pensamiento de Marx. En el pensamiento de Marx el centro de la economía está en la producción, que es donde se crea el valor y donde de antemano se establece cuánta renta percibirá cada persona. Ocurre que es en el mercado donde se crean las formas del valor y donde se realiza el valor. Esta circunstancia hace que la discusión sobre la naturaleza del valor pase a muy segundo plano o que en su explicación solo se tenga en cuenta las determinaciones del mercado. Si tengo el dinero en su plena existencia como forma objetiva del valor, ¿qué necesidad teórica y práctica tengo de analizar su sustancia? Para los capitalistas, tanto para sus agentes prácticos como teóricos, reflexionar sobre la sustancia del valor les parece una cuestión metafísica, y, por consiguiente, no científica.  

Pero Sandel no está de acuerdo con lo que ocurre en el mercado. Lo percibe como fuente de desigualdades. De manera que si él quisiera cambiar lo que ocurre en el mercado, no debería pensar que la solución se encuentra en medidas fiscales (justicia distributiva) y en el cambio en la mentalidad de los triunfadores en el sentido de que reconozcan que están en deuda con la sociedad, sino en el cambio en las relaciones de producción. Y el aspecto principal de las relaciones de producción es el tipo de propiedad que predomina sobre los principales medios para producir los bienes y los servicios. Hay un vacío gigantesco en el libro de Sandel: en ningún momento habla sobre la contradicción entre propiedad pública y propiedad privada. Resulta totalmente inconsecuente que viendo una irracionalidad en los desproporcionados ingresos que ganan los grandes propietarios de las grandes empresas, no se plantee que la solución está ahí: en el cambio de propiedad. Y si fuera marxista, sabría que en todas las grandes fortunas hay una gran parte que no es más que trabajo ajeno no retribuido.

Pasemos ahora de lleno al tema que nos ocupa. El padre del liberalismo, Hayek, no comparte la ideología meritocrática. Es de la opinión de que los grandes ingresos de la gente rica nada tiene que ver con sus méritos, pero sí tiene que ver con el valor que aportan a la sociedad. Así los que ganan mucho dinero aportan mucho valor a la sociedad, y los que ganan poco dinero aportan poco valor a la sociedad. Pero hay un economista neoclásico, Frank Knight, que no está nada de acuerdo con la tesis de Hayek. Según dice el propio Sandel la crítica más demoledora de la ideología meritocrática la formuló este economista neoclásico. Así que voy a enumerar sus ideas principales según las transcribe el propio Sandel. Pondré en negrita las categorías que considero rectoras en su discurso. Aunque las ideas que transcribiré en esencia son muy pocas, las enumeraré como distintas, puesto que con cada afirmación añade un matiz o un punto de vista distinto. A mí me gustan los pensadores que son reiterativos. Lo considero un buen método pedagógico. Hay intelectuales, sin embargo, que piensan lo contrario.

Primera idea: la demanda del mercado no es necesariamente lo mismo que realizar una contribución verdaderamente valiosa a la sociedad.

Segunda idea: Atender la demanda del mercado no es más que satisfacer las necesidades y los deseos que las personas tengan en ese momento. Pero la significación ética de satisfacer tales deseos depende del valor moral de estos. Y la evaluación de tal valor moral no puede ser proporcionada por el análisis económico.

Tercera idea: Nuestro problema más difícil a la hora de la valoración es la evaluación de los deseos mismos, y, de todos ellos, el más problemático es el deseo de tener los deseos correctos.

Cuarta idea: Knight, según Sandel, distingue entre el valor de una contribución económica según la medida que de él da el mercado y su valor real. 

Cuarta idea: Para ilustrar la contradicción entre valor de mercado y valor real, Sandel pone un ejemplo: los desorbitados ingresos que percibe el magnate de los casinos Sheldon Adelson, una de las personas más ricas del mundo, y un enfermero o médico, que gana miles de veces menos dinero que aquél.

Lo que Knight identifica como contribución verdaderamente valiosa a la sociedad, significación ética de los deseos y valor real, es lo que los marxistas identificamos como valor de uso. ¿Qué ha sucedido a este respecto entre los economistas marxistas actuales? Que solo hablan del valor. Jamás hablan del valor de uso. Aunque saben que en el valor está representado el trabajo en su modalidad abstracta, el gasto de fuerza de trabajo social sin tener en cuenta la forma en que se gasta, y que en el valor de uso está representado el trabajo en su forma concreta, el trabajo útil y la actividad conforme a un fin, lo cierto es que los economistas marxistas actuales han dejado por completo de lado el trabajo en su dimensión concreta. Pero ¿siempre ha sido así? Pues no. En los años setenta y principio de los ochenta del siglo XX se le daba mucha importancia a la diferencia entre los artículos de primera necesidad y los artículos de lujo. Esta distinción se establece en la determinación de las mercancías como valores de uso y no como valores. Creo que la sociedad capitalista actual, mucho más con la experiencia de la Covid-19, está madura para una política económica que destaque de manera decisiva la importancia de la significación ética de los bienes y servicios que se producen en la actualidad. Creo igualmente que habría que librar una lucha ideológica sin cuartel en esta materia. Y no necesitamos recurrir a Marx, nos basta con lo que dicen y plantean los teóricos de la izquierda burguesa y economistas neoclásicos como Knight. Esto también ayudaría al desarrollo de la justicia contributiva y a la dignificación del trabajo, que es una de las propuestas reformistas de Sandel. La izquierda radical debe cambiar. Debería abandonar un poco la ceguera en torno al trabajo abstracto y concentrarse más en el trabajo concreto. No digo con ello que la lucha ideológica en torno al trabajo abstracto no deba hacerse, lo que afirmo es que la lucha no se centre solamente en la dimensión abstracta del trabajo ni sea en todo momento la lucha dominante.

