martes, 9 de febrero de 2021

Neoliberalismo y centralismo (y III)

Finalizo ahora mis comentarios sobre el artículo que empecé a comentar aquí y dejé aquí.

Hay conceptos específicos y otros genéricos. Los primeros tienen una definición clara que  precisa su alcance. Los segundos son abstracciones que requieren, lo diré una vez más, "el análisis concreto de la situación concreta".

Así como el término neoliberalismo tiene un significado preciso, centralismo solamente indica concentración del poder, sin especificar las características de ese poder, del grupo que lo ejerce o de la fórmula de su establecimiento. Puede haber centralismo democrático, aristocrático, autocrático, burocrático, plutocrático... De hecho, la descentralización crea siempre entidades que pueden ejercer a su escala un nuevo centralismo, y así sucesivamente según se desciende en la escala organizativa.

De manera que si me preguntasen sobre el derecho a la autodeterminación de un grupo humano, generalmente referido más bien a los que habitan un territorio previamente definido, contestaría con mi expresión favorita: "depende".

La voluntad mayoritaria de un grupo debería ser determinante para su futuro, siempre que se den ciertas condiciones. En primer lugar, decisiones desafortunadas tomadas al calor de sentimientos manipulables pueden ser luego difíciles de corregir.

El caso más claro de ejercicio razonable del derecho de autodeterminación es el de los países colonizados, en que la población originaria es oprimida por una minoría llegada de fuera, generalmente ejerciendo la violencia, que explota tanto el territorio como a sus habitantes, a los que además somete y reprime si quieren ejercer ese derecho. Si el paso del tiempo consolida la situación, si los colonizadores llegan a ser mayoritarios, la autodeterminación, reivindicada por los "criollos", no liberará a los pueblos originarios, e incluso en ocasiones puede agravar su situación. La experiencia enseña además que los Estados desmembrados de otro mayor evitan a su vez que dentro de ellos surjan a su vez tendencias descentralizadoras.

La autodeterminación reivindicada en abstracto puede llegar a extremos caricaturescos: recordaré el caso de la República Federal da Illa de Arousa, que no habría pasado de anécdota curiosa si la sublevación fascista no hubiera luego asesinado a sus protagonistas.

La autodeterminación tiene siempre el problema de definir el sujeto que la puede ejercer. No parece justo que la ejerza un sector privilegiado cuando siente amenazada su situación. La estructura social hace coincidir muchas veces, total o parcialmente, clase con etnia o nación. Se impone un deslinde entre estas identidades para no confundir la opresión lingüística, cultural o nacional, cuando existe, con intereses económicos que pueden ser incluso depredadores. La descentralización económica no es lo mismo que la sanitaria o la fiscal. La situación actual hace patentes los problemas que plantea hoy mismo la asunción de ciertas competencias en esta y otras materias por las comunidades autónomas. En cuanto a las competencias educativas, hay campo para la autonomía, pero son muchos los aspectos que aconsejan un tratamiento igualitario en todo el territorio de un Estado. Para mí, la clave es que ningún ciudadano tenga limitados sus derechos efectivos por residir en un territorio, y la principal reivindicación es evitar las desigualdades entre ciudadanos en todos sus aspectos y en todos los lugares. Eso es más fácil de organizar centralmente en territorios amplios que en Estados menores que competirán entre sí para atraer a un capital que se mueve libremente entre ellos. Y ese es el ideal para el neoliberalismo.

La autodeterminación fue siempre reivindicada por la izquierda en un contexto de lucha de clases. Y también de oportunidad política. Hay alianzas entre fuerzas políticas que mezclan clase y nación, y a veces no puede ser de otra manera. En los países colonizados, el sentimiento nacional refuerza la lucha liberadora. En países amenazados por potencias imperiales puede ocurrir lo mismo. Pero la independencia no resuelve según qué problemas, si se heredan las estructuras opresoras al servicio de nuevas (o viejas) clases dominantes.

Además, el ejercicio de ese derecho viene determinado por la correlación de las fuerzas en presencia. Si llega el caso será bueno que la elección sea consciente y no se vea influenciada por sentimentalismos que oculten la realidad.

La piedra de toque de las izquierdas nacionalistas es qué ponen por delante, si la patria o la clase. Las inminentes elecciones catalanas mostrarán cómo se configura una nueva mayoría, si en clave nacionalista de uno u otro signo o según los intereses (sí, los intereses) de clase. De las clases que no deberían alinearse con las dominantes (ver vídeo).

No podemos culpar demasiado a Unidas Podemos de cierta ambigüedad en el tema de los nacionalismos. El gobierno de coalición es el que es, las alianzas coyunturales son las que son, y las alternativas amenazantes también. Pero unámonos al porquero de Agamenón en su crítica.

Vamos al artículo. ¿Cuál es el pensamiento neoliberal profundo al respecto?

De vuelta a España: Lacalle, Rallo y las extrañas coincidencias

Andreu Mas-Colell, economista liberal simpatizante de la independencia de Cataluña












Daniel Lacalle, economista liberal afín al Partido Popular


Volviendo a la tesis sostenida por el vicepresidente del gobierno,
por el presidente valenciano y por gran parte de nuestra izquierda oficial, el proyecto de la derecha es neoliberal y centralista, como si esos dos epítetos fueran siquiera compatibles. Pero, como hemos visto, no lo son. No solo en la tradición teórica más solvente de algunas escuelas de economía y filosóficas del liberalismo económico, sino también en los posicionamientos en el presente sostenidos por algunos de los más célebres prebostes del neoliberalismo. Así, Daniel Lacalle, economista de cabecera de Pablo Casado, ha defendido en numerosos foros la descentralización fiscal, abogando por que se acentúe. En coherencia con lo anterior, el Partido Popular de Madrid ha sacado los dientes cuando se ha abogado desde el gobierno central por una armonización fiscal sui generis. Y digo sui generis porque se nos presenta como armonización lo que no es sino conservación de fuertes asimetrías como las de los derechos históricos, el respeto reverencial a dos regímenes fiscales privilegiados como son el concierto económico vasco y el convenio navarro. No es casual, sino plenamente coherente, la reacción de la derecha neoliberal a cualquier cosa que suene a armonización: parte de la plena convicción de que el modelo autonómico y su fuerte descentralización ha permitido la competencia fiscal entre las regiones hasta límites extremos, lo cual ha permitido a determinadas autonomías, en especial a las más ricas, la neutralización de facto de determinados impuestos progresivos, como Patrimonio o Sucesiones. En palabras de Félix Ovejero,

“cuando todos tienen competencia sobre fiscalidad, nadie la tiene en verdad”.

He ahí el inmaculado análisis que Thomas Piketty hace de los procesos de descentralización fiscal –incluso mayores en España que en Estados federales propiamente dichos– y su estrecha relación con el secesionismo catalán, al haberse incrementado las cotas de insolidaridad o, dicho de otro modo, haberse desgastado claramente los mecanismos de redistribución dentro del Estado [xi].

