viernes, 21 de agosto de 2020

Proporción áurea y crecimiento exponencial

A partir de unas bellas ilustraciones del arquitecto venezolano Rafael Araujo quiero seguir reflexionando sobre una de mis mayores preocupaciones, deseando que también lo sea para vosotros: el crecimiento exponencial, que es cualquier crecimiento de tasa constante.

Para explicarlo de modo muy simplificado, el crecimiento se mide siempre a partir de un tamaño previo y a lo largo de un tiempo. La razón entre los tamaños inicial y final es la tasa de crecimiento. Una tasa de crecimiento fija supone que cada nueva etapa irá aumentando el crecimiento en cantidades cada vez mayores por unidad de tiempo. Este es el crecimiento exponencial.

Hasta aquí se entiende perfectamente que el crecimiento abandonado a sí mismo se acelera constantemente. Lo que no se aprecia a primera vista es el carácter desbocado de este crecimiento exponencial.

En pleno confinamiento del mes de marzo, cuando el tema preocupaba a todo el mundo (parece que ahora algunos han perdido el miedo y otros tienen más miedo a otras cosas), publiqué aquí mismo algunas consideraciones sobre este crecimiento sostenido:
La función exponencial es aplicable a todo lo que crece (...). Si el crecimiento no se detiene, en algún momento se dispara. El crecimiento se asocia al tiempo. Sea rápido o lento, la curva exponencial es siempre la misma. Solamente varían la escala horizontal que mide los tiempos y la vertical que lo hace con los tamaños.
En la función exponencial aplicada a los procesos de crecimiento, ax, la base a, medida en vertical, es el cociente entre los tamaños inicial y final; el exponente x, en horizontal es la medida del tiempo en que se produce ese aumento de tamaño. Por ejemplo, si x es un año y la tasa de ganancia de un capital es el 3 por 100, será a = 103/100 = 1,03. El capital, como el virus, responde a una tasa de ganancia que necesariamente tiene tendencia a frenarse con el tiempo. Diversas barreras se oponen a su crecimiento, frenándolo o haciéndolo colapsar.

Siguen algunos ejemplos representados gráficamente. Obsérvese que todas las curvas pueden obtenerse estirando o encogiendo horizontalmente cualquiera de ellas. Cuanto mayor es la base a, más se recoge la curva sobre el eje vertical; cuando la base a se va reduciendo, la curva se estira, y para a = 1 la curva llega a ser horizontal (para valores menores que 1 la curva "se da la vuelta" sobre el eje vertical y la función decrece lentamente...).

Naturalmente, todas las curvas tiene un punto común, cuando el tiempo x vale cero: sin darle tiempo no hay crecimiento posible.
a = 1
a = 1,61803… = f
a = 1,
a = 2,71828… = e 
a = 10
(Ya que la tenemos a tiro, quiero que los no muy duchos en matemáticas observéis una propiedad curiosa e intrigante de la función exponencial llamada "natural", la que tiene por base el número e = 2,71828..., vaya, la de la línea roja, Unid los puntos (-1,0) y (1,2) y tendréis la tangente a la curva en (0,1), cuya pendiente, 2/2 = 1, coincide con el valor de la función en dicho punto. Unid ahora la intersección de la vertical por 1 con la curva con el punto (0,0). Esta recta es tangente a la curva en el punto indicado. La tangente nos da como valor de la pendiente 2,71828.../1 = 2,71828... = e. En estos dos puntos, como en todos los demás, el valor de la función coincide con su pendiente. Esto se expresa diciendo que la derivada de la función exponencial natural es ella misma).


























El crecimiento que se da en los seres vivos, mientras no se detiene bruscamente o se frena lentamente, obedece a la base a = 1,61803… = f. Es más fácil observarlo cuando en la unidad de tiempo x el ser crece angular o helicoidalmente. (En todo caso, f es convencional desde nuestro punto de vista, porque podríamos tomar como tiempo básico cualquier múltiplo de f, esto es, ¡cualquier número!).

Siguen algunos ejemplos de gran belleza. En todos estos casos se mantiene la tasa hasta que el crecimiento se detiene bruscamente.























Si puedes pensarlo, puedes crearlo, puedes plasmarlo, puedes dibujarlo, y si hay algo que requiere del ejercicio de pensar, eso es las matemáticas, la geometría o las proporciones áureas que se han creado, plasmado y dibujado en un libro de colorear para adultos.



La proporción áurea se ha utilizado a lo largo de la historia en proyectos arquitectónicos, de diseño o fotográficos para dotar a los objetos y a las figuras de la adecuada armonía visual con la que debe percibirlos el espectador.

