viernes, 21 de febrero de 2020

La imposibilidad de lo necesario (o la necesidad de lo imposible)

El infatigable Salvador López Arnal presentó en Barcelona el 11 de febrero el libro de Jorge Riechmann Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros. La portada revela claramente la intención del autor: llamar con urgencia la atención "sobre transiciones ecosociales, colapsos y la imposibilidad de lo necesario".

Habría que darle la vuelta a esta contradicción: si lo necesario es imposible, habrá que hacer todo lo posible para que ese "necesario imposible" sea posible.

La imposibilidad a que se refiere es la contenida en este sentido común universal que pretende hacer una transición sostenible sin cambiar los hábitos, los valores y todo el modo de vida al que la droga del consumismo nos tiene acostumbrados. Cambiarlo todo (cosa que deviene imparable por mucho que nos pese) sin cambiar nada.

Es la contradicción que señalaba Antonio Turiel, a la que me he referido en la entrada anterior. Allí se afirmaba que el capitalismo que se autorregula convenientemente puede tener todas las cualidades que queramos ponerle, salvo la existencia. Aquí, que la transición conservadora del modo de vida actual al que nos ha llevado la evolución del capitalismo es imposible porque no puede existir en los términos pretendidos.

La única transición humanamente aceptable requiere otra forma de vivir y otros valores, basados en el amor. "La escasez más peligrosa es la escasez de amor", y es necesario ese imposible paso, no ya "del Yo al Nosotros", sino del nosotros reducido (los grupos primarios; amigos, familiares, conocidos) al nosotros ampliado, superando todo tribalismo.

Dejo aquí la mayor parte de la charla de Salvador. Terminaba con una pertinente referencia a la visión holística de García Lorca en Poeta en Nueva York, y recitando (en catalán, que yo traduzco al castellano) un canto a la buena vida, con toda su sencillez, de uno de los poetas preferidos de nosotros tres: Satisfacciones.

Dejo también esta cáustica viñeta que retrata perfectamente la ceguera reinante.


Miguel Brieva



























(…)

Antes de entrar en el decálogo, permítanme que destaque una de las ideas-fuerza del libro, mi favorita. Es el autor quien habla:
¿Escasez de energía y materiales? Sí -relativamente-. Sólo si la escasez en cooperación, solidaridad e igualdad nos impiden ajustar nuestras expectativas y deseos a lo biofísicamente posible. Esas son las escaseces últimas que amenazan con acabar con nuestra civilización y precipitarnos al colapso.
Lo que conduce al colapso, añade nuestro poeta y matemático con belleza y destacable coraje filosófico y poético
no es en última instancia el desequilibrio climático o la escasez de energía: es la escasez de amor. A la inversa; sólo si somos capaces de poner en marcha un proceso significativo de conversión al amor -biofilia, cuidado, respeto, cooperación, fraternidad y sororidad- podemos abrigar esperanzas de evitar lo peor de la catástrofe ecosocial que hemos puesto en marcha.
Puede sonar cursi pero no lo es, en absoluto. Añado también una hipótesis-conjetura, una tesis más bien, que comparto sin ninguna duda que me asalte. Jorge de nuevo:
Un factor muy determinante en la falta de reacciones adecuadas en nuestras sociedades es lo que suelo llamar tecnolatría.
¿Y qué es la tecnolatría, cuya crítica, por supuesto, no implica tecnofobia sin matices ni apologías anticientíficas? Es la confianza, generalizada en mi opinión, muy generalizada, una confianza irracional en la técnica, en las técnicas: no debemos preocuparnos, al final, un minuto o quince segundos antes del abismo, una nueva tecnología nos solucionará todos los problemas. Tranquilos. Somos la especie del riesgo, pero del riesgo con éxito. En el fondo, pensamiento religioso en estado puro: Dios-tecnólogo está con nosotros y no nos dejará a la intemperie.
(…)

¿Cómo es posible que lo necesario sea imposible? Pues lo es porque para mantener el CO2 en los niveles de los acuerdos de París, las naciones enriquecidas, las más contaminantes, deberían ubicarse de inmediato (no a medio ni a largo plazo) en recortes anuales de más del 10% y cero emisiones de CO2 para 2035-40, para dentro de 15, 20 años. Es decir, para ¡ya mismo! Esa es la necesidad.

La pregunta anexa se impone: ¿es políticamente posible? La respuesta, de entrada y de salida, es NO. El crecimiento económico, aunque sea verde, no es la solución, es más bien parte del problema. ¿No podemos eliminar gradualmente la energía de los combustibles fósiles y aumentar todavía la producción para satisfacer las necesidades de la mayoría? La respuesta tampoco ofrece dudas (aunque sea desagradable y opuesta a nuestros deseos más inmediatos y menos trabajados): no, no podemos.

La paradoja que Jorge formula y nos traslada: lo que tiene potencial de mayorías, no nos saca del atolladero ecológico; y los que nos saca, no tiene -a día de hoy, y tal vez por muchísimo tiempo, tiempo del que carecemos- potencial de mayorías. Luego, por tanto,… Hay respuesta.
(…)