Es más, Daniel Lacalle ha defendido una relación bilateral de las regiones con el Estado y competitiva entre sí. Por supuesto la realpolitik le impide sostener a un partido de gobierno teorías esencialmente radicales y seguramente difíciles de comprender por su electorado, pero no así sostener el Estado de las Autonomías como el mejor ejemplo de competencia virtuosauna suerte de loa descarnada a los regímenes fiscales privilegiados de algunas regiones. A su entender, 

“el cupo vasco no es el problema, es la solución a la financiación autonómica” [xii].

Juan Ramón Rallo, economista liberal partidario del “derecho de libre asociación y desasociación”









Un paso más allá ha dado Juan Ramón Rallo, quien ha defendido de forma abierta y decidida la secesión, en la estela de los teóricos austríacos. No se trata de hacer asimilaciones caprichosas –puesto que la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porqueroy, de la misma forma, los disparates lo son con independencia de quien los refiera– pero no deja de ser curioso que Unidas Podemos o Más País participen de una idea contractualista de Estado idéntica a la del neoliberalismo: quien quiera marcharse alterando las fronteras de la comunidad política democrática, puede hacerlo. El problema de esta teoría, opuesta diametralmente, como vemos, a cualquier centralismo, es que aleja a los Estados de la idea socialista básica, la de unidades de decisión conjunta y justicia distributiva. Si una parte de los titulares de la soberanía decide aparte de los demás, resulta indiferente el resultado desde el mismo momento en que validemos la mera posibilidad de que esa consulta plebiscitaria se lleve a cabo. Porque el cuerpo escindido que está decidiendo se ha convertido en un demos diferenciado, separado, con independencia de cuál sea el resultado de esa deliberación. ¿Cuál es el criterio para decidir? ¿La mera voluntad de las partes, como sostienen los neoliberales explícitos (y los otros), a través de la fórmula derecho a decidir? ¿La identidad cultural, como sostienen racistas y reaccionarios de toda condición?

En el fondo, el derecho a decidir de cierta izquierda desnortada no difiere en nada de la facultad de secesión austríaca y neoliberal, el derecho de libre asociación y desasociación” que sostienen autores como Rallo [xiii], o su mentor Jesús Huerta de Soto. Ese pretendido derecho se traduce, en verdad, en un privilegio de unos pocos para disponer de lo que es de todos. Una secesión a la carta, eminentemente antidemocrática, por cuanto priva a muchos millones de titulares de la soberanía, de la decisión presente y futura sobre aquello que les pertenece, sin exclusiones ni privilegios.

Cabría concluir, por tanto, sosteniendo que, desde la mejor y más acabada tradición del neoliberalismo –en escuelas como la Austríaca o la de Las Vegas–, se ha defendido una teoría plebiscitaria y contractualista de la secesión respecto al Estado que se encuentra en las antípodas de cualquier modelo centralista y jacobino. Quienes desde posiciones de ferviente defensa del liberalismo económico no han llegado tan lejos, al menos sí han sostenido la necesidad de agudizar procesos de descentralización política, que en materias como la sanidad y la educación han abocado al caos competencial del Estado de las Autonomías, dejando la puerta abierta a políticas de privatización, externalización y elusión de responsabilidades por parte de los poderes públicos. En casos paradigmáticos como el de la fiscalidad esa descentralización ha conducido a nuestro país a un estado de cosas insostenible, donde la insolidaridad y el dumping fiscal entre regiones son la moneda de cambio habitual en la política española.

El neoliberalismo defiende una teoría plebiscitaria y contractualista de la secesión

Como señala Félix Ovejero, la integridad del territorio político, en tanto que unidad de justicia, decisión y gobierno, es una de las principales conquistas de la izquierda, frente a la que se erige la teoría liberal de la secesión, por cierto.

“Un territorio político es superlativamente comunista: todo es de todos sin que ninguna de sus partes sea de nadie en particular. Se trata de un proindiviso no de una sociedad por acciones. Uno (o unos cuantos) no se puede(n) ir “con lo que es suyo” porque, cuando se trata del territorio político, no hay un territorio “mío/nuestro” previo a lo que es de todos. En eso se sustenta la idea de ciudadanía. Madrid no es más de los madrileños que mía. Un barcelonés tiene los mismos derechos en Huelva que en Bilbao. Y sus derechos no disminuyen según se aleja de su ciudad. La ciudadanía no admite grados. No se es más o menos ciudadano. La ciudadanía se tiene o no se tiene” [xiv].

Se adivinan, por tanto, dos alternativas, por definición excluyentes, para explicar el oxímoron que da título a este artículo. O bien el vicepresidente, a la sazón profesor de ciencias políticas, desconoce de lo que habla, cosa de la que dudo porque es una persona formada, o bien, opción por la que me inclino, falta a la verdad.

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Notas

[xi] Piketty, Thomas. (2019). Capital e ideología. Ed. Deusto, pp. 1.089-1.094.

[xii] Lacalle, Daniel. “El cupo vasco no es el problema, es la solución”. El Español (25/11/2017). Recuperado de: https://www.elespanol.com/invertia/economia/20171124/264603547_13.html

[xiii] Rallo, Juan Ramon. “Sobre la independencia de los catalanes” (17/11/2017). Recuperado de: https://juanramonrallo.com/sobre-la-independencia-de-los-catalanes/

[xiv] Ovejero Lucas, Félix. “España no es un problema” (09/12/2020). Recuperado de: https://www.revistadelibros.com/articulos/espana-no-es-un-problema

Neoliberalismo y centralismo (II)

Continúo analizando el artículo que empecé a comentar aquí.

El neoliberalismo es enemigo de todo control que escape al mecanismo mercantil y pueda poner trabas a la circulación sin límites del capital. Le interesa anular cualquier poder que no esté a su servicio. En el caso del Estado, buscará eliminar su papel benefactor o corrector de las desigualdades, sin suprimir, más bien reforzando, las estructuras que garanticen su estabilidad. Esto incluye reprimir lo que se oponga a su propia expansión.

El neoliberalismo fue ideado para romper todas las barreras que se oponen a la libre circulación de capitales. Le interesa que los Estados sean pequeños y débiles, salvo aquellos que se pongan enteramente a su servicio.

No solo en esta fase neoliberal se ha opuesto el capitalismo a las estructuras que lo frenen: ya la revolución francesa, al disolver los gremios, debilitó al artesanado, y durante décadas, en nombre de la libertad, se reprimió la libertad de asociación de los trabajadores.