Los deseos correctos y la creación de los mismos

He de reconocer que nunca he tenido en cuenta la dimensión ética en los análisis y reflexiones que he realizado sobre los problemas económicos y sociales. Y debo agradecer a Sandel el conocimiento de su importancia para conocer el mundo de forma más adecuada y para crear conciencia de la necesidad de su transformación. Mientras los economistas apologistas del capitalismo parten de la base de que el gran hacer de los emprendedores consiste en responder a los deseos de los ciudadanos, Knight, que también es un economista convencional, plantea una seria objeción a esta premisa: “Nuestro problema más difícil a la hora de la valoración es la evaluación de los deseos mismos, y, de todos ellos, el más problemático es el deseo de tener los deseos correctos”. Aquí Knight de forma muy acertada plantea un problema ético de primer nivel: la necesidad de evaluar los deseos correctos o la necesidad ética de establecer los deseos correctos.

Antes que nada, empecemos por resolver una cuestión metodológica. En el pensamiento marxista solemos hablar de necesidades, mientras que en la economía convencional suele hablarse de deseos. Pues bien, entenderemos por deseo la necesidad humana elaborada cultura e históricamente. Volvamos ahora a nuestro tema. No me gusta emitir juicios a la ligera sin la suficiente fundamentación teórica. Así que me fui a consultar a Aristóteles. En concreto su obra Ética nicomáquea. Allí me hice con los siguientes principios. 

Primer principio: toda actividad humana tiene un fin. Y todo fin es un bien.

Segundo principio: El bien es aquello a lo que todo arte, investigación, acción y libre elección tienden. El fin de la medicina es la salud; el de la construcción naval, el navío; el de la estrategia, la victoria; el de la economía, la riqueza.

Tercer principio: Si, pues, de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo, y las demás cosas por causa de él, es evidente que este fin será lo bueno y lo mejor.

Cuarto principio: Si debemos determinar cuál es este bien y a cuál de las ciencias o facultades pertenece, este es manifiestamente la política.

Quinto principio: La política es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. La política se sirve de las demás ciencias y prescribe qué se debe hacer y qué se debe evitar.

Y sexto principio: Aunque sea el mismo el bien del individuo que el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad, porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. Este sexto principio es un golpe certero a los defensores del individualismo.

La conclusión práctica que extraigo de lo afirmado por Knight y lo propuesto por Aristóteles es la siguiente: la izquierda reformista y la izquierda radical deberían elaborar un catálogo de cuáles son los deseos o necesidades que hay que satisfacer por orden de importancia en la vida de los seres humanos. Si asignamos una función prescriptiva a la política, también debemos decidir cuántos recursos económicos se dedican a la satisfacción de los deseos. Sabemos, por ejemplo, que los recursos económicos dedicados al fútbol y a los deportes en general son desproporcionados. Como también sabemos que el papel de la publicidad en el mundo de internet está generando enormes desigualdades y proporcionando grandes recompensas a personas que realizan actividades “económicas” que satisfacen deseos que distan mucho de ser los correctos. El mundo que se le abre a la izquierda en este campo es mucho más amplio y complejo de lo que yo he indicado aquí. Solo quería proporcionar algunas ideas rectoras.

Hablemos ahora de la creación de los deseos. Les transcribo unas palabras de Knight: “los deseos que un sistema económico trata de satisfacer mediante su funcionamiento los genera en gran medida el funcionamiento mismo del sistema”. Es fundamental esta idea. Echa por tierra la libertad que la economía convencional presupone en los compradores y echa por tierra que las empresas o autónomos se limitan a satisfacer lo que el mercado demanda. De acuerdo con Knight, esos deseos son creados por el propio sistema. Esta idea de Knight es muy parecida a la de Marx cuando afirma que es la producción quien crea el material de consumo, el instinto de consumo y el modo de consumo. En este ámbito la izquierda también debe profundizar y elaborar propuestas que nos permitan crear una conciencia más adecuada para cambiar el mundo.

Igualdad de oportunidades y meritocracia

viernes, 3 de diciembre de 2021

El fascismo de ahora mismo

Pablo Elorduy entrevista a Miquel Ramos. Si no conocéis a este periodista por su nombre, seguramente recordaréis su imagen, cuando participaba en el desaparecido programa de TVE Las cosas claras.

Bien claras las deja en esta conversación. Tengo mis razones para afirmar que la desaparición de aquel espacio televisivo ha tenido mucho que ver con los contenidos y afirmaciones que no vetaba. Porque pese a la ya clásica división en este tipo de debates del escenario en "izquierda" y "derecha", los participantes suelen tener claro lo que no pueden decir si quieren seguir apareciendo en pantalla.

Así se introduce una "equidistancia" que pone al mismo nivel la crítica de una izquierda que casi siempre se autolimita (¡para que no la excluyan!) y las posturas conservadoras que campan a sus anchas. El resultado es que se traslada sin escrúpulos el "centro político" hacia la derecha. Como hay un partido ultraderechista perfectamente aceptado, la otra derecha puede autoproclamarse "centro", al tiempo que lanza a una izquierda tímidamente socialdemócrata al campo del ultraizquierdismo, cuando no la considera "filoterrorista" o "antisistema" (¿pero qué sistema perfecto e intocable es este, para que haya que defenderlo a ultranza?).