Unos datos sobre esta barbarie. Alejandro Nadal, el gran economista mexicano, señalaba en un artículo reciente:
[...] el análisis sobre las emisiones de las fuerzas armadas estadunidenses permite observar que en realidad el régimen de cambio climático que hoy existe es sumamente débil, por no decir que, en el fondo, no existe. Los incendios en Australia y una guerra en Medio Oriente anularán cualquier logro que se hubiera alcanzado al amparo del Acuerdo de París. El cambio climático arremete contra los que no quieren ver la autoridad de la realidad.
Sus ejemplos:
En el marco del Acuerdo de París, Australia fijó una meta de reducción de emisiones de entre 26 y 28% respecto de las de 2005 para ser alcanzada en 2030. Las metas son modestas, acaso demasiado, y lo peor es que Australia ni siquiera está en camino de cumplirlas. De acuerdo con el índice de desempeño sobre cambio climático (www.climate-change-performance-index.org), que agrupa a las 57 economías responsables de 90% de las emisiones de GEI, Australia ocupó el último lugar en 2019. Y la situación va a empeorar. Desde el primero de agosto de 2019 los incendios en Nueva Gales del Sur y Queensland han emitido 306 millones de toneladas de dióxido de carbono. Ese monto representa más de la mitad de las emisiones anuales de Australia.
Un ejemplo de ceguera, continúa Nadal. Una segunda ilustración del otro lado de nuestro planeta:
El ejército estadunidense es la institución que más emisiones de GEI tiene en todo el mundo. Un estudio reciente de la Royal Geographical Society (www.rgs.org) reveló que las fuerzas armadas estadunidenses emiten más gases de efecto invernadero que la mayoría de los países del mundo. Se trata del peor contaminador institucional en todo el planeta. En 2017 las fuerzas armadas USA compraron 269.230 barriles de petróleo diarios [más de 98 millones de barriles anuales] y emitieron más de 25 millones de toneladas diarias de CO2 [anualmente de 9.100 millones anuales] Si fueran un país, ocuparía el lugar 47 en la escala de emisiones de GEI (comparable con las totales de Perú o Portugal)…
Los ejemplos sobre la sinrazón en que seguimos inmersos forman, como saben, un conjunto prácticamente innumerable.

Jorge nos cuenta desde las primeras líneas del asunto central y su posición frente a él. Se lo resumo. Cualquiera que en 2012-2013 se pusiera a estudiar con seriedad la posibilidad y necesidad de transiciones socioecológicas, desde el insostenible capitalismo fosilista y extractivista hacia formaciones sociales sustentables, llegaba, nos recuerda, a una conclusión más o menos deprimente: o bien las transiciones eran imposibles (con lo que eso comporta: asumir la inevitabilidad del colapso ecológico-social de las sociedades industriales capitalistas) o bien extremadamente difíciles e improbables (el colapso, escribe, estaba en marcha pero aún existía una pequeña ventana de oportunidad para evitarlo).

Jorge estaba ubicado en la segunda opción (la menos pesimista, por decirlo de algún modo)... hasta 2013. Cambió de coordenadas. Lo explica así:
"con dolor y con duelo y con crujir de dientes me desplacé desde la intuición de que el tragaluz de la esperanza materialista aún no se había cerrado del todo a la convicción pesimista de que sí había acabado de hacerlo”. El colapso, la hecatombe, la destrucción, como quieren decirlo, era inevitable. No hay más. Lo otro es sueño, simple deseo. Las fuentes renovables de energía, le estoy citando, “no pueden proporcionar la superabundancia de los combustibles fósiles a la que nos hemos acostumbrado, ni por tanto hacer viable un próspero “capitalismo verde”.
¿Hay diferencias prácticas entre esas dos posiciones? ¿Nuestra praxis ecosocialista queda alterada si tomamos un u otra opción? Jorge sostiene (lo argumenta extensamente a lo largo del libro) que sí, que hay diferencias, teóricas y práxicas.

Jorge nos recuerda la estimación de un físico concernido, Antonio Turiel, del que yo también soy fiel lector: “una estimación realista del potencial máximo que pueden proporcionar las energías renovables estaría entre un 30% y un 40% del consumo total mundial actual”. Una transición al 100% renovable solo saldría bien si fuese al mismo tiempo una salida igualitaria al capitalismo y una contracción de emergencia que redujera drásticamente nuestro uso de energía.

Una de ellas, tal vez la más importante: el voluntarismo optimista, la opción que él ya no comparte, nos insta a encaminarnos hacia propuestas de “crecimiento verde” y Green New Deal para las que, en su opinión, ya no hay tiempo suficiente ni recursos: ni tiempo para evitar desenlaces catastróficos ni suficientes recursos materiales y energéticos sin devastar la biosfera. Las propuestas optimistas resultan contraproducentes para las perspectivas de supervivencia (y bienestar humano) a medio y largo plazo. No es sendero transitable.

¿Qué hacer entonces? Algunas de sus ideas: hay que pensar en otras formas de acción y de contemplación (en la línea de una poliética de lo imposible), en una estrategia de (esta vez sí y en serio) desobediencia civil masiva. No hay nihilismo paralizador, no hay ausencia de praxis en su reflexión. No hay un “no puedo más y aquí me quedo”. Necesitamos trabajar en las grietas, señala en el apartado “Comunidades en transición, dentro de biorregiones resilientes, en un mundo industrial que colapsa”. En primer lugar, nos dice, “en las grietas de la insatisfacción con los alienados, empobrecidos, precarios y violentos modos de vivir que se nos imponen”. Y en segundo lugar, las grietas en los consensos hoy dominantes que aparecen a medida que se profundice “esta crisis que no acabará nunca(Antonio Turiel).

Trabajar, nos dice, sin desánimo, tenazmente, con paciencia, aunque nuestra posición sea hoy muy minoritaria. Es el programa urgente de la hora, de nuestra hora. Necesitamos, de nuevo es Jorge quien habla, construir toda clase de comunidades en transición.

Sus tres criterios (que no desarrollo) para todo tipo de iniciativas de transformación social en el Siglo de la Gran Prueba serían: 
1. Construcción de comunidad. 
2. Superación del tribalismo. 
3. Metabolismo sustentable.
Son muchas las enseñanzas del libro. Una de ellas: ayuda a no engañarnos. El discurso del decrecimiento feliz no es que sea engañoso, nos dice Jorge, pero olvida señalar algo muy, muy importante: usar menos energía quiere decir hacer menos cosas. Por ejemplo, turismo; por ejemplo, viajes; por ejemplo, aviones. Viviríamos mejor, ciertamente, pero solo a cambio de una metamorfosis axiológica (una conversión, si usamos el término de uno de los maestros del autor, también mío, Manuel Sacristán), una conversión decía, una metamorfosis axiológica, que sitúe la lentitud, la sobriedad, la espiritualidad y el amor en el pináculo de nuestros valores.