Leonardo Pisano, también conocido como Fibonacci, es el famoso matemático italiano al que se le atribuye el descubrimiento de la sucesión numérica que dio lugar a esta proporción "natural" que se encuentra muy presente en la naturaleza bajo varias formas.





Las ilustraciones de proporción áurea dibujadas a mano de Rafael Araujo son una fantástica combinación de arte y ciencia.

Este arquitecto e ilustrador venezolano con un lápiz, una brújula y un transportador, ha creado durante más de 40 años, dibujos que representan la perfección matemática que se encuentra en el mundo natural y los ha recopilado en un libro de colorear para adultos con el objetivo de fortalecer la conexión entre los humanos y la naturaleza.

La Proporción Áurea está relacionada al número anotado con la letra griega Phi que equivale a 1,618 y se puede ver en todo tipo de secuencias y proporciones.

"Phyllotaxis" es la tendencia de las cosas orgánicas a crecer en espiral y el patrón numérico que se repite a menudo en la naturaleza en diferentes formas y proporciones desde conchas de mar, hojas e incluso alas de mariposa; Phi se presenta en el entorno contínuamente.

Así Araujo aplica Phi a todos los dibujos que crea, dejando visible las líneas de boceto en las imágenes finales lo que hace que las mariposas o las conchas parezcan gravitar alrededor de un entorno matemático, como en los viejos tratados de ciencia.

Algunas de las creaciones del artista venezolano le toman hasta 100 horas y todo ese tiempo invertido se ha materializado en su fantástico y calculado libro "Golden Ratio Coloring Book".

miércoles, 19 de agosto de 2020

Las «esferas de actividad» y su relación dialéctica

En mitad de la anterior crisis financiera el geógrafo David Harvey publicó El enigma del capital y las crisis el capitalismo. De este libro he tomado anteriormente los obstáculos que frenan al capital, enumerados en su capítulo II, "cómo se reúne el capital". Allí describe las barreras que se oponen a su imposible crecimiento exponencial, las que va saltando a costa de la pérdida de gran parte de lo acumulado.

En el capítulo V, "la evolución del capital", desarrolla, a partir de una nota a pie de página de la obra de Marx, la idea de las "esferas de actividad", diferenciadas pero interdependientes, en que se mueve el capital en su búsqueda incesante de beneficios, sin los cuales su propia existencia carece de sentido.

El carácter dialéctico de las relaciones excluye cualquier determinismo, en contra de la tosca interpretación de que "la base económica determina la superestructura". Porque cualquier ámbito de los que se suelen incluir en ésta (político, jurídico, ideológico, cultural...) influye en todos los demás, y en la misma base económica, a veces por vías inesperadas.

Un caso de influencia no prevista, el del virus del sida, le sirve de ejemplo: su efecto sobre la sociedad capitalista ha dado lugar a respuestas tecnológicas, organizativas y sociales insertas en la circulación del capital. Sus efectos sobre la reproducción de la vida cotidiana, sobre las relaciones y actividades sexuales y sobre las prácticas reproductivas han sido profundos, mediados por la tecnología  médica, las  respuestas institucionales y las creencias sociales y culturales.

Y si el contagio del sida se limitaba en lo esencial a ciertos grupos de riesgo, la mucho menos controlable pandemia de ahora, en una situación socioeconómica de partida aún más crítica que la de entonces, puede traer consecuencias insospechadas.

Su crecimiento exponencial es lo que más dificulta la lucha contra este virus. En esta ocasión es el virus el que dificulta el crecimiento exponencial del capital, que batalla constantemente para organizar a su modo las "esferas de actividad", acomodándolas (si puede) a la regla del 3 por 100 de crecimiento anual.

Difíciles las batallas contra ambos virus, por la tendencia al rebrote siempre que persista el crecimiento exponencial, pero también por la dificultad de comprender esto de forma intuitiva. De ahí el rechazo de tantos a las medidas anti-covid, y también, paralelamente, a los frenos que se opongan al capitalismo.

Véanse estos enlaces:

Aritmética, población y energía




Muchas personas tienden a quedarse cortas al calcular el crecimiento exponencial de cosas como las tasas de interés o la propagación de un virus.



















(...)