El Poder con mayúscula es el económico, el que controla los medios privados y exige (y logra) que los públicos sean, como mucho, "imparciales". Esta situación impregna a toda la sociedad, creando un "sentido común" al que nadie escapa por completo.

Los medios ponen en circulación y mantienen vivos los temas que van conformando ese sentido común. La ultraderecha los lanza, los medios les dan aire, y desplazan a otros más de fondo. Al final se habla y se discute de lo que ellos quieren. La otra derecha compite con ella por un mismo espacio, pero es aliada en cuanto a sus fines compartidos. Entre unos y otros consiguen poner sobre la mesa los temas que les interesan, escamoteando hábilmente otros más importantes. Lo cierto es que aunque no lleguen al poder lo modulan en su dirección. Amanecer Dorado puede haber fracasado en Grecia, pero sus sucesores están practicando lo mismo. Y Macron aplica las mismas políticas que defiende Marine Le Pen.

Este fascismo de ahora es menos uniforme (¡y no tan "uniformado"!). Dentro de su corriente hay matones con cruces gamadas tatuadas en el cogote, pero también finos caballeros y damas de conocida alcurnia. Más que un partido político o una organización, o un grupo de nazis de barrio, es una corriente que permea a amplios sectores de una sociedad en crisis, El problema está en la infección que tiene dentro del sentido común de la gente.

El totalitarismo de antaño no está, al menos por ahora, en su agenda. Son defensores ante todo de "la libertad"; así, en abstracto. Pero lo que defienden realmente es el liberalismo económico más extremado.

No forman, ni lo necesitan, una internacional organizada. En distintos países alardean de patriotismo. De momento, no suelen chocar entre ellos. Y en cuanto a políticas medioambientales, el ecofascismo, propio de determinados países, no cala en otros. Allí tienen otro discurso, o son directamente negacionistas del cambio climático. Es un fenómeno sociológico este del negacionismo, en este y otros muchos campos. Una señal "libertaria" que impregna curiosamente a la extrema derecha.

¿Podemos seguir llamando fascista a esa extrema derecha? Como tantos problemas semánticos, eso depende de la definición que se aplique a las palabras. La actual coincide con la histórica en el uso de una retórica que atrae a sectores populares insatisfechos, mientras propone prácticas políticas que interesan sobre todo al gran capital. También en utilizar señuelos distractivos. Demonizando y colocando en el punto de mira a grupos sociales vulnerables, hace sentir a mucha gente desinformada un "nosotros" que incluye al banquero y al conserje, pero excluye al inmigrante; o imaginar, pongo por caso, que Margaret Thatcher, Ana Patricia Botín o la mencionada Marine Le Pen son ejemplos de "mujeres empoderadas" (¡y tanto!).



Miquel Ramos: “Me inquieta mucho ver compartir los mismos relatos a la extrema derecha y parte de la izquierda”

El autor del informe ‘De los neocón a los neonazis’ explica en esta entrevista cómo el centro y la izquierda han asumido los marcos del pensamiento de extrema derecha

Pablo Elorduy

No es un secreto que el periodista Miquel Ramos (Valéncia, 1979) recibe amenazas y que se ha convertido en uno de los objetivos de la extrema derecha en España. Lleva más de dos décadas cubriendo la presencia del fascismo organizado para distintos medios de comunicación —entre ellos El Salto, La Marea y antes Diagonal— y es también el artífice junto a David Bou del Mapa de los Crímenes de Odio que documenta el centenar de casos en los que la ideología fascista ha asesinado a una persona por su origen, su condición sexual o su ideología. Ramos ha coordinado De los neocón a los neonazis. La derecha radical en el Estado español, un informe publicado por la Fundación Rosa Luxemburg que constituye el trabajo más importante hasta la fecha de documentación de los movimientos de extrema derecha en el siglo XXI.  

¿Por qué ha sido tan rotunda la vuelta de la extrema derecha a la política representativa en España?

Desde que Vox llegó a las instituciones, la extrema derecha en España no ha sido considerada como una amenaza para ninguno de los partidos que están en la derecha, Ciudadanos y Partido Popular. Es más, han sido conscientes de que los necesitaban para gobernar y también de que en muchos temas estaban incluso en sintonía. Esto es consecuencia también de un blanqueamiento por parte de los medios de comunicación. Han considerado que lo que planteaba la extrema derecha eran opiniones respetables y el marco constitucional —hablan de Vox como de un partido “constitucionalista”— ya les ha valido para aceptarlo en el club de las opiniones respetables. Esto no pasa en otros países, pero recordemos que en España la derecha viene directamente del franquismo: se acuesta franquista y se levanta demócrata, de un día para otro. El Partido Popular ha visto a Vox como una amenaza para su hegemonía dentro de la derecha, pero no como un competidor ideológico

¿Hay un cordón sanitario al antifascismo en España?

Hay, por una parte, miedo de las élites y del poder, no el poder político sino el poder real del país, a que un partido como Unidas Podemos toque algo de poder. Se ha boicoteado y se sigue boicoteando a esta coalición, incluso estando dentro del Gobierno. Esto es muy significativo, porque demuestra cómo el eje político se ha desplazado de una manera brutal hacia la derecha, y lo que hace unos años consideraríamos socialdemócrata hoy en día se está tildando de comunista y se considera una amenaza, incluso, para la propia democracia. Existe esta especie de cordón o pacto no escrito de las élites y de los partidos del régimen para evitar que estos seres extraños que han llegado a la política —con todas sus limitaciones y su propia idiosincrasia durante todos estos años— toquen algo de poder, eso es evidente.