Otra enseñanza: Arthur Schopenhauer, en 1839, participó en un concurso de ensayos organizado por la Real Sociedad Noruega de Ciencia sobre el tema: “¿Puede demostrarse la libertad de la voluntad a partir de la autoconciencia?”. En su trabajo, según cuentan, yo no lo he leído, Schopenhauer sostuvo que aunque los individuos eran libres en sus acciones, la voluntad no lo era (estaba determinada por factores innatos). Cien años más tarde, Einstein parafraseó una de las afirmaciones del ensayo del filósofo alemán: “El hombre, el ser humano, puede hacer lo que quiere, pero no puede no querer lo que quiere”.

Jorge da la vuelta a Schopenhauer (y acaso también a Einstein, un autor que por supuesto no le es indiferente), y su aforismo pasa a formularse así: “Los seres humanos no debemos hacer siempre lo que queremos, debemos construir un nuevo querer y podemos, en ocasiones, dejar de querer lo que tal vez amemos o deseemos en exceso”.

Por supuesto que Jorge no habla por hablar y documenta todas sus afirmaciones con datos. Algunos son estremecedores. Les pongo un ejemplo. Yo no había reparado en él.

Llevamos años y años hablando del tema del calentamiento global antropogénico. ¿Cuántos? Para poner una fecha (incorrecta), desde 1992. No es una cosa ya, afortunadamente, de minorías ilustradas ecológicamente sino de inmensas minorías, mayoritarias incluso en algunas sociedades. ¿Quién, a día de hoy, no está en contra del calentamiento global y no acepta, en principio, que hay que tomar medidas con urgencia?

Pues bien, en este contexto político-cultural tenemos que: 
1. Desde 1751 a 1967, en 217 años, se liberaron a la atmósfera unos 400.000 millones de toneladas de CO2 (400 billones de kilos). 
2. Para liberar esa misma cantidad pasaron 23 años entre 1968 a 1990 (algo más, poco más, que una décima parte). 
3. De 1991 a 2006, en sólo 16 años, se liberó la misma cantidad. 
4. Pero, lo más llamativo, desde 2007 a 2018, en plena crisis de producción, distribución y consumo mundiales, en apenas en 11 años esta vez, se liberó la misma cantidad, esos 400 billones de kilos de CO2 a los que hacía referencia.
Item más: la mitad de todos los combustibles fósiles han sido quemados desde 1990 hasta hoy. ¡La mitad, no es un error!

 Así, pues, con razón habla Jorge del Siglo de la Gran Prueba y con razón nos advierte de que “no nos damos cuenta de lo que han sido los crecimientos exponenciales en la fase de la Gran Aceleración”. Con más razón si cabe añade: “Todo esto ocurrió durante los años de la crisis climática en los que los Homo sapiens ya no podían pretender que no entendían la amenaza que representaba su conducta y de hecho prometieron repetidamente hacer algo al respecto”.

La vindicación del realismo bien entendido (tocar realidad, a propósito de Gorona del Viento por ejemplo); la desmitificación, la necesaria crítica de mitos extendidos (y acaso de largo recorrido), como el del coche eléctrico; las agudas críticas (en plural) al capitalismo verde (en sus diferentes variantes); la inexistencia de suficientes minerales y metales en la corteza terrestre para permitir la transición ecológica en términos de sustitución de los combustibles fósiles por renovables de alta tecnología, son otros de los nudos que conviene destacar.

Además del recuerdo del visionario artista canario César Manrique (que le agradezco personalmente), hay en su libro pasos que merecen un marco. Un ejemplo:
Se puede decir así; en el pasado, cada gran transformación (revolución) en el modo de producción -comenzando por la revolución neolítica- aumentó la cantidad y la densidad de la energía usada por los seres humanos. Lo que necesitamos ahora -y con extrema urgencia- es lo contrario: usar menos energía (y por ello vivir en promedio con menos bienes y servicios, más localmente y más despacio). Eso supone empobrecimiento, en un sentido importante de la palabra “empobrecimiento” -aunque descendemos desde tan alto, en los países sobredesarrollados, que podríamos decrecer mucho y aun así vivir bien en términos materiales.
La transición energética no implicaría sólo ajustarse a los límites biofísico del planeta Tierra, añade, “sino que pone de inmediato sobre la mesa, con crudeza, las luchas contra la dominación y por la emancipación humana.”

Destaco también su mirada al Sur, su mirada al Sur global, al que no siempre miramos con la atención debida. Hablando de Suecia, por ejemplo, Jorge nos advierte que, en contra de lo dicho y afirmado, las emisiones suecas no se han reducido en absoluto sino que, simplemente, se han exportado al extranjero.

El fenómeno es general para todos los países sobredesarrollados: una parte del crecimiento de la huella de carbono atribuida habitualmente en las estadísticas oficiales a los países emergentes responde básicamente a los estilos de vida de la población residente en los países más desarrollados vía comercio internacional. David Wallace Wells lo ha señalado recientemente en La apatía global hacia los incendios en Australia es un presagio aterrador para el futuro:
Durante décadas, en EE.UU. y Europa Occidental, hemos prestado muchísima más atención al sufrimiento a pequeña escala por la fuerza de desastres naturales cuando afectan a partes del Occidente rico que lo que nunca hemos mostrado por aquellos que ya están sufriendo tanto por el cambio climático en Asia y especialmente en el sur del mundo.
(…) 

...hay varias formulaciones filosóficas, aforismos con pleno derecho, que no puedo dejar de destacar. Dos ejemplos.