Consideremos, en primer lugar, el desarrollo capitalista a lo largo del tiempo. dejando por el momento a un lado la evolución de su organización espacial, su dinámica geográfica y sus impactos y constricciones medioambientales. Imaginemos pues una situación en la que el capital se desplaza a través de «esferas de actividad» distintas pero interrelacionadas, en búsqueda de beneficios. Una «esfera de actividad» crucial es la que se refiere a la producción de nuevas formas tecnológicas y organizativas. Los cambios en esa esfera tienen notables efectos sobre las relaciones sociales, así como sobre las relaciones de los humanos con la naturaleza; pero sabemos que tanto unas como otras cambian de forma no estrictamente determinada por las formas tecnológicas y organizativas. Surgen además situaciones en las que la escasa oferta de mano de obra o escaseces naturales ejercen fuertes presiones para que se implanten nuevas tecnologías o nuevas formas organizativas. En la actualidad, por ejemplo, abundan en los medios estadounidenses los comentarios sobre la necesidad de nuevas tecnologías que liberen al país de su dependencia del petróleo extranjero y para combatir el calentamiento global. El gobierno de Obama promete programas con ese fin e impulsa a la industria automovilística a fabricar coches eléctricos o híbridos (desgraciadamente para Estados Unidos, los chinos y japoneses van muy por delante en ese terreno).

Los sistemas de producción y los procesos de trabajo están también profundamente implicados en la forma en que se reproduce la vida cotidiana mediante el consumo. Ni unos ni otros son independientes de las relaciones sociales dominantes, la relación con la naturaleza y las tecnologías y formas organizativas debidamente constituidas. Pero lo que llamamos «naturaleza», aunque se vea claramente afectada por la acumulación de capital, (destrucción del hábitat y de especies, calentamiento global, nuevos compuestos químicos que contaminan el suelo y los bosques, cuya productividad se pretende aumentar mediante una gestión sofisticada), no está determinada únicamente por ella; desde el principio de los tiempos, mucho antes de que sobre ella existieran seres humanos y por supuesto de que se constituyera ningún capital, se vienen dando sobre nuestro planeta diversos procesos de evolución, independientemente de ella. El surgimiento de un nuevo agente patógeno como el virus del sida, por ejemplo, ha tenido un efecto inmenso sobre la sociedad capitalista (dando lugar a respuestas tecnológicas, organizativas y sociales insertas en la circulación del capital). Sus efectos sobre la reproducción de la vida cotidiana, sobre las relaciones y actividades sexuales y sobre las prácticas reproductivas han sido profundos, pero se han visto mediados por la tecnología  médica, las  respuestas institucionales y las creencias sociales y culturales.

Todas esas «esferas de actividad» se insertan en un conjunto de dispositivos institucionales (como los derechos de propiedad privada y los contratos comerciales) y estructuras administrativas (el Estado y otras instituciones locales y multinacionales), que también siguen su propia evolución aunque se vean obligadas a adaptarse a las condiciones de crisis (como está sucediendo ahora) y a los cambios en las relaciones sociales. La gente actúa, además, a partir de sus expectativas, sus creencias y su imagen o comprensión del mundo. Los sistemas sociales dependen de la confianza en los expertos, de un adecuado conocimiento e información por parte de quienes toman las decisiones, del grado de aceptación de las convenciones sociales (jerárquicas o igualitarias), así como del respeto a determinadas normas éticas y morales (por ejemplo, en nuestra relación con los animales y otras especies y nuestra responsabilidad ante el mundo que llamamos naturaleza). Las normas culturales y sistemas de creencias (esto es, las ideologías religiosa y políticas) ejercen una poderosa influencia, pero no son independientes de las relaciones sociales, las posibilidades de producción y consumo y las tecnologías dominantes. Las interrelaciones en pugna entre los cambiantes requisitos técnicos y sociales para la acumulación de capital han desempeñado todas ellas un papel decisivo en la evolución del capitalismo. A fin de simplificar un tanto el cuadro, reuniré todos estos últimos elementos bajo la rúbrica de «concepciones mentales del mundo».

Esta caracterización nos da siete «esferas de actividad» distintas en la trayectoria o evolución del capitalismo:
  • tecnologías y formas organizativas.
  • relaciones sociales,
  • dispositivos institucionales y administrativos,
  • procesos de producción y trabajo,
  • relaciones con la naturaleza,
  • reproducción de la vida cotidiana y de las especies y
  • «concepciones mentales del mundo».
Ninguna de esas esferas domina a las demás ni tampoco es independiente de ellas; ni está ninguna de ellas determinada, ni siquiera colectivamente, por las demás. Cada esfera sigue su propia evolución, por más que lo haga siempre en interacción dinámica con las demás. Los cambios tecnológicos y organizativos surgen por todo tipo de razones (y a veces accidentalmente), mientras que la relación con la naturaleza es inestable y continuamente cambiante, aunque solo en parte debido a las modificaciones inducidas por los seres humanos. Nuestras concepciones mentales del mundo, por poner otro ejemplo, suelen ser inestables, impugnadas, sujetas no solo a descubrimientos científicos sino también a caprichos, modas, deseos y creencias culturales y religiosas apasionadamente mantenidas. Los cambios en nuestras concepciones mentales tienen todo tipo de consecuencias, pretendidas o no, para las innovaciones tecnológicas y organizativas susceptibles o no de ser adoptadas, las relaciones sociales, los procesos de trabajo, las relaciones con la naturaleza y los dispositivos institucionales. La dinámica demográfica que emerge de la esfera de la reproducción y la vida cotidiana es relativamente autónoma, por mucho que se vea afectada por sus relaciones con las otras esferas.