Milton Friedman

















Milton Friedman, economista monetarista, es seguramente el más citado de los ideólogos del neoliberalismo, pero no estaba solo. El desmenuzamiento de las estructuras que coarten la libertad, entendida a su manera, es la meta confesada desde el primer momento por todos los teóricos neoliberales. Recordemos el pensamiento "libertario" expresado abiertamente Ludwig Von Mises:

Ludwig von Mises, economista libertario de gran influencia en la Escuela Austriaca

“El derecho de autodeterminación respecto de la cuestión de la pertenencia a un estado significa entonces: siempre que los habitantes de un territorio concreto, ya sea una sola ciudad, todo un distrito o una serie de distritos adyacentes, haga saber, mediante un plebiscito realizado libremente, que ya no desean seguir unidos al estado al que pertenecen en ese momento, sino que por el contrario desean formar un Estado independiente o unirse a otro estado, sus deseos han de ser respetados y cumplidos. Es la única forma viable y eficaz de impedir revoluciones y guerras civiles e internacionales”
Testimonio claro de que al neoliberalismo no le interesa un Estado fuerte, que sea productor, regulador y con plenas capacidades redistributivas. Y en el mismo sentido se expresan abiertamente otros muchos apóstoles neoliberales.


Como ven, ni un átomo de jacobinismo o de centralismo en el pensamiento del economista y teórico austríaco [Mises]. Todo lo contrario: una firme defensa de las consultas plebiscitarias para admitir la secesión del Estado hasta sus últimas consecuencias, hasta su última expresión. ¿Era este posicionamiento producto de una ofuscación ideológica? En modo alguno. Respondía más bien a un coherente posicionamiento neoliberal estricto, orientado contra la idea misma de soberanía, contra cualquier control público respecto de esa sacrosanta idea de libertad negativa, teorizada en su día por Isaiah Berlin. Continuaba Mises defendiendo una idea de comunidad política basada en las ideas (neo)contractualistas del libre pacto entre las partes, lo que en el fondo supone el entendimiento del Estado como una suerte de club privado de libre adhesión y de libre salida. Ahondaba en la idea en varios pasajes de su obra:

“Ningún pueblo ni ninguna parte de un pueblo deberá mantenerse contra su voluntad en una asociación política que no desea” [vi]

Asimismo, afirmaba Mises que… 

“Si hubiera alguna forma posible de conceder este derecho de autodeterminación a toda persona individual, debería hacerse” [vii].

Resulta extraordinariamente interesante traer a colación el hilo, como digo no exento de cierta congruencia teórica, de un pensador tan importante del liberalismo económico –de fuerte influencia en la política económica hegemónica desde los años 80 del siglo XX, a través de Thatcher Reagan– por cuanto contrasta teóricamente con las posiciones de los portavoces de nuestra izquierda oficial, los cuales, sin embargo, vienen a defender al respecto cosas muy similares con idénticos fundamentos. Se apela constantemente a España como una cárcel de pueblos, a la libertad de decidir el futuro, o –peor aún– a la engolada fórmula de convencer, persuadir o enamorar a quien se quiere ir para que se quede. Olvidando la tradición más esencialmente democrática de la Revolución francesa: no se eligen las fronteras donde uno nace, porque todas son arbitrarias, de lo que se trata es de respetar ese espacio de decisión conjunta y justicia mientras en él rijan dichas reglas de justicia, igualdad y redistribución. Esa es la idea última de la nación política, cuya pertenencia no viene filtrada por la adhesión sentimental o por los golpes de pecho patrióticos, sino por la condición política de ciudadanía, de propiedad colectiva sobre el territorio, de decisión conjunta sobre el futuro de lo que nos pertenece a todos de igual forma, sobre lo que no es privativo de nadie.

Se entiende bien, por tanto, la idea privatizadora del territorio político que emana de la teoría de la secesión austríaca, no tanto que la misma flote en torno a los posicionamientos políticos del vicepresidente o del propio Errejón. Recientemente lo señalaba el líder de Más País:

 “tengo una idea constructivista de nación, la voluntad de ser” [viii].

Nada sustancialmente diferente a la potestad plebiscitaria defendida por los teóricos del neoliberalismo.

Rothbard, otro de los grandes teóricos del anarcocapitalismo –vertiente dura del liberalismo-libertario que aboga por culminar el estrechamiento funcional del Estado hasta su entera desaparición–, se movió por caminos paralelos a los de Mises, del cual era discípulo. Su posición resultaba genuinamente neoliberal en cuanto decididamente partidaria de la disociación entre Estado y mercado, participando de la falacia naturalista de que el mercado es armónico a imagen y semejanza de la naturaleza y él sólo se regula, razón por la cual debe imponerse al Estado, a lo político, y la dimensión de éste estrecharse hasta su desaparición. El caso es que Rothbard –al igual que Mises– aplaudió los procesos de radical descentralización del poder político, viendo en ellos el camino expedito para el acelerado debilitamiento del poder político. No se trataba ya, como en los liberales clásicos, de trabajar en la senda de la limitación del poder, sino más bien en la disociación arbitraria de dos esferas complementarias –Estado y mercado, contraviniendo la idea marxista de economía política–, abogando por la supremacía del mercado frente al Estado. Nos recuerda el Instituto Mises que, en un editorial de 1977 sobre la secesión de Quebec de Canadá, Rothbard escribió [ix]:

“Hay dos razones positivas para que el libertario se alegre por el inminente logro de la Independencia de Quebec. En primer lugar, la secesión –la ruptura de un Estado desde el interior– es un gran bien en sí mismo para cualquier libertario. Significa que un Estado central gigante se ha dividido en partes constituyentes; significa una mayor competencia entre los gobiernos de diferentes zonas geográficas, lo que permite a los habitantes de un Estado cruzar la frontera a toda prisa y con relativa mayor libertad; y exalta el poderoso principio libertario de la secesión, que esperamos que se extienda desde la región a la ciudad y a la manzana al individuo”.

En 1983 Rothbard apoyó la separación de la Chipre griega de la Chipre turca tras formularse la siguiente pregunta: “¿por qué la minoría turca en Chipre no debería tener el poder de separarse y establecer su propia república?” Como afirma el Instituto Mises, el meollo del planteamiento se encuentra en el capítulo “Los servicios de defensa en el mercado libre” del libro Poder y mercado, donde Rothbard señaló:

“Si el Canadá y los Estados Unidos pueden ser naciones separadas sin que se les denuncie por estar en un estado de «anarquía» inadmisible, ¿por qué no puede el Sur separarse de los Estados Unidos? ¿Estado de Nueva York de la Unión? ¿Nueva York del estado? [sic] ¿Por qué no puede Manhattan separarse? ¿Cada vecindario? ¿Cada bloque? ¿Cada casa? ¿Cada persona?”