El 1º: “No todo aquello que se afronta se puede cambiar, pero nada se puede cambiar hasta que se afronte”. 
El 2º: no es el momento de que rija ahora aquel lema que dio título a un magnífico y no olvidado libro de uno de mis maestros, tal vez también de ustedes, Ramon Valls Plana, sobre la Fenomenología de Hegel, "del Yo al Nosotros", sino del nosotros reducido (los grupos primarios; amigos, familiares, conocidos) al nosotros ampliado, más allá de nuestro tribalismo.
Hay una filosofía de fondo en el libro -coincide con su idea de que la escasez más peligrosa es la escasez de amor- que me atrevo a resumir-concretar con un poema, “Vergnügungen”, de uno de los poetas preferidos de Jorge (también mío), Bertolt Brecht:

La primera mirada por la ventana al despertarse,
el viejo libro vuelto a encontrar,
rostros entusiasmados,
nieve, el cambio de las estaciones,
el periódico,
el perro,
la dialéctica,
ducharse, nadar,
música antigua,
zapatos cómodos,
comprender,
música nueva,
escribir, plantar,
viajar,
cantar,
ser amable.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Todos los cangrejos de la Luna son azules

Esta afirmación es cierta en la medida en que en la Luna no hay cangrejos. De ellos puedo afirmar cualquier cosa, salvo que existan. A los elementos de un conjunto vacío puedo asignarles propiedades arbitrariamente, porque no encontraré ninguno que no las tenga para demostrar que no las tienen.

Este argumento le sirve a Antonio Turiel para decirnos que los mercados que se autorregulan no existen. Es decir, no hay mercados que asignen racionalmente los recursos en esta economía capitalista. Solo externalizar costes les permite obtener beneficios. Costes humanos o medioambientales.

Los fallos de mercado, esas situaciones en el que el libre mercado no asigna los recursos de manera eficiente y se generan situaciones de ventaja para algunos participantes del mercado y de desventaja para otros, no son la excepción, sino la norma. El error de percepción, convertir la norma en excepción, invalida toda la teoría económica clásica.
"Si queremos tener un futuro, si queremos que haya una salvación posible, urge una reforma radical de los estudios de economía. Y urge reciclar a todos los que están en los círculos de decisión. Cualquier economista que no comprenda la imposibilidad del crecimiento perpetuo debe ser inmediatamente apartado de sus funciones, igual que lo haríamos con alguien que nos vendiera las maravillas de explotar como fuente de energía inagotable los cangrejos de la Luna, por más azules que sean."
Habrá que recordárselo a los que pretenden colonizar la Luna o Marte, y a los que, inmersos en la fantasía de películas como Alien, quieren extraer allí materiales y energía.





Queridos lectores:

Hace muchos años, cuando era un doctorando en el Departamento de Física Teórica de la Universidad Autónoma de Madrid, compartía despacho con otros doctorandos. Como suele pasar en estos casos, por afinidad intelectual y por todas las horas que se llegan a pasar juntos, uno acaba por entablar una buena amistad con los compañeros de fatigas y de doctorado. Yo era allí una rara avis, porque mi tesis doctoral no versaba sobre los temas habituales en aquel departamento, pero mis conocimientos de física, mi sólida formación matemática, los frecuentes seminarios y las explicaciones de mis amigos me permitían seguir un poco los intríngulis de sus complejos estudios. Uno de mis amigos en particular desarrollaba su tesis en las aplicaciones de la Teoría Cuántica de Campos (TCC) a ya no recuerdo muy bien qué, aunque sí que recuerdo que buscaba las soluciones de las ecuaciones fundamentales de la TCC para la definición de partículas elementales en geometrías complejas. Solucionar este tipo de ecuaciones no es nada sencillo, y por eso muchas veces se recurre a simplificaciones o hipótesis sobre la forma de alguna posible solución de las ecuaciones, simplemente para ver si se puede obtener tal solución y de ahí ir estirando el hilo de todo el espacio de soluciones posibles.

El caso es que mi compañero, después de darle muchas vueltas, introdujo una hipótesis sencilla sobre la forma de una posible familia de soluciones y de repente, ¡bingo!, encontró que una nueva variedad de partículas elementales que verificaban un montón de propiedades físicas de lo más interesantes y que cuadraban muy bien con propiedades conocidas de partículas reales. Realmente fue muy emocionante, y todos nos alegramos mucho por él: sus resultados parecían algo muy revolucionario.

Pasaron los meses y mi compañero seguía trabajando en su teoría, cuando, de repente, sucedió algo que le dejó desconcertado. Encontró que sus partículas verificaban propiedades contradictorias: por decirlo de algún modo, podían ser, al mismo tiempo, completamente azules y completamente rojas. Estuvo varios días dándole vueltas al asunto, sin acabar de encontrar qué estaba pasando.

Una de esas tardes hicimos todos una pausa de nuestros respectivos trabajos y nos fuimos a tomar un café en la cafetería de la facultad. Mi amigo seguía dándole vueltas, y yo le pedí que me explicara cuál era el planteamiento general del problema. En aquella época yo tenía mucho más claros que ahora algunos conceptos clave de geometría diferencial, y cuando él me expuso su problema en unos términos sencillos y muy matemáticos, de modo que yo los pudiera comprender, me di cuenta de dónde estaba el problema: su familia de soluciones contradecía una propiedad básica de la geometría del espacio donde se suponía que estaban definidas. Lo que le pasaba a mi amigo es que todas las soluciones de la familia que él estaba estudiando verificaban todas las propiedades posibles porque, simplemente, no había ninguna solución de ese tipo.

Cuando aún estudiaba la carrera de Matemáticas tuve un profesor de Análisis Funcional, hijo de un conocido líder político, al que apreciaba mucho por su calidad intelectual y humana, aparte de por el hecho de ser un gran profesor. Él a veces condensaba conceptos profundos con aforismo simples. Evoco con frecuencia uno de ellos, porque me ha sido muy útil en mi vida. Decía mi profesor: "Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Por ejemplo: Todos los cangrejos de la Luna son azules. Al mismo tiempo, todos los cangrejos de la Luna son rojos. De hecho, todos los cangrejos de la Luna pueden ser de cualquier color que se quiera. Y eso es así porque no hay cangrejos en la Luna, así que podemos decir cualquier cosa del conjunto de ellos y será cierta, porque todos los elementos de ese conjunto la verificarán: lógico, no hay ningún elemento en ese conjunto. El truco está, por supuesto, en que hablemos de "Todos los elementos de ese conjunto". Si intentáramos hablar de un cangrejo de la Luna concreto, entonces tendríamos problemas, porque no hay ninguno. Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Recordad esto, porque a veces llegamos a contradicciones simplemente por el hecho de asumir que algo existe o es posible cuando simplemente no lo es."