Me refiero también a casos como el de la denuncia al chico que recibió al autobús tránsfobo de Hazte Oír con una bandera LGTBIQ, o a cuatro antifascistas a los que se pide desde Fiscalía agravante de odio por el hecho de serlo.

Cuando se ha articulado una herramienta para detener lo que representa el fascismo en sí —no la expresión política de la extrema derecha— como es la legislación de delitos de odio, lo que se ha hecho en España es, primero, deslegitimarla, y segundo, reinterpretarla. Esto ha ocurrido en varias fases, como se ha tratado de hacer con la Ley de Violencia Machista. Esta es una norma que está tratando de corregir una desigualdad estructural, pero la extrema derecha y parte de la derecha lo que están tratando de hacer es negar que exista ese problema. ¿Cómo lo hacen? Pues cuestionando el motivo de esta legislación, o incluso negando esa desigualdad estructural, hablando de “violencia intrafamiliar”, quitándole el componente estructural que es el machismo. Con la Ley de Violencia Machista no lo están consiguiendo; en la Ley de Delitos de Odio sí lo están consiguiendo, ¿por qué? Porque ellos hablan de delitos de odio borrando esas desigualdades estructurales: un nazi pasa a ser una víctima de delito de odio ideológico cuando hay algún altercado, o incluso la policía pasa a ser una víctima de delito de odio por su condición laboral. Crean un efecto boomerang: “¿Vosotros queréis legislación de delitos de odio? Vale, pues os la vamos a aplicar a vosotros”.

Si los medios de comunicación se pasan el día hablando de los marcos en los que la extrema derecha está cómoda, no hace falta invitar a nadie de Vox. Ya irá otro día, dentro de un mes, y recogerá lo que ha estado sembrando 
¿Por qué funciona a nivel social esa equiparación?

Funciona gracias a la equidistancia de los extremos. Ese relato de los extremos que dice que los que defienden los derechos humanos y los que quieren abolir los derechos humanos están en un mismo plano. El relato funciona muy bien porque los medios de comunicación se han encargado durante mucho tiempo de instaurarlo: la polarización, el populismo… Tienden a subrayar que la virtud está en el centro, ¿y qué es el centro? El régimen. El PSOE y el PP.

¿Ha empeorado el panorama desde que comenzó la investigación para el informe de la Rosa Luxemburg?

La llegada de Vox a las instituciones plantea un nuevo reto en la medida en que son actores principales de la política, a todos los niveles: nacional, autonómica y local. Pero realmente su virtud ha sido haber sido capaces de marcar muchos debates y haber conseguido arrastrar hacia sus marcos al espectro de la derecha, pero también a parte del centro y la izquierda. Ya no es tanto que consigan 52 o 60 diputados o concejales en determinados pueblos o autonomías, sino que demasiadas veces los debates públicos giran en torno a lo que plantea Vox. Si los medios de comunicación se pasan el día hablando de okupas, de menores extranjeros, del peligro de que España “se rompa”, de marcos securitarios, que es donde la extrema derecha está cómoda, no hace falta invitar a nadie de Vox. Ya irá otro día, dentro de un mes, y recogerá lo que ha estado sembrando este medio de comunicación.

Catalunya ha sido el factor definitivo para que desaparezca la idea de una extrema derecha ligada al franquismo, y abra la puerta a esta nueva extrema derecha. ¿Cómo ha funcionado esa legitimación?

El tema de Catalunya ha sido clave para la irrupción de Vox, no porque el independentismo haya estimulado la extrema derecha —la extrema derecha ya venía estimulada de casa— sino porque dentro de “los constitucionalistas” ha habido una alianza sin ningún tipo de escrúpulos entre gente de la izquierda y la derecha nacionalista española. Nadie se ha rasgado las vestiduras, y a nadie le ha parecido extraño, que en una convocatoria de Sociedad Civil Catalana, por ejemplo, haya miembros del Partido Comunista de España, y miembros de grupos neonazis. Y no pasa nada. Todo por la unidad de España.

Evidentemente que no todo el que está en contra de la independencia de Cataluña es de extrema derecha. Dentro del independentismo también hay alguna pincelada de extrema derecha, pero hemos visto cómo dentro de las convocatorias independentistas a los grupos de extrema derecha se les ha expulsado físicamente, es decir, a hostias. Esto no lo vimos en las manifestaciones contra la independencia, donde no ha habido ningún tipo de problema de ir de la mano con neonazis.

¿Para qué ha servido eso fuera de Catalunya?

Vox y la extrema derecha en general han sabido utilizar el ariete contra el independentismo catalán como uno de los estímulos para ganar adeptos, desde el “a por ellos” hasta toda esa campaña por las fuerzas y por la seguridad de Estado; incluso para estimular a gran parte del electorado español fuera de Catalunya con el tema nacional. No apela tanto al sentimiento de clase, como sí que hacen otras extremas derechas, sino al nacionalismo, que es uno de los pilares fundamentales de las ideologías reaccionarias.

Un factor fundamental es el dinero, quién lo pone y con qué fines. Cuando se trata de la extrema derecha, ¿qué va antes, el dinero o la ideología?