Hans Herman-Hoppe, economista libertario partidario de la creación de ciudades-estado o microestados





















De la misma forma, el pensador alemán Hans Herman-Hoppe, otro de los teóricos del anarcocapitalismo, ha coincidido con Mises Rothbard en la enorme funcionalidad de los Estados pequeños para el neoliberalismo. A su parecer, el mejor camino para la expansión de las políticas desregulatorias, de la libre circulación de capitales y de las posibilidades de deslocalización productiva y fiscal, es la fragmentación a la carta, a través de consultas plebiscitarias, de los Estados realmente existentes. Y todos ellos coinciden en que, como paso intermedio para esa secesión aplaudida de forma unánime por libertarios y neoliberales de renombre, se encuentra la fuerte descentralización del poder político. Desde luego, lo que no le resulta en modo alguno cómodo a la derecha neoliberal es un poder político fuerte y centralizado, identificado con un Estado que no se limite a la posición abstencionista a la que, en el mejor de los casos, le ha relegado el neoliberalismo, que como vemos en la Escuela Austríaca, en sus vertientes radicales y anarquizantes, directamente plantea su disolución. Ni rastro de la admonición del vicepresidente y del vínculo que traza entre neoliberalismo y centralismo, en este somero repaso a los fundamentos neoliberales de la secesión.

Hoppe, filósofo político anarcocapitalista, resumió lo anterior como sigue [x]:

“Creo que el estado es un mal innecesario. En un orden natural, con una variedad de agencias de seguros y de intermediación, el precio de los servicios de justicia caería y la calidad de estos servicios aumentaría. Mi libro «Democracia, el dios que falló» y mi artículo «La producción privada de servicios de seguridad» explican en detalle cómo las sociedades sin Estado –sociedades autónomas, dirigidas por sí mismas– funcionarían y generarían una prosperidad sin precedentes”.

Acto y seguido, Hoppe afirma:

“sobre los objetivos para la transición a la libertad, la respuesta es la misma para cualquier país, ya sea Turquía o Alemania, Francia o China, Colombia o Brasil. La democracia no es la solución –como tampoco fue la solución para los países del antiguo imperio soviético. Ni la centralización –como ocurre en la Unión Europea– sería la respuesta. Al contrario, la mayor esperanza de la libertad se produce justamente en los países pequeños: Mónaco, Andorra, Liechtenstein, e incluso Suiza, Hong Kong, Singapur, Bermuda, etc. Quien valora la libertad debería animar y hacer todo por la aparición de decenas de miles de estas pequeñas entidades independientes. ¿Por qué no una Estambul libre e independiente que mantenga relaciones cordiales con el gobierno central de Turquía, pero que no tenga que pagar impuestos ni recibir transferencias, y que no reconozca las leyes impuestas por el gobierno central, ya que tiene sus propias?”.

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Notas

[vi] Von Mises, Ludwig. (1919). Nación, estado y economía. p. 34. Recuperado de: https://mises.org/library/nation-state-and-economy

[vii] Von Mises, Ludwig. (1927). Liberalismo. p. 109-110. Recuperado de: https://mises.org/library/liberalism-classical-tradition

[viii] Entrevista de Ernesto Castro a Íñigo Errejón: https://www.youtube.com/watch?v=qBO3ZJhhw_G

[ix] McMaken, Ryan. “Por qué Rothbard quería una «descentralización radical»”. Mises Institute (21/02/2020). Recuperado de: https://mises.org/es/wire/por-que-rothbard-queria-una-descentralizacion-radical

[x] Entrevista Mises Institute con Hans-Hermann Hoppe: https://www.mises.org.es/2014/054/la-esperanza-se-encuentra-en-la-secesion/

(sigue y concluye)

sábado, 6 de febrero de 2021

Neoliberalismo y centralismo (I)

El autor de este artículo dirige el canal de debate político El Jacobino. La sola referencia al club revolucionario francés, radicalmente opuesto a concepciones descentralizadas del Estado, deja clara una tendencia que choca con los nacionalismos basados en identidades étnicas o culturales, las "patrias" en las que suele asentarse la idea de autodeterminación.

Nuestra predisposición a la dicotomía, que separa abruptamente lo que en realidad se relaciona de forma dinámica, "dialéctica", nos lleva a tomar partido esquemáticamente por el centralismo o la descentralización, olvidando aquello de efectuar siempre "el análisis concreto de la situación concreta".

La autodeterminación, la autonomía de las decisiones, tanto en los individuos como en los grupos, es una aspiración universal. La dificultad surge al definir el grupo que aspira a ella, porque se basa en identificaciones muy variadas. Si bien se trata siempre de grupos humanos, en la práctica se aplica este principio a territorios. Y esto es muy significativo, porque implica que un grupo humano se siente propietario de un territorio.

La conquista de un territorio es la apropiación "indebida" de unas tierras que antes pertenecían a otros, y con ello de sus recursos materiales, lo que implica como consecuencia de sus recursos humanos. En este caso, la autodeterminación consistiría en la recuperación de un estadio anterior. La apropiación basada en el derecho de conquista ha persistido durante varios siglos en la época colonial, aún no totalmente pasada y renacida bajo la forma del neocolonialismo.

La autodeterminación en un territorio de dominio colonial no puede ser confundida con la que quiere separar la parte más próspera de un país cuando una parte de su población "siente" que el resto es una rémora para su prosperidad. No faltan ejemplos. Uno de los más notorios sería el de la Liga Norte italiana, que aspira a la independencia de una inventada Padania.

En ocasiones se fundamenta este anhelo de segregación en razones históricas, en un pasado común, o culturales, una lengua o unas costumbres. En otras, de forma más inquietante, en la "raza".

La convivencia durante mucho tiempo ha consolidado las naciones como grupos más o menos homogéneos en lo étnico y cultural, aunque nunca hasta hoy como sociedades sin grandes diferencias de clase. Simplificando mucho, se diría que hay identidades de clase y de nación.

La revolución francesa se encontró un Estado desacoplado. La autoridad real era la única base para la unidad, y se creó un nuevo concepto de Nación. La unificación no siempre bien aceptada de las naciones preexistentes en el Estado en ese "Estado nación" produce el efecto de que esas naciones incluidas, o una parte de ellas, quieran ser "naciones Estado".

La Primera Guerra Mundial fragmentó los imperios europeos, no tanto por la evidente voluntad de las naciones encerradas en ellos como por los intereses de dominio de los vencedores. Solo las potencias que ganaron la guerra conservaron íntegra su estructura estatal. Un caso peculiar fue el del imperio ruso, en que una revolución que quería ser universal evitó la dispersión con una fórmula federal, que admitía pero no fomentaba la autodeterminación de los pueblos del extinto imperio.

Desde entonces, la autodeterminación ha permanecido como bandera de gran parte de la izquierda. Razones objetivas, la intención de "no liarla" todavía más, oscurece el debate, y ha dificultado y dificulta la aplicación concreta en muchos países, mientras los interesados en debilitar a un Estado rival la utilizan como arma contra él.

Si entendemos que el Estado debería ser un ente armonizador entre quienes lo habitan, con funciones reguladoras y redistribuidoras, será mejor que una entidad que cumpla esas funciones no se fragmente en otras con menor capacidad para regular y armonizar, sujeta siempre a la manipulación por potencias extrañas. Enmascarar esto con sentimientos de pertenencia culturales, cuando en realidad se trata de privatizar un territorio, es un engaño.