Pocos años después de esa lección, improvisada al final de una clase y en respuesta a la pregunta de un alumno, el aforismo de mi profesor se mostraba con toda su cruel crudeza y arruinaba la tesis doctoral de mi amigo: sus maravillosas partículas elementales verificaban todas las propiedades excepto la de existir, porque no había ninguna solución a las ecuaciones que fuera de la forma que mi amigo había ensayado.

Al final mi amigo fue capaz de reformular su tesis y sacarla adelante; poco después de defenderla, quizá por ésta y puede que por otras decepciones del mundo académico, dejó la investigación y se dedicó a otros trabajos que seguramente le han sido de mayor provecho.

Viene esta anécdota al caso por un artículo de Yanis Varoufakis, el antiguo ministro de finanzas griego, que he leído recientemente. La tesis principal del artículo de Varoufakis es que la administración Trump entiende muy bien por qué deben oponerse a los activistas y a los científicos que trabajan sobre el Cambio Climático, porque no hay solución dentro del capitalismo al Cambio Climático y ellos de ninguna manera quieren renunciar al capitalismo. Que el capitalismo es incompatible con los límites biofísicos del planeta es algo de lo que hemos hablado con frecuencia aquí y no es ninguna novedad. Lo verdaderamente interesante del artículo de Varoufakis es que explica que la teoría económica clásica, que es la que se enseña en las facultades, y que maravilla con sus fabulosos teoremas que demuestran las maravillas del libre mercado y del capitalismo, se basa en la errónea percepción de que los fallos del mercado son la excepción, cuando en realidad son la norma.

Un fallo del mercado es una situación en el que el libre mercado no asigna los recursos de manera eficiente y se generan situaciones de ventaja para algunos participantes del mercado y de desventaja para otros. Un resultado habitual de los fallos del mercado son las externalidades (negativas): costes que se generan a consecuencia de una actividad económica pero que no son asumidos por el beneficiario de esa actividad. El ejemplo más evidente de externalidad es la contaminación: el propietario de la fábrica consigue el beneficio de vender su producto, pero no asume el coste de la reparación ambiental de la contaminación que causa.

No es nada sorprendente que el mercado, en el mundo real, no asigne eficientemente los recursos y que, al contrario, a lo que tienda es al ventajismo de los cada vez más fuertes en frente de los demás. Ya explicamos en su momento que lo que hoy en día se denomina arteramente "libre mercado" es más bien un "mercado natural", que viene a ser la transposición al mercado de la ley de la jungla o del más fuerte. Por ejemplo, en las recientes protestas de los agricultores españoles, en las que éstos denuncian que la diferencia de precios de los productos agrícolas entre su origen y el punto de consumo final puede ser del 900% y más, resulta evidente que una red de unos pocos distribuidores y comercializadores fuerzan los márgenes de los productores a la baja, hasta el punto de que algunos agricultores pierden dinero; y lo hacen abusando del hecho de que controlan prácticamente todos los canales de distribución: un buen ejemplo de mercado natural, donde unos pocos abusan de su ventaja estratégica y de que realmente no hay un acceso libre al mercado. Y a pesar de lo pasmosamente evidente de la situación, me encontré por internet con el comentario de un economista de cierta prédica y orientación ultraliberal, en el que el interfecto defendía este estado de cosas porque el mayor valor añadido estaba en la distribución y que era por tanto lógico que ésta se llevara la mayor parte de los ingresos por la venta de los productos agrícolas. La afirmación de este celota del liberalismo es en realidad tautológica: el valor añadido está donde está el valor añadido, y esto no responde a ninguna ley divina ni ecuación mágica, sino más bien a la capacidad de unos agentes del mercado de imponerse a los otros. Sin embargo, nuestro encorbatado amigo asume que si las cosas pasan así es porque deben pasar así. Nada de considerar que el mercado falla. Nada de aceptar que se imponen abusivamente externalidades. Porque en ningún momento se cuestiona que su modelo del mundo sea incorrecto.

Y sin embargo lo es. La mayoría de la gente percibe claramente que la sustancia del pensamiento económico contemporáneo no solo es errónea, sino que de hecho quienes piensan así son el enemigo. La mayoría de la gente se da perfectamente cuenta de que esa ideología, que dice que lo que se debe primar es la búsqueda del beneficio propio, es una absoluta perversión social, porque por culpa de ese egoísmo (por más que se quiera vender que es beneficioso para el conjunto de la sociedad) se está  degradando ambientalmente el planeta y esquilmando los necesarios recursos naturales. Y esto es un problema: si el común de la población percibe que la gestión de la economía se hace a sus espaldas y en contra de sus intereses, ¿cuánto más podrá aguantar este sistema sin que se produzca una rebelión? ¿Qué nivel de degradación ambiental y de retroceso material soportarán las masas antes de alzarse contra quienes, cegados en su panoplia doctrinal, rigen tan implacablemente sus destinos?

Ese error de percepción, de convertir la norma en excepción, invalida toda la teoría económica clásica. Las fabulosas ecuaciones de la economía clásica, aplicables en unas condiciones que son imposibles en el mundo real, nos dicen que todos los mercados son azules, y también son rojos. Salvo honrosas excepciones, la enseñanza que mayoritariamente se imparte en las facultades, propagando la falacia de que los fallos del mercado y las externalidades indeseadas son cosas excepcionales, no solo distorsiona la percepción de la realidad de los estudiantes, sino que es verdaderamente un adoctrinamiento en el error.  Como consecuencia, ir a la universidad a estudiar economía corrompe la mente y quiebra el espíritu, como bien señala Varoufakis en su artículo.