Vox es un partido neoliberal. Toda la pátina antiestablishment o “políticamente incorrecta”, según sus términos, no es contrapoder, es contra lo que ellos llaman la “dictadura progre” —es decir, los consensos de los derechos humanos— y ataca a los colectivos vulnerabilizados. No es una retórica ni una política contra las élites, por lo tanto, las élites están muy tranquilas y muy cómodas con la extrema derecha. De hecho, algunos miembros incluso la financian. Evidentemente, un fenómeno como Vox también puede ser visto como una manera de medrar para mucha gente.

¿Cómo se organiza el negocio?

En el contexto de Vox, y de la extrema derecha en general —de los satélites que no están orgánicamente vinculados al partido pero que hacen un papel fundamental— hay una complicidad de fundaciones, think tanks, lobbies y otros grupos. Muchos se nos escapan, en el libro hemos tratado de hablar de algunos de ellos, de Atlas Network, de El Yunque, etc. Es un enjambre que emplea bots, trolls, fake news, distintos medios de comunicación y que es difícil de detectar pero, cuando tú ves cómo reman en una misma dirección, y cuando ves cómo coinciden en los tiempos y en las formas, pues ya empiezas a comprobar que esto va mucho más allá, que existe una trama y que además es transnacional. Esto no va solo del Estado español, toca temas de América Latina: funciona de la misma manera en Bolivia, en Argentina, en México, y en otros países. Hay mucho dinero invertido. 

Aunque se compara este momento con los años 20 del siglo pasado hay nuevos factores en ese auge de la extrema derecha. Uno de ellos el ecofascismo, un pretexto para la campaña permanente contra la migración, otro la crisis del sistema neoliberal. ¿Cuáles son los factores que tienen en común los “nuevos” fascismos en esta época de crisis? 

A veces no es fácil comparar la extrema derecha polaca con la francesa o con la brasileña. Hay factores en común, y muchos puntos de encuentro, y luego hay especificidades propias de cada país. Por eso el ecofascismo es propio de determinados países, pero en otros países no cala, se tiene otro discurso o la extrema derecha directamente es negacionista del cambio climático. Pero efectivamente estamos en un momento donde no podemos desligar ese ascenso de una crisis de hegemonía de Occidente. Tanto Estados Unidos como Europa están viviendo un cierto declive a nivel geopolítico, y es verdad que las crisis económicas acentúan precisamente que surjan estos movimientos reaccionarios. Surgen para frenar a los movimientos progresistas, que plantean alternativas más sociales al capitalismo, incluso aunque ni siquiera cuestionen el propio capitalismo. Haciendo el paralelismo con los años 20, 30, existe esta coincidencia entre crisis, auge de la extrema derecha, y esas alternativas de izquierda que son constantemente aisladas.

La extrema derecha no es tanto un partido político o una organización, o un grupo de nazis de un barrio, sino que el problema está en la infección que tiene dentro del sentido común de la gente

Estos grupos de extrema derecha han sabido muy bien caricaturizar a los movimientos transformadores respecto al tema de la identidad, explotar lo que ellos llaman el “discurso buenista” que no es sino reivindicar, asumir y dejar paso a identidades históricamente perseguidas, apaleadas o, como mínimo, apartadas del discurso público. Aunque no se renuncie a esa agenda, sí hay un gran desgaste en la disputa. ¿Cómo crees que se puede salir de esa trampa?

El feminismo y el movimiento LGTBIQ han sido capaces de convertirse en hegemónicos, es decir, en un pensamiento difícil de romper por parte del establishment. Han entrado a formar parte del sentido común, de la hegemonía cultural que la extrema derecha quiere cargarse. El neoliberalismo trata de apropiarse de las conquistas sociales en derechos y libertades. Eso es evidente. El neoliberalismo trata de hacer esto, ahora bien, ¿esto deslegitima estas luchas? Evidentemente que no, hay motivos para seguir luchando. La caricatura es muy fácil cuando coges casos extravagantes que, en redes sociales, son muy fáciles de manejar. El problema es cuando esta gente que trata de deslegitimar estas luchas, precisamente acusándolas de distraer o de ser un instrumento del capital para desviar la atención, comparte los mismos memes y los mismos casos anecdóticos que comparte la extrema derecha. El uso de caricaturas —como la del “hombre que quiere ser perro por culpa de la ideología queer”— y la discusión entre sectores de la izquierda le vienen de perlas a la extrema derecha porque gana sin luchar.

¿Cómo?

Porque ven desde la barrera cómo un movimiento que ha llegado a conquistar este sentido común se está devorando entre sí por ciertas diferencias, que yo creo que no son irresolubles. El problema es cómo afronta la izquierda el debate interno sin que esto suponga una ruptura. Me inquieta mucho ver compartir a la extrema derecha y parte de la izquierda los mismos memes, los mismos relatos, los mismos discursos.

Cada cierto tiempo, entre nuestra audiencia se vuelve a poner de moda el artículo Cómo han vencido al fascismo en Grecia. ¿Cómo te imaginas tú o desde dónde te imaginas tú que se va a volver a derrotar al fascismo?