El artículo arremete sin piedad contra una izquierda que no define con claridad en qué consistiría la federalidad en el Estado benefactor y redistribuidor a que aspira. Entiendo tanto su tono crudamente polémico como las razones de inoportunidad política que sacan la cuestión del primer plano, en un contexto tan conflictivo y distorsionado como el actual, con un gobierno atacado por unos y chantajeado permanentemente por otros.

Esta crisis sanitaria ha revelado el desastre de una descentralización en manos de quienes se "sienten" propietarios de sus territorios particularizados. Por ahí podríamos empezar a definir una estructura federal, fijando elementos clave, claramente centralizados, que no deberían nunca ser dejados a unas autonomías "a la carta".

Insistiendo en la necesidad de mantener el "Estado Español" frente a las tendencias centrífugas, recordemos otra vez la disgregación de tantos países a conveniencia de las potencias dominantes. La India tras su independencia, Checoslovaquia, bien que sin violencia, Yugoslavia de modo más traumático, Sudán y tantos otros son ejemplos "de éxito". Potencias que también han fomentado el separatismo en Bolivia, el Tibet o Xinjian... Si España saliera de la OTAN, ¿No ayudarían al independentismo, incluso por medios no pacíficos, en las nacionalidades históricas? Esta es una de las razones que nos atan firmemente a "Occidente".

La tesis principal del artículo es que el neoliberalismo, que es "el capitalismo realmente existente", no está interesado en Estados fuertes, salvo los que se pongan al servicio de sus intereses. ¿Hemos olvidado a aquél que quería "un Estado tan pequeño que pudiera ahogarlo en la bañera"?

Para facilitar su lectura, lo he troceado de forma que podáis "leerlo en la bañera".




“Modelo neoliberal y centralista”: un perverso oxímoron

Guillermo del Valle

¿Existe algún vínculo entre el modelo económico y el modelo territorial de un Estado? Suele asociarse el centralismo con el neoliberalismo. Sin embargo, el modelo idóneo de la derecha hegemónica, que pretende reducir la capacidad pública para controlar el poder privado, pasa por la descentralización política.

El presidente de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig, planteó en redes sociales varios retos constitucionales. El primero, “superar la España macrocefálica del centralismo” [i]. Recientemente, y en la misma línea, el vicepresidente del gobierno Pablo Iglesias ha corroborado el fracaso del “modelo neoliberal y centralista que pretendieron imponer las derechas” [ii]. La idea está lejos de ser minoritaria y campa a sus anchas entre los partidos políticos que, sociológicamente, vienen a ocupar las posiciones teóricamente izquierdistas en España. Analicemos la veracidad de estas afirmaciones.

Antecedentes: la leyenda rosa del nacionalismo fragmentario por parte de la falsa izquierda

La aseveración del vicepresidente cala, especialmente, en el imaginario colectivo de la izquierda sociológica española. O al menos dista de ser cuestionada ampliamente. Centralismo y neoliberalismo aparecen cosidos por un hilo pretendidamente lógico.  Todo parte de una asimilación básica y falaz, preexistente: España igual a Franco [iii]. A partir de ahí vienen los matices, pero la equivalencia no deja de sobrevolar todo lo demás. De ahí esos problemas primigenios para pronunciar la palabra España, que, aunque parcialmente superados, han venido siendo sustituidos por la pertinaz tendencia a rellenar el significante con un significado centrífugo. Si el franquismo participaba de una ridícula noción esencialista de patria, la unidad de destino, España parece aquejada de un vicio reaccionario de origen, aunque fijar el origen en Franco resulte no solo un dislate, también una injusticia. Se obvia que la derecha evolucionó, al calor de la revolución neoliberal de los años ochenta, hacia el fundamentalismo de mercado. ¿Por qué trazar esa asimilación, por tanto, entre la hoy hegemónica derecha individualista y neoliberal y el centralismo? ¿Qué sentido tiene proponer semejante equivalencia?

Desde hace demasiado tiempo en España resulta legítimo sumar en la aritmética frente a las derechas a partidos políticos inequívocamente reaccionarios. Algunos de esos partidos de izquierda exhiben, tanto unos orígenes como un presente, abiertamente incompatibles con todos y cada uno de los valores de transformación política, social y económica, de emancipación humana, propios del socialismo. Aunque se digan de izquierda, no tienen ni los ademanes. No es aceptable practicar una memoria histórica selectiva y olvidar, por ejemplo, los fundamentos racistas del nacionalismo catalán o del vasco. Si nos mueve con razón el imprescindible repudio al fascismo, la condena del franquismo y del golpe de Estado de 1936, ¿por qué nos deben ser indiferentes los textos de Prat de la Riba, el comportamiento fascistoide y racista de ERC durante la II República –y su contumaz vocación golpista–, o el impenitente racismo del fundador del PNV?

La izquierda nació como concepto político en el contexto de la Asamblea Nacional Francesa y servía para delimitar la primera línea fronteriza de la revolución: a la izquierda del Rey se sentaban los diputados jacobinos, enemigos de los privilegios del Antiguo Régimen, los de trono y altar. No es de recibo que se pretenda construir mayorías de izquierdas en torno a la oposición frontal a esa primera idea esencial de igualdad política: en el territorio político nadie es más que nadie, porque somos todos ciudadanos, todo nos pertenece a todos en pie de igualdad. El primer germen del comunismo ya estaba ahí, en las revoluciones democráticas: la propiedad colectiva sobre el territorio político. No hay alianza de progreso con quienes hacen pivotar todo programa político sobre la idea de privatización de dicho territorio político, convirtiendo a millones de iguales en extranjeros en su propio país.

El neoliberalismo y su modelo territorial canónico: hacia la dilución del Estado

Entremos, pues, en materia. ¿Es cierto, como señala el señor Puig o como proclama el vicepresidente, que el modelo de las derechas es el centralista y neoliberal? Pues no, de ninguna de las maneras. Más bien es al revés: el modelo idóneo para el neoliberalismo es aquel que garantice la mayor descentralización posible; hasta el punto de que este neoliberalismo, en sus vertientes anarcocapitalistas, directamente propugna la desaparición del Estado, entendiendo como absolutamente idónea para su estrategia la descentralización más abrupta a todos los niveles. Si algo no casa con el neoliberalismo en modo alguno –coincido con el vicepresidente en que el neoliberalismo es la fuerza motriz de las derechas hegemónicas, no la alerta fascista que anteayer proclamaba de forma desafortunada– ese algo es el modelo centralista.