Si las hipótesis de partida son erróneas, todo el cuerpo doctrinal de la economía clásica no se aplica (o, al menos, no completamente) en el mundo real. La discrepancia entre las predicciones de esa teoría y la realidad son tan grandes que hace décadas que se sabe que se tendría que reformular todo el pensamiento económico para integrar la realidad del mundo físico y de los límites biofísicos del planeta. Pero delante de la evidencia de lo inapropiado de la doctrina liberal, sus defensores actúan como auténticos fanáticos religiosos, confirmando que en el fondo el liberalismo económico es religión y, peor aún, una secta destructiva. Acorralados por los tozudos hechos que muestran un mundo más desigual y degradado, los celotes de este culto actúan con arrogancia, y delante de las críticas obvias se escudan en un lenguaje abstruso con el que buscan, deliberadamente, ofuscar la verdad evidente.

¿Por qué deberíamos seguir a unos fanáticos que nos llevan a nuestra destrucción? ¿Por qué deberíamos hacer caso a una gente cuya doctrina promulga la exclusión social de la mayoría de la población? ¿Por qué permitimos que sea esta gente, fanática y adoctrinada en un error que no saben reconocer, los que dirijan los Gobiernos y los consejos de administración? Si toda la teoría económica se basa en hipótesis constatadamente falsas, ¿por qué ha de guiar nuestra sociedad?

Si queremos tener un futuro, si queremos que haya una salvación posible, urge una reforma radical de los estudios de economía. Y urge reciclar a todos los que están en los círculos de decisión. Cualquier economista que no comprenda la imposibilidad del crecimiento perpetuo debe ser inmediatamente apartado de sus funciones, igual que lo haríamos con alguien que nos vendiera las maravillas de explotar como fuente de energía inagotable los cangrejos de la Luna, por más azules que sean.

Salu2.
AMT

sábado, 15 de febrero de 2020

Esperanza de vida y futuro imperfecto





El Instituto Nacional de Estadística publica unas tablas de esperanza de vida. Tomémoslas como base para proyectarnos al futuro.

La esperanza de un centenario es llegar al año 2022. Una persona con 90 años puede aspirar razonablemente a alcanzar el 2027. Eso no quiere decir que les sea imposible superar esas edades, solamente expresa lo más probable.

Descendamos a los octogenarios. En nuestro país, segundo en longevidad en todo el planeta, los varones pueden aspirar a llegar al 2033, y las mujeres al 2035.

Sigamos la serie. Quien ahora tenga 70 años vivirá probablemente en 2041 si es varón, y si es mujer en 2044. Estadística en mano, los de 60 llegarán: ellos, al 2050, ellas, al 2053.

A partir de aquí, los de menor edad alcanzarían 89 años, y las mujeres, generalmente más longevas, los 92. Ello nos da las probables fechas de fallecimiento para quienes en este 2020 cumplan estas edades:

50 años:    varones, 2059    mujeres, 2062
40 años:    varones, 2069    mujeres, 2072
30 años:    varones, 2079    mujeres, 2082
20 años:    varones, 2089    mujeres, 2092
10 años:    varones, 2099    mujeres, 2102

Así que las niñas de diez años, hoy por hoy, pueden aspirar a ver el siglo XXII. Y los recién nacidos de ahora mismo podrían llegar, respectivamente, al 2109 y 2112.

Yo llegaré, con suerte, al 2038, y por eso no soy de los más preocupados personalmente por el futuro. Mi preocupación es antropológica.

Porque estas proyecciones se basan en datos actuales, en una normalidad que no parece muy estable, si miramos el encontronazo entre una crisis climática (medioambiental, en un sentido más amplio), que deberíamos enfrentar eliminando ya la extracción de energía fósil, y una crisis económica, en gran parte crisis energética, que en las condiciones actuales nos empuja a extraer las últimas existencias explotables de carbón, petróleo, gas, uranio...

No podemos sorprendernos de que Greta Thunberg y otros muchos jóvenes lúcidos se planteen lo que los dueños del gran capital, la mayor parte de ellos vetustos, obvian.

A estos dueños del mundo les preocupa un horizonte mucho más corto que el de esos jóvenes. En todo caso, sus previsiones están en alargar esta situación lo más posible, al coste que sea, coste que pagará el resto de la humanidad. Su solución, en un mundo más reducido, es el ecofascismo, solución autoritaria, excluyente y drástica que no se detendrá ante el exterminio de la mayor parte de la población, la población sobrante.

Y esa es una escalada que de no detener el modelo no tendrá fin.

lunes, 10 de febrero de 2020

El capitalismo ha fracasado, ¿qué viene a continuación? (y VI)

Para los ideólogos del sistema sigue sin haber alternativa. Aunque la escena preocupante que componen la crisis financiera sin salida, el crecimiento imposible, la degradación del medio ambiente a escala mundial, el problema energético y el calentamiento global haya reducido la nómina de los negacionistas, no lleva a estos adoradores del sistema a imaginar el fin del capitalismo sin hacerlo coincidir con el de la civilización, la humanidad, o incluso la habitabilidad del planeta.

Esta postura conservadora, incluso cuando nada hay que conservar, es característica del miedo a los cambios que las clases dominantes comprenden perfectamente que pueden acabar con sus privilegios. Sin embargo, si estudiamos la Historia vemos que el agotamiento de las posibilidades de mantener una situación insostenible lleva siempre a cambios radicales, revoluciones que alteran las relaciones de dominación anteriores.

Es lógico ese temor, pero los mismos privilegiados de hoy deberían entender que en una emergencia global de este calibre ellos mismos tendrán mucho que perder. En todo caso deberán entenderlo así los trabajadores, los únicos que lo hacen todo, y obrar en consecuencia.

Concluye así esta exposición del artículo cuyas anteriores secciones, (I), (II), (III), (IV) y (V), he venido publicando en fechas anteriores.