No hay ninguna receta mágica para acabar con la extrema derecha. La extrema derecha no es tanto un partido político o una organización, o un grupo de nazis de un barrio, sino que el problema está en la infección que tiene dentro del sentido común de la gente. Por lo tanto, combatir esto implica a la educación, implica al periodismo, implica a las organizaciones de barrio, implica a todos los sectores de la sociedad que pueden ir poniendo freno a los discursos reaccionarios. ¿Hemos derrotado a Amanecer Dorado? Sí, pero es que han llegado otros que están aplicando lo mismo. En Italia con Salvini ha pasado lo mismo. Igual Marine Le Pen no gana las elecciones, pero Macron ha asumido buena parte de sus marcos. Ese es el peligro. Lo importante es no focalizar en un sujeto, sino tener en cuenta que, cuando hablamos de extrema derecha, estamos hablando de una batalla desde las ideas, y es a las ideas a las que hay que combatir por todos los frentes. Es decir, esto no se va a solventar haciendo que Vox pierda diputados; esto se tiene que tratar en todos los escenarios posibles, para que esa infección reaccionaria no acabe conquistando el sentido común, que es su verdadero objetivo.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Píntamelo de verde

Cuesta poco desmontar la insultante tramoya que ha supuesto la COP26, esa "conferencia anual sobre el cambio climático de las Naciones Unidas" que se ha  celebrado en Glasgow este mismo mes.

La atención se centraba en eliminar la producción de gases de efecto invernadero, pero el propio montaje de la conferencia los produjo en abundancia. Los mandatarios no se mueven sin una parafernalia despilfarradora. Además de esa insultante contradicción, los parcos y poco comprometedores acuerdos han demostrado otra vez la falta de voluntad real de afrontar el problema.

Denuncia Thierry Meyssan en la RED VOLTAIRE que el «Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático» (GIEC, también designado ‎como IPCC debido a sus siglas en inglés), fue creado nada menos que por Margaret Thatcher para acabar con los sindicatos mineros de los ‎yacimientos de carbón y promover una nueva revolución industrial, basada en el uso del ‎petróleo del Mar del Norte y en la energía nuclear. También pone en duda de que el calentamiento global, de origen no solo antropogénico, pueda acabar con la especie humana, y opina que hay una gran manipulación para imponer políticas favorables a los intereses de las grandes corporaciones y los gobiernos que las sirven.

De todo ello no me cabe duda, pero habría que añadir que la utilización interesada de los hechos para dirigir las políticas más convenientes a esos intereses no significa de ningún modo que los hechos sean falsos. Aquella nefasta mujer quería acabar con los sindicatos, pero es innegable que el carbón lanza a la atmósfera la mayor proporción de CO2, junto a otros óxidos muy nocivos (los hidrocarburos producen también vapor de agua).

El fluido capitalista se mueve siempre buscando oportunidades de negocio, y las encuentra tanto creando como destruyendo. Las catástrofes naturales y las guerras, las reconstrucciones que las siguen... todo se hace a través de inversiones de capital que producen beneficios a los inversores. No es de extrañar que ahora el gran negocio sea la «transición energética», por falsa que sea.

Podemos considerar exagerado (o no) que el cambio climático pueda acabar con la humanidad como especie zoológica, pero sí puede hacerlo como colectividad mínimamente estructurada, y como consecuencia reducir la población a niveles prehistóricos. Los masivos  éxodos, por esta y otras causas también ligadas al sistema, están siendo muy preocupantes.

El principio de precaución obliga a tomar medidas mucho más duras que ese lavado verde cada vez menos convincente. Y es cierto que los gobiernos las modulan a la mayor conveniencia de las corporaciones.

Cada vez tengo más claro, sin embargo, que a muy corto plazo el principal problema no es el climático, sino el energético. En este momento hay un factor limitante, el diésel que mueve la mayor parte de las mercancías.

Cuando la oferta no puede suplir a la demanda, los compradores pujan por lo que escasea, y en esa subasta sube el precio. Entonces, los que no pueden acceder a pagarlo quedan excluidos y la demanda baja hasta equilibrarse con la oferta. Las dos soluciones ante la escasez son el racionamiento y la exclusión social. Ambas se utilizan, y el liberalismo rampante tiende a la segunda. Este mecanismo es cíclico, y contribuye a estimular la producción, buscando nuevas fuentes, tecnologías más eficientes y nuevas formas organizativas. Pero puede chocar con límites insalvables.

Un artículo publicado en The Oil Crash deja claro el problema energético más inmediato, que es el cuello de botella que supone la falta de un combustible difícilmente sustituible para el transporte a gran escala. Con profusión de datos estadísticos oficiales, que podréis ver en el enlace, demuestra esta realidad que quieren dejar en segundo plano tras la pantalla propagandística de una manipulada lucha contra el cambio climático.

Una última reflexión por mi parte; "si tu herramienta es un martillo, el problema tendrá forma de clavo". El capitalismo financiero todo lo resuelve con inversiones gigantescas, pero repito: dar mucho dinero para comprar lo escaso solamente lo encarece si no lo hay en la cantidad supuestamente equivalente. ¿A qué precio se pagará la piel del último oso blanco o el último tigre?



El pico del diésel: edición de 2021

(...)

En una economía de mercado la escasez de un producto provoca su encarecimiento debido a la competencia entre demandantes, porque el precio no lo fija el vendedor sino el comprador, como si de una subasta se tratase. Un producto vale lo que un comprador está dispuesto a pagar por él. La escasez del diésel provoca su aumento de precio y éste es repercutido en absolutamente todos los productos, lo que provoca un recalentamiento de la economía hasta tal punto que, superado un cierto umbral, se vuelve inasumible por el sistema y éste entra en recesión. Muchos consumidores dejan de consumir productos que se han vuelto demasiado caros y muchas empresas no pueden operar ya que se quedan sin márgenes de beneficio al ser éstos cada vez más ajustados, lo que equivale a que haya destrucción del tejido productivo y la consecuente reducción de la demanda del combustible. Es la famosa espiral de destrucción de la demanda y de la oferta. Esta reducción es forzada, no lo olvidemos.