Las manifestaciones de derecha primaria han quedado reducidas a vestigios incompatibles con la modernidad, con la propia idea de ciudadanía –vestigios, sin embargo, protagonistas en el presente español a través de una caterva de grupos foralistas o cantonalistas de toda laya, empeñados en hacer de una supuesta identidad cultural monolítica y uniforme (una ficción, pues la identidad cultural es compleja, no unívoca, y si hay algún elemento clave en su determinación, ese elemento es la clase social) filtro de los derechos políticos–. Por lo que, a excepción de esas manifestaciones primarias, debemos admitir que la derecha hoy hegemónica tiene que ver con la preeminencia del capital financiero. Es esa derecha que, ebria de «fin de la Historia», bendijo la financiarización de la economía, el globalismo a cualquier precio, la acumulación de capitales, y la sacralización de un proyecto de supuestas sociedades abiertas a través de la maximización de la idea de libertad negativa [iv]: ausencia de interferencias entre particulares. Así se prescribió el estrechamiento de las funciones antaño esenciales del Estado: bloqueado el Estado productor, se impugnaba incluso su faceta reguladora y redistributiva. ¿A esos capitales financieros qué tipo de Estado les resultaba más conveniente? ¿Uno fuerte y soberano, en el que la potencialidad de lo público abriese la puerta a fuertes diques de contención frente a las dinámicas especulativas y a la rentabilidad privada? ¿Uno en el que incluso las clases trabajadoras tuvieran la posibilidad de tomar el poder y plantear la transición hacia el socialismo, hacia una sociedad de iguales, sin clases? Por supuesto que al neoliberalismo –ideología hegemónica del capitalismo financiero– no le interesa un Estado fuerte, ni un Estado benefactor, tampoco uno productor, ni uno regulador o con plenas capacidades redistributivas.

Que centralismo sea igual a neoliberalismo parte de una asimilación falaz: España igual a Franco

Los procesos de descentralización se han visto, por tanto, con muy buenos ojos por parte de los mayores teóricos del individualismo extremo, del fundamentalismo de mercado. Indudablemente, como a diario se comprueba en nuestro país, esos procesos de descentralización han beneficiado la competencia entre partes, que termina desembocando en una debilidad estructural palmaria del Estado para enfrentar retos tan gigantescos como la pandemia.

Las principales escuelas neoliberales de economía, y sus más notables representantes, nunca tuvieron dudas al respecto. Uno de los pensadores más relevantes de la Escuela Austríaca –maestro de Hayek entre otros–, Ludwig Von Mises, escribió sobre la materia largo y tendido. Siempre favorable al menos a la descentralización del Estado, cuando no directamente al derecho de secesión.

“El derecho de autodeterminación respecto de la cuestión de la pertenencia a un estado significa entonces: siempre que los habitantes de un territorio concreto, ya sea una sola ciudad, todo un distrito o una serie de distritos adyacentes, haga saber, mediante un plebiscito realizado libremente, que ya no desean seguir unidos al estado al que pertenecen en ese momento, sino que por el contrario desean formar un Estado independiente o unirse a otro estado, sus deseos han de ser respetados y cumplidos. Es la única forma viable y eficaz de impedir revoluciones y guerras civiles e internacionales” [v].

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Notas

[i] https://twitter.com/ximopuig/status/1335567737213612033

[ii] https://twitter.com/pabloiglesias/status/1335207918086582273

[iii] Armesilla, Santiago. (2017). El marxismo y la cuestión nacional española. Ed. El Viejo Topo, p. 15.

[iv] «Libertad negativa», tal y como la concebía Isaiah Berlin en su ensayo de 1958: Dos conceptos de libertad.

[v] Von Mises, Ludwig. (1927). Liberalismo. p. 109. Recuperado de: https://mises.org/library/liberalism-classical-tradition

(continúa)

jueves, 4 de febrero de 2021

Crisis y rebeliones

El negacionismo, ese desafío permanente a la salud que sabotea la lucha contra una enfermedad tan peligrosa y contagiosa, no bebe de una única fuente. Confluyen en él los intereses de sectores dañados tanto por la pandemia como por las medidas que se toman para frenarla, con otros de pugna política a corto plazo, y también un libertarismo que identifica la libertad con el mantenimiento de hábitos y costumbres que chocan con esta realidad.

El malestar es el elemento común, que conduce a una indignación desenfocada, incapaz de identificar las causas reales del mismo. Hábilmente manejado por aventureros políticos, es una de las alternativas de que disponen los que concentran riqueza y poder, cuando fallan otras, como cortafuegos para frenar el incendio que puede acabar con su situación privilegiada.

Publicado originalmente en la revista digital de vella a bella, ofrezco aquí la traducción al castellano de este breve artículo.





Todas las revoluciones de la Historia han seguido a grandes crisis. El malestar es el fermento de la rebeldía. Pero no todas las rebeldías conducen a la revolución. En nuestro tiempo, en medio de esta pandemia que azota a todos los países, con sus consecuencias trágicas que no solamente se traducen en contagios y muertes, se recrudece el fenómeno variopinto de la indignación.

En su base se halla el malestar económico. En él coinciden los propietarios que pierden sus negocios con sus empleados, unidos contra restricciones inevitables. Todo lo que se basa en los viajes y el turismo sufre los diversos confinamientos, sean domiciliarios o perimetrales, por países enteros o en espacios menores. La hostelería se resiente y muchas empresas van a la ruina. Aún las tímidas restricciones horarias o de aforo son percibidas como un dogal que amenaza su supervivencia. Este y otros sectores se rebelan contra las medidas que se les imponen.

Si estos se oponen por razones económicas, otros lo hacen porque “se coarta su libertad”. Para ellos la libertad es el cachondeo. Para mí, la libertad es otra cosa.

A unos les va literalmente la vida. A otros, la diversión. Pero hay un cemento que unifica fácilmente todas las protestas, y es la ideología. Algo tenían en común los que asaltaron el Capitolio. Era en este caso la defensa grupal de unas ventajas, reales para algunos, imaginarias para la mayoría, que les confiere la raza, unidas a una historia mitificada.

También había un componente ideológico, conciencia de clase alta, en los que se manifestaban hace meses en Núñez de Balboa. En este caso estaba clara la intención de tumbar a un gobierno que no les gustaba, y bien sabían por qué…

A lo largo de todo el año se han producido extrañas confluencias políticas. Recordemos el pulso quincenal que obligaba al gobierno a juegos malabares para prolongar el estado de alarma. Esta táctica de acoso y derribo de unos, el chalaneo permanente de otros, actuó como un cable de parada, ese mecanismo que se emplea en los portaaviones para frenar una aeronave que aterriza. La fuerza inicial se quedó por el camino, y finalmente las comunidades autónomas recuperaron sus competencias y actuó cada cual como mejor le parecía. Siempre por detrás de los acontecimientos, nunca anticipándose realmente a ellos.

Pasan los meses, ahora la cosa no está tan clara, la preocupación es mayor. Comunidades que rechazaban el confinamiento ahora lo exigen. Pero el gustillo de la protesta permanece en mucha gente, porque su pensamiento liberal se opone a cualquier freno, con el único límite del miedo insuperable a una fuerte represión. Probablemente haya algo de “kale borroka”, de la emoción de sentirse heroicos, en algunos de los que protestan. Rebeldes sin causa, o con causa difusa y diversa.