Josep Renau
















(…)

El pasado humano está salpicado de períodos de regresión, seguidos por aceleraciones revolucionarias que barren todo lo que tienen ante ellos. El historiador conservador Jacob Burckhardt describió de esta manera los cambios revolucionarios: “un cambio histórico ocurre cuando se produce una crisis en todo el estado de las cosas, involucra a épocas completas y a muchos pueblos de la misma civilización… Entonces, el proceso histórico se acelera repentinamente de manera aterradora. Los cambios que, de otra manera, tardarían siglos se producen en meses o semanas”. (91)

Cuando Burckhardt escribió este texto tenía en mente la Revolución Francesa de 1789. Esta revolución fue una aceleración de la historia. En realidad, la Revolución Francesa inició una serie de revoluciones que mutaron a una velocidad aterradora. Transitó de una revolución aristocrática a una revolución burguesa y posteriormente a una revolución popular y campesina, que finalmente adoptó el carácter de un “bloque histórico”, invencible, que transformó gran parte de la historia de occidente. (92)

¿Podría una aceleración revolucionaria de este tipo acontecer en el siglo XXI?

La mayoría de los analistas convencionales de los países hegemónicos del sistema imperialista mundial dirán que no. Se basan en una visión interesada porque las revoluciones continúan detonando en la periferia del sistema y sólo son sofocadas por la intervención económica, política y militar de las potencias imperialistas.

El fracaso del capitalismo a escala planetaria hoy en día amenaza a la civilización y a la vida del planeta tal como la conocemos. Si no se realizan cambios drásticos la temperatura global de este siglo aumentará entre 4 grados a 6 grados Celsius, lo que pondrán en peligro a la humanidad en su conjunto. Mientras tanto, el capitalismo extremo busca expropiar y utilizar todos los recursos de la existencia material, arruinando al medio ambiente en beneficio de unos pocos.

Con el aumento de las catástrofes naturales y con el vertiginoso proceso de concentración del capital, en este siglo la humanidad se enfrenta a un tipo de las relaciones sociales capitalistas que son más funestas que cualquier calamidad que hayamos conocido. (93)

Cientos de millones de personas ya se han involucrado en el combate contra este sistema, creando las bases de un nuevo movimiento mundial hacia el socialismo.

En su libro ¿Puede la clase obrera cambiar el mundo? Yates responde que sí se puede. Agrega: “sólo se podrá hacerlo si se unifican las luchas de los trabajadores y de los pueblos". Las batallas deberán tener como objetivo un auténtico socialismo. (94)

Los intelectuales postmodernos sostienen que “el sistema socialista ya se intentó y fracasó”; por tanto, ya no existe como alternativa. Sin embargo, la historia demuestra algo muy distinto. El siguiente periodo histórico desmiente claramente a los profetas post modernos.

“Los primeros intentos del capitalismo, en las ciudades-estado italianas (de la Baja Edad Media) no fueron lo suficientemente consistentes para sobrevivir en medio de las sociedades feudales que las rodeaban, sin embargo el capitalismo como sistema terminó imponiéndose”.

Si algo nos enseña la historia es que el fracaso de los primeros experimentos de socialismo no presagia nada más que su eventual renacimiento con nuevas formas; más revolucionario, más universal, un socialismo que reconoce y aprende de sus anteriores fracasos. (95)

Podemos decir sin equivocarnos que a pesar de su fracaso (relativo) el socialismo es superior al capitalismo. La tradición de lucha por la libertad, la igualdad sustantiva y el desarrollo humano sostenible son consustanciales al socialismo y en la actualidad son una propuesta política que expresa cabalmente una necesidad histórica para la humanidad y el planeta. (96)

El economista conservador Joseph Schumpeter (que fue ministro de finanzas de Austria en los años 20) escribió que el capitalismo no moriría por “un fracaso económico, sino más bien porque el capital al centrarse solo en fines económicos, termina socavando los fundamentos de su propia existencia”. Según Schumpeter el capitalismo “crea inevitablemente las condiciones que le impedirán sobrevivir y estas condiciones apuntan claramente al socialismo como su heredero.” (97) En cierto modo, sus opiniones eran correctas, aunque esto no ha ocurrido como muchos lo esperaban.

El desarrollo global del capitalismo monopolista y la financiarización encabezado por el neoliberalismo –que surgió en esa Viena Roja- ahora está socavando las bases materiales, no solo del propio capitalismo sino de la ecología planetaria. A pesar de esto, el orden social neoliberal se impone en un confuso contexto político; hay menos oposición al capitalismo pero hay más oposición al neoliberalismo como si ambas cosas fueran distintas. (98)

El capitalismo neoliberal (el capitalismo realmente existente) es un sistema que destruye de manera permanente las bases de la existencia. Los trabajadores y los pueblos del mundo no tienen más alternativa que buscar nuevos caminos para el futuro.

Un movimiento inclusivo -basado en la clase trabajadora- que se proponga el socialismo para este siglo abrirá una etapa de progresos cualitativos que la humanidad necesita con urgencia. La anarquía de la sociedad del mercado con su avaricia institucionalizada no tiene nada que ofrecer a las nuevas generaciones. (99)

El nuevo socialismo deberá incluir el desarrollo de una tecnología que tenga contenido social, en oposición a la tecnocracia que mira solo por la ganancia individual de un sistema depredador. (100) Hoy técnicamente es posible la planificación democrática a largo plazo, lo que permite que las decisiones que se tomen originen una distribución de la riqueza fuera de la lógica del capital. (101)

Un socialismo, en su forma más radical, debe ser consistente con la igualdad sustantiva, la solidaridad comunitaria y la sostenibilidad ecológica, también deberá proponerse la unión, y no a la división de las fuerzas del trabajo. El desarrollo humano sostenible requiere urgentemente que la actividad creativa y productiva se utilice para los valores de uso y no para los valores de cambio del mercado.