Estamos muy cerca, si no lo hemos rebasado ya, del umbral de dolor que una economía puede soportar sin entrar en recesión, a pesar de encontrarnos lejos de los 110 o 120$ por barril de crudo, y es que hay que tener en cuenta que no es el precio del petróleo lo que encarece la vida, o mejor dicho, no es sólo el precio del petróleo el que puede llevar a una sociedad a la recesión. Al fin y al cabo, lo que nos afecta directamente es el precio del diésel, que es el factor clave, porque como decía al principio, el diésel es la sangre del sistema.

Todavía no notamos que falte diésel en las gasolineras. Al menos no en nuestras gasolineras pero lo que está claro es que, en nuestro sistema económico de mercado, si el precio está subiendo es muy posible que sea a que, en la competencia por el producto, haya gasolineras en algún lugar que no tengan diésel. ¿Es posible que haya gasolineras sin diésel?

Pues sí, es posible. China está racionando el diésel en algunas zonas del país, lo que está provocando problemas logísticos importantes, que se suman al resto de problemas que está teniendo relacionados con la falta de carbón para sus centrales térmicas, que desemboca en cortes de electricidad en gran parte del país. Pero los problemas de China son los problemas de todos y su falta de diésel para consumo interno provoca que tampoco tenga combustible para exportar, así que Corea del Sur está comenzando a temer por su economía.

Podríamos pensar que China está lejos, que China es muy grande, que los chinos son malísimos y que China hace las cosas muy mal, o eso dicen muchos, porque son comunistas o lo fueron. Podemos buscar la excusa que queramos pero resulta que en los Estados Unidos, considerado por la mayoría como un polo opuesto a China, también están teniendo problemas de suministro de diésello han tenido que empezar a racionar. ¡Quién lo iba a decir! Los adalides del “libremercado” racionando un bien. Quizás la mano invisible del mercado no está siendo capaz de proveer un sustituto.

Seguramente será un problema local, muy puntual y para nada representativo o quizás no, porque estás cosas se sabe cómo comienzan pero no como acaban, o sí. Lo que sí sabemos es que las reservas de diésel de los Estados Unidos se encuentran muy por debajo de lo que sería deseable y de lo habitual para esta época del año, tanto como que en los últimos 20 años nunca habían sido tan bajas. Así que quizás los problemas de escasez no sean tan puntuales, locales o pasajeros como algunos cuentan y les gustaría.

La verdad es que el problema de la escasez de diésel va en serio. De momento, abróchense los cinturones, que esto parece que no ha hecho nada más que comenzar y no será divertido.

Rafael Fernández Díez

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Más sobre el coche eléctrico

Continúo indagando para tratar de resolver las dudas que planteé sobre estos vehículos en Sueñan los androides con coches eléctricos. Allí se mencionaba que antes de ponerse en marcha uno de ellos ha lanzado ya a la atmósfera más gases de efecto invernadero que los que generaría uno con motor de combustión en 80.000 kilómetros. En este aserto falta por lo tanto averiguar cuántos gases ha lanzado antes de ponerse en marcha este último. No todo es el consumo o la contaminación durante la marcha, porque hay un antes y un después.

Cuando se promociona el coche eléctrico se argumenta con razón que a lo largo de su vida útil no emite gases de efecto invernadero. Pero hay dos cuestiones que se obvian y que permiten dudar de que realmente sea un proyecto viable.

Una de ellas es el empleo para las baterías de minerales raros de difícil extracción, cuya escasez conduce a un dilema insalvable: o bien no podrán suministrarse a la escala y el ritmo exigidos, o se agotarán rápidamente. No hablo aquí del problema más general de los límites de las energías renovables que van a dificultar la transformación de nuestro modo de producción.

El argumento principal para su promoción es el ya mencionado de que no hay en estos vehículos un tubo de escape que lance gases contaminantes, entre los que se encuentran los que provocan el cambio climático en curso, de innegable origen antropogénico. Y aquí surge un interrogante que hay que resolver: en los procesos necesarios para fabricarlo ¿se producen gases de efecto invernadero? Parece evidente que sí, como en la fabricación de cualquier vehículo con motor de combustión interna. La cuestión que interesa es si los nuevos coches, antes de salir de fábrica, han contaminado ya más que los antiguos. Y parece que es así.

Procede hacer un balance total que abarque todos los procesos implicados, desde el inicio hasta el final de la vida del vehículo. Extracción y transporte de materiales, fabricación, puesta en carretera y mantenimiento, utilización y, finalmente, desguace y reciclado de materiales y eliminación de residuos. También debe abarcar el estudio el balance energético. Debe hacerse en paralelo entre tipos de vehículos de la misma categoría y similares prestaciones, y en dos direcciones: el balance de emisiones del que tanto se habla y el energético que se menciona menos.

Esto es lo que ha iniciado, en el primer sentido, la compañía Volvo, según un artículo publicado en autonoción.com el 12 de este mismo mes. Se concluye que el coche eléctrico necesita casi 200.000 kilómetros para compensar el CO2 que se emite en su fabricación.

Por desgracia, el balance energético, en el actual sistema de cómputo económico, es mucho más difícil de establecer, porque traslada a balances monetizados, basados siempre en expectativas coyunturales de beneficio inmediato, los costes reales en términos de unidades de energía.

Está visto que no hay panaceas.