Negacionismo es el término impreciso que unifica a esos protestantes de rebaño. Niegan sobre todo la realidad. No la ven porque no la quieren ver. A cambio, imaginan imposibles conspiraciones, absurdas, mantenidas “en secreto” por chinos, rusos y americanos, por los Estados y las farmacéuticas (con independencia de que estas hagan sin comerlo ni beberlo el negocio del siglo), las multinacionales, la prensa, los extraterrestres, si hace falta. Ese cemento imaginario que ven en el origen y el desarrollo de la pandemia refleja el que los une a ellos en la protesta.

Si la rebelión sigue a la crisis es de esperar que la rebeldía crezca más y más al agravarse. Ahora mismo, en España, por término medio, aunque con muchas diferencias por regiones o barrios, una de cada cuatro personas con las que te cruces por la calle será un pobre. Una de cada nueve, un pobre de solemnidad.

Con las crisis crece la desigualdad. Una minoría aumenta su riqueza, aprovechando las necesidades de la mayoría que se empobrece. Siempre se espera que todo pase, ver “la luz al final del túnel”. Pero cuando esta situación pase, la recuperación será difícil, porque ya están aquí la crisis climática, la de los residuos y la contaminación, la de la energía y los minerales, la deforestación. Y a causa de todas ellas, otras pandemias en las que se producirán nuevas rebeldías.

Un movimiento guiado exclusivamente por la indignación, común a gentes muy diversas en sus ideas e intereses, que imaginan ser un cuerpo coherente, conduce a fenómenos patológicos como el trumpismo, que ha venido para quedarse, y otros muchos movimientos de extrema derecha que se consolidan por doquier. Son espoleados por sectores influyentes, que los ven como una barrera contra otras rebeliones, igual que un fuego bien manipulado puede servir de cortafuegos en un incendio.

La situación se parece, por encima de diferencias de época y coyuntura histórica, a la vivida hace un siglo con el auge del fascismo, teñido también de rebeldía popular.

Este fascismo, incipiente pero ya vigoroso, puede adoptar incluso una ideología ecofascista, porque en este planeta menguante “no cabemos todos”. Claro que sin una “retirada ordenada” de las posiciones crecentistas inherentes al capitalismo, que respete los derechos de los que se pretende excluir a la mayoría de la humanidad, la guerra desatada de todos contra todos conducirá a un declive aún más abrupto.

martes, 2 de febrero de 2021

Una pintora olvidada en los Uffizi

En la página oficial de la Galería de los Uffizi hay un apartado dedicado a exposiciones virtuales. Una de estas exposiciones se ha dedicado a el dibujo y la pintura "de gran maestro" de Elisabetta Sirani. Nunca había oído nombrar a esta notable pintora. Ha tenido que llegar nuestro tiempo para sacar del olvido a tantas artistas desconocidas.

Nacida en 1638 y muerta prematuramente en 1665, su brillante carrera duró apenas una década. En ese tiempo dejó una producción sorprendentemente amplia: 200 pinturas, así como dibujos y diversos grabados.

La amplitud de su trabajo ha hecho pensar en una participación de ayudantes, ya que sus hermanas Barbara y Anna Maria eran también pintoras y tuvo por discípulas a más de doce mujeres, que llegaron a ejercer profesionalmente. La artista hizo demostraciones públicas en respuesta a quienes cuestionaban la autoría de sus cuadros.

Esta preciosa Galatea forma parte de la exposición. 



Pocas pintoras han sido recordadas por la historia. Marie Louise Élisabeth Vigée Lebrun es seguramente la más conocida. Su éxito se debió a haber retratado a María Antonieta. 

Había un motivo para que muchas mujeres se dedicaran a la pintura: el retrato de otras mujeres. Cuando las grandes familias europeas concertaban a distancia las bodas de sus hijas, el novio debía dar su aprobación, y exigía que le mostraran un retrato. No parecía decoroso que ella posara durante horas delante de otro hombre, y esas pintoras en general anónimas encontraban en esta ocupación su medio de vida.

Una película de Céline Sciamma galardonada en Cannes, Retrato de una mujer en llamas, relata, a través de una historia de amor prohibido entre la pintora y la retratada, este oficio de retratista especializada, una de las pocas formas de que una mujer pudiera dedicarse profesionalmente a la pintura.

lunes, 1 de febrero de 2021

La guitarra, viajando en el tiempo

La añoranza de un tiempo pasado, idealizado muchas veces, hace vibrar alguna misteriosa cuerda del alma. Los recuerdos de la juventud vuelven de la mano de cualquier encuentro casual. Un libro, una fotografía, una música...

A veces es el recuerdo de algo que ya era entonces un recuerdo de otros. No podemos revivir aquel tiempo que fue, y lo recreamos, como antes lo recrearon ellos. Hallamos matices que en su momento ocultaría la hojarasca de la vulgaridad cotidiana. En cada presente se deja correr sin más lo que luego se evocará con un sentimiento de nostalgia.

Los recuerdos forman una cadena. Recordamos los que recordaban nuestros padres o nuestros abuelos. Los recuerdos originales se fueron con ellos, pero todavía vive en nosotros alguna copia desvaída. La valoramos, como lo haríamos con un precioso manuscrito.

La película Medianoche en París recoge muy bien lo que quiero decir, con sus imposibles viajes al pasado, cada vez más lejano.

La música de Francisco Tárrega me devuelve lo que sentía al escucharla hace muchos años. También él recogía frutos anteriores, como la de Fernando Sor. Y en ambos renace el saber de Esteban Daza, uno de los últimos vihuelistas del siglo XVI. Todos, como alquimistas en su laboratorio, quintaesenciaron lo popular de sus épocas, mezclando además cada uno, sutilmente, los ingredientes llegados de otras.

Cuerdas de la guitarra que resuenan en la cuerda cordial del corazón.




viernes, 29 de enero de 2021

Excedente y plusvalía

He aquí una explicación sobre el excedente y la plusvalía al alcance de cualquiera. Se entiende perfectamente que una sociedad debe mantener a sus miembros improductivos, y para ello redistribuir un excedente. Lo de miembros improductivos nos lleva inmediatamente a pensar en zánganos, plutócratas, terratenientes o rentistas. La caricatura habitual del burgués gordinflón con su reloj en el bolsillo y la cadena de oro.

Pero aunque ellos no existieran siempre habría niños, discapacitados, ancianos... Además de eso estamos atrapados en un sistema económico que prioriza la eficiencia y optimiza la productividad ahorrando trabajadores. Hasta que no se desarrollen otras actividades (que buena falta hacen) habrá gente sin posibilidad de emplearse.

Por estas razones, el excedente es necesario. Si todos los que trabajan se apoderasen de la totalidad del producto, perecerían todos los que no trabajan, con independencia de la causa que motivase su inactividad.

Los impuestos son una parte inevitable de esa apropiación del excedente. Sin ellos ni siquiera podrían mantenerse las estructuras que sostienen al capitalismo.

Por eso, el problema no es la existencia de la plusvalía ("trabajo no pagado"), sino su apropiación por los dueños de los factores de la producción. El caso extremo es la esclavitud, en la que el amo no solo posee los medios de producción sino también la misma fuerza de trabajo.