Cuando en un futuro –que ahora parece cerrado– se abran las puertas de una nueva sociedad, este cambio revolucionario lo hará de muchas maneras, produciendo un desarrollo completamente nuevo, más cualitativo, y con formas colectivas de organización. (102)

Las medidas prácticas que deberán tomarse hoy son imposibles con el actual modo de producción. No es la imposibilidad física, o la falta de excedentes económicos lo que impide la satisfacción de necesidades básicas como aire y agua limpia, alimentos, ropa, vivienda, educación, atención médica, transporte y trabajo útil. No es la escasez de conocimientos tecnológicos o de medios materiales lo que impide la conversión a energías más sostenibles. (103) No es una fantasmal división, congénita de la humanidad, la que obstruye la construcción de una nueva Internacional de los trabajadores y de los pueblos. (104) Todo esto está a nuestro alcance, pero requiere seguir una lógica que vaya contra el capitalismo.

Como Karl Marx advirtió: “la humanidad se impone sólo las tareas que puede resolver en su momento. Un examen detenido de la historia nos muestra que las soluciones surgen sólo cuando las condiciones materiales están desplegadas o al menos en están en camino de madurez.” (105)

Los desperdicios y los excesos del capitalismo monopolista se han transformado en el principal obstáculo para el desarrollo humano. Una vez que el mundo se libere de estas cadenas los nuevos medios tecnológicos permitirán que la planificación y la acción democrática construyan los caminos hacia un mundo de igualdad sustantiva y sostenibilidad ecológica. (106)

Las respuestas a la crisis que tenemos ante nosotros son de carácter social y ecológico.

Estas respuestas exigen una regulación racional del metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza. El nuevo mundo deberá se capaz de regenerar los procesos vitales, con ecosistemas saludables, tanto locales como regionales y globales.

A lo largo de la historia los seres humanos hemos luchado para domeñar el medio natural, pero la libertad humana integral sólo es posible si se vive con igualdad y en comunidad.

El desarrollo futuro no es posible sin sostenibilidad ecológica y tampoco es posible sin una sociedad que se construya sobre bases socialistas.

________________________________


Notas

91
Jacob Burckhardt, Reflexiones sobre la historia (Indianapolis: Liberty, 1979), 213, 224.

92 Georges Lefebvre, La llegada de la Revolución Francesa (Princeton: Princeton University Press, 1947), 212.

93 John Bellamy Foster, “El capitalismo y la acumulación de catástrofes”, Revisión mensual 63, no. 7 (diciembre de 2011): 1–17.

94 Yates, ¿Puede la clase trabajadora cambiar el mundo?, 184–85.

95 Paul M. Sweezy, “Socialismo y ecología”, Revisión mensual 41, no. 4 (septiembre de 1989): 5.

96 Karl Marx y Frederick Engels, Collected Works, vol. 1 (Nueva York: Internacional, 1975), 157.

97 Joseph Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia (Nueva York: Harper and Row, 1942), 61. Schumpeter era un producto genuino de la Escuela de Economía de Austria, pero era, al mismo tiempo, un pensador muy independiente. Fue el primero en ofrecer una fuerte crítica a la idea de Mises de que un sistema de precios racional no podía desarrollarse bajo el socialismo. Su independencia fue demostrada por su disposición a servir como ministro de finanzas en un gobierno socialista. Véase Márz, Joseph Schumpeter , 99–113, 147–63.

98 Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, 143.

99 Como enfatiza Antonio Negri, un movimiento inclusivo basado en clases comienza con un “concepto social” de clase divorciada de una construcción meramente económica. Esto significa que la cuestión de la clase trabajadora no puede separarse de temas como el trabajo doméstico de las mujeres, el medio ambiente, la formación de razas, etc. Antonio Negri, “Empezando de nuevo desde Marx”, Filosofía radical 203 (2018).

100 Vea la discusión indispensable de la tecnología socialista en Victor Wallis, Revolución rojo-verde: la política y la tecnología del ecoocialismo (Chicago: Political-Animal, 2018), 54–92.

101 Como comentó Sweezy, no hay “nada en el sistema [capitalista] que se preste o sea compatible con una planificación a largo plazo de un tipo que sería absolutamente esencial para la implementación de un programa ecológico efectivo”, mucho menos la garantía de que el progreso sería compartido equitativamente entre todos en la sociedad. El socialismo, en cambio, es modificable a tales desarrollos sobre una base democrática, precisamente porque significa un alejamiento de la acumulación de capital, las ganancias y la producción de bienes como los fines supremos de la sociedad. Sweezy, “Socialismo y ecología”, 7–8. Podemos ver las fortalezas de la planificación hoy de diferentes maneras en estados como Venezuela, con sus municipios y consejos comunales, y en Cuba con sus enormes éxitos sociales y ecológicos, a pesar de que ambos han sido sometidos a enormes presiones económicas y políticas, así como amenazas militares, que emanan de los EEUU. Ver a John Bellamy Foster, “Chávez y el estado comunal” Revisión mensual 66, no. 11 (abril de 2015): 1–17.

102 Sobre el desarrollo humano sostenible, vea Paul Burkett, “La visión de Marx del desarrollo humano sostenible”, Revisión mensual 57, no. 5 (octubre de 2005): 34–62.

103 El problema de la conversión ecológica se aborda sistemáticamente en Wallis, Revolución Rojo-Verde. Ver también Magdoff y Williams, Creando una Sociedad Ecológica, 283–329; Angus, frente al antropoceno, 189-208; y Fred Magdoff y John Bellamy Foster, Lo que todo ambientalista debe saber sobre el capitalismo (Nueva York: Monthly Review Press, 2011), 121–44.

Sobre una estrategia democrática y socialista radical en los EEUU, ver Robert W. McChesney y John Nichols, People Get Ready (Nueva York: Nación, 2016), 245–76.

104 Sobre una nueva internacional, vea István Mészáros, La necesidad de control social (Nueva York: Monthly Review Press, 2015), 199–217; Samir Amin, “Es imperativo reconstruir la Internacional de Trabajadores y Pueblos”, IDEAS, 3 de julio de 2018.

105 Karl Marx, Una contribución a una crítica de la economía política (Moscú: Progreso, 1970), 21.

106 Ver John Bellamy Foster, “La ecología de la economía política marxiana”, Monthly Review 63, no. 4 (septiembre de 2011): 5–14; Robert W. McChesney, Communication Revolution (Nueva York: New Press, 2007).