Los complejos flujos de influencia mutua entre las esferas las reconfiguran continuamente. Además, esas interacciones no son necesariamente armoniosas. De hecho, podemos reconceptualizar la génesis de las crisis en términos de las tensiones y antagonismos que surgen entre las diferentes esferas de actividad cuando, por ejemplo, nuevas tecnologías se contraponen al deseo de nuevas configuraciones de las relaciones sociales o perturban la organización de los procesos de trabajo existentes. Pero en lugar de examinar esas esferas secuencialmente, como hicimos antes en el análisis de la circulación del capital, ahora las tendremos presentes colectivamente en su evolución conjunta a lo largo de la historia del capitalismo.

En una sociedad determinada, y en el lugar y en el lugar y momento determinados —Gran Bretaña en 1850 o el delta del río Perla en China actualmente, digamos— podemos definir su situación y carácter general, en buena medida, en términos de la organización y configuración conjunta de esas siete esferas en relación mutua. También se puede decir algo sobre el probable desarrollo futuro del orden social en tales lugares y momentos, a partir de las tensiones y contradicciones entre las distintas esferas de actividad, aun reconociendo que esa relación dinámica probable no está absolutamente determinada sino que es contingente.
*****
El capital no puede circular o acumularse sin afectar de algún modo a todas y cada una de esas esferas de actividad. Cuando el capital encuentra barreras o límites en una esfera o entre ellas, busca como eludir o superar esa dificultad. Si esta es seria, puede dar lugar a una grave crisis. Un estudio de la evolución conjunta de las esferas de actividad proporciona así un marco en el que situar la evolución en general de la sociedad capitalista y su propensión a las crisis. ¿Cómo se puede entonces implementar de forma concreta ese marco analítico abstracto?

(...)

Puede sonar utópico, pero si se me encargara a mí la construcción de una ciudad totalmente nueva, me gustaría imaginar una capaz de evolucionar en el futuro, más que una estructura permanente, congelada y completa, e imaginar cómo podrían no sólo funcionar sino movilizarse conscientemente las relaciones dinámicas entre las distintas esferas de actividad, no tanto para alcanzar algún objetivo específico sino para abrir nuevas posibilidades. Evidentemente, la ciudad tendría que construirse atendiendo en primer lugar a las relaciones sociales dominantes, a las estructuras de empleo y a las tecnologías y formas organizativas disponibles; pero también se podría considerar como un vivero para la experimentación con nuevas tecnologías y formas organizativas congruentes con el desarrollo de relaciones sociales más igualitarias, el respeto a las diferencias de género y una relación más sensible con la naturaleza que la que se deriva de la búsqueda incesante del grial cada vez menos sagrado de la acumulación sin fin de capital con una tasa de crecimiento compuesta del 3 por 100 anual.

Pero no he sido yo el primero en plantear ese marco de pensamiento; deriva de una nota a pie de página en el capítulo XV* del volumen I de El capital, en la que Marx comenta, precisamente tras una breve cita de la teoría darwiniana de la evolución, que «la tecnología revela la relación activa del hombre con la naturaleza, el proceso directo de producción de su vida, e igualmente de las relaciones sociales y de las concepciones mentales que derivan de ellas». Ahí Marx invoca cinco (quizá seis si «el proceso directo de producción de su vida» se refiere tanto a la producción de mercancías como a su consumo en la vida cotidiana) de las siete esferas de actividad que he detallado anteriormente; sólo faltan los dispositivos institucionales.

(...)