Volvo dice que un coche eléctrico necesita casi 200.000 km para compensar el CO2 que se emite en su fabricación

Luis Reyes

Si pruebas un coche eléctrico, seguro que te cambias y es que funcionan bien, no suenan, su aceleración en ciertos casos es demencial y encima, si te dicen que contribuyes a que el Medio Ambiente esté en mejor forma, no hay lugar a dudas para no dar el paso, ¿o sí?.

A medida que más marcas dan el paso de pasarse a lo eléctrico, son más estudios los que demuestran que el coche eléctrico cuenta con más problemas de los que en un principio nos anunciaron.

Si nos centramos en la contaminación en las urbes, no hay lugar a discusiones, sin humo de los tubos de escape, la contaminación causada por el automóvil caerá drásticamente.

Un interesante estudio efectuado por Volvo presenta una imagen más compleja de la situación, ilustrada por el hecho de que su gama XC40 ofrece una comparación perfecta de los pros y los contras de cada una de las versiones, ya sea EV, PHEV o ICE.

Al estar todos construidos sobre cimientos compartidos y en la misma fábrica, Volvo ha aprovechado esta oportunidad para comparar la huella de carbono del ciclo de vida completo de cada tipo de XC40 a partir de las materias primas y los procesos de producción necesarios para fabricarlo, alimentarlo y conducirlo durante una vida útil de 200.000 km y luego desecharlo a su fin.

Según Volvo, la fabricación de un C40 genera un 70% más de emisiones que la fabricación de un XC40 con un motor ICE normal a pesar de que ambos coches se fabrican en la misma plataforma y comparten muchas de sus piezas. Solo en términos de materiales y componentes, las baterías se llevan la palma.




Eso significa que estos coches eléctricos «ecológicos» llegan al concesionario con una carga de CO2 significativamente más elevada en comparación con la versión ICE normal que podrías haber comprado por mucho menos dinero. La diferencia viene una vez que comienzas a conducirlo dado que cada kilómetro que recorres en un automóvil de gasolina, este quema combustible y aumenta su huella de CO2, mientras que en el equivalente eléctrico ocurre lo contrario.

Si a esto le sumamos el origen de la electricidad que usamos para recargar el coche eléctrico y la huella de CO2 de esta electricidad, la cosa puede inclinar la balanza mucho más o mucho menos.

Volvo ha publicado tres cifras diferentes, de acuerdo con el suministro eléctrico global medio, la media proyectada de la UE28 que incluye fuentes regulares y renovables y energía totalmente renovable.

Durante una vida útil de 200.000 kilómetros, la huella de dióxido de carbono de un modelo como el Volvo C40 totalmente eléctrico no llega a ser un 15% menor que la de un Volvo XC40 de gasolina y que antes de alcanzar el punto de equilibrio, este debe de de recorrer algo más de 110.000 km.

En este punto tengo que recalcar, que los cálculos comparativos, Volvo los ha efectuado entre un coche eléctrico y un coche gasolina pero, ¿Qué pasa con los diésel que efectivamente emiten mucho menos CO2 que un coche de gasolina equivalente?

Y ojo a esto porque es en este momento, justo en el punto de equilibrio, cuando empezaría lo que se denomina como compensación de la huella de carbono, un proceso que consiste en neutralizar la cantidad de emisiones de CO2 que emite cualquier cosa fabricada, para empezar a restar CO2.

Lógicamente, este punto de equilibrio dependerá en gran parte de la producción de energía libre de CO2 y para alcanzar esto, todavía queda mucho por recorrer.

Si tenemos en cuenta que en la media de los 28 países europeos -Reino Unido incluido- la producción de energía «libre de CO2» es relativamente baja, habría que analizar escenario por escenario y podríamos decir que en los países con mayor índice de energía eléctrica generada libre de CO2 deberíamos recorrer algo más de 50.000 km mientras que en los países con menor producción eléctrica libre de huella de CO2, este kilometraje puede dispararse por encima de los 150.000 km, una auténtica barbaridad.




Para que te hagas una idea, según Red Eléctrica Española, el porcentaje de energía renovable producido hoy es de un 37.63% y de toda la energía producida en España hoy mismo, el 52.42% ha sido libre de emisiones. Personalmente, aunque estos son los datos, hay que tener en cuenta que para construir los aerogeneradores, los paneles solares y otros sistemas renovables, se ha emitido CO2, por lo que la energía «libre de CO2» es en cierto modo una quimera -esto es un punto de vista personal-.

Un estudio similar realizado por Mazda nos ofreció en su momento el motivo por el cual la marca japonesa equipó su Mazda MX-30 eléctrico con una batería más pequeña de lo normal, con el objetivo de reducir el coste, el peso y avanzar hasta el punto de equilibrio y compensación de CO2.

Aunque una batería más pequeña limita la autonomía, Mazda reconoce que el compromiso tiene sentido para un producto enfocado en la ciudad como el MX-30 y, con el tiempo, presentará una versión REX con un generador rotativo para aquellos que necesitan viajar más allá de los límites de la ciudad.

En conclusión, podemos decir que si bien parece que durante su vida útil un BEV puede tener un impacto ambiental menor que su equivalente ICE, quizás no sea tan simple como afirmar que los coches eléctricos son más ecológicos, hay que ver de dónde viene esa energía que usa y estimar la vida útil y el kilometraje final que va a tener el coche al acabar su vida útil.

A pesar de esto, desde Volvo han afirmado que se van a convertir en un fabricante en el que el ciclo de fabricación, vida y reciclaje del vehículo será CO2 neutral y seguirán apostando por esto.

Fuente | Auto Trader – Volvo – Mazda