Ni necesitamos ni podemos eliminar la plusvalía, sino redistribuirla con criterios distintos. El dueño de los medios de producción es dueño de la plusvalía y tiene sus criterios para emplearla. El problema es la propiedad privada frente a la pública, que naturalmente debe ser gestionada con democracia y transparencia.





 

El excedente 

Richard Wolff

Vídeo original completo aquí.

Pensemos en esto. Una de las cosas que hace toda comunidad, que normalmente desconoce, pero que la conforma, es lo siguiente. Toma una parte de sus miembros, –si es una comunidad de cien, toma 20, si se trata de una comunidad de 50.000, toma X–, y asigna a esas personas una función específica: usar su cerebro y sus músculos para hacer cosas, para tomar cosas de la naturaleza, digamos que un árbol para hacer una silla, una oveja para hacer una prenda de lana, o lo que sea. Pero en la sociedad hay muchas personas que no están obligadas a hacer nada de eso. Algunas de ellas son inmediatamente reconocibles: a un niño de dos años no se le va a pedir que haga eso que llamamos trabajo, y por por razones comprensibles, tampoco a otra de 89.

Lo cual significa que en toda sociedad, dice Marx, las personas que realizan el trabajo siempre han de producir más de lo que ellas mismas  consumen, de lo contrario, muchas personas que forman parte de esa sociedad no podrían sobrevivir. De alguna manera tiene que haber un excedente producido por quienes trabajan, para que a aquellas que no trabajan: niños, ancianos, enfermos y otros, se les proporcione alimento, ropa y vivienda, imprescindibles para vivir.

Marx dice. Lo que ocurre es que cada sociedad difiere en el modo de organizar y administrar este excedente que la clase trabajadora produce. (La palabra que utilizan los marxistas para denominar dicho excedente, en el cual centran su atención, es plusvalía).

Así pues, toda sociedad produce un excedente. En lo que difiere una sociedad de otra es en determinar quién produce el excedente, quién decide su cuantía y quién la manera de trasladar dicho excedente, de las personas que lo produjeron a las personas que lo necesitan para vivir, pero que no participan en su producción. Cómo se resuelven todas estas cuestiones y cómo moldean la política, la cultura, el arte y la música...

En otras palabras, si quieres entender la política, la cultura, el arte, la música, la historia, será mejor que entiendas algo tan básico como la producción y distribución del excedente. Eso se llama, en el marxismo, análisis de clase. La clase de las personas que producen el excedente, en relación con la clase de las personas que viven merced a su distribución.

Solo para daros una idea ilustrativa. He aquí una posible forma de hacerlo. Las personas que producen un excedente pueden, ellas mismas reunidas en asamblea, decidir qué hacer con él. Y lo distribuyen entre los bebés, los ancianos, los músicos y entre cuantos ellos piensen que ha de ser distribuido. ¿Que quieren tener a alguien que toque la mandolina mientras trabajan, alguien a quien habrá que alimentar y proveer de lo necesario?, pues destinan parte del excedente a ello.

Pero podríamos tener un sistema diferente. Podríamos tener un sistema en el que la gente que produce el excedente fuesen, vamos a darle un nombre: esclavos. Oooh… Entonces sabemos enseguida quién se apropiará del excedente ¿no? El amo. ¿Y quién decidirá qué hacer con el excedente? El amo, que es quien lo posee. Es una configuración muy distinta en la que, puedes estar seguro, el amo distribuirá ese excedente de manera diferente a como lo harían los trabajadores si dispusieran de él.

Una cooperativa obrera significa que los trabajadores que producen el excedente son las mismas personas que deciden qué hacer con él. Y eso establece la diferencia frente al capitalismo, la esclavitud o el feudalismo.

En la esclavitud, los esclavos producen este excedente que los amos se apropian y distribuyen. En el feudalismo, los siervos producen un excedente del que los señores se apropian y distribuyen. En el capitalismo, los empleados producen el excedente del cual el empleador se apropia y decide qué hacer con él.

La revolución, la idea marxista, dice: tenemos que deshacernos de esta dicotomía. No más de todo esto. No queremos esclavitud, no queremos servidumbre y tampoco queremos proletariado asalariado. Porque no queremos que una pequeña minoría, amo, señor o empresario, decida cuál es y qué se va hacer con el excedente, cuando las personas que lo han producido quedan excluidas de dichas decisiones. Esta es una cuestión fundamental.

Lo mismo para los agricultores. Por ejemplo, podríamos tener una agricultura realizada por esclavos y amos. Eso es lo que tuvimos en el sur de Estados Unidos durante mucho tiempo. Teníamos el algodón, por ejemplo, cultivado por esclavos, y amos, que se apropiaban del excedente e hicieron bellísimas mansiones que aún hoy podemos ver allá en Luisiana. Hicieron lo que les dio la gana con el excedente. Los esclavos lo produjeron, los amos decidieron cómo usarlo. O en el caso de Francia, donde los campesinos produjeron un enorme excedente del que los señores feudales se apropiaron y usaron para construir el Palacio de Versalles, que hoy puedes visitar como turista y maravillarte. ¿Y qué? ¿Creéis que los campesinos que se partieron el culo entonces habrían empleado el excedente en hacer un jardín como ese, para que tres personas se pasearan por él cada cuatro noches? No, no, no habrían hecho eso.

Jeffrey Bezos recolecta el excedente de cientos de miles de personas involucradas en la monumentalmente importante tarea de entregar paquetes. Es un repartidor de paquetes. Es la persona más rica del mundo porque, ¡obviamente, cualquier sociedad racional querría regalar una inmensa fortuna a alguien que entrega paquetes! Pero, seamos justos, entrega paquetes... ¡velozmente! Así pues, ¡por supuesto que debería tener ciento cincuenta mil millones de dólares! Es el número uno en la lista de multimillonarios de Bloomberg. Recientemente se divorció de Mackenzie, su esposa, y en virtud del divorcio ella obtuvo treinta y nueve millones, por lo que se convierte en la 22ª persona más rica del planeta por ser su ex esposa.

Dicho así, entre nosotros, ¿pensáis que si los trabajadores que producen el excedente para Amazon, toda esa gente que lleva tu paquete rápidamente a tu casa, se unieran para decidir qué hacer con ese excedente que su trabajo ha producido, creéis que se lo darían al señor Bezos para que...? Por cierto, una de las cosas que él, muy entusiasmado, está haciendo. Está organizando un viaje planetario, quiere ir a la luna y está gastando una fortuna para desarrollar los cohetes que lo llevarán hasta ella. Oooh...

¿Creéis que la gente que suda en sus talleres haría eso, gastar el excedente en la construcción de un cohete que lleve a ese hombre a la luna?

Mi esperanza es que los estadounidenses, testigos de esta situación, probablemente digan: ¡Sí¡ !Échenlo de aquí!