Sin embargo, hay desarrollos desiguales entre las esferas que generan tensiones en la trayectoria de la evolución. En algunas encrucijadas decisivas, esas tensiones reorientan la trayectoria en una dirección y no en otras. ¿Podría surgir de esa dinámica una forma nueva y «más elevada» de familia? ¿Podría inducir la enseñanza pública requerida para producir una fuerza de trabajo mejor formada, más flexible y bien entrenada, una cultura popular ilustrada que permitiera tomar el mando a las organizaciones obreras? ¿Podrían diseñarse tecnologías que aliviaran la carga de trabajo en lugar de ponerla al servicio del Moloch devorador de la acumulación sin fin de capital? En cada encrucijada había  distintas posibilidades, por más que las adoptadas de hecho impulsaran al capitalismo por vías cada vez más represivas. La inclinación británica por el libre mercado y el laissez faire no tenía por qué triunfar necesariamente en el siglo XIX, pero, una vez que lo hizo, la evolución del capitalismo siguió una vía muy concreta, no particularmente benevolente.

Permítaseme pues resumir. Las siete esferas de actividad evolucionan conjuntamente a lo largo de la historia del capitalismo en formas peculiares. Ninguna de ellas prevalece sobre las demás, y cada una goza de la posibilidad de un desarrollo autónomo (la naturaleza muta y evoluciona independientemente, como lo hacen las concepciones mentales, las relaciones sociales, las formas de la vida cotidiana, los dispositivos institucionales, las tecnologías, etc,). Cada una de esas esferas experimenta una continua renovación y transformación, tanto en interacción con las demás como en una dinámica propia interna que crea continuas novedades en el comportamiento humano. Las relaciones entre las esferas no son causales sino que están dialécticamente entrelazadas mediante la circulación y acumulación de capital. Como tal, la configuración global constituye una totalidad socioecológica. No se trata, insisto en ello, de una totalidad mecánica, un motor social cuyas partes se adecuen estrictamente a los dictados de la totalidad, sino más bien de un sistema ecológico compuesto por muchas especies y formas de actividad diferentes; lo que el filósofo/sociólogo francés Henri Lefebvre llamaba un ensemble o su compatriota Gilles Deleuze un assemblage de elementos entre los que se da una relación dinámica mutua. En tal totalidad ecológica, las interrelaciones son fluidas y abiertas, aunque estén inextricablemente entrelazadas entre sí.

El desarrollo desigual entre las esferas permite la materialización de sucesos imprevistos o improbables (del estilo de las mutaciones fortuitas en la teoría darwiniana) y genera tensiones y contradicciones. También puede suceder que acontecimientos inopinados en una esfera, en determinado momento y lugar, desempeñen un inesperado papel de vanguardia. El desarrollo repentino de agentes patógenos (como el VIH/sida, la gripe aviar o el SRAS) o el estallido de un fuerte movimiento social por los derechos laborales, civiles o de emancipación femenina, un haz de innovaciones tecnológicas como el reciente ascenso de la electrónica y las tecnologías informáticas, o un brote expansivo de política utópica, han servido en distintos momentos y lugares como detonantes de una aceleración del proceso de evolución conjunta, ejerciendo una inmensa presión sobre las demás esferas, bien para ponerse a la par o para constituir reductos de oposición recalcitrante o de resistencia activa. Una vez que la tecnología se convirtió en un negocio de por sí (como sucedió desde mediados del siglo XIX en adelante), a veces había que crear una necesidad social para utilizar un nuevo invento, y no al revés. En el sector farmacéutico hemos visto en tiempos recientes la creación de diagnósticos totalmente nuevos de estados mentales y físicos que justificaban el empleo de nuevas drogas (el ejemplo más clásico es el del Prozac). La creencia dominante entre la clase capitalista y el conjunto de la sociedad, incluso, de que existe un remedio tecnológico para cada problema y una píldora para cada dolencia tiene todo tipo de consecuencias. El «fetiche de la tecnología» sigue teniendo por tanto un papel indebidamente dominante en el impulso de la historia burguesa, al que se pueden atribuir tanto sus asombrosos logros como ciertas catástrofes autoinfligidas. ¡Como si los problemas de nuestra relación con la naturaleza pudieran ser resueltos por nuevas tecnologías más que por revoluciones en la reproducción social y la vida cotidiana!

Históricamente parece como si hubiera periodos en los que algunas de las esferas discreparan radicalmente de otras. En Estados Unidos, por ejemplo, donde el prestigio de la ciencia y la tecnología parece indiscutido, hay sin embargo mucha gente que rechaza la teoría de la evolución. Aunque la teoría del cambio climático global disponga de sólidas bases científicas, muchos están convencidos de que es un fraude. ¿Cómo se puede entender mejor la relación con la naturaleza cuando predominan creencias religiosas o políticas que no conceden ningún crédito a la ciencia? Situaciones de ese tipo suelen conducir a fases de estancamiento o a reconstrucciones radicales, que vienen presagiadas por crisis. En el caso del capitalismo, su tendencia a la crisis, nunca resuelta, da lugar a un desplazamiento espasmódico de una esfera a otra.

Pero hay un límite para esas alternancias. sean cuales sean las innovaciones o desplazamientos que tengan lugar, la supervivencia del capitalismo a largo plazo depende de su capacidad para mantener una tasa de crecimiento compuesto del 3 por 100. La historia del capitalismo está plagada de tecnologías que se ensayaron y no funcionaron, planes utópicos para la promoción de nuevas relaciones sociales (como las comunas icarianas en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX, los kibutz israelíes en la década de los cincuenta, o las  actuales «comunas  ecologistas»), que acabaron siendo asimilados o abandonados frente a la lógica capitalista dominante. Sea como sea, de un modo u otro, el capital debe organizar de algún modo las siete esferas para acomodarse a la regla del 3 por 100 de crecimiento.
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* «Maquinaria y gran industria», capítulo XIII de la edición canónica en aleman y también de la de Akal, El capital, cit., p. 81.

domingo, 16 de agosto de 2020

Teoría de la extinción (y III)

Para completar la re-publicación del artículo de Troy Vetesse Una teoría marxista de la extinción, tras haber visto las dos primeras partes, La tragedia del ecologismo común y Subsumir y extinguir, traigo aquí la tercera.

Recordemos que la subsunción es la inmersión de un modo de producción en otro dominante, de modo que en una primera etapa las relaciones de producción internas del modo subsumido se mantienen, pero las externas son mediadas por el intercambio mercantil. Hablamos entonces de subsunción formal. En este caso la única forma de aumentar la productividad es la intensificación del trabajo, que mantiene las formas tradicionales.

Más adelante el modo subsumido se modifica, adoptando nuevas técnicas que aumentan la productividad, ese incesante motor de la acumulación, y asimilándose al modo dominante. Esta es la subsunción real.

Extendido el modo capitalista a la explotación de todo lo que existe, animales y plantas pasan a ser explotadas mediante la ganadería, el secuestro y la fábrica de la selva, fases analizadas en la segunda parte del artículo. La explotación, al chocar con los límites naturales, cuando la reposición es más lenta que la sobreexplotación, conduce a la extinción de muchas especies, y al frágil mantenimiento de las subsumidas.

En este momento crítico que vivimos la enorme cantidad de biomasa industrializada contribuye a la alteración de todos los equilibrios planetarios, como bien sabemos.

Por razones de índole termodinámica, la cadena trófica desperdicia energía a través de cada uno de sus eslabones:
La cadena trófica (del griego trophos, alimentar, nutrir)​ describe el proceso de transferencia de sustancias nutritivas a través de las diferentes especies de una comunidad biológica,​ en la que cada una se alimenta de la precedente y es alimento de la siguiente. También conocida como cadena alimenticia o cadena alimentaria, es la corriente de energía y nutrientes que se establece entre las distintas especies de un ecosistema en relación con su nutrición. 
En una cadena trófica, cada eslabón (nivel trófico) obtiene la energía necesaria para la vida del nivel inmediatamente anterior; y el productor la obtiene a través del proceso de fotosíntesis mediante el cual transforma la energía lumínica en energía química, gracias al sol, agua y sales minerales. De este modo, la energía fluye a través de la cadena de forma lineal y ascendente. 
En este flujo de energía se produce una gran pérdida de la misma en cada traspaso de un eslabón a otro, por lo cual un nivel de consumidor alto (ejemplo: consumidor terciario) recibirá menos energía que uno bajo (ejemplo: consumidor primario). 
Dada esta condición de flujo de energía, la longitud de una cadena no va más allá de consumidor terciario o cuaternario.
Por ejemplo, alimentar al ganado con soja es mucho menos eficiente que alimentarnos con ella. Sustituir los bosques tropicales por campos de soja o de palma es realmente un crimen ecológico. En definitiva, un crimen contra nosotros mismos.

También comer grandes pescados, como el atún, es un auténtico despilfarro de biomasa y de energía (además de que las sustancias tóxicas se concentran en los niveles superiores de la cadena), por no hablar del bajo rendimiento energético y los desechos de la piscicultura...

Por estas poderosas razones, el autor apuesta por el veganismo en defensa de la naturaleza, como una técnica de supervivencia. Pero aunque no adoptemos estrictamente esta postura, es indudable que alimentar a toda la población con las costumbres alimentarias actuales va siendo ya insostenible.

Como suele decir Jorge Riechmann, la conciencia de clase no basta ya para combatir al capitalismo depredador. Es necesario adquirir conciencia de especie. Que no puede separarse de la conciencia planetaria de la vida.

Equus quagga quagga
























Comunismo vegano

Karl Marx murió el 14 de marzo de 1883. Ciento cincuenta y un días más tarde, murió el último cuaga en un zoológico holandés.

El análisis de la subsunción formal y real, así como de sus formas intermedias, revela mecanismos de extinción específicamente capitalistas. Los capitalistas pueden tratar de pasar de la subsunción formal a la real una vez que se agota el número de especies, pero el ciclo de vida de la criatura puede ser demasiado delicado como para soportar el abrazo del capital, como sucede en el caso del atún. El capital puede que ni siquiera repare en si hay un sustituto adecuado disponible, como con el longhorn de Texas, que reemplazó al bisonte. Si una criatura es controlada por medio de la subsunción real, entonces no está amenazada por la extinción, excepto si se acaba diluyendo a través de cruces, como sucedió con los uros en 1627. Una vez que comienza la cría intensiva, como en el caso de la acuicultura del salmón o de las granjas de engorde, el capital va a tratar de aumentar la plusvalía relativa mediante el incremento de la productividad. Así como la productividad de un obrero de fábrica del siglo XIX aumentó al operar máquinas de vapor de mayor potencia que consumían cada vez más carbón, la subsunción real de la naturaleza permite la concentración de Naturkraft. La masiva población de ganado, artificialmente sostenida y que asciende a cerca de cincuenta mil millones, depende de cultivos nutridos por combustibles fósiles para mantenerse viva en este tipo de cantidades. Son fábricas vivas, motivo por el cual el Worldwatch Institute considera que la respiración del ganado es contaminación de gases de efecto invernadero, como si fuera expulsada por máquinas: vapores nocivos que componen el 51% de las emisiones totales.

La subsunción real ha permitido la expansión de la industria animal y es este proceso el que alienta de manera abrumadora la sexta extinción. Las industrias animales requieren más de cuatro mil millones de hectáreas, casi la mitad de la superficie habitable de la Tierra. Esta enorme cantidad de robo de tierras ya ha causado innumerables extinciones, pero llegarán más si la industria cárnica se duplica, como se prevé que suceda para 2050. La situación no es mucho mejor en el mar, porque muchos pescados muy demandados, especialmente el atún, son carnívoros voraces, lo que hace que el hecho de que los seres humanos se los coman sea tan extraño e ineficiente como sería comer bocadillos de tigre. Por cada mil toneladas de biomasa de atún (unos dos mil peces adultos), una operación de engorde de atún requiere entre cincuenta y sesenta toneladas de harina de pescado por día. Este alimento está empezando a ser escaso a medida que va creciendo la acuicultura y el rapto de atún, lo que obliga al capital a sondear profundidades cada vez mayores y a arrastrar la capa mesopelágica a cientos de metros de profundidad, dejando aún más hondas huellas de extinción. De esta manera, es posible ver los efectos de las formas intermedias. La ganadería aumenta la presión sobre otras criaturas, ya que el animal mercantilizado ocupa espacios enormes, mientras que el secuestro no solo ejerce presión tanto sobre el animal subsumido como sobre el ecosistema circundante; la tercera forma, la fábrica de la selva, acelera la decadencia de cualquier modo de producción que solo subsuma formalmente la naturaleza. Todas estas formas de subsunción deben ser revertidas si se quiere tener alguna esperanza de detener la sexta extinción. Esto implica devolver a la naturaleza al menos la mitad de la Tierra, incluyendo la mitad del mar. En este momento, solo una sexta parte de la masa terrestre del mundo tiene alguna protección y solo una veinticincoava parte del mar.

Los y las marxistas deben oponerse fervientemente a la dominación despiadada de la naturaleza por parte del capital, al convertir todo el mundo en una fábrica, un centro comercial o un vertedero de basura. A través de la subsunción, el capital aleja tanto a los humanos como a otras criaturas de su ser, de cómo deberían vivir naturalmente. La izquierda debe rechazar la Weltanschauung neoliberal según la cual la naturaleza es solo otra forma de capital: más bien, la izquierda debe esforzarse por apoyar también la autorrealización de la naturaleza. Es demasiado pronto para decir qué aspecto tendría eso, dada la escasez de trabajo marxista sobre el tema, pero como mínimo hay que dar más espacio a la flora y a la fauna silvestres, y ello implica que hay que poner freno a la ganadería. Aunque el análisis aquí esbozado se aplica a las plantas tanto como a los animales, evitar el consumo de productos animales minimiza al menos la complicidad con la subsunción de la naturaleza, dado el despilfarro que supone convertir el grano en carne y leche animal. Hacerse vegano es la acción más simple y efectiva que un individuo puede tomar para reducir su impacto medioambiental, aunque por supuesto ningún marxista se contentaría con una mera política de «estilo de vida».

Cualquiera que sea la forma que adopte la sociedad comunista del futuro, su surgimiento debe complementarse con la abolición de las industrias animales, que serán sustituidas por una agricultura orgánica vegana gestionada de manera comunitaria, de modo que la humanidad se mueva con cuidado por la biosfera global. Un dominio socialista de la naturaleza, que es lo que defiende la izquierda tecnófila, no va a detener la sexta extinción. En lugar de eso, la relación de la humanidad con la naturaleza debería estar guiada por la humildad, la empatía y la contención. La izquierda ha de preocuparse del hecho de que cualquier criatura sea subsumida en las fauces del capital y que permanezca cautiva o se extinga, condenando a la mitad de la creación al olvido.

Balada de Babel





El fascismo quiere que hablemos (y mucho)

El fascismo quiere que hablemos para minar el principio de jerarquía entre las opiniones a fin de que no se pueda distinguir entre lo verdadero y lo falso en función de quien lo afirma.

Javier F. Ferrero

El fascismo articula la tradición procedente de algún lugar del pasado, normalmente combinada con elementos religiosos; visión mística del orden; interpretaciones nacionalistas; valores de comportamiento tradicionales; y programa económico que puede ligarse tanto a la intervención del Estado como al liberalismo.

La agenda fascista se centra en cuestiones típicamente privadas, tales como la familia, la sexualidad, la religión, la estética, entre otras, paralelamente al énfasis en las instituciones estatales y en los códigos legales/morales que deberían ocuparse de ellas. Las derechas actúan sistémicamente a favor del capital y de los capitalistas por medio de la construcción figurada del “orden”. Se opone con violencia verbal, estética y física a los que, real o imaginariamente, protestan contra el capitalismo y/o contra las desigualdades producidas por ese sistema. Por ello, los trabajadores son, fundamentalmente, las primeras víctimas de las políticas económicas, así como sus organizaciones (sindicatos, partidos y otras formas de representación política) sus víctimas políticas.
«Al convencer a todo el mundo de que sus opiniones valen lo mismo, al final nadie valdrá más que nadie.»
Sin embargo, la clase trabajadora es un nicho de votos demasiado importante para tirarlo exponiendo todo lo indicado de manera clara y debatiendo sus propuestas de una manera abierta. Mientras que en una democracia como la nuestra el sistema de gobierno está fundado en la discrepancia y las opiniones son distintas y variadas, el fascismo, que antes identificaba a los disidentes y los hacía callar metiéndolos en la cárcel (o al estilo español, en una cuneta), ha tenido que adaptarse.

El fascismo quiere que hablemos, que los contrarios muestren su opinión, pero siempre, todos a la vez y acerca de todo. Si millones de personas que antes tenían la televisión y los periódicos como punto de referencia ahora se pasan la vida en redes sociales comentando, compartiendo, asintiendo o discrepando, no hay motivo alguno para impedírselo, porque el hecho mismo de que todo el mundo lo haga convierte sus opiniones en algo indistinto. En definitiva, irrelevante.

El mensaje está claro: al convencer a todo el mundo de que sus opiniones valen lo mismo, al final nadie valdrá más que nadie y todo, ideas y personas, serán perfectamente intercambiables. De esta forma, se mina todo principio de jerarquía entre las opiniones a fin de que no se pueda distinguir entre lo verdadero y lo falso en función de quien lo afirma. Para lograrlo, desacreditan a las figuras públicas que poseen una autoridad moral o científica, es decir, a los que poseen el conocimiento.

Las redes sociales tienen un gran potencial para la difusión del fascismo: se puede hablar directamente a los ciudadanos sin pasar por los mediadores sociales. El mensaje, sea cual sea, puede llegar sin filtros (y sin verdad) con mensajes breves, claros y memorizables.

Sin periodistas, sin preguntas tendenciosas, sin entrevistas… un perfecto caldo de cultivo para los intolerantes. Y sobran los periódicos, Los propios seguidores ultras difunden los mensajes.
Fuentes:
Francisco Pinto da Fonseca, Carmen Pineda Nebot. (2020). Las expresiones de la derecha en Brasil y en España: conservadurismo, neoliberalismo y fascismo. 
Michela Murgia. (2019). Instrucciones para convertirse en fascista: Italia. Seix Barral.